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sábado, 21 de octubre de 2017

El teatro para niños y niñas y la escritura dramática.

 Por Itziar Pascual


Soy autora teatral. Lo que me distingue de escritores de otros géneros literarios es que soy, como todos los autores teatrales, una trabajadora del cambio. Los dramaturgos somos trabajadores del cambio. Trabajo con el principio teórico y práctico, visible y simbólico, de la transformación. Trabajo con la modificación de la situación dada, del status quo. Propongo, en el plano real y en el orden simbólico, un principio modificador y alterador de la “realidad”. O de eso que comúnmente aceptamos como realidad.  No importa el estilo, el género dramático, el tema de la obra o la estrategia dramatúrgica. Siempre que escribo teatro presento mundos en variación.

Esta condición da a mi trabajo una función política manifiesta y genera consecuencias políticas muy significativas. Trabajo – trabajamos- con la materia de la metamorfosis en el seno de sociedades temerosas al cambio. Porque cada uno de nosotros pone resistencias a la mera conjetura de cambiar. El cambio como estrategia modal, legitimadora del consumo, es aceptable en nuestras sociedades. El cambio, como agente activo de conciencia individual, es turbador y muy peligroso.

Previsión, control o seguridad son palabras muy poderosas en nuestras sociedades. Porque allí donde se da rienda suelta al control se acaba imponiendo la conformidad.

Nosotros, las gentes del teatro, tenemos la tarea poética y política de depositar sobre el espacio la hipótesis y la praxis de otras experiencias posibles, de otros conocimientos posibles, de otras vidas y otros mundos posibles. Y por cada persona que se conforma nosotros, las gentes del teatro, necesitamos a otra que se rebele.

Una sociedad conforme legitima un teatro conformista; un teatro de las buenas costumbres. José Monleón llama a ese teatro “el teatro de los sabido”; Juan Mayorga lo nombra con la expresión “Ustedes son formidables”. Del abanico de mundos posibles, ese teatro viene a legitimar éste mundo y no otros, ésta vida y no otras, estas conductas y costumbres, y no otras. Es decir, este orden.

Tengo razones políticas, emocionales y sociales para no conformarme con este mundo. No quiero ni creo en el teatro como instrumento de legitimación del presente; prefiero escribir para intervenir en el derecho a dudar, para agujerear el horizonte de lo sabido.

Trabajar con el proyecto de cambiar me conduce a preguntas teatrales fundamentales: ¿Quién mueve la acción? ¿Quién tensiona el presente? ¿Quién transforma la situación dada? ¿Quién está en desacuerdo con el mundo? ¿En qué dirección? ¿Con qué propósito? Concebir un buen personaje protagonista es un gran trabajo político.

Con frecuencia las resistencias al cambio se filtran en los textos. Transferimos la acción a otros personajes, de modo que al supuesto protagonista le “ocurren” muchas cosas, pero no interviene en la acción. Transferimos las acciones, las responsabilidades y las consecuencias de las acciones a terceros – el orden, el destino, la sociedad, los dioses, el dinero-.  El debilitamiento de los protagonistas – porque sus acciones han sido transferidas a otros – los convierte apenas en meros depositarios de un punto de vista, apenas en receptores de una posible adhesión ideológica, y deposita en los textos el riesgo del dogmatismo y el adoctrinamiento. Como protagonistas, nuestra acción – poética y política – es responsable. Si no asumimos el poderoso desafío de generar acciones en el mundo, y de asumir nuestras acciones, se desmonta el principio activo y dinámico del cambio mismo. Entonamos el canto del inmovilismo.  

Esta dinámica – la transferencia de la acción a terceros – también tiene lugar en nuestra condición de artistas. Como nuestros protagonistas, somos responsables de nuestras acciones artísticas. Y en la acción dramática es importante la diferencia entre responsabilidad y culpa.

Requerimos de protagonistas que asuman el desafío de la acción, que estén dispuestos a poner en juego lo que más importa - ¿Qué es lo más decisivo? ¿Qué está en peligro? ¿Por qué luchar, trabajar, sostener el cambio? – y que no se rindan en la primera peripecia. Su tenacidad es decisiva.

Como nuestros protagonistas, necesitamos artistas con coraje, que desafíen el sistema teatral. Eso es ser contemporáneos: poner problemas al oficio. Crear allí donde la técnica, la historia del teatro como rico y complejo depósito cultural y del oficio no sirven para despejar los enigmas del arte. Necesitamos artistas responsables de sus acciones y tenaces en sus empeños. 

Por eso, en ese compromiso, para realizar una acción creativa responsable en una literatura dramática para niñas y niños,  he intentado concretar una declaración de propósitos, para definir mi compromiso con el espectador.

Mi declaración incluye siete propósitos fundamentales:

1)     No engañar, no mentir, no adoctrinar, no herir. No herir gratuitamente.
No engañar significa asumir que el conocimiento es y puede ser doloroso. Pero que la ignorancia lo es aún más. Toda la tragedia griega está asentada en esta convicción.
2)     No enjuiciar – ni prejuiciar- al otro. Sería bonito preguntarse cuándo dejaremos de evaluar al otro. No presuponer nada. Nada. Simplemente, proponer.
3)     Aprender a no decir. Aprender a callar. Aprender a escuchar. Aprender a dudar de lo que se sabe.
Escuchar. Dedicar nuestra atención, nuestro cuerpo, a la tarea sagrada de escuchar. Se es dramaturgo no sólo por lo que se dice cuanto – y especialmente – por lo que se calla. Hablar sólo cuando queda algo que decir.
4)     No engañar (me). No auto convencer (me). No usar el nombre de la profesionalidad en vano. Si profesional significa comer de lo que haces y no arrepentirte de lo que haces, ¿Cuántas personas se sienten profesionales? ¿Soy profesional?
5)     No banalizar. No ofrecer soluciones inmediatas a tensiones complejas. Reconocer la incapacidad y la impotencia como materiales constitutivos de la experiencia del mundo. Chejov nos enseña mucho al respecto. No frivolizar.
6)     No aburrir. No convertir el lenguaje en mero depositario de ideas. El lenguaje que apenas es depositario de ideas, sostiene Azama, en teatro está muerto. Lo aburrido no es intelectual. Es simplemente aburrido.
7)     (La última palabra siempre es la más difícil). Emocionar. No ofrecer algo que no me perturba, que no me inquieta, que no me importa emotivamente. No conformarme con lo interesante y con lo bien hecho. (Aun cuando a veces, lo interesante y lo bien hecho sea mucho).

Llegados a este punto, me importa citar las reflexiones de una mujer luminosa, la teatróloga rumana Florica Ichim: “Si no sabes nada sobre el sufrimiento humano no puedes escribir  personajes, escribirás tipos. Esa es la diferencia entre Beckett y Ionesco”.

En lo que Marina Osácar Gallego define, en un artículo publicado en la revista Las puertas del drama, “la ética de la responsabilidad creadora”, la edad biológica del espectador no es relevante.

Importa, en palabras de Irma Correa, alumna del cuarto curso de Dramaturgia de la RESAD, la “deseografía”. El mapa del propio deseo, las razones interiores del viaje. Esto significa que el otro, el espectador, se perderá si nosotros nos perdemos, si no confiamos en el viaje, si la velocidad es más importante que el viaje mismo. Ya lo avisa José Antonio Marina: la velocidad es la primera forma de violencia.

Por todo esto mi compromiso con el teatro de niños y niñas es mi compromiso ético con el teatro.




domingo, 27 de agosto de 2017

VII Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares

BASES

El Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través del Centro Nacional del Libro, la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y el Gabinete Cultural del estado Trujillo, conjuntamente con la Gobernación Bolivariana del estado Trujillo,  y las Alcaldías Bolivarianas  de Boconó, Trujillo y Escuque, convocan a la VII Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares, a partir de la publicación de las presentes bases:

1.   La VII Edición de la Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares se celebrará en las Ciudades de Boconó, Trujillo y Escuque del  estado Trujillo, durante los días 26, 27 y 28 de Octubre de 2017, y honra la memoria de uno de los más grandes poetas en lengua castellana del siglo XX y XXI, quien dejó una profunda huella como pedagogo, formador de generaciones.
2.   Para esta edición se abre la convocatoria en la mención LITERATURA INFANTIL. La temática es libre.

3.   Podrán participar escritores venezolanos y extranjeros, residenciados en la República Bolivariana de Venezuela, con permanencia mínima de 5 años. No podrán participar integrantes del Comité Organizador del evento. 

4.   Las obras participantes deberán ser inéditas; que no hayan sido  publicadas ni premiadas en otros certámenes.

5.   Las obras participantes serán recibidas desde la publicación de las presentes bases hasta el 1 de Octubre de 2017, únicamente por el correo electrónico:bienalramonpalomares2017@gmail.com
6.   En dos archivos adjuntos, independientes, se recibirán: Archivo  A) La obra, con una extensión mínima de 60 cuartillas y máxima de 80,  espacio 1,5; en letra Times New Roman, tamaño 12 puntos, en formato  PDF, firmada bajo seudónimo o lema. Archivo B) El nombre de la obra, seudónimo, y los datos del autor (nombre completo, Nº de cédula, lugar de nacimiento, dirección de habitación, Nº telefónico, dirección electrónica y breve biografía literaria).
7.   Se otorgará un Premio único, que no podrá ser compartido. No habrá premios honoríficos ni menciones especiales.

8.   La autora o autor de la obra ganadora recibirá un certificado y un premio en metálico de cien mil bolívares (Bs. 100.000,00), además de la publicación y distribución de la primera edición de las obras por la Casa Nacional de Las Letras Andrés Bello.
9.   El jurado estará constituido por tres (3) escritores o escritoras de reconocida trayectoria, cuyos nombres se darán a conocer oportunamente. El fallo será inapelable.

10.               El anuncio público del veredicto y premiación se realizará el día 28 de Octubre de 2017, durante el acto de clausura de la VII Bienal Ramón Palomares.

11.               Lo no previsto en la presente convocatoria será resuelto a criterio del jurado y el equipo organizador. La participación en este concurso es libre y gratuita, y supone el conocimiento y aceptación de las bases.

12.               Para mayor información comunicarse por el correobienalramonpalomares2017@gmail.com, así como por el teléfono 0272-2366629


viernes, 8 de junio de 2012

El mundo fantástico de la literatura infantil

El mundo fantástico de la literatura infantil
Víctor Montoya

Como todo ser humano, desde que el mundo es mundo, desde la noche de los tiempos, he vivido atrapado por los mitos, las leyendas y los cuentos provenientes de la tradición oral; por esas historias que, remontadas en las alas de la imaginación popular, se han transmitido de generación en generación y de boca en boca.

Aún recuerdo que mi abuela, una chola oriunda de una pequeña provincia del norte de Potosí, haciendo gala de un lenguaje salpicado por vocablos quechuas, me refería las aleccionadoras aventuras del Atoj Antoño y el Cumpa Conejo; mientras mi abuelo, un chuquisaqueño de armas llevar, que cató minas con la intención de convertirse en otro Simón I. Patiño, pero quien después de la revolución de 1952 y al final de sus años no encontró más que la desilusión y la pobreza, me introdujo en los estremecedores laberintos de los cuentos de espanto y aparecidos. Así fue como un día, al notar que no podía conciliar el sueño por el temor que le tenía a la noche, escuché en sus labios la leyenda del Tío: “Dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta”, dijo, mientras afuera el cielo se vaciaba en relámpagos y aguacero. Desde entonces no he dejado de pensar en la imagen diabólica de ese personaje que habita en los socavones de Bolivia ni en las consejas mineras que adquirían una dimensión particular en la mente de mi abuelo, quien, aparte de ser un narrador jocundo y carismático, era capaz de embelesar a cualquiera con sus historias fantásticas. Sabía gesticular con emoción y cambiar las inflexiones de la voz, a la vez que los ojos se le iluminaban como lamparitas de acetileno y las palabras le brotaban fluidamente, como si todo el tiempo estuviese contando un viejo cuento de magia y de misterio. Así era mi abuelo, conocedor de la mina y sus secretos; un hombre de ideas liberales que, tomándome de la mano, me enseñó a conocer el realismo social y el mudo secreto de los mineros, con quienes compartí y conviví desde mi infancia. Conozco las necesidades de sus hogares, el drama de sus luchas y la tragedia de sus vidas, más trágicas todavía cuando se sabe que estos hombres mueren con los pulmones reventados por la silicosis y a cuatro mil metros sobre el nivel de la miseria.

Debo reconocer que, debido a la falta de medios materiales y a la realidad que me tocó vivir, no tenía la menor idea de la existencia de una literatura infantil, con libros profusamente ilustrados a todo color y con autores que se dedicaban a cultivar apasionadamente este género literario, sino hasta cuando salí de Bolivia, exiliado por una dictadura militar, y fui a dar en el techo del mundo, sin más equipaje que los recuerdos, porque los agentes del gobierno me sacaron directamente de la cárcel y me embarcaron en el aeropuerto de El Alto rumbo a Suecia, un país que, por cierto, me acogió con los brazos abiertos y me enseñó a valorar el verdadero significado del respeto a los Derechos de los Niños, haciendo hincapié en que uno de esos derechos es su acceso libre y gratuito a la literatura.
Cuando empecé a trabajar en una Biblioteca de Niños en Estocolmo, me quedé maravillado, por primera vez, ante un cofre literario lleno de joyas destinadas a los pequeños lectores, pues hasta entonces vivía aferrado a la idea de que los cuentos infantiles existían sólo en la tradición oral y la memoria colectiva, y no en los libros impresos con fascinantes ilustraciones que, además de despertar la sensibilidad estética de los niños, eran varitas mágicas que estimulaban su fantasía.

Ésta fue una experiencia magnífica para quien como yo, que cursó la educación primaria y secundaria en la población minera de Llallagua, estaba acostumbrado a leer sólo por obligaciónlos cuentos y poemas que, a manera de materiales auxiliares de lectura, se incluían en los libros de texto; en esos manuales didácticos, engorrosos y aburridos, cuyo objetivo principal estaba orientado a impartir las complicadas reglas gramaticales, que a mí, como a la mayoría de los alumnos, me parecían más complicadas que las operaciones matemáticas.

La Biblioteca de Niños, contrariamente a lo que relata Jorge Luis Borges en “La Biblioteca de Babel”, no era la metáfora del universo ni la esfera de Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; tampoco tenía galerías hexagonales ni espejos que duplicaban las apariencias.

La Biblioteca de Niños no era como la “Biblioteca de Babel”, un laberinto caótico donde se escondía el libro análogo a Dios, que Jorge Luis Borges buscaba enloquecido entre dialectos pretéritos y remotos, sino un local exento de leyes divinas, donde los libros eran accesibles a la inteligencia humana y ninguno estaba escrito en “dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico”; tampoco existía un libro que fuese la “cifra y el compendio perfecto de todos los demás”, o un simple laberinto de letras, puesto que buscar un relato coherente en una sopa de letras es lo mismo que querer encontrar una aguja en el pajar.

En la Biblioteca de Niños, nadie necesitaba más tiempo de lo debido para hallar el libro deseado, pues los anaqueles estaban ordenados en base a un sistema riguroso de computación, que registraba el nombre del autor, la fecha y el lugar de edición, el título y el género de la obra. En “La Biblioteca de Babel”, en cambio, todo era impenetrable. Para localizar el libro A, primero se debía consultar el libro B, y para localizar el libro B, consultar el libro C, y así sucesivamente.

La Biblioteca de Niños, donde yo trabajé como si cada día asistiera a un jardín infantil, era el más concurrido y atractivo de cuanto he conocido; las paredes lucían imágenes arrancadas de los cuentos de hadas, mientras del techo, tan alto como puedan imaginarse, pendía un magnífico aerostato, representando “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, a la vez que el mobiliario estaba hecho según las recomendaciones pedagógicas de María Montessori. De modo que el bibliotecario parecía Gulliver en Liliput y la bibliotecaria Alicia en el país de las maravillas.

Los niños iban y venían explorando tesoros escondidos en los anaqueles y haciendo chirriar mesas y sillas. Al detenerse de súbito, con la mirada encendida por la emoción, alargaban el brazo y tomaban el libro próximo a sus manos. Luego lo contemplaban de arriba a abajo, de anverso y reverso, y, cuando abrían las tapas, quedaban absorbidos en un mundo de aventuras y desventuras, apenas oían las voces de los personajes que poblaban sus sueños.

De las páginas saltaban, uno a uno, Caperucita y el lobo, Aladino y su lámpara maravillosa, Cenicienta y su madrastra perversa, Blancanieves y los siete enanitos, la Bella Durmiente y el príncipe azul que la despierta, la Bella y la Bestia, Pippi Calzaslargas y Nils Holgersson, quien, montado a horcajadas sobre el lomo de un ganso, invitaba al lector a un viaje maravilloso a través de Suecia, para enseñarle la historia, la geografía y las costumbres de este país escandinavo, donde yo mismo recorrí de sur a norte en compañía de la obra de Selma Lagerlöf.

La Biblioteca de Niños, hecho de calor y cariño, me sirvió no sólo para refugiarme en el reino fantástico de los cuentos infantiles, sino también para reflexionar que, en el país que me vio nacer, existen todavía quienes viven y mueren sin aprender a leer ni escribir, y cientos de miles de niños y jóvenes que no tienen acceso a una sola joya de la literatura infantil y juvenil.

Por lo demás, si “La Biblioteca de Babel” era el resumen del caos del universo, la Biblioteca de Niños era un plácido jardín, donde los libros parecían flores y los niños mariposas.
Así pues, la biblioteca comunal de Tyresö, donde trabajé a principios de los años 80, me permitió retornar a mi pasado y rescatar al niño que habita dentro de mí, y a quien, acaso sin saberlo o sin quererlo, lo rechacé durante mucho tiempo, hasta que volví a repetir:“Desde adentro, desde adentro,/ Desde el fondo de un abismo,/ Viene corriendo a mi encuentro,/ Un niño que soy yo mismo...”. Estos versos de Óscar Alfaro es un auténtico “Viaje al pasado”, a esa infancia que es un tesoro que debemos guardar celosamente y no perderlo nunca, pues ese niño o niña que habita en nuestro fuero interno, manteniéndose latente y negándose a morir, se manifiesta de manera espontánea cuando la lógica del razonamiento adulto es vencida por la fuerza del subconsciente, donde gobierna ese niño o niña que constituye el cimiento sobre el cual edificamos nuestra personalidad. No en vano reza el sabio proverbio inglés: “El niño es el padre del hombre”.

Por eso mismo, me llaman la atención los versos de añoranza de Pablo Neruda, quien, con su mirada de infancia, irremediablemente perdida, decía: “...Y a veces recordamos/ al que vivió en nosotros/ y le pedimos algo, tal vez que nos recuerde/ que sepa por lo menos que fuimos él,/ que hablamos con su lengua,/ pero desde las horas consumidas/ aquél nos mira y no nos reconoce...”. Es decir, “El niño perdido” de Pablo Neruda, además de causarme angustia, me provoca una rara sensación de algo que no quisiera experimentar en carne propia, pues lo que yo quiero, sin vacilar un solo instante, es que mi niño me acompañe hasta la muerte, y no porque tenga miedo a hacerme viejo, ni llevar a cuestas el peso de la experiencia y la apariencia física, sino, sencillamente, porque así me siento entero, con el anverso y el reverso de mi vida y de mi tiempo.

Ser viejo en lo físico no es lo mismo que ser viejo en lo psíquico. Einstein, por ejemplo, tenía el pelo blanco, pero era un niño por dentro; era sabio, pero tenía el corazón y la imaginación de un genio de quince años, aunque a la edad de los 25 se situó en la cúspide de los titanes del pensamiento humano, como Copérnico o Newton, tras descubrir la relatividad del tiempo, de nuestro tiempo. Por lo tanto, debo constatar que no soy el único adulto que posee alma de niño, sino un adulto más en quien perdura el peso de la infancia, con una pureza similar a la leche de la bondad humana.

Si todavía no se pusieron a pensar, valga recordarles que las obras de los poetas, músicos, pintores y científicos, nacen del juego de ese niño eterno que se esconde dentro de ellos; de ese niño que nunca pierde la capacidad de entusiasmarse, preguntarse, reinventarse o maravillarse. De no estar presente ese niño juguetón en cada artista, en cada uno de nosotros, sería más grave la vida y menos llevadera la existencia. Por suerte, la fantasía de un niño se prolonga hasta la muerte, aunque algunos lo desconozcan por temor a perder su autoridad de adultos o porque, sujetos a las normas lógicas y racionales de su entorno, se avergüenzan de sus fantasías, como si fuesen propias del infantilismo pueril e impropio de la edad adulta.

Sigmund Freud, en su estudio sobre el poeta y la fantasía, se preguntaba: “¿No habremos de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética?”. Sin duda, la preocupación favorita e intensa del niño es el juego, actividad lúdica a través de la cual se conduce como un poeta, creándose un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. “El poeta hace lo mismo que el niño que juega -dice el padre del psicoanálisis-: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad”. Incluso el hombre que cree haber dejado de ser niño y haber dejado de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales y, en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos, aunque a veces se avergüenza y oculta sus fantasías ante los demás. Con todo, si el poeta, al igual que el niño, es un hombre que sueña despierto, entonces la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustituto de los juegos infantiles, así como los instintos insatisfechos son la fuerza impulsora de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfecha.

Sin la fantasía no seríamos lo que somos ni tendríamos lo que tenemos. La actividad de la fantasía se expresa en la creación artística. Gracias al poder de la fantasía, incubada desde la infancia y mimada hasta la muerte, se han creado los instrumentos de los cuales disponemos en la actualidad. Sin la fantasía no hubiera existido un Leonardo da Vinci ni un Julio Verne, ese científico apresurado que, en su vida y en su obra, fue un niño-viejo, como lo fue Jonathan Swift en los “Viajes de Gulliver”, J.R.R.Tolkien en la fantástica epopeya de “El señor de los anillos”, Lewis Carroll en “Alicia en el país de las maravillas”, los hermanos Grimm en sus cuentos de hadas,Hans Christian Andersen en sus cuentos fantásticos y J.K. Rowling en las aventuras de Harry Potter. También Michael Ende -otro de mis escritores favoritos- reivindicó la infancia como la etapa más noble del ser humano, una etapa mágica en la que todo es posible, incluso escribir la “Historia interminable”, una larga correría por la fantasía, sin saber luego cómo salir de ella para retornar a la realidad externa, donde muchos viven atrapados en las redes de un mundo lógico y enteramente racional. Él mismo, con su aspecto de científico bueno y la pipa en los labios, manifestó: “Desde la escuela han hecho sentirme diferente, éste es un mundo en el que no se ama a los soñadores. Pero, por otra parte, nunca creí que los otros fueran como se comportaban. Siempre he pensado que en el fondo, los otros son como yo, sólo que no lo saben”. Otro niño-viejo fue James M. Barrie, el periodista escocés y aspirante a escritor, quien creó un personaje universal llamado Peter Pan, el niño eterno que se negó a crecer.

Sin embargo, así como los adultos se empeñan en hacerse mayores y en esconder el Peter Pan que los habita, yo me empeñé, como les iba contando, en estrangular al niño que llevo en mi interior, sin entender que él también tenía derecho a vivir como el adulto que intentó desalojarlo. Pero fue una misión imposible, porque el niño que me habita se armó de coraje y, al igual que Peter Pan -el pequeño gran héroe que podía volar como un pájaro y resistir los embates del temible capitán Hook-, decidió enfrentarse a mi ser adulto y defender el lugar que le corresponde en mi vida.

Desde entonces me ha sido más fácil identificarme con los personajes del maravilloso mundo de la literatura infantil y juvenil, con “Pulgarcito” de Charles Perrault, “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, “Nalle Puh” de Alan Alexander Milne y “Pippi Calzaslargas” de Astrid Lindgren, cuyas aventuras de desobediencia y desacato a la autoridad de los adultos me fascinan de manera especial, puesto que la picardía del Lazarillo de Tormes, la ternura de Mary Poppins y las aventuras de Peter Pan, son elementos integrantes de la fantasía tanto de los niños como de los adultos, así éstos últimos se nieguen a reconocerlo porque han olvidado su infancia o porque se hacen de ella una idea casi artificial, como cuando se niega obstinadamente la conocida frase de Nietzsche: ”En aquel hombre hay oculto un niño que quiere jugar”.

Ya dije que, por mucho tiempo, negué al niño que habita en mí. Es decir, había domesticado y reprimido mi fantasía, había supeditado mi mundo interior al exterior, hasta que un día, por esos azares que no se pueden explicar, lo fantástico encontró la manera de vengarse y de emerger, como ese actor frustrado que por mucho tiempo permaneció maniatado en las catacumbas del subconsciente. De ese desfogue nació el escritor que me tomó la delantera, consciente de que uno de los grandes filones de la literatura es la historia protagonizada por las niñas y los niños insatisfechos, quienes buscan refugio en la fantasía para escapar de una realidad insoportable o, simple y llanamente, aburrida y desastrosa. Quizás por eso, los niños de mis cuentos suelen ser imaginativos y solitarios, que a veces hablan poco y lloran sus penas en secreto, niños que viven una doble vida: la cotidiana y la de su propio mundo fantástico.

Ahora bien, para quienes en el silencio, y a estas alturas de mi intervención, se estén preguntando cuáles son los libros de literatura infantil que escribí a lo largo de mi vida, la respuesta es única y concluyente: no escribo libros para los niños ni las niñas, sino ensayos sobre la literatura infantil, por la sencilla razón de que a los niños, en estos vericuetos de la literatura, no se les puede meter gato por liebre. Por eso mismo admiro a quienes, entre borbotones de ternura y deslumbrante ingenio, dedican todo su tiempo y talento a escribir con la pasión del alma libros destinados a los pequeños lectores, sin más pretensiones que crear obras hechas de encantos y espantos, luego de haberse zambullido en los pensamientos y sentimientos de sus protagonistas, en sus conflictos emocionales, en sus actividades lúdicas y, sobre todo, en su lenguaje, que es el eslabón más importante de la moderna literatura infantil y juvenil.

Ahora que he retornado a esta hermosa tierra que me vio nacer, después de más de treinta años de ausencia, me empaparé de su realidad desmesurada y contradictoria, en un intento por seguir las huellas de nuestros precursores como Óscar Alfaro, Hugo Molina Viaña, Yolanda Bedregal, Beatriz Shulze Arana, Rosa Fernández de Carrasco, Gastón Suárez, Paz Nery Nava, Elda de Cárdenas, Alberto Guerra Gutiérrez y Antonio Paredes-Candia, para luego descubrir y redescubrir la obra del medio centenar de escritoras y escritores que están registrados en la Academia, donde algunos, con más bríos que otros, brillan con luz propia en la constelación de una de las literaturas que mejor estimula el hábito de la lectura en quienes mañana serán los grandes lectores de la gran literatura universal.

Y para terminar este mi cuento, sólo cabe manifestarles que me siento muy, pero muy feliz de ingresar como miembro honorario a la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, una institución forjada por personas honorables, que se dedican a cultivar el noble oficio de las letras, en medio de un grupo selecto de colegas que, a partir de este memorable acto, vivirán para siempre en el corazón humilde de este escritor que, ande por donde ande, jamás dejará de ser un niño boliviano.


Discurso de ingreso de Víctor Montoya a la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, en un acto realizado en el Espacio Patiño de la ciudad de La Paz, julio de 2011.

sábado, 28 de enero de 2012

Pélame esa Mandarina

Gustavo Efrén Porras Cardozo

Soy pequeña, perfumada y dulce.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Me estás haciendo daño. No lo hagas, estás lastimándome. Me vas a tumbar, me caigo. Me mallugas… ¡Oh! Cómo he venido a menos. Mi familia paterna es apellidada Rutaceae, la materna es llamada Aurantioecea.
No entiendo porque mis padres son denominados con esos seudónimos de raíces latinas…Tal vez sea que se transculturizaron gracias a la influencia conquistadora de Alejandro Magno, a la expansión del Islam (los Omeyas se instalaron en España por ocho siglos), a la expedición de las Cruzadas, o la ida de Colón a la India llegando accidentalmente a unas tierras que años después llamaron América.

A mis hermanas la llaman: Citrus Reticulata, Citrus Unshir y Citrus Reshmi, en otras palabras: Las Clementinas, las Satsumas y Comunes. Así es como la llaman en la intimidad del hogar. Tenemos primas en diferentes países del Mundo pero me gusta mucho mi primo Tangerine, aunque no nos entendemos cuando hablamos: Él habla la lengua Árabe y yo el Mandarín. El problema más grande se presenta cuando empiezan a hablar sobre sexo, específicamente del mío, deberían mencionarme como femenina, pero no, cuando dialogan sobre mí, dicen: Es del Género Citrus y luego, me caracterizan como “Ácida y Dulce” al mismo tiempo. Otros conversan que soy un Hesperidio, una baya modificada, carnosa y simple, casi siempre obtenida de cítricos.

Soy bella, me bautizaron con ese nombre por el color del traje que levaban puestos los Mandarines, quienes eran unos funcionarios públicos de mucho poder en el Imperio Chino, cuyos trajes eran parecidos al color brillante de mi piel. Soy la Citrus más consumida en el mundo e introducida en el Mediterráneo Europeo desde 1828 para su producción alimenticia.
Algún día me casaré y tendré muchos hijos, llenos de vitamina “C” y con mucho “Potasio” los cuales nacerán por semillas, mis hermanas son miedosas y opinan lo contrario. Ellas quieren tener a los suyos por “Cesárea” o mejor dicho por “Inseminación Artificial”, pero, en la Clínica del Conuco, lo llaman: “Parto por Injerto”.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Me están tumbando, ¡Ay! Me caí…
¡Apúrate!
Túmbala! ¡
Túmbala! Que no se aporree.
¡Pélame esa Mandarina!

Caracas, julio 2011

martes, 13 de diciembre de 2011

Cuentos de tío tigre y tío conejo.


PRIMER CUENTO:TIO CONEJO COMIENDO ALMENDRÓN, EN LA SELVA.

Tío conejo sentado en el suelo, golpea unas pepas de almendrón, para sacarle las almendras y comérselas. Cuando de repente se aproxima por detrás tío tigre y exclama con voz ronca y fuerte: Ajá! tío conejo, así te quería conseguir. Te dije que me la ibas a pagar, por tantas travesuras que me has hecho. Ahora si es verdad que nadie te va a salvar. Hoy serás mí almuerzo! Te voy a comer!

TIO CONEJO SORPRENDIDO

Tío conejo se levanta sorprendido, pero de inmediato piensa como va librarse de esta situación tan comprometedora. Y con su acostumbrada picardía exclama: Caramba, tío tigre, usted va desperdiciar la oportunidad de comerse un manjar tan exquisito, por comerse este pobre y famélico conejo. Intrigado tío tigre exclama con cierta elocuencia:¿ A qué manjar te refieres? ! Contéstame! antes que clave mis colmillos sobre tu cuerpo: Tío conejo responde, señalando hacia el suelo: A estos sabrosos almendros. Tan sólo tienes que golpearlos con una piedra y podrás comértelos. Obteniendo más proteínas de las que te puedo dar.

TIO TIGRE CAE EN LA TRAMPA

Interesado tío tigre exclama: A ver a ver tío conejo, pero yo no sé cómo se hace. Tío conejo con voz emocionada le responde: Yo te enseño tío tigre, solo tienes que sentarte en el suelo, con las piernas bien, bien abiertas. Colocas el almendrón entre tus piernas y golpéala pum con una piedra hasta que saques la almendra. Es sencillo. Inténtalo. Tío tigre confiado se sienta en el suelo y siguiendo las instrucciones de tío conejo PUM... se da con la piedra en sus partes nobles y sale corriendo desesperado gritando de dolor...ay, ay, ay...

SEGUNDO CUENTO: TIO CONEJO Y LAS VACAS

TIO CONEJO EN LA PATA DE UN CERRO

Estaba tío conejo entretenido, royendo una lata de refresco. Cuando de repente aparece tio tigre sorprendiéndolo. Con voz airada le dice: -Ahora si te voy a comer, eleva tu plegaria al cielo majadero. Me vas a pagar la última lavativa que me echaste, con la piedra y el almendrón-. Tío conejo responde, manteniendo la calma y con gran sagacidad:-Pero bueno tío tigre, usted va a preferir comerse este cuero con orejas. Pudiendo escoger entre ese hermoso ramillete de vacas que esta allí arriba del cerro. Si me come, solo seré un insignificante pasapalo ante ese suculento banquete que le espera-.

TIO CONEJO SUBE EL CERRO

Tío conejo, aprovechando la confusión del momento, no lo deja reaccionar, inmediatamente le dice: -Cierre los ojos tío tigre, y abra bien los brazos que yo voy a subir a espantarlas hacia abajo. Espere ahí yo le grito cuando van bajando...espere-. Tío tigre ansioso, cierra los ojos y abre los brazos. Mientras tío conejo sube el cerro y comienza a empujar una gran roca blanca. Con voz aguda y chillona, empieza a gritarle: -Tío tigre, muévase un poquito a la derecha! ahí va tío tigre, ahí va bajando, es una vaca lechera, abra bien los brazos, ahí va... Se escucha un gran estrépito cuando la roca viene rodando. Y de repente se escucha un fuerte chasquido Zas. Se observa una gran polvareda, debajo de la roca yace tío tigre. Todo mallugado y aporreado. Mientras se va escuchando una risita ji, ji, ji que se pierde a lo lejos.

Anónimo: versionado por Daniel Ruiz

sábado, 19 de noviembre de 2011

Un Señor llamado Pacheco


por Bruno Mateo

 
Cuenta la historia que cuando Caracas era la ciudad de los “techos rojos” en el Waraira Repano, el hermoso cerro que bordea la ciudad y nos separa de la Guaira, vivía un señor que cultivaba claveles,  llamado  Pacheco. Nuestro amigo siempre bajaba durante  la época de navidad a vender la cosecha de  flores en la plaza del mercado, dice el abuelo a su querida nieta. La inquieta niña oye con atención lo que su abuelo cuenta y enseguida pregunta: ¿Y por qué el Señor Pacheco bajaba? El abuelo sonríe y contesta: Porque él es quien trae la navidad a Caracas, además de que hace mucho frríííooo. El señor abraza a su nieta. Es hora de dormir. Mañana comienza Diciembre y el abuelo prometió llevar a su nietecita al Cerro del Waraira.  Yo quiero saber más del Señor Pacheco, dice la muchachita. ¡Es hora de dormir!, indica el abuelo. Pero si me cuentas un poquito más te prometo que…, replica. ¡No, Ciprianita! Es de noche. Vamos a hacer algo si te acuestas ahora te podrás levantar más temprano y así llegaremos de primero al cerro donde vive Pacheco, dice astutamente el anciano. La pequeña piensa. Le da un enorme beso a su querido abuelo y alegre se acuesta.    El viejo se aleja, pero cuando llega a la puerta, se voltea y  dice: Ciprianita mañana es diciembre, pronto llegará la Navidad y tal vez puedas ver a tú sabes quién. Y con su gran sonrisa se despide. Ella sólo piensa en la historia que recién escuchó.

Al día siguiente, se levanta muy contenta porque la llevarían al cerro. Se montarían en el teleférico y luego tomarían chocolate caliente.  Todo está listo. El viejo abuelo  y Cipriana se van directo a la montaña. Al llegar allá, siente un frío intenso. El lugar es neblinoso. Los dos viajeros deciden ir hasta el pueblo de San Isidro que se encuentra a poca distancia de la estación del teleférico. Mientras caminan, la niña, se imagina que por allí debe vivir Pacheco, el señor de quien su abuelo le habló. A mitad de camino sienten que caen unas gotas. ¡Oh! ¡Oh! Va a llover. ¡Vente Cipriana!, dice el abuelo, vamos a esa cabaña para que no nos mojemos. Ambos se meten dentro justo a tiempo. El chaparrón de agua cae con truenos y relámpagos. Tal vez es la casa de un guardabosque. La lluvia es cada vez más intensa y la muchachita siente un poco de temor por lo que se abraza duro a su abuelo. Se escuchan truenos muy fuertes. Y ellos están un poco alejados. El abuelo, para pasar el tiempo, empieza a contar historias de cuando él era un chamito. No se sabe si fue por el cuento o la larga espera que los dos caen rendidos de sueño. Al despertar ellos se dan cuenta de que algo no está bien. ¿Qué hora es?, pregunta la niña. El abuelo no tiene idea. Sólo sabe que deben irse inmediatamente. Es muy tarde y pronto va a anochecer. De repente, escuchan el rugido de un animal y se asustan. Dicen algunos que en el Warairarepano hay pequeños leones montañeses, que en América los llaman pumas.  Hay que salir, debemos bajar a Caracas, señala el abuelo. Y caminan muy rápido hacia la estación. No logran verla. El lugar se llena de neblina. Una nube espesa no permite ver nada. ¡Abuelo!¡Abuelo! ¡Tengo miedo!, dice Ciprianita. No hay que temer hija. Tu abuelo está contigo, responde. Se vuelve a escuchar el rugido de un animal. El frío es penetrante y ellos parados allí sin saber adónde ir. ¡Hola!, oyen una voz. ¡Hola! La escuchan más cerca. Y de pronto  aparece de la nada un señor alto, de cabello y ojos negros con una sonrisa en los labios y unas flores amarillas en sus manos. Parecen que se perdieron, acota el aparecido. ¡Si señor! ¡Así es!, aclara el abuelo. ¡Síganme! Yo los guiaré  hasta Caracas. Ellos lo siguen por un camino de tierra. El rugido del puma queda en el aire.

Cipriana y su abuelo están atónitos. No creen lo que les sucede, pero aún así confían en que todo saldrá bien. Caminan y caminan hasta que, por fin, llegan a un jardín cundido de claveles de todos tamaños y colores. Hay amarillos como el Sol. Rojos como tomates. Azules como el mar de la Guaira.  Sin embargo, hay una flor que sobresale. Es  muy bella y lo más extraño es que sus pétalos son de siete colores. Parece un  arcoíris. Esa flor es única en el mundo. Ellos están tan maravillados que ni se percatan  de que el señor avanza   con una carreta llena de claveles y girasoles. ¡Vengan!, No se queden allí, grita eufórico el desconocido, todavía  queda camino por andar y pronto será diciembre.  Emprenden de nuevo la caminata. El paisaje del cerro empieza a variar. Hay más sol. Y ya se ven los edificios de la ciudad. Ciprianita contenta grita duro,  ¡Llegamos, abuelo! ¡Llegamos! ¡Llegamos! Ya se pueden oír las cornetas de los carros. Ellos llegan a la ciudad gracias al hombre viejo  aparecido de la nada. Falta un poco nada más, indica con una sonrisa el señor, ahí mismo está la Puerta de Caracas y un poco más allá la plaza de la Pastora. El abuelo reacciona y le viene a la cabeza el cuento que le echó a su nieta la noche anterior. Comienza a pensar: si este señor vive arriba en el cerro, cultiva claveles y conoce tan bien los caminos del Waraira, entonces este señor es Mira  a Ciprianita. Ella le dice emocionada: Abuelo, yo creo que este señor es…Y como una explosión de alegría se oyen voces que corean: ¡Ahí viene Pacheco! La gente arremolinada espera la entrada del bondadoso jardinero del Waraira Repano.

 
Caracas, 16 de noviembre de 2011
Sacven No. 9.070

martes, 25 de octubre de 2011

PELIGROSO


de Olga Cortés


Mamá no me deja salir de casa solo. Y a mí me encanta la aventura. Si pudiera, me enfrentaría a lo desconocido. Exploraría las selvas misteriosas, subiría a los árboles más altos y atravesaría las profundas aguas del mar. Visitaría todos los lugares que mi abuela dice que existen, pero debo tener cuidado. Ayer salí en secreto y como me advirtió mamá, me enfrenté al ser más horripilante y peligroso del mundo.

Soy el más chico de la familia, por eso me cuidan tanto. Es un fastidio porque, mientras mis hermanos corren como chiflados y juegan al escondido afuera, debo quedarme tranquilito, paseando de una habitación a otra, hasta que mi abuela se desocupa y me cuenta historias. Entonces, mi imaginación estalla como luces de bengala.

Cuando mis hermanos duermen, felices y agotados, me pongo a ver el cielo. Está muy lejos. Me pregunto que habrá al otro lado, si las nubes serán relleno de cojín, o las estrellas luciérnagas espaciales. Abuela comenta que la luna es un jardín de conejos. Para papá no es más que una gigantesca torta de queso.

-No le llenen la cabeza de ideas locas-protesta mamá-. Un día de estos querrá viajar a la luna para averiguar.

A mí me parece una idea fabulosa.

Adoro a Juan. Él me entiende y me rescata del cautiverio. Espera a que nadie lo vea y… ¡zuam!, me carga y salimos al jardín. ¡Qué lindo es! La grama es olorosa. Y hay pájaros alegres y frutas picoteadas. Una vez me llevó al parque y comprobé que era tan espectacular como decía mi abuela. Fue un ratito, el ratito más emocionante de mi vida. Cuando regresamos, Juan dijo:

-Otro día lo hacemos de nuevo.

Nadie se dio cuenta de nuestra fuga, y yo me puse a pensar en lo que había visto: niños jugando, flores abiertas y árboles susurrando. No había nada de peligro. Al contrario, todo era tan perfecto que mi corazón vibraba porque quería quedarme allí el resto de la existencia.

Ayer desperté temprano, cuando sentí el sol en la cara. Me paré y escuché con atención. No se oía nada, sólo la respiración del sueño. Yo quería ir al parque. Fui al cuarto de Juan, pero estaba rendido. Tal vez no iba a la escuela y descansaría como un oso, quién sabe hasta cuándo. No podía contar con él. Llegué a la sala y… ¡Sorpresa!, la puerta estaba abierta.

Salí y me encegueció la luz de la mañana. Pasó rápido. Miré a todos lados, y no había rastros de monstruos ni de fieras. ¡Que se aparecieran y ya verían con quién se enfrentaban! Todo estaba en paz.

Bajé los escalones, contento por la fantástica aventura que me esperaba. Olía a monte y a limón verde. De pronto, sentí que las matas se estremecían. Recordé lo que había dicho mamá y me asusté. Como no pasaba nada, pensé: “son ideas mías”. No, cuando casi llegaba a la calle lo vi, agazapado entre los arbustos, con la intención de acabar conmigo.

Era horrible, el ser más maligno que había visto en mi vida, corpulento y peludo. Sus ojos parecían dos antorchas que podían achicharrar de un vistazo. Me observaba como si fuera su más grande enemigo. Yo quería regresar, pero la entrada de la casa ya estaba lejos. Además, quedé petrificado.

Una guacamaya huyó espantada cuando lo vio. Soltó algunas plumas del susto. El monstruo no esperó más y saltó. Me amenazaba con sus enormes garras. Gruñía como un loco y soltaba un vapor espeso. El aliento era una mezcla de pescado podrido y leche agria. ¡Wuac, olía muy mal! Entonces, no tuve duda: era un enviado del infierno.

Salí de la parálisis y escapé. Yo corría y él detrás. Entré y salté sobre los muebles. Él también. Subí a la mesa y en un segundo estaba a mi lado. Trepé por la biblioteca, como una araña. Me veía burlonamente desde el suelo. Ya creía que estaba a salvo cuando saltó como una rana. Era la bestia o el abismo. No lo dudé. Caí sobre el revistero. El monstruo hizo lo mismo y se llevó un adorno de cristal por el medio. Arrinconado y sin saber qué hacer, sentí que era el fin.

Juan escuchó el ruido. Imaginó que era un bandolero y vino con su bate de béisbol para defenderse. Caminando lento, observaba el desastre de vidrios rotos. Yo, mientras tanto, veía llegar el zarpazo brutal que terminaría con mis deseos de aventuras, o lo que era peor, con mi corta vida. Entonces, sucedió un milagro, Juan nos vio y gritó:

-¡¿Qué haces Micifuz?!

La bestia recogió su garra y respondió:

-¡Miau!

Indiferente y con el paso pausado de los felinos, se fue a la cocina. Nosotros hicimos lo mismo. Juan agarró una manzana y a mí me dio un trozo de queso. Olía exquisito. Salté del bolsillo de su camisa para comérmelo.

viernes, 21 de octubre de 2011

No cualquier vaca

Por Fedosy Santaella
(Puerto Cabello, Venezuela, 1970- ¿?)

Terencio y su esposa se fueron a pasar unas vacaciones a Mérida, por los lados de la Mucuy, en una posada muy silvestre y apartada.

Una mañana, Terencio se levantó con la idea de salir a comprar pastelitos andinos. Aún estaba oscuro, la noche anterior había llovido, y ahora a la noche le daba flojera irse, al igual que le cuesta a las personas levantarse por las mañanas después de la lluvia. Por cierto, su esposa aún dormía, y Terencio se vistió con mucho sigilo y sin encender la luz. No quería despertarla, pues lo de los pastelitos sería una sorpresa. También con mucho cuidado puso la camioneta en neutro y la hizo bajar por gravedad hasta la salida de la posada. Allí finalmente la encendió y salió.

El camino era de tierra, muy estrecho y con muchas irregularidades. Así que manejó a través de la oscuridad con mucha precaución, hasta que tuvo que detenerse. En todo el medio del camino, estaba apostada una vaca. Si la vaca no se apartaba, no había manera de pasar.

Terencio aceleró el motor con la palanca en la letra P, hizo cambio de luces, hasta tocó la corneta un par de veces. No mucho más, porque eso de tocar corneta en aquella soledad y a oscuras resultaba muy extraño. Pero nada, la vaca no se quitaba, y rumiaba y rumiaba sin mirar hacia la camioneta, ni un poquito, nada.

Al cabo de un rato, Terencio apagó la camioneta, y así, esperando que algo pasara, se quedó dormido.

Cuando abrió los ojos era de día y la vaca ya no estaba.

Terencio se apresuró a buscar los pastelitos. No está de más decir que su esposa, cuando él finalmente llegó, seguía dormida. Los pastelitos, no está de más decirlo tampoco, estuvieron muy sabrosos y ella los agradeció con besos (después de cepillarse los dientes, claro).

Ese mismo día, en la noche, su esposa y él regresaban en la camioneta de un largo paseo por los alrededores, cuando se encontraron con la vaca. Estaba allí, otra vez en el medio de la angosta ruta. Terencio le contó a su esposa que lo mismo le había pasado en la mañana, y volvió a tocar corneta, a hacer cambio de luces, a acelerar el motor. Pero nada, la vaca seguía allí, y rumiaba y rumiaba, sin mirar hacia la camioneta, ni un poquito, nada. Tuvieron que pasar la noche dentro de la camioneta. Despertaron a la mañana siguiente. Con la luz del día, la vaca había desaparecido.

En la posada, le contaron al encargado de la presencia de la vaca fastidiosa. El encargado, un señor gordito y de baja estatura, puso cara de preocupación.

—¿Pero qué le pasa, señor encargado? —preguntó el sorprendido Terencio.
—Que le cuento que esa vaca…
—¿Qué?
—Que esa vaca…
—¿Qué cosa?
—Que esa vaca no es cualquier vaca.
—¡Pero diga ya!
—Resulta que esa vaca...
—Ajá…
—Esa vaca… es la vaca fantasma.
—¿La vaca fantasma?
—Sí, la vaca fantasma. Nadie sabe por qué está allí, de dónde viene ni qué quiere. Pero es una vaca fantasma, y de eso no cabe duda.
—¿Usted habla en serio?
—¡Claro que hablo en serio, señor Terencio! ¡Todos los encargados de posadas somos personas serias!
—Es cierto, disculpe —dijo Terencio, y su esposa también afirmó con la cabeza.

Quisieron saber más de aquella vaca fantasma, pero el encargado no tenía más información. Lo fantasmas, así sean de vacas, siempre son un misterio.
En los días que les quedaron de vacaciones, Terencio y su esposa procuraron no volver a recorrer ese camino ni en la noche ni en las madrugadas. No querían que ningún espectro les echara a perder su estadía.

Pero Terencio no dejaba de pensar en el asunto. Era un hombre terco y orgulloso que no se aguantaba cuando le ponían un reto por delante. Y para él, aquella vaca fantasma lo había retado en dos ocasiones al no dejarlo pasar con su camioneta. Así que el día que ya les tocaba regresar a Caracas, Terencio decidió salir temprano en la madrugada.

—¿Pero Terencio, y la vaca fantasma? —dijo su esposa.
—¡Ya se las verá conmigo!
—¡Ay Terencio, hay que ver que tú si eres terco!

Con el cabello más o menos peinado y con las maletas bien apretadas y cerradas, Terencio y su esposa tomaron el camino de tierra y, por supuesto, se encontraron con la vaca fantasma.

Terencio volvió a acelerar el motor (esta vez más fuerte), tocó corneta (esta vez con más insistencia), hizo cambio de luces (esta vez con más frecuencia), y finalmente sacó la cabeza por la ventana y le gritó a la vaca:

—¡No me engañas! ¡Yo sé que eres la vaca fantasma!

Ahí fue cuando la vaca alzó la cabeza y miró fijamente a Terencio. Sus ojos ardían con las llamas del mal, y su boca y sus narices exhalaban un vapor violento. Terencio sintió escalofríos, pero volvió a llenarse de fuerzas y aceleró, aceleró y volvió a acelerar el motor. Su esposa le preguntó asustada:

—Terencio, ¿y si la vaca es de verdad?
—No lo es —gruñó él con las manos apretadas sobre el volante.
—¡Terencio, por favor, no lo hagas! No me quiero imaginar qué pasaría si la pobre vaquita es tan real como esta camioneta.

Por fin Terencio puso la palanca en D de Drive, es decir, de avanzar, de ir hacia adelante, de no amilanarse ante ninguna vaca fantasma.

La trompa de la camioneta se lanzó contra la vaca, la esposa de Terencio pegó un grito y Terencio cerró los ojos. Alguna parte de él esperaba el duro golpe.

Pero nada ocurrió. Nada de nada, porque en este cuento queremos a los animales, y por lo tanto ninguna vaca saldrá con yesos en las patas ni collarines en el cuello.

El hecho es que la camioneta siguió de largo más allá del lugar donde debía haber chocado con la vaca en caso de fuese de carne y hueso. Al notar la ausencia del impacto, Terencio dio un frenazo, abrió los ojos y volteó a mirar.

Ni una vaca, ni un gato, ni siquiera un mosquito se veía.

—¡Viste! —dijo Terencio lleno de emoción—. ¡Sí era una vaca fantasma!

Su esposa sonrió nerviosamente y, luego de soltar un largo suspiro, se lanzó a los brazos de Terencio haciendo pucheros. Estaba aliviada y feliz, aunque todavía un poco asustada.

Así estuvieron unos segundos, hasta que escucharon que alguien carraspeaba en la parte trasera de la camioneta. Terencio y su esposa voltearon a ver. Allí atrás estaba la vaca. Llevaba unos lentes oscuros, una gorra de beisbol y las patas traseras cruzadas. Se le veía muy relajada, muy cómoda allí sentadota cual persona.

—Hola —dijo la vaca.
Terencio y su esposa no pudieron articular palabra.

—Les agradezco que me hayan sacado de ese lugar —siguió la vaca—. Ya ni sé cuántos años llevaba allí clavada, aferrada a la tierra. Los fantasmas, ya saben, estamos condenados a un único sitio. Pero ahora, finalmente, nada me aprisiona. Ni la noche ni un pedazo de tierra. ¡Soy libre por fin!
Terencio y su esposa estaban boquiabiertos.

—¿Saben?, se me ocurre que lo primero que debo hacer —continuó la vaca—, es tomarme unas vacaciones. Me han dicho que Caracas es una ciudad divertida y, sobre todo, muy movida.

Terencio y su esposa dijeron que sí, que sí, que cómo no.

—Pues bien, las vacas fantasmas sabemos muchas cosas sin que nos las digan.
Terencio y su esposa volvieron a decir que sí, que sí, que cómo no.
—Los fantasmas en general sabemos un montón. Y una cosa que sé, es que ustedes son de Caracas.

Terencio y su esposa otra vez que sí, que sí, qué cómo no.

La vaca fantasma sacó entonces una chupeta quién sabe de dónde, se la metió en la boca, se repantigó un poco más sobre el asiento y dijo a viva voz:

—De modo que andando. ¡Vámonos para Caracas!

Recientemente, en las autopistas de la ciudad y en plena tranca vehicular de las horas pico, la gente ha visto a una vaca montada sobre los techos de los carros. Según los testigos, se le nota de lo más tranquila, rumiando como si nada, como si estuviera en el campo y no en el medio del caos capitalino.

Y así, de pronto está, y al cabo de unos minutos, desaparece sin dejar rastros.

Algunos hablan de espejismos urbanos, otros, de una vaca fantasma.

lunes, 3 de octubre de 2011

MOMINA XXVIII

por Efrén Porras Cardozo

El salón amplio e iluminado, estaba lleno de visitantes que se disputaban por ser los primeros en poder ver el recién descubierto sarcófago, los reporteros se peleaban los primeros lugares, mientras alguien desde su infinito lecho, sonreía.

-Papá: ¿Quién fué ella?

-Hijo: Ella fue una hermosa e importante figura en una época muy lejana, rodeada siempre de una servidumbre dispuesta a cumplir todos sus deseos.
- Que expresivos ojos sobresalen de su cara, bordeadas de esas líneas que transmiten una penetrante curiosidad por todo lo que lo rodea, serena y orgullosa. Papá, me producen un poco de temor.

-Hijo: Eso se debe a la expresión de la máscara de oro que cubre su verdadero rostro: Sus ojos son dos esmeraldas que llevan en sus pupilas brillos de diamantes, y el maquillaje que lo rodea está hecho a base de lapislázuli. Sus bigotes son unas líneas de ónix finamente dibujados. Sus labios cubiertos de rubíes y granates que le dan un toque de frescura. Toda su cara fue cubierta de oro de la cual sobresalen sus dos pequeñas orejas adornadas con brillantes tallados por los orfebres del palacio. Su cuerpo, embalsamado por expertos funerarios en esa técnica ancestral con cintas de gasas perladas.

-Papá: ¿Cómo es que ahora ella está aquí, tan lejos de su lugar de origen?

-Hijo: Eso se debe a que en el sitio donde fue escondido su cuerpo, una ladera de la montaña, rodó provocando un alud, dejando al descubierto el sarcófago, el cual se trajo a este lugar para su exhibición.

-Papá, que suerte la mía por estar aquí como testigo de este descubrimiento.

-¡Miau!, un eco resuena en toda la sala.

-¿Escuchaste?

-Sí, hijo, esa fue MOMINA XXVIII.

¡Míaaaaaaaaau!

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La Sra. Fina.


Bruno Mateo
Caracas, Septiembre 2011.

Poesía para niños (as) menores de diez (10) años.

La Sra. Fina siempre está recostada en el techo viendo a la luna,
espera, tal vez, que sus rayos la llenen de luz,


horas y horas, quieta sin moverse, sólo mira hacia arriba,

el tiempo corre y se le hace la una.

¿Qué será lo que espera la Sra. Fina?

¿Qué será lo que quiere la Sra. Fina?

¿Qué será lo que mira la Sra. Fina?

Me dicen los cocuyos que la han visto cerca del río,

maúlla como llamando a alguien,

ella no los ve porque como son inteligentes apagan sus luces,

también quieren conocer lo que esconde la Sra. Fina.

Mi gata se inquieta todas las noches al llegar la oscuridad que adormece el lugar,

camina despacio con su clásico andar,

roza suavemente su cola entre mis piernas,

como un cascabel que hipnotiza a su presa antes del final.

La Sra. Fina se sube al techo de tejas rojas y espera a la Luna,

horas y horas, quieta sin moverse, sólo mira hacia arriba,

el tiempo corre y se le hace la una.

El autor es miembro de la Sociedad de autores y compositores de Venezuela SACVEN bajo el No. 9.070


miércoles, 31 de agosto de 2011

Ito: el "raro" en la literatura infantil cubana.

por Antonio Orlando Rodríguez

Los libros de temática gay o lesbiana destinados a jóvenes lectores
han dejado de ser una rareza en la actualidad. Los países nórdicos fueron pioneros —como en tantas otras cosas relacionadas con el sexo— en dar
a conocer historias en las que los protagonistas adolescentes descubren o
asumen su condición de homosexuales, y han continuado abordando esa
temática con ángulos y premisas novedosos. Un título paradigmático dentro
esa producción es Jim en el espejo, excelente Bildungsroman de la autora sueca Inger Edelfeldt, dirigida a los adolescentes. También la literatura juvenil anglosajona (con especial atención la estadounidense) se ha ocupado, con distintos grados de profundidad, de la temática de las «minorías sexuales». Si Audabe (1957), del británico Kenneth Martin, resultó polémica en el momento de su aparición, por la sinceridad con que reflejaba la compleja relación homoerótica de dos adolescentes, un cuarto de siglo más tarde la lírica y reflexiva Annie on My Mind (1982), de Nancy Garden, en que se narra cómo dos chicas de diecisiete años se conocen en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y se enamoran una de la otra, no tuvo problemas para ser elegida por la American Library Association de Estados Unidos como una de las mejores novelas para jóvenes editadas en el período 1970-1982.

Pero la homosexualidad no ha estado circunscrita al terreno de la narrativa juvenil, sino que también ha sido abordada, de distintas maneras, en
los álbumes ilustrados dirigidos a los lectores más pequeños. Un precursor
de esta vertiente fue Oliver Button Is a Sissy (1979), del renombrado autor e ilustrador gay estadounidense Tommy de Paola, en que el héroe es un niño que prefiere danzar y pintar, a los juegos rudos que sus condiscípulos practican. Y, más recientemente, el desenfadado y explícito Rey y rey (2000), de las holandesas Linda de Haan y Stern Nijland, ha recibido montañas de elogios por la forma en que actualiza un viejo motivo de los cuentos maravillosos: un príncipe heredero deambula de reino en reino buscando una princesa para casarse y desdeñando a cuantas encuentra, hasta que al final elige a otro apuesto príncipe como esposo. (Existe una secuela que aborda la problemática de la adopción de niños por parejas gays: Rey y Rey y familia).

Lamentablemente, en el ámbito hispano de América Latina el homosexua-
lismo aún continúa siendo un tópico, por lo general incómodo y difícil de abordar, tanto en hogares como en escuelas y, por lo tanto, una suerte de tabú que ni los escritores ni los editores de libros para niños y jóvenes parecen demasiado interesados en trasgredir. Son contadas las excepciones en que, dentro de un relato, aparece un personaje con esa filiación sexual. No es mucho lo que se ha avanzado desde que la argentina Alma Maritano incluyera a un tío gay entre los personajes de su novela juvenil En el Sur (1988). De ahí la importancia que reviste, en este contexto, Ito, una singular narración publicada en Cuba, en 1996, por el autor Luis Cabrera Delgado (Jarahueca, 1945).

Imbricando armoniosamente el relato introspectivo, el realismo socioló-
gico, fantasía, onirismo y alguna que otra pincelada kitsch, Cabrera aborda
de forma concisa, pero con hondura, las circunstancias (el despiadado
infierno cotidiano) que vive un niño al que, por su sensibilidad, sus gustos y su comportamiento peculiares, quienes le rodean etiquetan como distinto y, en la mayoría de los casos, hacen víctima de un tratamiento discriminatorio como resultado de sus prejuicios.

El «delicado y fino» Ito, quien estudia en un internado que lleva el para-
dójico nombre de La Infancia Feliz, sobrevive en una tierra de nadie, en un
entorno hostil donde los varones lo mandan a jugar con las hembras, pero
las niñas lo ahuyentan argumentando que él es varón. («Juanito, Juanita.
Ito, mariquita», le cantan algunos, para burlarse, con esa crueldad tan pro-
pia de los más chicos). Por suerte, Ito tiene una caja de fotos de sus cantantes preferidas y puede entretenerse «recortándoles vestidos en papel de regalo o de brillo». Los fines de semana, cuando regresa a la casa de su
abuela, puede peinarla y hacerle moños y bucles. Y siempre le queda el con-
suelo de mirar las nubes y buscarles parecido con cosas. Si bien, después de
oírlo comparar una nube con «una muñeca china con un traje de seda y un
abanico en la mano» a pocos lectores les cabrá la menor duda de que este
niño (como se dice en Cuba) «lleva en su alma la bayamesa», lo cierto es que
todavía la sexualidad no ocupa un espacio significativo entre las preocupa-
ciones del protagonista. Ito es obligado a purgar un «pecado» mucho antes
de haberlo cometido. Esa orientación sexual germinal, en ciernes, que se
adivina en su modo de hablar, de moverse y de ver el mundo, en su fascina-
ción por las telas y los colores, es fustigada y reprimida sin piedad, incluso antes de aflorar explícitamente y de realizarse, lo cual hace doblemente vejatorio e injusto el tratamiento que el niño recibe.

Lo curioso es que, aunque su amaneramiento induzca a suponer que cuan-
do madure sexualmente se sentirá atraído por otros varones, Ito aún se
mueve en una especie de limbo, en ese ambiguo período en que no se posee, de
forma consciente, una identidad sexual. Como para ratificar esa ausencia de
malicia, en sus ensoñaciones el niño imagina «que ya está casado y que vive
con su mujer y sus hijos en una casa muy bonita». Se ve transformado en un
prolífico papá que, fiel a la esencia de Ito, pone a sus hijitas lazos de diferentes colores en la cabeza: «A Rosa, rojo; a Azucena, blanco; a Violeta, azul; a Margarita, amarillo; y a Jazmín, que será la más pequeñita de todas, verde».

Ito es víctima de la intolerancia de unos niños que reproducen los esquemas
dogmáticos que les inculcan sus adultos; de un padre que le niega el apellido y encuentro que, cuando lo tiene frente a él, le da la espalda porque no camina como se espera que lo haga un hombre; de Severo, el tío alcohólico que se avergüenza de él y lo agrede verbalmente, y, para completar el cuadro, de Miriam Malandringa, la directora de La Infancia Feliz, una «educadora» empeñada en transformarlo apelando a todo tipo de castigos y a la crueldad más sofisticada.

Más que un libro sobre el despertar sexual de un niño (que no lo es, en
modo alguno), Luis Cabrera Delgado ha escrito una obra sobre la margina-
ción de que es víctima un niño por ser distinto, potencialmente homosexual.
Su relato pone de relieve una situación frecuente en los centros educativos,
que todos conocemos —unos, por haberla sufrido; otros, por haber sido eje-
cutores de la infamia o testigos indolentes de ella—, pero que se suele pasar por alto, como si estar obligados a padecer durante la infancia esa suerte de dolorosa y enajenante marginación fuera parte intrínseca del proceso de crecimiento de los gays y las lesbianas, una forma de expiar su culpa.

Ito es también, y sobre todo, una reflexión sobre los castrantes mecanismos
de autocensura y autoagresión que el comportamiento de un entorno hostil
desencadena. En las páginas finales de esta breve e intensa narración, cuando Ito, ya cerca de la pubertad, termina sus estudios primarios en el internado, el personaje se hace el firme propósito de «cambiar». Cuando comience en la secundaria, donde nadie lo conoce, se convertirá en otro, renunciará a su naturaleza. Se peinará hacia atrás, como un hombrecito; aprenderá a sentarse con las piernas abiertas; renunciará a «pensar en las musarañas». Aprenderá a mentir, a comportarse de acuerdo con lo que se espera de él, a nadar en las peligrosas aguas de la doble moral. El final, sarcástico y desesperanzador, echa por tierra las esperanzas del niño de iniciar una nueva vida en la que pueda ser aceptado como parte de los otros, aun a costa de una calculada autocastración. Zoilo Malachicha, el director de su nueva escuela, ha sido advertido, por la malévola y caricaturesca Miriam Malandringa, de la condición de diferente, de apestado, de «Ito», y el lector intuye que una nueva etapa de encono, de represión y marginación se inicia para él.

En manos de un autor de menor talento, estos personajes y conflictos
hubieran podido quedar plasmados en un relato melodramático y lacrimóge-
no o en un panfleto a favor de la tolerancia y el respeto a las diferencias, bien intencionado, pero de escaso vuelo artístico. Por fortuna, el resultado fue un texto sobrio, de inteligente construcción y gran poder comunicativo. Probablemente, el autor echó mano a su experiencia como psicólogo infantil (profesión que ejerció durante mucho tiempo) para recrear de modo verosímil el mundo interior y las circunstancias en que vive su protagonista. Esta inquietante narración, escrita sin ánimo didáctico, pero con una perceptible solidaridad y simpatía por los «humillados y ofendidos», se suma a títulos tan signi-
ficativos como Tía Julita (1988), Carlos el titiritero (1993) y ¿Dónde está la Princesa? (2000), que han hecho de Luis Cabrera Delgado uno de los más talentosos y originales creadores de la literatura infantil de Cuba.

Por favor, aún no.