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sábado, 16 de junio de 2018

Aguinaldos y Parrandas


Escrita por Alejo Carpentier el 14 de diciembre de  .
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela”: Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela,  2014.

Venezuela es un país que puede mostrarse orgulloso de haber conservado, con sorprendente vitalidad y carácter propio, la tradición encantadora de los villancicos, aguinaldos y parrandas, que en un tiempo acompañaron, en todo el mundo cristiano, las festividades pascuales. Y digo que en un tiempo acompañaron...” porque sorprende, en verdad, que una costumbre tan grata, fuente de la más tierna invención melódica, propiciadora de coplas y pastorales de una deliciosa poesía, haya desaparecido tan completamente  de ciertos países donde esa tradición existió hasta fines del siglo pasado. No hablemos ya de muchas naciones europeas donde el villancico se ha vuelto una cosa erudita, remozada cada año con gran trabajo, sobre manuscritos que nada dicen ya al pueblo. (Debe reconocerse que los ingleses, en cambio, fueron  excepcionalmente  hábiles en conservar y hacer cantar, como una suerte de rito pascual colectivo, sus Christmas Carols). Lo raro es que ciertos países de nuestro continente, que recibieron el villancico de manos de los conquistadores y escucharon coplas de Juan del Encina en los tempranos días de la colonización, hayan perdido, de modo absoluto, la tradición de los aguinaldos. Es inexplicable, por ejemplo, que en un país como Cuba, tan rico en fuerzas creadoras de música popular, el villancico haya desaparecido totalmente, sin dejar rastro. Es probable que algún sacerdote músico haga cantar coplas pascuales en algún templo de la Habana o en alguna vieja iglesia colonial, en noche de Navidad. Pero esto no encuentra ecos realmente en la memoria del hombre de la calle, ni halla resonancia en el holgorio arrabalero de lechón asado y plátano verde. Y sin embargo, mis investigaciones realizadas en la catedral de Santiago me pusieron sobre la pista de una serie de manuscritos maravillosos, de villancicos compuestos, a mediados del siglo XVIII, por el maestro de la capilla de música, que era criollo. Lo que demuestra que allí la tradición fue observada como en México o Venezuela. ¿Por qué se perdió entonces?...¿Y por qué se perdió en tantos otros países de nuestra América?...

En Venezuela, en cambio, el aguinaldo, la parranda, el villancico, son manifestaciones vivientes del regocijo popular en Pascuas. Claro está que la admirable labor de recopilación y difusión del villancico venezolano por obra del maestro Vicente Emilio Sojo  no es ajena a la pervivencia de la encantadora tradición. Pero hay un hecho cierto. Y es que, independiente del conocimiento cabal del villancico y del aguinaldo, a través de los cuadernos que debemos al fervor del insigne músico, basta que una voz se alce  en cualquier lugar del país, al son del:

-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-¡Gente de paz!

Para que un furruco empiece a sonar no se sabe dónde y un coro salido del norte, del sur, añada a compás, y con la melodía exacta:

-Ábrannos la puerta que ya es Navidad.

La conservación, notación, difusión de los aguinaldos, villancicos y cantos pascuales, donde todavía perdura su tradición en América, es labor que incumbe a los músicos de nuestro continente, labor en la que el maestro Sojo ha dado orientaciones y ejemplos fecundos. Aún cuando los espíritus más irreligiosos conocen la emoción del canto pascual, que es una de las manifestaciones más auténticas y puras del alma popualr. (“Villancico” era, originalmente, villanela, canción “a lo villano”, campestre, rústica).


Suerte tiene, pues, Venezuela, de conservar una tradición que le viene de muy lejos, y haber tenido músicos que a tiempo se aplicaron a notar, armonizar, editar, lo que el debilitamiento de una tradición oral ha dejado perderse, irremisiblemente, en otros países.



lunes, 11 de junio de 2018

La Costa Maravillosa.

Un paisaje de La Guaira, Estado Vargas.

Escrita por Alejo Carpentier el 12 de agosto de 1952.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela”. Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2014.

            Hace seis años que bajo periódicamente hacia La Guaira, yendo, según el antojo del día y el aspecto del mar, hacia el cocal de Mamo o el precioso pueblo de Naiguatá, y, cada vez, vuelvo a maravillarme ante la belleza de una costa que tengo por única en el mundo...En efecto: ¿dónde hallar una armonía de mar, montaña, vegetación, nubes, semejante a la que allí se ha constituido? He visto algo parecido, tal vez, en fotografías de islas del Pacífico. Pero no puedo establecer relaciones con lo que no he contemplado realmente. Busco, pues, en mis recuerdos personales, y pienso en la Cataluña Francesa, en Collioure, especialmente, donde las contrafuertes pirenaicos caen directamente sobr la orilla, con una morfología semejante a la que nos ofrece la montaña, a la salida de Tanaguarena. Y sin embrago, allá el color es menos esplendoroso; la tonalidad es verde-azul-gris; faltan los cocales y la policromía de la vegetación tropical. Más bien habría que descender hasta la Costa Brava Española. Y tampoco allí encontraríamos una real analogía, porque, en la Costa Brava, un factor de carácter, de colorido, de textura se encuentra en la aridez de promontorios y acantilados que ponen una nota rocosa, mineral, muy antigua, en el paisaje marino. (Esa nota que Salvador Dalí, viejo vecino de Cadaqués, había explotado, a través de la cámara de Luis Buñuel, en el comienzo de su película La edad de oro, donde unos obispos aparecían petrificados en medio de un paisaje de piedras lamidas por las olas).
            Buscando siempre una comparación, pienso en la Costa Vasca, en la que va Bidart a Fuenterrabía. Pero allí la costa es melancólica, musgosa, con matices de vegetación muy llovida. La montaña se divisa en la lejanía, envuelta en una luz blanquecina, velada, por sobre la viguetería azul añil de las casas. Habría más parecido en la Costa Azul, allí donde los Alpes Marinos se acercan al Mediterráneo, y la vegetación, acariciada por vientos cálidos, venidos del África, se hace más tropical. Hay palmeras en Hyeres, y hasta he visto unos bananos (los guardan, sin embargo, en el invierno) entre Cannes y Niza. Allí el colorido, la diversidad de hojas, el tronco de ciertos árboles,, la presencia de la buganvilia recuerdan algo de lo que puede verse en Macuto y Tanaguarena. Pero la montaña es más distante; no hay, como en el litoral venezolano, esa caída casi vertical de laderas desde un cielo blanquecido de nubes, brumoso, a veces, cuando abajo todo centellea. Algo semejante podría hallarse en Cuba, evidentemente, en la costa norte de la Isla, hacia Pinar del Río, del otro lado de la sierra que cierra el panorama del lindo pueblo de San Cristóbal. Pero las playas que allí se encuentran, y se divisan desde el barco, en navegación costera, son inaccesibles. Por lo tanto, no son del dominio común. Queda el portento de Varadero; pero su belleza es de orden estrictamente marítimo, ya que esa playa, única en el mundo, carece, sin embargo, de ese paisaje montañoso.
            Así, el litoral de la Guaira nos ofrece, a tan poca distancia de la capital, algo que no acierto a comparar exactamente con nada de lo que he visto. En todo caso, es una de las costas má hermosas y con más estilo que puedan admirarse en el mundo...Tener conciencia de la belleza de algo, es gozar más plenamente de esa belleza. Tengamos, pues, conciencia de la belleza que se nos ofrece, perennemente, a tan corta distancia de este valle de Caracas.


jueves, 7 de junio de 2018

LA COCINA DE LA MUJER CARAQUEÑA



Cocina colonial caraqueña.








Escrita por José García De La Concha.




Tomada del libro "Reminiscencias. Vida y





costumbres de la vieja Caracas". 







La mujer caraqueña no se amilanaba por estar en la cocina. Antes, por el contrario, le gustaba y tenía orgullo en preparar un dulce o un platico sabroso, bien por gusto o para la casa o también como negocio.

Muchas eran las familias que se ayudaban o vivían de la confección de dulces, pasta y comidas especiales. Allí las Urdaneta Dolorita y Susana, hijas del General en Jefe Rafael Urdaneta, que hicieron época con su arte culinario; las Quintero, y tantas otras familias que se dedicaban a este interesante y honseto modo de vivir. En principio, empleaban los aditamentos dela mejor calidad. Que el aceite debía ser de oliva, de Montouuban o Bau; que el azúcar fuera refinada de Juan Díaz, el encurtido de Morton, y así por el estilo.

Venían las jaleas de guayabas o membrillo en forma de pescado o en moldes ovalados que confeccionaba Isabel Díaz Smith y los “ponqué” de las Pardo Roque y los dulces en almíbar. Recuerdo unas lindas y sabrosas naranjas rellenas que preparaba mi tía Micaelita Revenga de Urdaneta, y las tortas moca o alsaciana de Mercedes Rohl. Los bienmesabe en ese delicioso almíbar de coco y huevo con sus bizcochuelos y su canela, y las islas flotantes, suspiros navegando en un mar de crema, y las chipolatas, manjar que confeccionaban para salir del paso y que no dejaba de ser divino. Las hojaldres, con su sabor de almendras, el dulce de durazno tan caraqueño y tan dulce; el cabello de ángel, el de toronja y el de sidra, y ¿dónde me deja usted la jalea de mango, delicia de los muchachos? Cuando se iba a una fiesta, era divertido oír: “Esa torta la hizo mamá; está divina”, “Aquel pastel es de Mercedita, ¿qué te parece?”, “Lo que está exquisito es el “boulovent de las Quintero”, y así por el estilo, sabía usted quiénes fueron las artistas.

Teníamos además una repostería más barata y no menos deliciosa: la componían multitud de golosinas criollas que bien pudieran figurar entre manjares exquisitos. La célebre torta bejarano adornada con sus semillas de ajonjolí, la torta de plátanos, la torta pobre porque se confeccionaba con medio real, a saber: Un centavo de harina de trigo, un centavo de azúcar, un centavo de mantequilla, un centavo de pasas y un centavo de leche.
Los tacones, rueditas de pan frito remojadas en ron y recubiertas de melado de papelón. Las naiboas de casabe con queso y papelón, las conservas de sidra guatireñas las de batatas, las de coco, preparadas en azúcar y las preparadas con papelón, que hacían la delicia del caraqueño cuando le gustaba de la cojita aturronada, melcochúa o bien quemada; las melcochas, a que tan aficionadas eran las niñas.

El majarete, que otros más finos decían manjarete; el tequiche, el arroz con coco, los gofios, los suspiros, los pavos rellenos, las acemitas, los golfiados, las tunjas y tantas otras chucherías, con que nos deleitaban.

Para poder hablar de comida caraqueña, tenemos que principiar por el hervido, plato que por lo general llaman en Venezuela entera “sancocho”, pero en Caracas se decía “hervido” simplemente. “El hervido que nos pusieron en casa de Fulano estaba divino”,y así por el estilo.

Pero bien sea hervido o sancocho, el caraqueño era clásico: teníamos el de gallina, el de carne de res y el de pescado.

El hervido de gallina se preparaba con la gallina no muy vieja, aunque había el dicho de “que la gallina vieja daba el mejor caldo”. Se mataba y se limpiaba el día anterior, luego se montaba en fuego lento, en agua fría con su sal, ajo porro, una cabeza de ajo, una cebolla, unos jojotos, unas zanahorias y unas ramitas de cilantro, yerbabuena y perejil. Al estar blanda la gallina se le agregaban los apios, mapuey, yuca y papas. Esas eran las únicas verduras que un buen hervido de gallina se permitía; no se le colaba aliños ni se le daba color, a fin de que el caldo quedara claro y “con ojos”, como se decía.

El hervido de res tenía más aditamentos. La carne debía ser carne de pecho con su poco de cohete y huesos de tuétanos. Se montaba también en frío con su sal, ajos, cebolla, ajo porro, jojotos, zanahorias, nabos y sus ramitas de cilantro, yerbabuena y perejil. Una vez blanda la carne, se le agregaba repollo, batatas, ahuyamas, apios, ocumo, yuca, ñame y se le colocaba un aliño de tomates con ajos, cebollas y onoto, fritos en manteca, para darle color y más gusto al caldo.

Para el hervido de pescado se escogía el mero, por ser el más adecuado y dar más sustancia. Este sí se montaba todo junto: se le agregaba plátanos verdes, papas, ñame, ocumo y mapuey, sus ramitos de cilantro, yerbabuena y perejil y sin darle color al caldo. Al servicio se le daba a comensal un medio limón.

Lo indispensable para servir cualquiera de los tres hervidos era un buen aguacate.

En muchas casas de Caracas se acostumbraba tomar primero el caldo y luego servirse las verduras con una salsa preparada con tomates, cebollas y perejil bien picaditos sal, pimienta, aceite y vinagre; muchos le agregaban mostaza, comiéndolas en seco.

He aquí, pues, la receta de los “Hervidos Caraqueños”.

Las caraotas negras eran el plato de ley en toda mesa; principalmente, alimento de la pobresía, las caldúas,las fritas y hasta re-fritas, siempre fueron inseparables del arroz blanco.

Otro plato netamente era el asado mechado, con sus salsa bien quemada constituía una delicia con sus papas abizacochadas y la imprescindible ensalada de lechuga. Los indios, envueltos en sus hojas de repollo; los bollos pelones, en su esposo y gustoso caldo, y tantos platos que sería largo enumerar. Las hallacas merecen otros capítulo. Todos estos postres y platos son hoy tenidos a menos.





miércoles, 30 de mayo de 2018

De lo auténtico a lo artificial.

Refalosa

Escrito por Alejo Carpentier el 14 de julio de 1959.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela” Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, Venezuela, 2014.

Muy poco se hablaba de folclore, hace cuarenta años, en América Latina. Algo sabían los habitantes de las ciudades de los bailes de la gente campesina; de sus tonadas, de sus holgorios y de sus trajes típicos. Pero cuando se inclinaban sobre “lo popular” les viniera aseado, perfumado, arreglado y estilizado. Escuchaban los cubanos, con gusto, un zapateo armonizado para el piano por Eduardo Sánchez de Fuentes; pero difícil era que fuesen a escuchar auténticos zapateos en una fiesta guajira. Eran aficionadas las personas pudientes en México, en Argentina, a vestirse de charros y de gauchos, en tanto que las señoritas de buena familia se disfrazaban de china poblana o de bailadora de pericón para asistir a alguna fiesta benéfica. Pero de ahí a acercarse a los verdaderos charros, a los verdaderos gauchos, había un trecho largo... En cuanto al folclore auténtico, el de pies en tierra, el de tierras adentro..., este no gozaba de grana estimación. Se decía que los cantadores aldeanos carecían de voz; que sus “punteos” eran reiterados y monótonos, etc.

Fue la Revolución Mexicana, con su intensiva valoración  de lo nacional, la que abrió los ojos de América Latina ante todo lo  que pudiera calificarse de folclores. Con su riqueza en trajes típicos, máscaras, bailes, festejos paganos-religiosos, industrias locales, pinturas populares, supervivencias indígenas. México se forjo, en pocos años, un arte fuertemente caracterizado, que dio sus frutos en el mural, el teatro, el ballet y la composición sinfónica...No al caso examinar aquí las cualidades intrínsecas de ese arte ni sus probabilidades de pervivencia. El hecho es que constituyó un ejemplo en un momento determinado. Gracias a él vieron los artistas de otros países del continente cómo podían captarse ciertas fuerzas latentes en los folclores propios.

Así surgió una tendencia “folclorizante” en la pintura y la música de Cuba. Igualmente en Venezuela, donde la música y la poesía populares  encerraban inmensas. (No citaremos el Brasil donde, desde los primeros años de este siglo, existía una corriente folclorizante con caracteres propios, debida a la ausencia de prejuicios ante lo negro, que ya podía percibirse en las primeras partituras de un Villa-Lobos)... Ahora bien, que México, con sus enormes recursos, haya dado el ejemplo; que Cuba y Venezuela, países ricos en manifestaciones de una sensibilidad popular, hubiesen seguido la corriente nacionalista, son hechos sumamente comprensibles. Era lógico y hasta necesario que así fuera. Donde empezó a fallar el sistema fue en países del continente, particularmente pobres en acervo folclórico, donde se quiso alimentar corrientes folclorizantes de modo enteramente artificial, recurriéndose a tradiciones semicultas, prácticamente olvidadas por el pueblo desde hace muchísimos años...En sus afán de crearse un “nacionalismo” musical, literario, pictórico, ciertos artistas de hace veinte años llegaron a recurrir a las artimañas más ingenuas, recogiendo coplas en boca de nonagenarios, buscando supervivencias de trajes típicos donde los  campesinos usaban ponchos y sombreros fabricados en Inglaterra, tratando de actualizar danzas rústicas o arrabaleras que nadie bailaba desde mediados del siglo pasado...Así se vieron resurgir cosas como la refalosa rosista, el cuándo  de hace ciento cincuenta años, la marinera, la huella, presentados como valores actuales y vigentes, capaces de alimentar, incluso, grandes poemas sinfónicos...Donde no hubo folclore, fue preciso inventarlo a base de documentación y búsquedas en archivos. Y donde solo existía una danza típica, en todo y por todo, esa danza típica fue agigantada, magnificada, monumentalizada, a fin de transformarla en un alto valor nacional.

Bien está que donde hay un folclore viviente y activo, ese folclore tenga una influencia en el espíritu creador, la inventiva, del artista culto. Pero, donde ese folclore no existe, o está conservado, a lo sumo, al estado de fósil, el intento de fabricar nacionalismos artificiales es mera pérdida de tiempo... ¡Gran lástima es que, en ciertos países de nuestro continente, muchos artistas bien dotados estén entregados a tan estéril empresa desde hace más de treinta años!.. 


domingo, 27 de mayo de 2018

Centenario del Greco.

El entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la Villa de Orgaz.

Escrita por Enrique Bernardo Núñez en septiembre de 1941.
Tomado del libro “Viaje por el país de las máquinas” de Enrique Bernardo Núñez. Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 2017.

Nadie recuerda el centenario del Greco. El espíritu humano está concentrado en las peripecias del terrible conflicto. Sin embrago, este año se cumple el cuarto centenario del nacimiento de Doménikos Theotokópoulus, por otro nombre el Greco. La partida de defunción copiada por Maurice Barrés, dice Domeniko Greco. Era bastante difícil para escribirlo en un libro de entierros o pronunciarlo en las calles de Toledo. La fecha de su nacimiento (1541) puede leerse al pie del cuadro de la Asunción de la Virgen María, en el Instituto de Artes de Chicago. Cuadro tizianesco lo llama Frank Gray Griswold en su libro El Greco, edición de 300 ejemplares (1930), y adquirido por la cantidad de 38.648,34 dólares. Al Greco le habría parecido hoy irrisoria semejante cantidad, pues es fama que sabía valorar sus cuadros. El Greco trabajó en el estudio del Tiziano y también en el de Jacobo de Ponte. Nació en Creta, en el lugar llamado Phodele, cerca de Candía. Sobre su cuna, pues, se ha desarrollado en los mismos días de sus centenario uno de los episodios culminantes de la presente guerra. El bramido de los aviones se dejaba oír en el mismo cielo que vio extinguirse la llama de civilizaciones antiquísimas. Murió el 16 de abril de 1614, dos años antes de Cervantes y en los mismos días en que este publicaba la segunda edición del Quijote. Dice Frank Gray Griswold en el prefacio de su libro ya citado: “No soy crítico, no pretendo ser conocedor de arte. Este libro es una apreciación de mi amigo el Greco. Amigo, añade, porque he cultivado su conocimiento desde mi llegad a España, por espacio de treinta años”. “¡Mi amigo el Greco!”. Es una expresión envidiable. Una expresión que el simple admirador no podría concretar y tal vez requiere tiempo, como en el caso de Griswold, para encontrarla. El Greco trabajó también en El Escorial, el palacio de las doce mil ventanas. Parece que Felipe II halló alguno de sus cuadros, El martirio de san Mauricio, impropio del templo. Griswold ve al Greco con pupila propia de su tiempo. Lo describe como adaptándose a las circunstancias. “Se veía obligado a salvar su alma con el objeto de salvar su cuerpo”, dice Griswold, lo cual es suponerlo un oportunista, un falsificador de  su arte. En cambio, muchos otros lo suponían loco. Todavía Barrés oye hablar de él como de un demente. Los inquisidores hallan a veces demasiado largas las alas de sus ángeles.

La colección completa de las obras del Greco conocidas hasta hoy ha sido catalogada por A. Hartmann y M[aurice] Legendre (Domenikos Theotokópoulus Called El Greco, París, Ediciones Hyperion, 1937). Las obras pictóricas, porque sus esculturas han desaparecido o nadie sabe dar razón de ellas, y también se ignoran sus trabajos de arquitecto. Las obras filosóficas, anotaba Barrés cuando seguía en Toledo las huellas del Greco, se hallan quizás olvidadas en alguna celda o en la sala capitular de algún convento. Hartmann y Legendre se guían en sus apreciaciones por la obra de Manuel B. Cossío. Dice este autor, cita de Hartmann y Legendre, que el Greco solo tuvo un discípulo: Velásquez, y este un maestro; el Greco. Pacheco suegro de Velásquez, conversaba con el Greco cuando este trabajaba en su cuadro más famoso: El entierro de don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la Villa de Orgaz. Don Gonzalo era de origen greiego como el propio Theotokópoulos, según los citados críticos. Allí se retrató varias veces el Greco, afirma Griswold. “El Greco, dice Barrés, alarga los cuerpos divinos; los ve semejantes a llamas, agrandados por las tinieblas. Rodea todas sus visiones de una claridad estelar”.

Estos retratos del Greco, estos caballeros vestidos de negro que miran hacia lo alto en el entierro del señor Orgaz, esa mujer de la piel de armiño o la de la flor en el tocado, nos dan una idea de los hombres y mujeres que oraban en las penumbras de nuestros templos en el siglo XVII, ante esos dorados altares salvados hasta hoy. Theotokópoulos, aunque griego, nació español, pues no es fácil cambiar de idioma y hay quienes nacieron para expresarse de este o aquel modo. El Greco no pudo ser italiano. Temía mucho que lo tomasen por imitador de Tiziano. Fue a encontrar en España su propio idioma. Es lo que, en realidad, no puede cambiarse o no admite trueque alguno.

jueves, 24 de mayo de 2018

El perro del hortelano

Jean Louis Barrault (Francia 1910-1994)

Escrita por Alejo Carpentier el 01 de junio de 1956.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela” Monte Ávila Latinoamericana, Caracas, Venezuela, 2014.


¿Recuerdan ustedes el triunfal estrépito de aplausos, gritos, aclamaciones, que coronó el primer concierto dado por Sergio Celibidache en Caracas? El miércoles pasado se dio el caso insólito de que un entusiasmo semejante fuese suscitado, en la misma sala, por un espectáculo teatral. Y digo “caso insólito”, porque tales manifestaciones de agrado, de admiración, de júbilo artístico son más frecuentemente promovidas, entre nosotros, por manifestaciones musicales. Pero...¿cómo no dejarse hechizar, ensalmar, por el embrujo de ese Perro del hortelano, tan prodigiosamente interpretado por Jean Louis Barrault, Madeleine Renaud,Pierre Bertin, y los magníficos actores de la compañía francesa que ahora nos visita?...Georges Neveux, al adaptar muy libremente la pieza de Lope de Vega, realizó con el texto clásico español una labor semejante a la lograda por Stravinsky, en Pulcinella, con la música de Pergolesi. Le ha imprimido, por así decirlo, un ritmo cinematográfico, haciendo que la acción pueda ser llevada en un tiempo endiablado, sin treguas ni descansos, con cambios de decorados a la vista del público. Jean Louis Barrault, entendiéndolo así, hace de la comedia de El perro del hortelano una suerte de Sherzo, de “movimiento perpetuo”, donde los personajes se unieran, se cruzaran, se concertaran, a modo de instrumentos usados en una sinfonía. Yo había tenido la suerte de asistir en París, hace seis meses, al estreno de esta comedia. Pero debo decir que el trabajo realizado desde entonces por los actores de la compañía, sobre ese mismo texto, los ha llevado a un grado de perfección interpretativa muy pocas veces logrado en un conjunto. No hay un gesto, una pausa, un ademán, que no respondan a una suerte de orquestación plástica que sugiere constantemente el símil musical.

Los trajes y decoraciones de Jean-Denis Maclés son una verdadera fiesta para los ojos. Y, aprovechando ingeniosamente el hecho de que Lope de Vega hubiera situado la acción de su comedia en Italia, en una Italia que los españoles del Siglo de Oro veían como un mundo un tanto legendario, el pintor vistió a sus personajes dentro de un estilo que responde, en cierto modo, al de las óperas bufas napolitanas, sin renunciar por ello a ciertas estilizaciones de elementos hispánicos. El traje de Jean Lousi Barrault, que transforma el “hombre de las cintas verdes” de El misántropo en un galán joven lleno de agilidad y malicia, es una maravilla de gracia y donaire. La escena bufa de los turcos fingidos y del viejo caballero, Pierre Bertin, semejante a un Enrique VIII extraviado en los reinos de Nápoles, hece pensar en la Comedia del Arte y también, un poco, en la tonadilla escénica. Hay ahí una síntesis de elementos plásticos y literarios, lograda en armonía con el texto mismo, que es una maravilla de inteligencia viva, nunca intelectualizada, y de cultura plástica, musical, dramática...Pensaba yo la otra noche, asistiendo a esa magistral representación, en aquella Dama boba puesta en escena, hace ya tantos años, por Federico García Lorca, dentro de un estilo que presentaba más de un punto de contacto con la concepción actual de Jean Louis Barrault. Federico García Lorca hubiera amado esta realización de quien tan magníficamente recitó siempre sus poemas. El perro del hortelano que acabamos de aplaudir es una viviente demostración de la “Teoría del Duende”, de ese “duende” interior que hace el relumbre de los actores y directores geniales.

¡Qué maravilla es el teatro, cuando alcanza tales cimas; cuando de tal manera se acerca al “teatro integral”, completo, suma de todas las técnicas dramáticas, soñado por los grandes autores desde hace siglos!...

martes, 22 de mayo de 2018

El arte de la pantomima.

Le Vésinet el 8 de septiembre de 1910/22 de enero de 1994 en París

Escrita por Alejo Carpentier el 02 de junio de 1956.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela”. Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, Venezuela, 2014.


La presentación de Bautista, pantomima de Jaques Prevert, con música de Joseph Kosma, por la compañía de Jean Louis Barrault, ha destacado una vez más el interés suscitado en el gran actor y director francés por un género teatral que parecía condenado al olvido. Y sin embargo, con los mimos ilustres que fueron Severín y Debureau, ese género disfrutó de grana aceptación durante todo el siglo XIX, respondiendo a una muy vieja tradición que se remonta a las edades clásicas,. Cuando hojeamos los periódicos que se publicaban en nuestra América hacecien años, nos tropezamos, en las carteleras  de espectáculos, con los anuncios de pantomimas, incluidas en los programas que nos ofrecían las compañías europeas en giras por el Continente.

Jean Louis Barrault ha venido a renovar la pantomima, no solo con creaciones fieles a la tradición, como Bautista, con sus decorados que evocan las estampas de Épinal de antaño, sino con realizaciones modernas, tales como Las consecuencias de una carrera, de Jules Supervielle, que estrenó en París poco antes de iniciar su actual temporada americana. ¿Por qué?...Entonces, según lo declaró él mismo en sus chispeantes confidencias de actor hechas el martes pasado en el Centro Venezolano Francés, “la pantomima es un estilo de teatro”. Un estilo que forma parte de la historia del teatro y que, por lo mismo, el actor moderno debe ser capaz de dominar, al igual que otras técnicas. Sus pantomimas actuales responden al mismo criterio que le hicieron interpretar, junto a una Orestíada, de Esquilo, junto a las comedias de Giraudoux, obras tan dispares en su como Ocúpate de Amelia, de Georges Feydeau y El jorobado Enrique Lagardere, de Paul Féval.

El vaudeville es un estilo, dice Barrault. Y también el melodrama de capa y espada es un estilo. Y ningún estilo teatral debe ser ajena a los medios de expansión de un actor.

La pantomima, tal como la concibe Jean Louis Barrault, impone al intérprete la utilización de una serie de técnicas, que solo tienen oportunidad de ser puestas en juego, ocasionalmente, en la comedia o en el drama. Haya que prescindir de la palabra, compensándose su ausencia con una máxima elocuencia en los gestos. El semblante debe multiplicar al infinito sus posibilidades de expresión. El baile, los ejercicios acrobáticos, el lenguaje de las manos, de todo el cuerpo, son movilizados para hacer inteligible la acción. Así, el actor occidental, harto limitado, en muchos casos, por sus procedimientos de interpretación habituales, se ve impelido a emularse con sus colegas del Oriente, maestros en el arte de la mímica y hasta dela coreografía. Es una disciplina fecunda, que saca al actor de sus rutinas, obligándole a renovarse en cada caso, sometiendo su personalidad a nuevas leyes, que no por ser diferentes, resultan menos teatrales.

Después de asistir a la representación magistral del El perro del hortelano, Jean Louis Barrault nos llevaba, con Bautista, a un mundo totalmente distinto. Era como si una orquesta, después de interpretar  una música de Pergolesi o deScarlatti, hubiera pasado, súbitamente, al ámbito sonoro de los compositores impresionistas. Dos géneros, dos estilos, perfectamente dominados, con una abundancia de recursos que nos hizo evidente la maestría alcanzada, en todos los dominios, por las huestes artísticas de Jean Louis Barrault.

Un venezolano amigo de Proust.

Reynaldo Hahn (Puerto Cabello,   9 de agosto de 1874-París, 28 de enero de 1974)

Escrita por Alejo Carpentier el 16 de agosto de 1951.

Tomado de “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela” Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2014.



Por una nota publicada en esta misma página, supe de la colocación de una placa en la fachada de la casa donde vivió Reynaldo Hahn en los últimos años de su vida. Y aunque el autor de las Canciones grises hubiera conservado muy pocos contactos con nuestro continente, volviéndose el más francés de los compositores, hay ciertos rasgos curiosos que señalar en la vida de aquel que llegara a ser director de la Ópera de París.


Reynaldo Hahn nació en Puerto Cabello. Muy joven se vio llevado a París por sus padres, y luego de estudiar en el Conservatorio, fue natural que no pensara en regresar a un mundo donde la vida musical, particularmente, tenía muy poco que ofrecer a un compositor de elevados empeños. Sin embargo, el músico fue tardo en renunciar a su nacionalidad, adoptando la francesa pasados los treinta y tres años. Y lo cierto es que lo hispánico palpitaba secretamente bajo su obra de tendencias cosmopolitas, llevándole a consagrar sus últimas energías a la composición de una ópera, su mejor partitura, sobre la comedia de Moratín, El sí de las niñas. Yo me empeño en ver también alguna añoranza de su niñez en su primera ópera, compuesta sobre la novela de Loti, Rarahu, que en su tiempo obtuvo un éxito considerable en Europa, abriendo la era de los amores exóticos en la novela, añoranza que se manifiesta en una acción situada a orillas del mar, en una isla de la Polinesia que se asemeja sorprendentemente, por la forma de las montañas, el color del mar, los cocoteros, a ciertos rincones de la costa venezolana. No lejos de Puerto Cabello, precisamente, hay lugares que parecen haber sido copiados por el pintor encargado de hacer las decoraciones de la ópera de Reynaldo Hahn, y que tal vez conociera por fotografías.


Era Reynaldo Hahn, de la única manera que pudieron verlo los hombres de mi generación, un hombre de tez extremadamente pálida, sumamente cuidadoso en el vestir. De su amistad íntima con Marcel Proust había conservado un tipo elegancia “comienzos del siglo”, muy preocupada de los chalecos, las levitas ceñidas, el calzado pequeño, para la cual todo color claro, en la indumentaria, era signo indudable del “rastacuerismo”. Hacia el año 1930, cuando tuve oportunidad de verlo algunas veces en cierta residencia de Neuilly, que había sido la casa de Benjamín Franklin en los días de su embajada cerca de Luis XVI, era Reynaldo Hahn un hombre sacado del ámbito de los Guermantes de Marcel Proust, y es evidente que el genial novelista tomó algunos rasgos del venezolano para crear su personaje de Vinteuil, el compositor. Por lo demás, el autor de El mercader de Venecia no había olvidado el castellano, y lo hablaba con marcado acento criollo. A veces decía, con un suspiro: “Debo decidirme algún día a hacer un viaje a Caracas”.



Por lo demás, su obra, fuera de la elección de ciertos asuntos, de ciertos poemas, pertenece por entero a la tradición francesa. No sería desacertado decir que es vecina de la Duparc, tiene mucho de Massenet y, aunque Reynaldo Hahn quiso alzarse sobre el nivel de este último, usando un lenguaje más moderno, no alcanzó nunca la originalidad profunda de Debussy joven...Nos queda un rasgo de él para la anecdótica americana: fue el único venezolano, que siéndolo aún por no haber renunciado a su nacionalidad, fue íntimo amigo de Marcel Proust.

viernes, 18 de mayo de 2018

PICNIC EN LA HACIENDA BLANDÍN.

Fernando Botero, Picnic, 2002.

Tomado del libro “Las Comadres de Caracas” por Jhon G. A Williamson. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1973.


El jueves 21 de enero de 1836 se dio un picnic en la hacienda de don Bartolomé Blandín. Este introdujo el cultivo de café en 1780 y pico. Este lugar es hoy el Caracas Country Club. Fanny no sabía si decidirse a ir o no, pero finalmente el martes dijo que sí asistiría. El próximo cambio de opinión, y Williamson escribió que él  tampoco quería ir. Escribió: “Parece que el picnic tiene fines políticos. La Sta. OCallagahan  no ha sido invitada. Mi esposa invitó a la Sra. Alderson y ésta dijo que no podía ir. Creo que será  un asunto muy aburrido. Habrá abundancia de comida. Mandé ocho botellas de vino rojo y blanco, cecina, queso, mantequilla, mostaza y galletas, a la casa dela Sra. Benedetti. Esta tuvo la amabilidad de empaquetarlo todo junto con los comestibles que ella envió”.
Al día siguiente todo se puso en movimiento para el picnic. Williamson escribió: “El Sr. Merino y los dos Benedetti, padre e hijo, salieron de cacería a las 5 en punto y prometieron reunirse con nosotros a la hora del desayuno. El Sr. Hill tuvo la gentileza de prestarme un caballo para Juan, y la Sra. Daly su caballo y la silla para mi esposa. Esta es una gran cobarde  para montar, y el menor movimiento del caballo la asusta. A las 6, el Sr. Mocatta y la Sra. pasaron a buscar a las Srtas. Benedetti. Yo me encargué de la Sra. Benedetti, y ella, mi esposa, yo y Juan salimos a las 7. La cobardía de mi esposa me hizo pasar un mal rato cuando cruzábamos las calles. Temerosa de usar el látigo y sin gobernar o dirigir al pobre animal con las riendas, el caballo iba y venía por donde mejor le parecía. Sin embargo, continuamos nuestro camino y por fin, después de mucha persuasión y ruegos para inspirarle confianza a mi esposa, llegamos un poco más allá del puente Anauco, en el camino de Chacao, cuando la silla dela Sra. Benedetti giró sobre la mula y yo salté a tiempo para evitarle una caída  tremenda. Si la correa se hubiera roto, la señora habría caído sin remedio; pero como la correa no estaba muy apretada y la silla era, además de muchas otras cosas, de muy mala calidad, y estaba puesta del lado contrario, a la manera de cabalgar en el país, giró sin romperse. Afortunadamente, yo la agarré antes de que cayera, la levanté de la mula y le pedí a Juan fuera a buscar la silla de mi esposa. Pedimos silla en una casa vecina y nos sentamos unos quince o veinte minutos hasta que llegó Juan, y mi esposa y la Sra. Benedetti sobre aquél. A eso de las 9.30 llegamos a la casa de Blandín y fuimos muy sorprendidos al saber que Sir Robert Ker Porte no había llegado todavía.

La Sra. Mocatta nos informó que la noche anterior Sir Robert había tenido un severo dolor de cabeza y constipación biliar, y que si podía, vendría al picnic. Su sonriente secretario ya había llegado. Las Srtas. Benedetti, el Sr. Merino y el grupo de cazadores llegaron pocos momentos después que nos habíamos sentado a desayunar. Nuestra mesa estaba llena. Nuestro anfitrión, el Sr. Melchor Bias, quien parece un verdadero montañés de Kentucky, añadió a nuestras provisiones tortillas, jamón frito y pollo. Esto  hizo del desayuno un banquete suntuoso. Se sirvió vino, café y té y tortas de maíz como las que hacemos en Carolina del Norte, caliente y con buena mantequilla que yo miso había mandado. Esto hizo del desayuno, por lo menos en mi mesa, fuera excelente. Al parecer todos se divirtieron, menos la Sra. Mocatta. El misterio fue aclarado más tarde. Después del desayuno hicimos una pequeña excursión hasta el pie de la montaña, directamente bajo el punto más alto llamado la Sylla, porque en su forma recuerda una de montar. Desde este sitio la vista es agradable, espectacular y pintoresca. Se extiende a lo largo del valle sobre Caracas y abarca la ciudad y el valle, con todas las variedades y formas de montaña, al igual que un océano bajo un temporal.

“la hacienda del Sr. Blandín es seguramente mejor conocida que cualquier otra en Venezuela, por lo menos entre extranjeros y todos los que han visitado a Caracas por placer, diversión o fines científicos. Fue el lugar de descanso  de Humboldt y del historiador Depons, y ha sido consecuentemente visitada por muchas otras personas de menos fama mundial. El coronel Duane la visitó durante su permanencia en el país en 1824. Su hospitalario dueño, el Sr. Blandín, siempre estuvo dispuesto a expresar sus respetos y su cortesía y a extender su hospitalidad a todos los que han pasado por la hacienda, sin tener en cuenta las diferentes razones que motivaron su visita. Yo he estado aquí muchas veces y tuve oportunidad de conocer al Sr. Blandín antes de que muriera hace un año. Aunque todavía contiene el mobiliario antiguo, la casa está pasando por un período de reparaciones. Es espaciosa, bien ventilada, grande conveniente y bellamente situada, con un interminable arroyo de deliciosa agua de montaña que corre, salta y brinca por entre el corral, al Este de la casa. Las aguas son conducidas por un canal embaulado y “pavimentado” en el fondo, pasan a través del patio de secar café frente a la casa, hasta llegar a un canal transversal que las llevan, a través de una pequeña cocina y de un jardín de flores, a un espléndido depósito de forma ovalada, de unas 150 yardas de circunferencia y 40 yardas de diámetro en una dirección, y de cincuenta a 60 en la otra.

Su profundidad es de unos cinco pies y medio. Es una bella extensión de agua pura, transparente y sana. Gracias a su elevación y situación, el tanque puede regar toda la hacienda alrededor de la casa, o sea, las dos terceras partes de todo el terreno. La casa está hecha de armazones de madera, de un solo piso; el techo descansa sobre soportes en las paredes en las paredes laterales y posteriores, rellenos con cal y tierra de un espesor de cuatro, cinco o más pulgadas. Tiene una bella piaza al frente y en cada esquina, y puertas que dan a los cuartos exteriores. De la piaza se entra a la parte principal de la casa, con cuartos a cada extremo. Las ventanas son de vidrio y le dan a la casa cierta apariencia de residencia como las que tenemos en los Estados Unidos.

“Todas las comodidades de la casa son excelentes. Al lado hay una caseta donde en poco tiempo se preparan baños calientes o fríos. La cocina es de grandes dimensiones. En la parte oeste de la casa, separada por una pared, hay un establecimiento para secar, descarar y limpiar el café antes de ser llevado al mercado. Tiene gran número de oficinas y aparatos, la mayor parte de los cuales está ahora en desuso, prueba de los grandes defectos y del atraso de la ciencia mecánica en este país. El Sr. Blandín fundó esta hacienda hace cincuenta y dos años, y todo, menos la casa, es viejo, rudo y demuestra poco conocimiento de los adelantos conocidos en otros lugares del mundo.
“A eso de las 12.30 regresamos de nuestra excursión, todos un poco cansados, bajo los rayos perpendiculares de un sol caliente. Las damas se retiraron a recogerse el pelo y nosotros nos pusimos a jugar barajas. Así nos entretuvimos hasta las 4 cuando Sir Robert, la tan esperada visión de la Sra. Mocatta, hizo su aparición con Jane Mocatta y el Sr. Jhon Boulton, de la Guaira. Al instante la Sra. Mocatta se sintió más alegre y feliz. ¡Qué vergüenza que la esposa piense más en otro hombre que en su propio marido! Así parece ocurrir en este caso, aunque es posible que le esté haciendo a ella una injusticia; pero si yo no tuviera más de una evidencia ocular, diría que estaba equivocado. Los hechos indican que hay gato encerrado: una laisance entre un viejo de 60 años y una mujer de 33. “Y a ella se debe todo”.

A las 4.15 se sirvió una suntuosa cena de platos fríos precedidos por una sopa “caliente” y pequeñas adiciones del propietario. Nosotros no esperábamos ni deseábamos que él nos suministrara nada. Sir. Robert no probó bocado, y se quejó constantemente de su desesperada salud. Pero por el semblante que tenía se hubiera dicho que podía comerse un pedazo de carne más grande que el que se come un obrero inglés. No todo lo que tenía Sir. Robert era un dolor de cabeza. Había algo más. Seguramente su “jefe” lo había reñido por algún asunto, o quizás sentía que la corona de laurel ceñida con todos sus poderes y tanta firmeza a su frente, se balanceaba de un lado a otro. Me parece que cuida de su reputación post mortim con mucho miedo y cuidado de suicidio. De la misma manera que lo hace con su título de nobleza, con un cuidado constante, que no cesa, que no termina, estrecha su reputación contra su corazón severamente herido, pues pertenece a esa clase de mortales que, a pesar de no ser católicos, creen todas las órdenes de la Iglesia y del gobierno, y que los reyes, al igual que el Papa, pueden canonizar el pecado y la virtud y salvarlos para la eternidad, ya que no para esta vida. Levántate, Caballero, sólo hay un purgatorio que atravesar, y el rey, por medio de sus palabras talismánicas, te puede elevar muy por encima de tus semejantes. Pobre mortal, se está poniendo viejo y ahí reside el misterio de su devoción religiosa en las acciones y las creencias. Anteriormente leía el misal todos los domingos, pero aquí abandonó esa su práctica por el Teatro, y en su lugar de adorar a dios, venera el becerro de oro. En realidad, ¿qué otra cosa, fuera de su sueldo, puede retenerlo aquí, a menos que sea el dinero o la Sra. Mocatta? Después de cenar caminamos hasta el estanque, y a las 6 emprendimos el camino regreso a Caracas. 

“Por poco se me olvida decir que el vino de jerez de Sir. Robert debía traer y del cual fue portadora la Sra. Mocatta, fue el bebedizo más abominable que alguna vez se le haya servido a un triste pescador. Una vil mezcla de “algo” que no era ni carne, ni pescado, ni gallina. Si yo hubiera sospechado que nos iban a estafar es esa forma, yo habría mandado mi propio jerez que es bueno. Seguramente Sir. Robert pensó que cualquier cosa era lo bastante buena para los invitados al picnic. Jamás habría probado o tocado una cosa tan puerca. Digo lo que se merece la Sra. Mocatta, a costa quien hizo todo este ruido y fueron escritas estas líneas. Ella no es más que una insignificante “negruzca” asquerosa (y en realidad lo es) nativa de Santa Cruz, una judía que en realidad se llama Judas y que modernizó su nombre por el de Julia. Me río sólo de pensar que una judía se llame Julia. ¡Oh sombras de David y de Samuel, cómo ha decaído vuestra raza, a qué malos tiempos habéis llegado! Vuestro Mesías llorará cuando venga y encuentre a todos sus Hijos convertidos en Hijos y corderos de otros pastores. ¡Oh Julia, Julia, ja-ja-ja! Sir Robert y la Sra. Mocatta,  Jane Mocatta y John Boulton, el joven Benedetti y las dos Srtas. Benedetti, llegaron a casa media hora antes que nosotros (el Sr. Benedetti y Sra., mi esposa y yo y Melchor Bias). Llegamos a las 8 en punto y nos acostamos temprano, algo cansados”.





miércoles, 16 de mayo de 2018

Haití.

Toussaint-Louverture (1743-1803)

Escrita por Enrique Bernardo Núñez en mayo 1941.
Tomado del libro “Viaje por el país de las máquinas”. Biblioteca Ayacucho, 2017.

La bandera azul y roja flota bajo el cielo de Haití, la antigua Quisqueya, la montañosa, LA Española. La tierra de Anacaona y del rey Bohechio de quienes habla tan prolijamente el padre Las Casas. La tierra de los areytos  indios y de los ritos africanos, de los terribles conjuros a la luz de la luna. La isla donde el blanco comete sus primeras perfidias y se encienden los primeros fuegos de la libertad. Es la fiesta de la bandera. El 18 de mayo de 1803 Dessalines futuro emperador suprime el blanco del pabellón francés y enarbola esos dos colores. Por todas partes se lee: “Homenaje al presidente Lescott”. Celébrese también la iniciación de un nuevo período presidencial.

La carne negra reluce bajo los andrajos. Hombres y mujeres medio desnudos junto a las frutas raquíticas extendidas en el suelo. Tienen en los ojos la sombra de un dolor apenas olvidado. Esa raza tan humilde y miserable ha combatido bravamente por su libertad. Cuando Simón Bolívar implora el auxilio de Pétion, el “hombre que no hizo derramar lágrimas a sus conciudadanos sino el día de su muerte”, según reza una descripción en el modesto monumento que le está consagrado, ya los haitianos tenían su experiencia. Se habían rebelado contra el blanco. Habían tenido su guerra a muerte. Habían opuesto tenaz resistencia a los franceses enviados a someterlos. Habían tenido su imperio, sus guerras civiles, y por último habían proclamado la República. El blanco había capitulado ante los negros rebeldes. La lucha adquiere así en Haití la plenitud de su significado liberador. No se trata de un grupo de criollos y europeos que quieren fundar su república, sino de la liberación de una raza oprimida, la liberación de la raza negra. En las escuelas de Haití se puede enseñar así que Simón Bolívar, siguiendo el ejemplo de los fundadores de la emancipación de Haití, quería también libertar a su país de la dominación de España. (Tengo a la vista un compendio de [la] historia de Haití por Windsor Bellgard, exalumno de la Escuela Normal Superior Secundaria en el Ministerio de Instrucción Pública, Oficial de Academia, etc., etc.). A cambio de ese auxilio Pétion solo exige la liberación de sus hermanos de raza en toda la América española. Libertad de la que luego no se habló más. Los criollos propietarios harán mucho tiempo dela vista gorda, no obstante los decretos y las promesas. Viene a ser la emancipación de los esclavos durante la primera mitad del siglo XIX uno de tantos lemas románticos, motivo de discursos y litografías. El temor a las castas es uno delos mayores obstáculos que encuentra la independencia entre los blancos dueños de la tierra. Pero también el esclavo llega a ser compañero del blanco en los campamentos, y aun admitido en el Olimpo de los héroes. Montilla (Quizá se refiera a Mariano Montilla), entre otros, amenaza con lanzar cien mil negros para decidir a los más recalcitrantes. En Haití los negros acuden a la rebelión contra los amos que se niegan a ejecutar los decretos liberadores de la Convención. Entre unos y otros no hay otra relación sino el foete y los suplicios, el trabajo y la miseria. Un Marqués de Caradeux entierra vivo y de pies a uno de sus obreros más hábiles, y luego le deshace a pedradas la cabeza que ha dejado fuera. Los blancos pasean en lujosos coches y celebran grandes festines. Se creían nacidos en un mundo feliz donde otros debían trabajar para ellos. Y esta creencia la defendían como un derecho. Otros, en cambio, habían nacido para ser azotados. Grandes señores tenían el privilegio del comercio de negros. Una noche las plantaciones arden y quedan reducidas a cenizas. Los amos son degollados. La libertad decretada por los comisarios de la Convención.

El más ilustre de los servidores del ideal de liberación de su raza es, sin duda, Toussaint-Louverture, quien se eleva de la condición de simple esclavo hasta merecer el odio del primer Cónsul. Toussaint tiene todos los rasgos de las almas grandes. Napoleón lo hizo arrojar en una prisión donde sucumbió tras pocos meses de cautiverio. Toussaint ambicionaba para los suyos los conocimientos del blanco. A fin de adquirir experiencia en los asuntos militares llega hasta enrolarse en las tropas españolas. Es el ideal de todos los que luchan por la liberación. Dessalines solo perdona la vida a los artesanos, a los que tienen conocimientos científicos.

En 1804 Dessalines se proclama emperador. Hay en todo esto un cierto sincronismo con los sucesos políticos en Francia.  Puesto que en Francia había un emperador, el título de gobernador vitalicio parecía insignificante a Desslines. En cambio, [Faustin-Élie] Soulouque lo hace dos años antes que Napoleón III en 1849. Hubo también un presidente, Cristóbal [Henri Christophe], que forma en el norte de la isla un reino aparte. Este Cristóbal emprende grandes construcciones, entre otras el castillo de las 365 puertas. Cristóbal protege las artes, la agricultura, la instrucción pública. Estos reinados son breves y terminan de manera sangrienta.

Haití exporta pacas de fibras de maguey. Las casas de los nuevos colonos se levantan en medio de las plantaciones. En torno de estas casas la misma gleba de los bajos salarios que permiten mayores y seguras ganancias. Se trata en realidad de una nueva organización colonial. Una organización algo distinta a la anterior. Y uno se pregunta si no habrá otro cambio, si esa misma organización colonial no recibirá otra forma. Si no estará a punto de producirse ese cambio. Es en Fort-Liberté, a pocos kilómetros de la ciudad del Cabo, capital de del reino de Cristóbal, precisamente cerca de los montes donde resonó en la noche el tambor que convocaba a la rebelión. De esa gleba sudorosa se elevó Toussaint. Una suave brisa estremece las aguas de la bahía solitaria sobre la cual cae la menguante de una luna de mayo. Por supuesto, Haití tiene su lotería.

martes, 15 de mayo de 2018

Luis Carbonell en Caracas.

Luis Carbonell. (Santiago de Cuba 1923-La Habana 2014)

Escrita por Alejo Carpentier el 09 de agosto de 1952.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela”. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Año  2014.

Con magníficos antecedentes en Lope de Vega, en Góngora, en Simón Aguado; con una tradición guarachera que cubre todo el siglo XIX, la poesía de tónica afroamericana alza el vuelo en la tercera  década de este siglo, hallando magníficos cultivadores en todo el Continente. Luego se cierra el ciclo. Quedan los poetas importantes del movimiento: los que abrieron veredas, dejando obras con acento personal, o evolucionaron por cuenta propia, dentro de una expresión percutiente debida a la presencia de un auténtico ritmo interior. Hoy, como lo señalaba Manuel Rodríguez Cárdenas en su presentación de Luis Carbonell, la poesía afroamericana es etapa rebasada en la producción literaria de nuestros países. Etapa rebasada, pero no por haber constituido un esfuerzo estéril, sino porque el hecho de haber tenido cultivadores de primera fuerza agotó su caudal de posibilidades en unos veinte años. En la actualidad nos queda un “hecho literario” perfectamente situado y ubicado; una escuela coherente, que tuvo ya sus historiadores y antologistas en Emilio Ballagas, a la vez de gran poeta de expresión afrocubana, y Ramón Guirao, muerto recientemente.

Pero, no por haber vivido ya su historia en cuanto a producción activa, hemos de apartar los ojos de ese factor ya consustanciado a la sensibilidad americana. Cuando una escuela se ha definido y sus modalidades son del dominio colectivo, es cuando surgen sus verdaderos intérpretes. (Ahora que los creadores del atonalismo han muerto, es cuando aparecen ejecutantes especializados en ese tipo de música). Género clásico ya en la poesía de nuestro continente, género fijado, el afroamericanismo alcanza, luego de la actividad precursora de la magnífica Eusebia Cosme, el plano de vastos empeños de Luis Carbonell, el famoso recitador cubano que actualmente nos visita, habiéndose presentado al público, el jueves pasado, en la vieja casona del Club Social y Artístico del Ministerio del Trabajo. Y hablo de vastos empeños, al referirme a este artista, porque, con la noble ambición de su talento, nos ofrece algo nuevo, que puede prestarse a un desarrollo de alta jerarquía.

Luis Carbonell recita admirablemente la poesía de Guillén, Palés Matos, Ballagas, Rodríguez Cárdenas, Burelli Rivas, y también los poemas coloristas, hartos fáciles, pero dotados de un innegable valor de anticipación, del asturiano Alfonso Camín, hombre que paseó una pintoresca bohemia madrileña, de chalina y chambergo, por el barrio de Jesús María, en la Habana, a cuyas negras alabó en versos tremendamente conocedores del objeto de la inspiración. Luis Carbonell nos ofrece, pues, lo que podríamos llamar el repertorio básico del género, al que comunica una vida, una movilidad, una diversidad de acentos, que salvan victoriosamente el escollo de la relativa uniformidad de lo escrito. Pero, además de ello, uniendo el ritmo puro al verso, dice ciertos poemas sobre la música producida por un grupo de instrumentos de percusión, haciéndose el iniciador de una técnica dotada de extraordinaria elocuencia expresiva. Menos me gustan los acompañamientos realizados con un canto real, como el de La bella cubana, de White, por cuanto el procedimiento tiene antecedentes. Pero una realización de Luis Carbonell, como la del “Coloquio” de Rafael Esténger, en que la palabra percute sobre el ritmo puro de los tambores, abre el magnífico artista un camino colmado de posibilidades nuevas.

Debe elogiarse especialmente a los miembros del Grupo Rítmico y del Coro de Trabajadores dirigidos por el profesor José Reyna, que colaboraron con Carbonell en su recital, concertando los números, por falta de tiempo, con una rapidez que es prueba de gran capacidad artística: Daisy Brito, Josefina Linares, Gilberto Hernández, Víctor Morillo, Simón Blanco, Somoza, Prazuela López, Carlos Aldrey, así como al pianista Romanelli.






jueves, 10 de mayo de 2018

Más allá del Horizonte.

Esteban Herrera+ (Actor venezolano)



Escrita por Alejo Carpentier el 03 de agosto de 1956.
Tomado del libro “Alejo Carpentier. Visión de Venezuela” de Monte Ávila Editores, 2014.

El actor latinoamericano se topa , en los inicios de su carrera, con un grave problema que desconocen sus colegas de España: el que consiste en hallar dicción que, sin incurrir en un remedo de castizo, enderece un tanto las entonaciones propias. Debe encontrar un justo medio entre el acento, las inflexiones características del país que lo vio nacer y una tradición que le viene del mismo teatro escrito en su idioma, base primera de su educación dramática. Podría decirse a sí mismo, valientemente: “Este es mi acento y a él me atengo”. Pero en ese caso se establecería un inevitable divorcio entre el espíritu de ciertos textos y el modo de articularlos. ¿Tratar, entonces, de hablar en buen castellano, marcando diferencias entre las “eses”, las “zetas” y las “ces”? Bien. Pero ocurre que el artista nuestro será llevado, por su destino, a actuar en los países de un inmenso continente donde nadie las marca , por lo mismo, su hispanidad verbal pecará de exótica viniendo de un criollo, criollo rodeado de criollos, acaso menos escrupulosos en lo de querer hispanizar el verbo. De ahí el problema consistente en determinar un modo de expresarse que, sin ajustarse del todo a las normas del decir castellano, resulte poco marcado por lo local.

Como el problema ha sido confrontado con igual urgencia en todos los países nuestros donde el teatro empieza a cobrar envergadura, puede decirse que el actor del Continente pasa por tres etapas: 1) la de un criollismo, al parecer irremediable; 2) la de un intento de remedar el bien decir castellano; 3) la de expresarse con naturalidad, sin esfuerzo aparente, como costumbre adquirida, en un idioma que será, a la postre, el de todos los teatros creados en América...Cuando la tercera etapa es alcanzada, puede afirmarse que se vencido uno de los escollos más graves que se alzan ante la capacitación dramática de nuestra gente.

Lo primero que me impresionó gratamente en la magnífica presentación de Más allá del horizonte, obra de Eugene O'Neill, interpretada el martes en el Teatro Nacional, bajo los auspicios del Ateneo de Caracas, fue observar que el problema de una norma general, lograda en la dicción, comienza a ser rebasado. Para Esteban Herrera, ese problema ha dejado de existir, acaso porque sus actuaciones en España le obligaron a enfocarlo bajo sus ángulos posibles. Aún subsiste ligeramente para Olga Corser, cuando se vigila demasiado, como puede ocurrir siempre en un estreno que impone la máxima tensión nerviosa a sus intérpretes. Fidias Elías va hallando su tono. César Castillo López parece haberlo encontrado. Los demás intérpretes siguen el movimiento general con mayor o menor fortuna. Por lo pronto, se va logrando una laudable unidad en lo verbal, que mucho actuó en favor del éxito de la obra.

En general, la presentación del drama de O'Neill, dirigida por Horacio Peterson , nos dio una reconfortante sensación de buen teatro, llevado con ritmo amplio, dentro de un movimiento perfectamente observado. Ya pasaron los tiempos de tanteos, de pruebas, de escarceos. Poco a poco se afirman, entre nosotros, las virtudes del profesionalismo. Hay seguridad en el comportamiento dramático de cada cual: armonía de gestos y actitudes entre los personajes en presencia; fluidez en la marcha de diálogos perfectamente dominados. La escenografía de Federico Robles, realizada en Caracas por Antonio Anguera, es de una magnífica propiedad. La dirección de Horacio Peterson es la de un hombre que sabe lo que quiere y lo logra dentro de un oficio que ya tiene estilo propio. Flor Ascanio y María Gámez estuvieron excelentes en sus respectivos papeles. ¿Reparos? Esteban Herrera debe dar más volumen de voz en su última escena. En cuanto al diálogo final entre Olga Corser y Fidias Elías, necesita un poco más de “aire”, de tempo, de pausas. Por lo demás, sólo merecen alabanzas.

Si esta temporada auspiciada por el Ateneo de Caracas se mantiene en el nivel de sus inicios, marcará una fecha capital en los anales del teatro venezolano.

Por favor, aún no.