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martes, 5 de mayo de 2020

Quebrada de las ánimas.


Entre el Tocuyo y El Molino, dos pueblos del Estado Lara, se encuentra la “Quebrada de las ánimas”. En este pequeño arroyito se bañan, a veces, los niños campesinos, pero sólo durante el día. Porque según una antigua leyenda del lugar, al anochecer se ven allí blancas apariciones, extrañas sombras fugitivas.

Afirma una creencia popular que en este arroyo larense ocurrió un hecho terrible. Un capitán español había abandonado a su mujer con un niño pequeño, por una bella cortesana recién llegada. Se dedicó a su nuevo amor, sin pensar que pronto pagaría las consecuencias de su villanía, pues la dama en cuestión aceptaba el amor de otros hombres.

Alguien le advirtió al capitán que estaba siendo víctima de una engañifa. No tuvo más que seguir a su nuevo amor hasta el arroyo. Ciego de ira, el hombre mató a la infiel y a su amante. Estuvo sólo unos días preso, pues en la época, el hecho tenía grandes atenuantes. El capitán fue al mismo río y allí se dejó morir de hambre. Dicen que desde lejos se le veía vagar llorando por el lugar. Con el tiempo el río se hizo mínimo. Y en las noches más oscuras, se ven allí tres sombras dolientes, entre las aguas de la “Quebrada de las ánimas”.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.




sábado, 29 de febrero de 2020

Palometa peluda. Papá Tongoré


Palometa peluda.


Existe en Venezuela una mariposa nocturna, negra y grande, conocida en la costa oriental como “La Palometa peluda”. 

En el estado Sucre, la consideran verdaderamente temible. Dicen que se cría cerca del Golfo de Cariaco. Durante la época de lluvias, esta plaga cae sobre pueblos como Carúpano, Tunapuy y El Pilar, oscureciendo las calles. Causan escoriaciones y daños irreversibles en los ojos, por el polvillo o pelusa que desprenden sus alas. La gente de Oriente le atribuye a este insecto un poder maligno, sobrenatural. El cura oficia misas extras para exorcizarlas y en las noches se encienden grandes hogueras en las calles, para atraer allí las palometas, que caen en el fuego estallando como petardos.

Papá Tongoré.

En nuestra Barcelona de Anzoátegui, había devoción por determinadas imágenes, como la del Niño de  la catedral de Barcelona, y algunas otras que los vecinos poseían, a las que se atribuían grandes poderes benéficos y protectores y se adoraban en Navidad. Pero cada quien adornaba su Niño Jesús y lo colocaba iluminado en un lugar visible.

Muchos vecinos acostumbraban ir a adorar el de otras casas. Historiadores como Alfredo Armas Alfonzo, recuerdan la devoción a una imagen del Niño Jesús conocida como “Papá Tongoré”. Pertenecía al vecino Manuel Yancén y se consideraba muy milagrosa. A principios de siglo las fuerzas del gobierno combatía al insurrecto general Rolando, en Aragua de Barcelona. Un indio llamado Pantaima tenía en la mira al caudillo, cuando un centinela de Rolando gritó: “¡Sálvalo, Papá Tongoré!”. Pantaima se desconcertó totalmente. La carabina se le trabó y el proyectil se atascó en el cañón.

El general Rolando escapó con vida y la leyenda de “Papá Tongoré” se extendió por todo el país. La devoción al Niño de Barcelona creció y el mismo Rolando se hizo devoto de aquella humilde imagen oriental.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


viernes, 14 de febrero de 2020

Mujer del Viento


En el pueblo de Bergantín, estado Anzoátegui, apareció una vez una mujer muy extraña. Llegó tan repentinamente que nadie la vio llegar. No entendía el castellano y nadie en el pueblo conocía el raro idioma que hablaba. Su pelo era tan rojo como el fuego y sus ojos recordaban el color del limo verde de las piedras, en el río. Una señora del lugar la albergó en su casa y la alimentó. Al ver las agujas de tejer y el estambre comenzó a tejer. Lo hacía rápidamente y tejía abrigos, chalecos, suéteres que la gente le compraba a buen precio.


Con el tiempo, ella fue aprendiendo a hablar, y pudo contar quién era y cómo había llegado hasta allí. Pero el relato era tan sorprendente que nadie le creyó. Afirmaba haber sido raptada de su pueblo por enorme ventarrón, que la depositó días después en Bergantín. A pesar de que se reían de ella, insistía en contar una y otra vez la misma historia.

Desde entonces algunos la evitaban, por considerarla un ser demoníaco o sobrenatural. Llamaban “la mujer del viento” y “la aparecida”. Ella sufría mucho y decidió irse. Con el dinero ahorrado pudo viajar a Canadá, su país de origen y reunirse con su familia. Y luego escribió desde allí a su protectora dándole las gracias. Pero eso tampoco lo creyó la gente de Bergantín.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.





miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendas de la Virgen María.





El pueblo de Venezuela es ferviente devoto de la Virgen María. Como muestra, se pueden infinidad de apariciones de virgen que han dado origen cada una, a un culto diferente.
          
En Margarita se venera a la Virgen del Valle, patrona de los marineros de todos los orientales.  Pero también en esa isla está la Pilanca, la virgen que apareció un día en los Robles, y que adoran los de esta región. En los Llanos y en el Centro se venera a Nuestra Señor de Coromoto, que según la leyenda, se apareció a un indio durante la Colonia. La Divina Pastora es la patrona del estado Lara y en gran parte de los Andes se le rinde tributo. La Virgen de Chiquinquirá, llamada la Chinita, es la reina de los zulianos y últimamente  se han reportado apariciones  de una nueva virgen en la región de Betania, en el centro del país.
            
Capítulo aparte merece la Virgen del Perpetuo Socorro que adorna la catedral de Barcelona, llamada también la Virgen “Correlona”. La primera noticia de ella la tuvieron dos humildes kariña que atravesando un campo vieron la bella imagen sobre las ramas de un árbol. La tomaron y decidieron llevársela al cura de Barcelona, quien la colocó con gran entusiasmo en un altar lateral. Pero al día siguiente la Virgen no estaba allí. Los kariña se habían marchado, y el sacerdote, disgustado, mandó a un mensajero para que los alcanzara y les pidiera la imagen ofreciéndoles dinero. Se suponía que los indios se la habían llevado. El mensajero regresó con los dos kariña, que estaban tan sorprendidos como él. Aseguraron no haberla tomado i saber qué había pasado.
            
Al regresar a su pueblo tuvieron que atravesar el mismo campo, y asombrados, vieron la imagen  en el mismo árbol donde la habían hallado antes. La bajaron de allí y nuevamente se la llevaron al cura, quien la puso otra vez en su lugar, muy aliviado. Los indios comieron allí, descansaron y se marcharon. Pero aún no habían  salido de Barcelona cuando ya la imagen había desaparecido nuevamente.

El cura fue con el capellán, y hasta los monaguillos, tras aquellos kariña. Fueron registrados, abiertas sus alforjas, y revisado todo lo que llevaban. La Virgen del Socorro no estaba allí.
-Esta Virgen parece que es correlona- dijo uno de los indios.
Se dirigieron todos al árbol y allí comprobaron sus sospechas. El cura celebró una misa solemne bajo aquel árbol misterioso  y con gran boato y reverencia, llevaron la imagen de vuelta a la Catedral de Barcelona. Esta vez fue colocada en el lugar de honor, en el Altar Mayor, y se convocó a todos los fieles a misa aquella misma tarde.

La Virgen Correlona no volvió a escapar y desde entonces se le venera en su mismo lugar, en la Catedral de Barcelona.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.



martes, 10 de diciembre de 2019

Hombre del puñal.


Hombre del puñal.

Todos los días, el joven Pepe Ruiz atravesaba un largo trecho, para ir del conuco a su casa en el pueblo. Todas las tardes, ya entre oscuro y claro, se le emparejaba en el camino otro agricultor, proveniente tal vez de un hato cercano.
-Qué hubo amigo, buenas tardes.
-Buenas le dé Dios- respondía Pepe.

Una tarde, aquel hombre le dijo a Pepe que quería darle un regalo, porque era la última vez que se verían.

A continuación, dio un salto sobrenatural, cayendo en una rama de un árbol alto. Desde allí lanzó al suelo un reluciente puñal, que se clavó en la tierra reseca del camino, mientras le gritaba:
-¡Cava aquí!
Pepe llevaba su chícora, y pudo haber obedecido, pero el  susto fue tan grande que echó correr hasta su casa.
-No seas cobarde-le dijo su hermano Roberto, ese es un difunto que dejó allí un tesoro enterrado y quiere dártelo.

Al otro día, el muchacho se hizo acompañar de su hermano Roberto y varios amigos, y fueron con una pala hasta el lugar. Pero el puñal, la marca del tesoro había desaparecido. Y Pepe no volvió a ver jamás a su misterioso acompañante.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Fin-Fin


En las noches de El Amparo, junto a las impenetrables aguas del Arauca, vaga por los campos el “Fin-Fin”, poblando de espanto los sueños campesinos. Cuentan que los silbidos con que llama a su caballo se escuchan desde lejos, y al oírlos, los perros aúllan de pavor, las vacas mugen en sus establos y las gallinas cloquean enloquecidas. Según la leyenda, es el alma atormentada de un joven que mató a su padre para robarlo.  Ahora recorre incansable aquellos lugares, en un caballo cerrero por toda la eternidad.

Muchos campesinos de El Amparo tienen sus propias técnicas para defenderse del “Fin-Fin”, y una de las más comunes es construir los tranqueros y cercas formando una cruz. Los portones de las casas también se fabrican de esta manera. Y algunos dejan fuera de la casa una totuma llena de ajíes, lo cual se supone que basta para ahuyentarlo, nadie sabe realmente por qué.

Dicen que una noche, un llanero llamado Carlitos Núñez iba a la casa de su amada, la bella Jacinta. La noche era oscura y el joven silbaba para darse ánimo. De pronto, a sus espaldas, resonó otro silbido leve, como el rechiflar de alguien que llama con insistencia a su caballo. Pero nada se veía, por la oscuridad de la hora.

El rucio de Carlitos frenó de golpe el trote suave que llevaba. Dio unos pasos hacia atrás, resopló y sacudió las crines, nervioso. Se negaba a avanzar. Desconcertado, el llanero sintió de pronto un golpe en el rostro, con tanta fuerza que lo derribó del caballo. Lo golpeaban, en el mentón, en los pómulos, pero no se veía nada.  Rodó por la hierba húmeda de la sabana. Mientras aquel ser invisible lo golpeaba sin tregua.

A tientas, hurgó en el bolsillo de su pantalón. Encontró la cruz de palma bendita que le metía todas las noches su novia.

-¡Espíritu Santo, sácame de este trance!-bramó con el poco aire que le quedaba en los pulmones, blandiendo la cruz de palma bendita.

Cesaron los golpes. Sólo el silencio galopaba por la sabana abierta.

Carlitos se vio solo, de cara al alba. A su lado, el rucio mordisqueaba unos matojos, ya calmado. Ensangrentado el rostro y arrastrándose por las dolorosas magulladuras de los golpes, logró montar de nuevo a la bestia, que resolló con tranquilidad. A paso lento tomó de nuevo la senda que llevaba.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


domingo, 8 de septiembre de 2019

La Sayona y Pata Cruzá


La Sayona.

Es una mujer hermosa, de cuerpo escultural y larga cabellera. Le dicen la Sayona por su túnica o saya larga. Esta mujer viene asustando a los trasnochadores desde el siglo XIX. Se acercaba a los borrachitos y serenateros, si se encontraban solos. Cuando miraban su hermoso cuerpo comenzaban a cortejarla. Ella entonces sonreía, mostrando unos colmillos largos y puntiagudos. Dicen que durante la Colonia, algunas mujeres se “disfrazaban” de la Sayona, para poder encontrarse a escondidas con sus enamorados, sin despertar comentarios y chismes.

Pata cruzá.

La leyenda de Pata cruzá es muy conocida en Maracaibo. El protagonista es Praxíteles Montiel, un díscolo pescador, que un día al entrar en la iglesia, encontró muy cómica la postura del Cristo, con los pies cruzados sobre el leño. Desde entonces no lo llamó sino “Pata cruzá, es decir Pata cruzada.

Cuando su mujer iba a la iglesia le gritaba: -Mira Polifea, dale saludos a Pata cruzá. Praxíteles comenzó a notar que su trabajo no rendía como antes. Y le dijo a Polifema: -Anda a la iglesia, y pedile a Pata cruzá que nos ayude.

Una tarde pasó frente a la puerta de Praxíteles un vendedor de telas. Como necesitaba reparar la vela, el pescador compró un buen trozo de lona blanca.

Después de remendar su vela, Praxíteles salió a pescar. Ese día sacó tanto pescado, que estaba desconcertado. Las redes estaban repletas, el barco iba más pesado que nunca.

Al acercarse a tierra,  todos lo aguardaban con gran alboroto y señalaban su barquito con el dedo “¿Cómo sabrán que traigo buena pesca?”, se preguntaba el hombre, contento e intrigado.

Pero cuando llegó con aquella fortuna en pescado, nadie apartada sus ojos de la vela. Allí en el trozo de lona que el pescador había comprado, se dibujaba a todo color la imagen de Pata cruzá.

Desde entonces Praxíteles cambió, se hizo cristiano devoto. Y cedió a la Iglesia aquella lona milagrosa, para que todos pudieran venerarla.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.



sábado, 7 de septiembre de 2019

Pozo de Caruao.


Pozo de Caruao.


A poca distancia de Caruao, en nuestro estado Vargas (hoy llamado estado La Guaira), existe una leyenda que espanta a propios y extraños.

Se trata del “Pozo del Cura”, fresco remanso formado por el río Aguas Calientes.

Cuentan que hubo antiguamente un convento entre Orituco y la Sabana, cerca del río. Según la leyenda, habitaba allí un sacerdote que frecuentaba el pozo y protagonizaba en él,  grandes escándalos, con algunas mujeres del lugar. La gente, horrorizada, temía reclamarle su conducta, pues además, el individuo en cuestión era bastante violento.

Un día, mientras se bañaba en aquel pozo, el perverso cura fue, literalmente, tragado por las aguas, ante la presencia de sus amigas. Pese a ser experto nadador, nada pudo hacer para salvarse. Su cuerpo no fue encontrado jamás. Dicen que desde ese entonces su espectro aparece, agitando los brazos, pidiendo ayuda y tratando de salir de aquel pozo

Los vecinos de Caruao advierten a los viajeros y vacacionistas que no se bañen en el “pozo del Cura”, mucho menos de noche. El fantasma de aquel desdichado podría apoderarse de ellos y hacerlo desaparecer entre las aguas.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.

miércoles, 19 de junio de 2019

Arreo de la sabana, Monja de la buena suerte, Monstruo del Ávila.



Arreo de la sabana.

                De esta aparición maligna hablan aún en Maturín. Cuentan que Papá Juan Ruiz, un ganadero de recio carácter, iba cruzando la noche sabanera, con su propia recua de mulas y sus peones de confianza, cuando vieron venir a lo lejos un arreo. Se dieron cuenta de que era de burros, por los fuertes rebuznos. Pero aquellos rebuznos parecían carcajadas. Arreció una fuerte ventolera, como amenazando aguacero y todos sintieron escalofríos. Una súbita pestilencia revolvía las tripas y se sentía un frío agudo y repentino. La noche pareció detenerse, la luna se escondió tras gruesas nubes, no se veían las estrellas.

                Cuando estuvieron cerca vieron que el primero de la comitiva, el hombre que conducía el arreo, no tenía cabeza. Tampoco la tenía ninguno de los otros jinetes, ni siquiera los burros de los arreos, que eran más de una docena y seguían rebuznando y riéndose.

                Uno de aquellos descabezados, un hombre oscuro, brincó a la grupa del caballo de Papá Juan cuando éste enfurecido disparaba al aire. El caballo echó a correr monte adentro, como arrebatado por el mismo Lucifer, mientras seguían estallando alrededor los rebuznos o carcajadas de aquellos burros infernales.

                El que se topa con el “arreo de la sabana” tiene que invocar a la Santísima Trinidad, esa es la contra.  Y no se le puede maldecir, ni dispararle, porque el espanto “se le pega a la pata”, como pasó a Papá Juan. Y dicen que no suelta a su víctima hasta que se la lleva.

Monja de la buena suerte.

Hay un fantasma que la gente en falcón ansía ver. Se trata de Sor Lérida, la monja de la buena suerte. Según la tradición, esta monjita vivió en Coro en el siglo XIX. Amaba a los animales y al ver a un capataz golpeando a un pobre burro con un enorme garrote, Sor Lérida intervino. No se sabe si fue adrede o por accidente, pero la buena mujer recibió sobre su cabeza el golpe dirigido al asno y falleció en el acto. Poco tiempo después, un hacendado la vio, y desde ese día, su hacienda prosperó. Contaban que todo aquel que la veía obtenía instantáneamente una increíble buena suerte. Desde entonces los corianos anhelan poder ver algún día a Sor Lérida, la monja de la buena suerte.

Monstruo del Ávila.

Muchos campesinos aseguran que en el Ávila existe un monstruo y que sus rugidos pueden escucharse algunas noches. La causa de esta leyenda es un misterio total. Sin embargo, los temores de los campesinos pudieran estar relacionados con un médico alemán que vivió en Galipán durante el pasado siglo y que según cuentan, conservada momificada a toda su familia a medida que morían, pues era un experto embalsamador. Desarrolla experimentos.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.





domingo, 14 de abril de 2019

Monja de la buena suerte y Monstruo del Ávila.


Monja de la buena suerte.

Hay un fantasma que la gente en falcón ansía ver. Se trata de Sor Lérida, la monja de la buena suerte. Según la tradición, esta monjita vivió en Coro en el siglo XIX. Amaba a los animales y al ver a un capataz golpeando a un pobre burro con un enorme garrote, Sor Lérida intervino. No se sabe si fue adrede o por accidente, pero la buena mujer recibió sobre su cabeza el golpe dirigido al asno y falleció en el acto. Poco tiempo después, un hacendado la vio, y desde ese día, su hacienda prosperó. Contaban que todo aquel que la veía obtenía instantáneamente una increíble buena suerte. Desde entonces los corianos anhelan poder ver algún día a Sor Lérida, la monja de la buena suerte.

Monstruo del Ávila.

Muchos campesinos aseguran que en el Ávila existe un monstruo y que sus rugidos pueden escucharse algunas noches. La causa de esta leyenda es un misterio total. Sin embargo, los temores de los campesinos pudieran estar relacionados con un médico alemán que vivió en Galipán durante el pasado siglo y que según cuentan, conservada momificada a toda su familia a medida que morían, pues era un experto embalsamador. Desarrolla experimentos que apuntaban a prolongar la vida después de la muerte.

Al morir el doctor, su ayudante lo momificó y le inyectó el suero 
experimental sobre el cual el alemán trabajaba. Dicen que el viejo doctor volvió a la vida en una especie de estado catatónico. No puede morir, y recorre la montaña en las noches, lamentado su destino.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


lunes, 1 de abril de 2019

El Gaté



En el estado Trujillo es muy conocida la leyenda de este terrorífico habitante de las sombras. Cuando llega la noche es muy raro ver a alguien en la calle, mucho menos si está lloviendo.

En los años setenta un estudiante de nombre David Rafael se encontraba pasando unos días en un pequeño pueblo trujillano. En la feria campesina había visto a dos hermanas que le parecieron muy adineradas, y por tanto, compradores potenciales de la mercancía que traía para vender. 

Lo único malo era que según le habían comentado las posibles clientas no vivían en aquel pueblo, sino en una hacienda vecina. Pero no había ningún problema. La finca no estaba muy lejos, apenas a unos cuantos kilómetros.

La noche que escogió David Rafael a sus eventuales clientas fue la peor que hubiese tenido el pueblo en mucho tiempo.

Desde el atardecer todos los faroles estaban encendidos, por la torva oscuridad del cielo, que lucía opaco y amenazante. Se acercaba un temporal.

Los dueños de la pensión le aconsejaron que no saliera. Le advirtieron del “Gaté”, pues las noches tormentosas son las preferidas de este personaje sobrenatural. Se contradecían describiendo al nocturno ser indefinible. Hablaban al mismo tiempo, sin parar, del espantoso fantasma: 

-Tiene una sola pierna.
-Lleva un machete amolado.

Además de  una cruz de palma bendita, David aceptó al fin llevar un sombrero de ala ancha. Según la creencia popular, tales objetos podrían alejar al Gaté.

Se desesperaban los ancianos suplicándole que desistiera de salir con aquel mal tiempo. Pero súbitamente un gran trueno, precedido de un relámpago cegador, acalló las sabias voces de advertencia. 

Sin arredrarse por la inminente tempestad, calándose hasta las orejas su sombrero y envuelto en un amplio poncho andino, David encendió su carro y se fue.

A menos de dos kilómetros del pueblo el vehículo se detuvo. Intentó encenderlo nuevamente, pero no daba señales de vida. Echarlo a andar era tan difícil como detener la implacable tempestad que se cernía sobre el camino y los montes cercanos.

David no se decidía entre volver  a la seguridad de la pensión o esperar dentro de su carro a que cesara aquel diluvio. Decidió regresar a pie al pueblo, y mandar a buscar el vehículo en la mañana. Caminó unos quinientos metros hasta llegar a un enorme ceibo del camino, y se refugió bajo la amplia fronda estremecida.

De pronto, a la intermitente luz de los relámpagos, divisó la silueta de un hombre joven. Al rato se iluminó completamente el cielo con el fogonazo de un rayo y pudo observar claramente en la lejanía el aspecto de aquel delgado campesino. Llevaba el pecho desnudo. Se aproximaba poco apoco, saltando sobre la única pierna que le quedaba y en su mano centelleaba un filoso machete.

El muchacho reflexionó unos segundos. La figura de aquel hombre misterioso encajaba perfectamente con el espectro descrito por los dueños de la pensión.

Una larga carcajada lejana, como un tropel de piedras del páramo, le cortó la respiración. Convencido de hallarse en presencia del Gaté, David empezó a correr a toda  velocidad hacia el pueblo mientras el fantasma corría frenéticamente tras él, cojeando y lanzando siniestras carcajadas. En su carrera, el perseguido dejó caer no sólo la cruz de palma bendita, sino también el sombrero que llevaba. Entonces, el Gaté se detuvo y lo recogió.

A pesar del terror que sentía, el caraqueño pudo ver como su perseguidor  examinaba el sombrero con detenimiento, lo contemplaba y lo olía de vez en cuando, con evidente satisfacción. Si el Gaté permanecía así hasta el amanecer estaría salvado.

El anciano cura del pueblo oyó una historia que ya conocía. Y David Rafael se enteró allí de que el “Gaté” era el espíritu errante, no de un campesino sino de un rico hacendado de la región, que había muerto en un pelito a machete por causa de una mujer. Sentía al parecer una extraña fascinación por los sombreros, que le recordaban su antigua vida terrenal de lujos y diversión.

El cura hablaba quedamente, como rezando, y mientras se acercaba el alba, confundidos con los truenos y relámpagos, se escuchaban los sordos gruñidos y las risas estentóreas del Gaté, que rondaba alrededor de la iglesia sin poder entrar.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


lunes, 25 de marzo de 2019

El Ceretón y Aparecida del Espejo.



Ceretón.

Duende enamoradizo, habitante de la Sierra de Falcón. Es llamado también “Cachuchón” por llevar un amplio sombrero. Su morada son los “aitones” de la Sierra, enormes agujeros que normalmente habitan los coy-coy o guácharos.

Los ceretones es una herencia que dejaron en Falcón los Welser, temibles conquistadores alemanes que despoblaron la región durante el siglo XVI. Al igual que muchos duendes teutónicos, son enamoradizos y declaran su pasión a las jovencitas. En ocasiones las secuestran y se las llevan a las montañas.

Muchos brujos falconianos dicen conocer el secreto para “ceretonizar” a las personas, volviéndolas invisibles: matar un gallo negro, enterrarlo bajo la luna llena y al tercer día, desenterrarlo, sacar el hueso del muslo, limpiarlo y llevarlo en la boca atravesado. De esta forma, el hombre rechazado por una joven podrá “ceretonizarse”, es decir, hacerse invisible para poder acercarse a su amada sin ser visto por ella ni por sus familiares.

Aparecida del espejo.

Una familia de la Pastora, un barrio caraqueño de los más antiguos, se mudó a una casa vieja. No tenían muebles y la dueña de la casa decidió venderles algunos de los que amoblaban la casa. Se quedaron con las camas, unas cuantas sillas y una peinadora antigua, con un buen espejo. Aquella misma noche, cuando la nueva dueña fue a peinarse, vio reflejada en  el espejo la imagen de una muchacha rubia y pálida. Esa noche durmió con sus hijos y al amanecer puso inmediatamente en venta el mueble embrujado, lo compró una vecina quien también lo vendió porque cada vez que se miraba, veía el rostro de la aparecida del espejo. La peinadora antigua fue pasando de mano en mano, hasta que no se supo más de ella. Tal vez se encuentre en alguna venta caraqueña de antigüedades.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.

martes, 12 de marzo de 2019

Dama de Isla Blanca y La Chinigua

La Chinigua

Dama de Isla Blanca.

Era caraqueña, bella y de muy buena familia. A fines del siglo XIX tuvo que viajar a París para comprar su ajuar de novia o trousseau, como hacían entonces las muchachas de la alta sociedad. En aquella época no se conocían las embarcaciones de motor, y todo el mundo viajaba en barcos de vela.

Al regreso, en medio del océano, el navío fue sorprendido por una “calma chicha”. En términos marineros, se trata de una calma excesiva. El viento casi no sopla y los barcos a vela se detienen. En las largas tardes del océano la joven y el capitán del barco se hicieron amigos. Conversaban todas las noches de poesía, de historia y hasta de astronomía. De esa amistad surgió un apasionado amor, al que se entregaron sin meditar en las consecuencias. Pero en dos semanas comenzó de nuevo a soplar el viento, y al fin la nave pudo proseguir el rumbo trazado.

Ya se acercaban a las costas  venezolanas, estaban cerca de la isla conocida como “La Blanquilla” o “Isla Blanca”, cuando de pronto, la muchacha se dio cuenta del grave error que había cometido. Reflexionaba profundamente, sin encontrar la solución a su problema. Amaba al capitán del barco, pero era casado, nunca podría unirse lícitamente. Además, en Caracas la esperaba su prometido, que no merecía su abandono. Sería una gran afrenta, y una vergüenza para su familia. Llena de pena y culpa, la pobre se arrojó al mar una noche, cerca de “la Blanquilla”. Su cuerpo nunca fue recuperado, pero el capitán puso una cruz en la isla, en recuerdo de su amada.

Los pescadores margariteños nunca dejan que los agarre la noche en la isla, porque afirman que al salir la luna, la Dama de Isla Blanca se pasea por las blancas arenas, con un hermoso traje blanco. Y quienes duermen allí sienten sus caricias invisibles y su voz apasionada que busca a lo largo de los siglos el amor perdido.

La Chinigua.   
                                                                      
Parecida a la Sayona, y sin duda pariente de ella. La Chinigua es una hermosa mujer que se presenta a los pescadores margariteños cuando pescan en tierra.

Aparece envuelta en un bello manto negro, pero cuando lo abre, tan solo se ve un esqueleto, cuyos huesos resuenan macabramente chocando entre sí.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


jueves, 28 de febrero de 2019

Abuelón, El Fantasma de Alfínger, Agüita de Dios, Alumbrar



Abuelón.

Fantasma conservacionista que aparece en las playas margariteñas para castigar a los pescadores inconscientes y a quienes dañan el ecosistema marino. Tiene el aspecto de un hermoso anciano, con una frondosa cabellera de espuma blanca, constelada de estrellas de mar y entretejida con algas y restos de conchas marinas. Su mirada profunda como el océano despide un extraño fragor azul.

Fantasma de Alfínger.

En Coro y sus alrededores aseguran que el fantasma de Ambrosio Alfínger recorre al galope la región, en las noches de luna. Este conquistador alemán que vino con los Welser, fundó a varias poblaciones en nuestra costa occidental, y como todos estos banqueros alemanes, cometió muchas tropelías y atropellos. Murió a manos de los indios, cerca de Maracaibo. Caballero en flamante armadura, el fantasma de Alfínger se pasea por los alrededores de Coro, la ciudad donde vivió, y lleva consigo una lanza que arroja contra quienes se topan en su camino.

Agüita de Dios.

Afines del siglo XVIII un fraile caminaba desde Valencia hasta Bejuma. Se extravió en el camino, y casi muerto de sed, imploró a Dios su misericordia. En ese momento  vio bajar de la montaña un manantial de agua purísima y fresca. Sació su sede y bendijo el lugar, diciendo: “Agüita de Dios, así como remediaste hoy mi necesidad, remedia los males de quienes te beban”.

Hoy en día el lugar vive lleno de creyentes que buscan en esas mágicas aguas la curación y la felicidad.

Alumbrar.

Uno de los más célebres trabajos de brujería consiste en “alumbrar” a la víctima. Con una vela negra si se le desea el mal y con una vela roja si se le desea atraer o atar.

Según una creencia andina, se puede “alumbrar” a una persona para que siempre esté en la casa, y no quiera marcharse jamás. La fotografía de la persona alumbrada debe estar en la base de la vela o detrás de ella y esta luz o debe apagarse. Durante siete días seguidos haya que vigilar que no se apague y cuando se esté ya consumiendo, cambiarla  por otra del mismo color.

Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


Por favor, aún no.