miércoles, 30 de octubre de 2019

La casa de Teresa.



por Bruno Mateo
Twitter: @bruno_mateo
IG: @brunomateoccs

Querida amiga, por fin te puedo escribir, el doctor me dio el permiso para hacerlo. Te cuento que aquí las cosas no son tan malas como dicen por ahí. ¿Recuerdas aquella vez abajo en el Litoral, no recuerdo la playa, recogimos aquella cantidad de conchas marinas? Mi mamá se puso furiosa, nos queda viendo y dice: “¡Estas niñas! ¡Estas niñas!” Tú y yo juntas éramos un terremoto. No te niego que en ocasiones me siento sola, más que sola, desolada, desterrada. Tengo la sensación de que en este rellano de paz es mi prisión. ¿Por qué no has venido a visitarme? Ayer… ¿Ayer?… ¡No sé! Uno de estos días me asomé por la ventana porque creí oír tu voz que se acercaba, pero no eras tú. Había un niño arrojando piedras al techo de la casa. Mi mamá no dijo nada. Te digo algo en secreto: mi mamá se fue de la casa. ¿No lo crees? ¡Sí! En serio… No la he visto desde hace mucho tiempo. Creo que me abandonó como hizo papá con ella.

Amiga Lydia, eres lo único que me queda. Nunca pude casarme. Yo no quería casarme con ningún hombre. No tengo hijos y de eso me arrepiento un poco. No tengo ánimos de hacer nada. Me siento en la mecedora, aquella que me regalaste, la primera vez que peleamos. No sabía que tenías novio y te apareciste con él. Me molesté mucho porque no me dijiste nada. Eso fue cuando te fuiste a Buenos Aires y yo me quedé en Macuto, de pronto, me dices: “Teresa, te presento a mi novio”, para mí fue un duro golpe a nuestra amistad. ¿Por qué lo hiciste?  No debiste. Pero eso pasó hace tiempo, te perdoné. ¿Cómo no hacerlo? Ahora estoy sola en la casa que una vez ocupamos tú, mi mamá y yo. Los muebles, la casa se me vienen encima. Estas líneas que escribo son para pedirte que vengas a visitarme de vez en cuando. Ahí está la mecedora. Más allá el juego de comedor. ¡Mira! El reloj aún está pegado en la pared. La alfombra vinotinto  en medio del salón. Ellos  no tienen valor. No tienen valor porque no hay nadie que las disfrute. Son sólo recuerdos. Lydia, por favor, ven para que conversemos. No quiero estar en un mundo escindido. Todas esas imágenes que vienen a mi mente forman un caleidoscopio de mi persona. Ahí está todo lo que nos gustaba: la mecedora, la radio vieja de tu abuelo en Cuba, el parabán que trajimos de Paris, amiga mía, cuando te fuiste terminaban los objetos por escurrirse de la memoria que transportaban.  

A veces, oigo gente que entra, no se dan cuenta de que estoy arriba, escucho que hablan de mi como si perteneciera al pasado. Cada semana viene alguien diferente, me les acerco para preguntarles qué hacen en mi hogar, pero no responden, sólo dicen: “Muchas gracias, pero esta casa es extraña, se siente una energía muy fuerte, no la vamos a comprar”. Salen. Quedo sola otra vez.

Amiga del alma, voy a finalizar de escribir, estoy un poco cansada, me recostaré pensando en aquellos días, cuando éramos niñas, a orillas de las playas de Macuto.



Caracas, julio 2011.

martes, 29 de octubre de 2019

Tío Tigre y las nueces de Tío Conejo.



Tío Conejo llevaba muchos días sin comer, estaba flaco, medio apestado, con garrapatas y pulgoso; ese día había encontrado unas semillas de palma real, y las estaba partiendo entre dos piedras a la sombra de un palmar, en medio de la llanura, para comer la nuez que yace dentro de cada semilla. Mientras esto sucedía, Tío Tigre rondaba por la sabana buscando algo para comer, también estaba hambriento, la barriga le sonaba, y ya había perdido la cuenta de los días que habían pasado desde la última vez que había logrado cazar un grosero e insípido ratón de monte. El verano arreciaba, el sol de marzo se ocultaba cada tarde tostándolo todo con su abrazo amarillento, y todos los animales pasaban iguales dificultades.

Cuando Tío Tigre se asomó al palmar, divisó a lo lejos a Tío Conejo doblado sobre una piedra, estaba tan distraído y débil, que no se dio cuenta de nada, solo sintió las garras del tigre en su cuello y se vio atrapado sin poder reaccionar siquiera para escapar.

¡Ah Tío Conejo! ¿Cuánto tiempo esperando este día? Y mira, ¿cómo te encuentro aquí tan fácil? Ahora si te voy a comer — le dijo Tío Tigre, mientras lo dominaba con sus garras.

¡No Tío Tigre! usted está equivocado, yo lo estaba era esperando, la situación está muy dura. Mire mis bracitos flacos, mire mis piernitas raquíticas son dos huesos, usted no saca nada con comerme, hace más de un mes que no logro alimentarme, y hoy, aquí en medio de este palmar encontré la solución. Para que veas que no es mentira te voy a compartir mi secreto — declaró el conejo aterrorizado, pero tratando de aparentar  una calma absoluta.

El tigre entre confundido y sorprendido no sabía qué hacer; era algo justificado, el conejo no estaba siquiera alterado al sentirse atrapado entre sus poderosas garras, y además, le estaba proponiendo una solución. Porque si algo era cierto es que el aspecto de Tío Conejo era terrible y seguramente su sabor no iba a ser el mejor. Se notaba que no comía hacía mucho tiempo y "quién sabe qué más enfermedades e infecciones tendría" - pensaba Tío Tigre. 

Mire Tío Tigre hoy me he dado un banquete increíble y lo encontré al llegar aquí a estas dos piedras, bien pueda pruebe lo que queda de mi almuerzo — continuó Tío Conejo brindándole las nueces de palma real que había logrado extraer de las semillas al quebrar la cubierta con las piedras.

Tío Tigre al ver que Tío Conejo comía con mucho agrado, tomó un trozo de lo que le ofrecía, lo olfateó con mucha desconfianza y esperó a que Tío Conejo tragara primero, pensando en un posible engaño por parte del astuto roedor. Después probó él y quedó maravillado.

Esta comida está buenísima Tío Conejo, ¿de dónde la sacaste? Te ordeno que me digas ya. ¡Quiero más! — rugió Tío Tigre, demostrando su poder a Tío Conejo.

Ante esta petición, Tío Conejo sonrió no sin cierta maldad y picardía, y procedió a explicar cómo obtener tan delicioso manjar.

Mira Tío Tigre, esto que estamos comiendo son mis huevitos. Hoy en la tarde al llegar a este hermoso palmar, descubrí que poniéndolos sobre esta piedra y golpeándolos muy fuerte con esta otra, salía de dentro de ellos un manjar tan delicioso que solo los dioses pueden disfrutar. Yo diría que tú, al tenerlos más grandes que los míos, podrías comer por muchas semanas este manjar y pasarías este apuro en que estamos, sin problemas — decía Tío Conejo, sabiendo que estaba jugándose el todo por el todo.

Tío Tigre no creyó de entrada la historia de Tío Conejo, pero ante cada afloro de duda, el conejo le entregaba un nuevo trozo del delicioso manjar, lo metía en su boca, todo se deshacía en sabor y entonces su desconfianza desaparecía. “¿Por qué no intentarlo?” Pensaba. “No puede ser tan grave. Si el conejo lo hizo y se ve bien, a mí no me puede pasar nada peor de lo que le ha pasado a él. Además soy infinitamente más fuerte y listo, nada me va a pasar, soy Tío Tigre”, seguía pensando para sí.

Está bien, ¡acepto! — exclamó Tío Tigre.

Bueno, entonces necesitamos que deposites tus huevos sobre esta gran piedra — Dijo Tío Conejo, levantándose de la piedra en la que había estado sentado hasta ese momento.

Tío Tigre se sentó sobre la gran piedra y estiró sus bolas gigantes sobre la parte más plana. Tío Conejo no daba crédito a sus ojos y lo observaba con cierto nerviosismo.

Muy bien, ahora lo que tienes que hacer es agarrar con toda la fuerza de tus brazos esta piedra que te voy a pasar, y dejarla caer sobre tus huevos. Una vez que hagas eso, va a salir desde dentro de ellos este delicioso manjar del que hemos estado disfrutando los dos, desde el momento en que llegaste — declaró Tío Conejo pasándole la otra piedra en medio de un gran esfuerzo a causa de su debilidad.

Tío Tigre recibió la piedra y con decisión la elevó para dejarla caer sobre sus bolas, pero algo lo hizo dudar en el último segundo, y desistió. Tío Conejo alarmado, sudando de terror, se apresuró a exclamar:

¿Qué ha pasado Tío Tigre, por qué no lo has hecho?

No estoy seguro de si me va a doler mucho, ¿no sería mejor que tú me ayudes? — dijo Tío Tigre con cierta vergüenza.

Ah, pero claro Tío Tigre, ni más faltaba, yo me encargo de todo, no te preocupes — dijo Tío Conejo, dando un gran suspiro de alivio, cuando ya se disponía a huir.

Tío Conejo, que cada vez se sentía más débil, levantó con las últimas fuerzas que le quedaban la pesada piedra con sus dos brazos raquíticos. Tío Tigre, despernancado sobre la piedra apretó los dientes con todas sus fuerzas y cerró sus ojos, mientras trataba de imaginarse comiendo nuevamente el delicioso manjar que el conejo le diera minutos antes. Tío Conejo miró una última vez los desproporcionados huevos del tigre, y dejó caer todo el peso de la piedra aplastando las bolas de Tío Tigre, que rugió y chilló con tanto ruido, que todas las aves del llano volaron aterrorizadas por el cielo, ante el chillido del gran felino, mientras Tío Conejo se perdía a toda velocidad entre las ramas y las sombras del bosque cercano al gran palmar. 

lunes, 14 de octubre de 2019

Una canción de tango

Por Bruno Mateo
Twitter: @bruno_mateo
IG: @brunomateoccs


¡Cuidado! Nos lo pidieron vivo, dijo un hombre. No queremos que se nos vaya a morir el cieguito. La risa se escuchó a lo ancho del galpón. Esos estertores de animosidad golpearon en sus oídos como si fueran tambores guerreros. Aquel lugar le era desconocido. Deseó escapar. Las manos atadas se lo impedían. La primera vez que oyó la voz del hombre fue en su casa. El teléfono, aparato maldito como muchas veces lo llamó, no dejó de repicar en toda la mañana. Creyó que era un juego. ¿Qué es lo que quieren de mí?, preguntó. No hubo respuesta. Sintió miedo. Siempre lo ha sentido. Nadie le creería si dijera que también siente temor. Pensarían que sólo es una posición esnobista o acaso una suerte de onanismo intelectual. Se impuso el silencio. ¡Aquí lo tiene! , dijo la voz que lo atemoriza. La quietud cedió paso a una acalorada discusión. Un golpe seco de una puerta que se cierra.

El hombre amarrado con los brazos pegados a su espalda no aguantó más y se echó a llorar. Pensé que no eras humano, escuchó a alguien. Se oía como su abuela. La que en las noches le leía en lengua extranjera. Unas manos delicadas comenzaron a desatarlo. Pudo sentir la respiración caliente sobre su rostro de hielo. La mirada de aquella persona era tan intensa que por un momento clarificó su imagen. Sus lágrimas lo avergonzaron. Nunca lo habían visto llorar, ni siquiera recibir tantos premios en su vida logró hacerlo. El sabía que su fin había llegado. Lo intuyó. Siempre quiso que su “agosto 25, 1983” llegara. Unos labios esponjosos se detuvieron en su añejada mejilla. El olor que emanaban le recordó  su bella tierra argentina preñada de pampas y de nobles gentes. Recibió un beso. Un gesto cálido acaso un instante detenido. Una canción de tango. Un compás entre la vida y la muerte. ¡No llores! Haz lo que tienes que hacer, dijo con su acostumbrada altanería.

***

Al día siguiente se leyó en los principales diarios del mundo: ASESINARON A JORGE LUIS BORGES.

martes, 1 de octubre de 2019

Él trajo la navidad.


Por Bruno Mateo
 IG: @brunomateoccs

(Obra de teatro para niñas y niños de cinco años)


(Un grupo de niñas y niños están sentados escuchando a su maestra).
Maestra: (Entra) ¡Buenos días!
Todos: (Se levantan) ¡Buenos días!
Maestra: Pueden sentarse.
Todos: (Se sientan) ¡Gracias!
Maestra: Mañana vamos a hacer la fiesta de navidad. Todos nosotros debemos traer algo para hacer un desayuno navideño.
Niña: Puedo traer refrescos.
Maestra: Es preferible jugos naturales. Puedes traer jugo de naranja, parchita, guanábana o cualquier fruta.
Niño: ¿Por qué?
Maestra: Porqué es más sano
 Niña 2: ¿Puedo traer empanadas?
Maestra: Pueden traer lo que ustedes quieran, pero deben preguntarles primero a sus padres.
Todos: ¡Si, maestra! (Suena el timbre. Todos gritan)
Maestra: Ya es hora de salir. Hagamos la fila. (Hacen la fila) Recuerden mañana es nuestro desayuno de navidad
(Al día siguiente. Niñas y niños reunidos en el salón con la maestra)
Niño 1: Yo traje panes con queso.
Maestra: Qué bueno. Ponlo en la mesa
Niña 1: Yo traje jugo de guayaba.
Maestra: ¡Qué rico!
Niño 2: Yo traje frutas.
Maestra: Me gustan las frutas.
Niña 2: Yo traje torta.
Maestra: Y de chocolate…Qué rica (Así pasan todos los niños, excepto uno).
Maestra. Y tú, ¿Por qué no te acercas? (El niño no responde) ¡Acércate!
Niña 3: El no trajo nada, maestra.
Niño 3: ¡Qué se vaya!
Niña 4: No trajo nada.
Niño 4: ¡Sí! ¡Que se vaya del salón!
Todos:¡ No trajo nada!…¡No trajo nada!…¡No trajo nada!
Maestra: ¡Silencio! (Se acerca al niño) Ven siéntate con nosotros.
Niño: Es que no traje nada, maestra.
Niña 1: No puede estar en la fiesta.
Niña 2: Sus papás son pobres.
Niño: ¡Sí maestra! Mis papás son pobres y no tienen dinero. Yo no quería venir.
Maestra: No importa. ¿Qué tienes en la mano?
Niño: Algo que traje.
Maestra: ¿Qué trajiste?
Niño: Al niño Jesús (Abre la mano y tiene un Niño Jesús negrito. Se escucha música de aguinaldos)
Maestra: ¿Vieron niñas y niños? Su compañero trajo al niño Jesús. No importa si eres pobre o rico. Lo importante es que todos podemos dar algo. Él trajo la navidad   (Todos aplauden)

Fin.

Caracas, 27 de octubre de 2012





RESERVADO TODOS LOS DERECHOS.  Prohibido cualquier uso
que se le quiera dar a esta obra, incluyendo la reproducción total
o parcial de la misma, sin el consentimiento escrito del autor.
Para el permiso o cualquier información, escribir a:
Bruno Mateo bmateo@gmail.com

Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela Sacven N° 9.070.



El teatro para niños y niñas y la escritura dramática.


Por Itziar Pascual

Soy autora teatral. Lo que me distingue de escritores de otros géneros literarios es que soy, como todos los autores teatrales, una trabajadora del cambio. Los dramaturgos somos trabajadores del cambio. Trabajo con el principio teórico y práctico, visible y simbólico, de la transformación. Trabajo con la modificación de la situación dada, del status quo. Propongo, en el plano real y en el orden simbólico, un principio modificador y alterador de la “realidad”. O de eso que comúnmente aceptamos como realidad.  No importa el estilo, el género dramático, el tema de la obra o la estrategia dramatúrgica. Siempre que escribo teatro presento mundos en variación.

Esta condición da a mi trabajo una función política manifiesta y genera consecuencias políticas muy significativas. Trabajo – trabajamos- con la materia de la metamorfosis en el seno de sociedades temerosas al cambio. Porque cada uno de nosotros pone resistencias a la mera conjetura de cambiar. El cambio como estrategia modal, legitimadora del consumo, es aceptable en nuestras sociedades. El cambio, como agente activo de conciencia individual, es turbador y muy peligroso.

Previsión, control o seguridad son palabras muy poderosas en nuestras sociedades. Porque allí donde se da rienda suelta al control se acaba imponiendo la conformidad.

Nosotros, las gentes del teatro, tenemos la tarea poética y política de depositar sobre el espacio la hipótesis y la praxis de otras experiencias posibles, de otros conocimientos posibles, de otras vidas y otros mundos posibles. Y por cada persona que se conforma nosotros, las gentes del teatro, necesitamos a otra que se rebele.

Una sociedad conforme legitima un teatro conformista; un teatro de las buenas costumbres. José Monleón llama a ese teatro “el teatro de los sabido”; Juan Mayorga lo nombra con la expresión “Ustedes son formidables”. Del abanico de mundos posibles, ese teatro viene a legitimar éste mundo y no otros, ésta vida y no otras, estas conductas y costumbres, y no otras. Es decir, este orden.

Tengo razones políticas, emocionales y sociales para no conformarme con este mundo. No quiero ni creo en el teatro como instrumento de legitimación del presente; prefiero escribir para intervenir en el derecho a dudar, para agujerear el horizonte de lo sabido.

Trabajar con el proyecto de cambiar me conduce a preguntas teatrales fundamentales: ¿Quién mueve la acción? ¿Quién tensiona el presente? ¿Quién transforma la situación dada? ¿Quién está en desacuerdo con el mundo? ¿En qué dirección? ¿Con qué propósito? Concebir un buen personaje protagonista es un gran trabajo político.

Con frecuencia las resistencias al cambio se filtran en los textos. Transferimos la acción a otros personajes, de modo que al supuesto protagonista le “ocurren” muchas cosas, pero no interviene en la acción. Transferimos las acciones, las responsabilidades y las consecuencias de las acciones a terceros – el orden, el destino, la sociedad, los dioses, el dinero-.  El debilitamiento de los protagonistas – porque sus acciones han sido transferidas a otros – los convierte apenas en meros depositarios de un punto de vista, apenas en receptores de una posible adhesión ideológica, y deposita en los textos el riesgo del dogmatismo y el adoctrinamiento. Como protagonistas, nuestra acción – poética y política – es responsable. Si no asumimos el poderoso desafío de generar acciones en el mundo, y de asumir nuestras acciones, se desmonta el principio activo y dinámico del cambio mismo. Entonamos el canto del inmovilismo.  

Esta dinámica – la transferencia de la acción a terceros – también tiene lugar en nuestra condición de artistas. Como nuestros protagonistas, somos responsables de nuestras acciones artísticas. Y en la acción dramática es importante la diferencia entre responsabilidad y culpa.

Requerimos de protagonistas que asuman el desafío de la acción, que estén dispuestos a poner en juego lo que más importa - ¿Qué es lo más decisivo? ¿Qué está en peligro? ¿Por qué luchar, trabajar, sostener el cambio? – y que no se rindan en la primera peripecia. Su tenacidad es decisiva.

Como nuestros protagonistas, necesitamos artistas con coraje, que desafíen el sistema teatral. Eso es ser contemporáneos: poner problemas al oficio. Crear allí donde la técnica, la historia del teatro como rico y complejo depósito cultural y del oficio no sirven para despejar los enigmas del arte. Necesitamos artistas responsables de sus acciones y tenaces en sus empeños. 

Por eso, en ese compromiso, para realizar una acción creativa responsable en una literatura dramática para niñas y niños,  he intentado concretar una declaración de propósitos, para definir mi compromiso con el espectador.

Mi declaración incluye siete propósitos fundamentales:

1)     No engañar, no mentir, no adoctrinar, no herir. No herir gratuitamente.
No engañar significa asumir que el conocimiento es y puede ser doloroso. Pero que la ignorancia lo es aún más. Toda la tragedia griega está asentada en esta convicción.
2)     No enjuiciar – ni prejuiciar- al otro. Sería bonito preguntarse cuándo dejaremos de evaluar al otro. No presuponer nada. Nada. Simplemente, proponer.
3)     Aprender a no decir. Aprender a callar. Aprender a escuchar. Aprender a dudar de lo que se sabe.
Escuchar. Dedicar nuestra atención, nuestro cuerpo, a la tarea sagrada de escuchar. Se es dramaturgo no sólo por lo que se dice cuanto – y especialmente – por lo que se calla. Hablar sólo cuando queda algo que decir.
4)     No engañar (me). No auto convencer (me). No usar el nombre de la profesionalidad en vano. Si profesional significa comer de lo que haces y no arrepentirte de lo que haces, ¿Cuántas personas se sienten profesionales? ¿Soy profesional?
5)     No banalizar. No ofrecer soluciones inmediatas a tensiones complejas. Reconocer la incapacidad y la impotencia como materiales constitutivos de la experiencia del mundo. Chejov nos enseña mucho al respecto. No frivolizar.
6)     No aburrir. No convertir el lenguaje en mero depositario de ideas. El lenguaje que apenas es depositario de ideas, sostiene Azama, en teatro está muerto. Lo aburrido no es intelectual. Es simplemente aburrido.
7)     (La última palabra siempre es la más difícil). Emocionar. No ofrecer algo que no me perturba, que no me inquieta, que no me importa emotivamente. No conformarme con lo interesante y con lo bien hecho. (Aun cuando a veces, lo interesante y lo bien hecho sea mucho).

Llegados a este punto, me importa citar las reflexiones de una mujer luminosa, la teatróloga rumana Florica Ichim: “Si no sabes nada sobre el sufrimiento humano no puedes escribir  personajes, escribirás tipos. Esa es la diferencia entre Beckett y Ionesco”.

En lo que Marina Osácar Gallego define, en un artículo publicado en la revista Las puertas del drama, “la ética de la responsabilidad creadora”, la edad biológica del espectador no es relevante.

Importa, en palabras de Irma Correa, alumna del cuarto curso de Dramaturgia de la RESAD, la “deseografía”. El mapa del propio deseo, las razones interiores del viaje. Esto significa que el otro, el espectador, se perderá si nosotros nos perdemos, si no confiamos en el viaje, si la velocidad es más importante que el viaje mismo. Ya lo avisa José Antonio Marina: la velocidad es la primera forma de violencia.

Por todo esto mi compromiso con el teatro de niños y niñas es mi compromiso ético con el teatro.




sábado, 28 de septiembre de 2019

Fin-Fin


En las noches de El Amparo, junto a las impenetrables aguas del Arauca, vaga por los campos el “Fin-Fin”, poblando de espanto los sueños campesinos. Cuentan que los silbidos con que llama a su caballo se escuchan desde lejos, y al oírlos, los perros aúllan de pavor, las vacas mugen en sus establos y las gallinas cloquean enloquecidas. Según la leyenda, es el alma atormentada de un joven que mató a su padre para robarlo.  Ahora recorre incansable aquellos lugares, en un caballo cerrero por toda la eternidad.

Muchos campesinos de El Amparo tienen sus propias técnicas para defenderse del “Fin-Fin”, y una de las más comunes es construir los tranqueros y cercas formando una cruz. Los portones de las casas también se fabrican de esta manera. Y algunos dejan fuera de la casa una totuma llena de ajíes, lo cual se supone que basta para ahuyentarlo, nadie sabe realmente por qué.

Dicen que una noche, un llanero llamado Carlitos Núñez iba a la casa de su amada, la bella Jacinta. La noche era oscura y el joven silbaba para darse ánimo. De pronto, a sus espaldas, resonó otro silbido leve, como el rechiflar de alguien que llama con insistencia a su caballo. Pero nada se veía, por la oscuridad de la hora.

El rucio de Carlitos frenó de golpe el trote suave que llevaba. Dio unos pasos hacia atrás, resopló y sacudió las crines, nervioso. Se negaba a avanzar. Desconcertado, el llanero sintió de pronto un golpe en el rostro, con tanta fuerza que lo derribó del caballo. Lo golpeaban, en el mentón, en los pómulos, pero no se veía nada.  Rodó por la hierba húmeda de la sabana. Mientras aquel ser invisible lo golpeaba sin tregua.

A tientas, hurgó en el bolsillo de su pantalón. Encontró la cruz de palma bendita que le metía todas las noches su novia.

Espíritu Santo, sácame de este trance!-bramó con el poco aire que le quedaba en los pulmones, blandiendo la cruz de palma bendita.

Cesaron los golpes. Sólo el silencio galopaba por la sabana abierta.

Carlitos se vio solo, de cara al alba. A su lado, el rucio mordisqueaba unos matojos, ya calmado. Ensangrentado el rostro y arrastrándose por las dolorosas magulladuras de los golpes, logró montar de nuevo a la bestia, que resolló con tranquilidad. A paso lento tomó de nuevo la senda que llevaba.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


domingo, 8 de septiembre de 2019

La Sayona y Pata Cruzá


La Sayona.

Es una mujer hermosa, de cuerpo escultural y larga cabellera. Le dicen la Sayona por su túnica o saya larga. Esta mujer viene asustando a los trasnochadores desde el siglo XIX. Se acercaba a los borrachitos y serenateros, si se encontraban solos. Cuando miraban su hermoso cuerpo comenzaban a cortejarla. Ella entonces sonreía, mostrando unos colmillos largos y puntiagudos. Dicen que durante la Colonia, algunas mujeres se “disfrazaban” de la Sayona, para poder encontrarse a escondidas con sus enamorados, sin despertar comentarios y chismes.

Pata cruzá.

La leyenda de Pata cruzá es muy conocida en Maracaibo. El protagonista es Praxíteles Montiel, un díscolo pescador, que un día al entrar en la iglesia, encontró muy cómica la postura del Cristo, con los pies cruzados sobre el leño. Desde entonces no lo llamó sino “Pata cruzá, es decir Pata cruzada.

Cuando su mujer iba a la iglesia le gritaba: -Mira Polifea, dale saludos a Pata cruzá. Praxíteles comenzó a notar que su trabajo no rendía como antes. Y le dijo a Polifema: -Anda a la iglesia, y pedile a Pata cruzá que nos ayude.

Una tarde pasó frente a la puerta de Praxíteles un vendedor de telas. Como necesitaba reparar la vela, el pescador compró un buen trozo de lona blanca.

Después de remendar su vela, Praxíteles salió a pescar. Ese día sacó tanto pescado, que estaba desconcertado. Las redes estaban repletas, el barco iba más pesado que nunca.

Al acercarse a tierra,  todos lo aguardaban con gran alboroto y señalaban su barquito con el dedo “¿Cómo sabrán que traigo buena pesca?”, se preguntaba el hombre, contento e intrigado.

Pero cuando llegó con aquella fortuna en pescado, nadie apartada sus ojos de la vela. Allí en el trozo de lona que el pescador había comprado, se dibujaba a todo color la imagen de Pata cruzá.

Desde entonces Praxíteles cambió, se hizo cristiano devoto. Y cedió a la Iglesia aquella lona milagrosa, para que todos pudieran venerarla.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.



La casa de Teresa.