Mostrando entradas con la etiqueta Chile. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chile. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de agosto de 2018

Mi vecino era un travesti

Foto referencial.

Mi vecino era un travesti, de maquillaje barato, y ropa repetida. Olía a perfume y axila. Raquítico como una escoba, de pelo largo y mal cuidado. El personaje de la cuadra, a quien todos molestaban, pero nadie se atrevía a enfrentar, simplemente porque él o ella, tenía mucha más calle. Si alguien se burlaba, sacaba voz de hombre, y todos se asustaban, pero luego transformaba en voz de nena y te lanzaba un beso.
Yo le tenía miedo, para mí era como ver un quiltro con arestín. Cuando me mandaban a comprar pan, yo cruzaba a la vereda contraria a la que él (o ella) estaba. Una vez, salí del negocio y estaba afuera, me pidió cien pesos y yo salí arrancando, de hecho, se me quebraron los huevos en el piso al soltar la bolsa. Cada vez que me portaba mal, mi padre me amenazaba que llegaría el travesti de la vuelta y me raptaría. Yo soñaba con eso, despertaba llorando. Mi madre retó a mi taita, le dijo literalmente: No quiero que asustes más al niño con ese fleto.
Pero fui creciendo y el miedo se transformó en una simple omisión. Siempre lo veía en la calle, con la misma ropa, oliendo a perfume y axila. Siempre saludaba, me decía el Pepe Grillo, pero no le daba bola.
Una vez, me metí en un lío con los cabros de otra villa, todo por la rucia de allá, me iban a sacar la cresta. Me pillaron llegando a la población, eran cuatro, me tiraron al suelo y uno sacó una cuchilla, el otro me corrió el polerón y quedé a guata descubierta. Pero en ese instante, apareció el travesti, tres de ellos salieron arrancando, salvo el de la cuchilla, los dos de manera casi tácita tomaron un duelo, el travesti le pegó dos rajazos en la cara y otro en la mano. Me sorprendí, y me quedé ahí, callado. Me quede sólo con él y me dijo: “Te apuesto que es por la rucia de la otra población, ten cuidado, a esa le gusta meter a los niños en tetes”. Le dije gracias, y me pidió cien pesos, tenía cincuenta, se los pasé. Prendió un cigarro y se fue.
Desde ese día, ya lo saludaba, al menos le movía la cabeza, pero si yo iba con alguien, siempre lo negaba. Perfectamente me podría haber dicho algo, pero fue respetuoso, se hacía el loco, al parecer entendía perfectamente lo que él representaba para los demás, pero no le importaba, creo.
Mi madre falleció de un derrame cerebral, de un día para otro. Estábamos en el velorio, y a eso de las 12 de la noche apareció el travesti, fue con unas rosas que había sacado de por ahí. Nadie dijo nada, salvo yo, que le dije gracias, me esbozó una sonrisa y se fue. En el funeral, mientras estábamos en el desgarrador entierro, vi que desde unos metro más allá estaba aquel tipo fumándose un cigarro, y a lo lejos me preguntó ¿Estás bien? Yo le hice un gesto de “sí”.
Ya tenía 15, y aun no daba mi primer beso, y la única que me daba chances era la rucia con la que me había metido alguna vez en problemas, no sabía cómo hacerlo. Yo creo que el travesti me miró por mucho tiempo que ya me conocía de memoria. Recuerdo que se me acercó y me dijo: "Parece que aún no te haces respetar mi Pepe Grillo". Me tomó de la cintura, y me asusté: “Así la agarras y le das un beso”, yo le dije que se podía sentir abusada, o algo así, me dijo que no fuera leso, que ella hace rato me daba chances, era yo el pajarón.
Crucé la villa, entre todos esos flaites, me acerqué a la rucia, la tomé de la cintura y le chanté el beso. La solté, puso cara de contenta, y salí arrancando. Venían como diez, y el travesti los espero a la entrada de mi población… ahí nadie fue capaz de entrar. Me gritaban que me defendía detrás de la falda de un “caballo”. Me preguntó cómo me fue y le dije que bien, se puso a reír y me dijo que ya estaba grande.
Mi papá veía el partido de la U con el Colo, mientras yo, sacaba carne de la parrila y las guardaba en una servilleta, salía escondido y se las pasaba a esta “loca”
Crecí.
Me transformé en un cabro de 18, estudiaba en Santiago, y cuando volvía a Chillán, ahí estaba. Cara dura me decía que el “Pepe Grillo” estaba guapo, yo me reía no más. Y todas las vueltas era lo mismo. En los veranos salía con short a tomarme una chela en la puerta, y le tiraba una lata. Estaba bueno para toser, le dije que dejara el cigarro, pero él ni ahí.
Cuando había platos únicos, él se ofrecía a ayudar para cocinar, pero todos lo negaban. Yo le dije a mis tías que lo dejaran, pero pusieron el grito en el cielo, que estaba cochino, quizás con que cosa.
Era marzo, y me preguntó que por qué no me iba a Santiago, le dije que no había lucas, mi taita estaba hasta el pico con deudas, yo estaba obligado a trabajar. Me dijo que eso no era posible, así que me pasó mil doscientos pesos en monedas de diez y cincuenta. No sé en qué espacio vivía, pero se notaba que no entendía mucho, yo me puse a reír, no sé, su gesto me puso contento. Caché que era como un perro golpeado, de la calle, ignorante del universo, pero siempre fiel con la gente de la villa.
Armamos un negocio con mi taita, un almacén, y nos faltaba alguien que hiciera aseo, yo le dije que le diera la pega… pero mi viejo se negó, tajantemente. Traté de hacerle ver que era buena persona, que le dieran una oportunidad. Mi papá a regañadientes aceptó. Le presté la ducha y le compré ropa nueva. Se cortó el pelo y parecía otro. Pero su gesticulación era la misma de siempre, con esa voz alharaca contando mentiras divertidas.
Mi papá se acostumbró, igual los tiempos habían cambiado, de ser un bicho raro pasó a ser persona.
Desde ahí todos le daban pega en la población, alguno que otro favor pagado, y este se gastaba la plata en cigarros, pero se veía contento.
Pude volver a la universidad, estaba ya en el último año.
Regresé a Chillán, con una noticia, iba a ser papá. Mi taita me felicitó y esta “loca” también, me dijo que me iba a tener un regalo para mi guagua, que lo esperara.
Al otro día, desperté a ayudar a mi viejo al almacén, y este loco no había llegado a trabajar. Según mi papá, quizás se había quedado borracho, por ahí. Pero lo conocía, era extraño que saliera de la villa. 
Las horas pasaban y no aparecía. Hasta que se acercó carabineros, preguntándonos si conocíamos a un tal Cristian Lumier, mi papá dijo que no… pero yo sí, era su nombre. Pregunté qué pasaba…
… Lo encontraron tirado, lleno de cicatrices, apuñalado en todos lados, con una botella que le atravesó el ano, con la nariz partida en dos, sin dientes… y con un paquete de pañales a su lado... Aún me duele el corazón.
Se fue parte de mi, me lo arrebataron. Se fue mi infancia, se fue la mitad de mi vida con ella. Sentí y siento un vacío, y que nunca pensé que ella estaba a cargo de llenar. 
No dije nada, mi padre tampoco. Estaba mudo, hipnotizado, pregunté donde había pasado, pensé que quizás fueron los de al frente, pero no... desconocidos, a quienes nunca encontraron, y que no sé si hayan ubicado con tanto ímpetu, después de todo ella solo era un vagabundo, disfrazado, una loca que de alguna forma tenía que morir, daba lo mismo si en el río o en la calle.
No hice nada, aún estaba sin decir nada.
La gente de la villa juntó dinero, sumada a la que una vecina consiguió en la municipalidad, con eso pudimos darle un entierro digno. Llegaron muchos travestis, uno que otro personaje de la ciudad. Quise llorar, pero nadie lo hacía, porque simplemente a nadie le importaba tanto, sentí vergüenza de hacerlo. Me aguanté la pena, me tragué la saliva y me fui a casa. No podía dejar de dormir. Me dolía la cabeza, la pena me tenía un tanto agripado.
Me senté afuera, muy tarde y vi entrar a un perro, se veía mal tratado y no se quería acercar. Lo llamé, pero no se decidía. Entré a la casa y saqué un pedazo de carne, lo dejé a mi lado y empezó a comer, le acaricié la cabeza… y mi pena se desató, y mis lágrimas empezaron a salir desde mi corazón, para desembocar en el lomo de aquel perro.
Perdóname. Mi perrito guacho, mi loca, mi angelito guardián. Mi personaje principal. Mi musa preferida. Te tenías que morir de cáncer al pulmón, no así, humillado, como cachorrito envenenado. 
Cada vez que sueño contigo, ya no eres esa pesadilla que me despertaba a gritos, sino que esa bella princesa que corre por la luna y que sigo por el universo y que repito mil veces que te quiero. Mi amiga fiel, la contadora de cuentos, mi bella hermana, aquella que dejó su sombra en la entrada de esta villa y que me espera para decirme mi Pepe Grillo.......
Texto de El Borrador
El Borrador


sábado, 25 de agosto de 2018

La muerte de Madonna

(Santiago de Chile 1952- Ibídem 2015)
De Pedro Lemebel.



Fue la primera que se pegó el misterio en el barrio San Camilo. Por aquí, casi todas las travestis están infectadas, pero los clientes vienen igual, parece que más les gusta, por eso tiran sin condón.

Ella sola se puso Madonna, antes tenía otro nombre. Pero cuando la vio por la tele se enamoró de la gringa, casi se volvió loca imitándola, copiando sus gestos, su risa, su forma de moverse. La Madonna tenía cara de mapuche, era de Temuco, por eso nosotros la molestábamos, le decíamos Madonna Peñi, Madonna Curilagüe, Madonna Pitrufquén. Pero ella no se enojaba, a lo mejor por eso se tiñó el pelo rubio, rubio, casi blanco. Pero ya el misterio le había debilitado las mechas. Con el agua oxigenada se le quemaron las raíces y el cepillo quedaba lleno de pelos. Se le cala a mechones. Nosotros le decíamos que parecía perra tiñosa, pero nunca quiso usar peluca. Ni siquiera la hermosa peluca platinada que le regalamos para la Pascua, que nos costó tan cara, que todos los travestis le compramos en el centro juntando las chauchas, peso a peso durante meses. Solamente para que la linda volviera a trabajar y se le pasara la depre. Pero ella, orgullosa, nos dio las gracias con lágrimas en los ojos, la apretó en su corazón y dijo que las estrellas no podían aceptar ese tipo de obsequios.

Antes del misterio, tenía un pelo tan lindo la diabla, se lo lavaba todos los días y se sentaba en la puerta peinándose hasta que se le secaba. Nosotros le decíamos: Éntrate niña, que va a pasar la comisión, pero ella, como si lloviera. Nunca le tuvo miedo a los pacos. Se les paraba bien altanera la loca, les gritaba que era una artista, y no una asesina como ellos. Entonces le daban duro, la apaleaban hasta dejarla tirada en la vereda y la loca no se callaba, seguía gritándoles hasta que desaparecía el furgón. La dejaban como membrillo corcho, llena de moretones en la espalda, en los riñones, en la cara. Grandes hematomas que no se podían tapar con maquillaje. Pero ella se reía. Me pegan porque me quieren, decía con esos dientes de perla que se le fueron cayendo de a uno. Después ya -no quiso reírse más, le dio por el trago, se lo tomaba todo hasta quedar tirada y borracha que daba pena.

Sin pelo ni dientes, ya no era la misma Madonna que tanto nos hacía reír cuando no venían clientes. Nos pasábamos las noches en la puerta, cagadas de frío haciendo chistes. Y ella imitando a la Madonna con el pedazo de falda, que era un chaleco beatle que le quedaba largo. Un chaleco canutón, de lana con lamé, de esos que venden en la ropa americana. Ella se lo arremangaba con un cinturón y le quedaba una regia minifalda. Tan creativa la cola, de cualquier trapo inventaba un vestido.

Cuando se puso la silicona le dio por los escotes. Los clientes se volvían locos cuando ella les ponía las tetas en la ventana del auto. Y parece que veían a la verdadera Madonna diciendo: Mister, lovmi plis.

Ella se sabía todas las canciones, pero no tenía idea lo que decían. Repetía como lora las frases en inglés, poniéndole el encanto de su cosecha analfabeta. Ni falta hacía saber lo que significaban los alaridos de la rucia. Su boca de cereza modulaba tan bien los tuyú, los miplís, los rimernber lovmi. Cerrando los ojos, ella era la Madonna, y no bastaba tener mucha imaginación para ver el duplicado mapuche casi perfecto. Eran miles de recortes de la estrella que empapelaban su pieza. Miles de pedazos de su cuerpo que armaban el firmamento de la loca. Todo un mundo de periódicos y papeles colorinches para tapar las grietas, para empapelar con guiños y besos Monroe las manchas de humedad, los dedos con sangre limpiados en la muralla, las marcas de ese rouge violento cubierto con retazos del jet set que rodeaba a la cantante. Así, mil Madonnas revoloteaban a la luz cagada de moscas que amarilleaba la pieza, reiteraciones de la misma imagen infinita, de todas formas, de todos los tamaños, de todas las edades; la estrella volvía a revivir en el terciopelo enamorado del ojo coliza. Hasta el final, cuando no pudo levantarse, cuando el sida la tumbó en el colchón hediondo de la cama. Lo único que pidió cuando estuvo en las despedidas fue escuchar un cassette de Madonna y que le pusieran su foto en el pecho.

Nemesio Antúnez y Madonna

Seguramente entonces, por allá en los años ochenta, cuando el arte corporal era el boom de la cultura chilena. Cuando el cuerpo expuesto podía representar y denunciar los atropellos de la dictadura. Quizás, en ese alambrado marco cultura nadie hubiera imaginado que la metáfora «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ» se coagularía en varios de los personajes que participaron de aquella acción de arte en la calle San Camilo. Un perdido reducto del travestismo prostibular que desaparecía en Santiago.

La intervención escenografíaba un homenaje, una estrellada nocturna desplegada en el cemento sucio. Una parodia de Broadways en el barro de la sodomía latinoamericana.

Las estrellas, pintadas en positivo y negativo, reafirmaban la poética del título de la acción «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ». El montaje hollywoodense de los, focos y cámaras de filmación, las travestis más bellas que nunca, engalanadas para la premier, posando a la prensa alternativa, mostrando la silicona recién estrenada de sus pechos. Todo el barrio deslumbrado por el fulgor de los flashes. Y toda la resistencia cultural en dictadura, políticos artistas, teóricos del arte, fotógrafos y camarógrafos sapeando la performance de «Las Yeguas del Apocalipsis», que regaron de estrellas el paseo comercial del sexo travesti.

Así, el barrio pobre por una noche se soñó teatro chino y vereda tropical del set cinematográfico. Un Malibú de latas donde el universo de las divas se espejeaba en el cotidiano tercermundista. Calle de espejos rotos, donde el espejismo enmarcado por las estrellas del suelo, recogía la mascarada errante del puterío anal santiaguino.

Allí la Madonna fue la más fotografiada, no por bella, sino más bien por la picardía tramposa de sus gestos. Por ese halo sentimental que coronaba sus muecas, sus contorsiones de cuerpo mutante que se reparte generoso a las llamaradas de los fotógrafos.

Fue la única que se la creyó del todo estampando sus manos gruesas en la cara del asfalto. La única que eligió a una camarógrafa mujer para que la videara. La única que le posó desnuda bajo la ducha. Tal como dios la echó al mundo, pero ocultando la vergüenza del miembro entre las nalgas. El candado chino del mundo travesti, que simula una vagina echándose el racimo para atrás. Una cirugía artesanal que a simple vista convence, que pasa por la timidez femenina de los muslos apretados. Pero a la larga, con tanto foco y calor, con ese narciso tibio a las puertas del meollo, el truco se suelta como un elástico nervioso, como un péndulo sorpresa que desborda la pose virginal, quedando registrado en video el fraude quirúrgico de la diosa.

Pasó el tiempo, vinieron los cambios políticos y la democracia organizó la primera muestra oficial del arte negado por la dictadura. El Museo Nacional de Bellas Artes y su repuesto director, Nemesio Antúnez, dieron el vamos al Museo Abierto, una gran muestra plástica que abarcaba todos los géneros, incluyendo la performance, la fotografía y el video.

Una de las salas del edificio se habilitó para exhibir las producciones de los videístas, y fue numeroso el público que repletó el espacio de libertad creativa propuesto por Nemesio Antúnez. La exposición no tenía censura previa, por lo que la Madonna de San Camilo pasó colada en el video «Casa Particular», que Gloria Camiruaga había realizado con las «Yeguas del Apocalipsis» en la calle travesti. Solamente a mediodía, cuando los colegios visitan los museos con su algarabía revoltosa, en ese tiempo libre que la educación destina al arte, una patrulla scout de niños ecológicos se instaló con su jefe Daniel Boom en la sala de videos para culturizar sus prácticas de salvataje. Y tras correr y correr las cintas testimoniales, las películas lateras de los videistas que quieren ser cineastas, las escenas intelectuales y narrativas del nuevo video pop, y tanto, tanto sopor de los cabros chicos obligados a gozar el arte. En medio de esa clase aburrida, la pantalla se ilumina con, el cuerpo desnudo de la Madonna y estallan en aplausos los críos, sobre todo los más grandecitos. Hasta el instructor Daniel Boom se puso lentes para seguir el paneo de la cámara por el cuerpo depilado de la loca; su perfil nativo, sus hombros helénicos, apretados en el gesto tímido de la ninfa, sus pequeños pezones abultados al juntar los brazos. Y los brazos, y su estómago plano donde la cámara resbala como en un tobogán. Y todos acezantes, los péndex agarrándose sus tulitas verdes. Los más grandecitos sofocados por la excitación de la cámara bajando en silencio por esa piel del vientre. Los pantalones cortos de los scouts levantando la carpa del marrueco, casi al mismo tiempo que el ojo de la pantalla aterriza en los pastizales púbicos. Todos en silencio, apretados de silencio, pegados a la imagen recorriendo esa selva oscura, ese pliegue falso, esa hendidura de la Madonna conteniendo el aliento, sujetándose la próstata entre las nalgas, simulando una venus pudorosa para las bellas artes, para la cámara que hurga intrusa sus partes pudendas. Entonces, el elástico se suelta y un falo porfiado desborda la pantalla. Casi le pega en la nariz al jefe de brigada. Y en un momento todo es risa y aplausos de los péndex, todo es sorpresa cuando el desborde genital, de la Madonna se convierte en un grito morse que escandalea la sala. Todo es fiesta cuando la sala se repleta de otros escolares que visitaban el museo, tocándose, jugando a los agarrones, viendo una y otra vez la rápida metamorfosis, la repetición incansable del video reiterado en la cinta. Todo es emergencia para los empleados del museo tratando de cortar la película. Para el jefe de los scouts gritando que pararan esa obscenidad, ese escándalo sin nombre para los menores que se apretaban la guata riendo. Y una y otra vez el miembro reventaba la imagen. Una y otra vez la Madonna mostrando el truco, la verga travesti que campaneaba como un péndulo llamando a todo el museo, haciendo que corrieran las secretarias y auxiliares hasta la sala, provocando tanto despelote, tanto grito de los profesores y del jefe scout tocando el pito, vociferando que cortaran esa suciedad, que eso no era arte, eso era pornografía, pura mugre libertina que desprestigiaba a la democracia. Que cómo el director, el respetado Nemesio Antúnez, había permitido la exhibición. Que alguien lo llamara para que se hiciera responsable del bochorno. Porque sólo él podía dar la orden de parar la cinta. Entonces llegó Nemesio, que nunca habla visto el video, y después de conocer a la Madonna con su títere juguetón, dio orden de cortar la cinta. Y dando disculpas, dijo que en ese caso era aplicable la censura.

Tal vez la Madonna de San Camilo nunca supo del problema que le costó a Nemesio Antúnez un, tirón de orejas del presidente. Nunca supo de las canas verdes que le hizo salir a Nemesio asediado por los periodistas preguntando: ¿Por qué la censura ahora que estamos en democracia? Jamás supo que su inocente performance provocó una serie de expulsiones de otros artistas destapados que habían pasado piola. Además las críticas de la derecha, siempre dispuesta a remoralizar cualquier desborde de la naciente democracia. La Madonna nunca supo nada, ella estaba lejos del aparataje cultural cosiendo sus encajes minifalderos para deslumbrar a su anónimo transeúnte. Se pasaba las tardes pegando lentejuelas al ruedo vaporoso que arrepollaba sus caderas. Probándose cada blonda en el vaivén de ir a la esquina a comprar un cigarro suelto. Allí en el kiosco de diarios, vio la noticia, y supo de la gira de Madonna por Latinoamérica. Supo que vendría a Chile con un rebaño de Boeing que cargaría la estruendosa superproducción de la cantante. Desde entonces no habló de otra cosa. Voy a ser su amiga, decía cuando me vea sabrá que nacimos una para la otra. Hasta es posible que hagamos un show juntas, o me elija como su doble para las entrevistas. Y tantas cosas que tiene que hacer cansada la pobrecita. Tantas giras, tanto avión, tanto hombre siguiéndola después de los conciertos. Yo sería como su amiga intima, su secretaria, su confidente que la mandaría a dormir sin pastillas Un baño tibio con eucaliptus, una agüita de toronjil, un masaje en los pies contándole mi vida, y al final terminaríamos roncando juntas en su enorme cama de raso negro.

Quizás si Madonna hubiera conocido tales sueños, si le hubiera llegado al menos una de sus cartas, habría extendido su gira hasta este fin de mundo. Pero los Boeing nunca atravesaron la cordillera, sólo llegaron hasta Buenos Aires, donde el escándalo de la diva sacó roncha en la moral transandina. Por eso los ecos de aquella actuación motivaron la clausura de su show en Chile. Según las autoridades no hubo censura, solamente que «no había auspiciadores para Madonna en este país». Así todos supieron que detrás de esta blanca excusa había operado la mano enguantada de la moral, desviando la comitiva de la diosa sexy de regreso al primer mundo.

La Madonna de San Camilo nunca se repuso del dolor causado por esta frustración, y la sombra del sida se apoderó de sus ojeras enterrándola en un agujero de fracasos. Desde ese momento, su escaso pelo albino fue pelechando en una nevada de plumas que esparcía por la vereda cuando patinaba sin ganas, cuando se paraba en los taco agujas toda desabrida, a medio pintar, sujetándose con la lengua los dientes sueltos cuando preguntaba en la ventana de un auto: ¿Míster, yu lovrni?

Y así, finalizando su espectáculo, cerró los ojos, como un cortinaje pesado de rímel que cae en el estruendo los aplausos. El último dance queda interrupto. Bruscamente cortada la respiración, el motor del pecho es un auto sport detenido en la costanera francesa. La boca entreabierta, apenas rosada por el plumaje del ocaso, es un beso volando tras el lente que nunca imprimió la última copia de Madonna, la última caricia de su mejilla damasco, apoyada en el hombro salpicado de brillos que estrellan su noche lunar. Desmadejada por dentro, la de cuerpo es tina sombra minifalda como un flaco favor la contextura elástica de la diva. Nadie podría ser pareja de su dancing, girando sola más allá de nuestros ojos, despidiéndose en el aeropuerto quemada por los flashes, divinizada por tanta foto que la descalza en las poses, como muñeca mecano que se reparte múltiple hasta el infinito. Nadie podría alcanzarla, bajando la escalera en retirada al campanazo de la medianoche, esparciendo sus tacos altos en los peldaños de plata. Fugándose prisionera de la farsa, huérfana de sí misma y huérfana de la Monroe, que irónica en el cartel original, retorna a las dos Madonnas al barrio sucio. Quizás el único lugar donde pudieron encontrarse, compartiendo un chicle, entonando alguna canción, o intercambiando secretos de tinturas para el pelo.

jueves, 22 de febrero de 2018

Son quince, son veinte, son treinta. Serenata Cafiola. (Fragmentos)

Pedro Lemebel (1952-2015).


Por Pedro Lemebel
  
De chicuela nunca fui una belleza, lo único cercano a lo gracioso era mi naricita de cierva que el botellazo de un borracho hizo trizas años más tarde. Pero en aquel pimpollo adolecer era una lánguida gorriona de barrio, un palillo de flaca con piernas de jirafa que parecían brotarme de las áxilas y terminaban en unos piececitos de geisha, tan bellos, tan perfectos, pero lamentablemente escondidos en zapatones de hombre.

Nunca fui linda, algo agraciadita y producida como me lo permitían las chauchas que ganaba haciendo de un cuanto hay en mi tiempo libre. Nunca fui guapa, pero era joven y tierna, lo que siempre equivale a un plus de belleza. Y sólo por ser pendeja me permitía caminar balanceada por la Gran Avenida creyéndome en Times Square una gloriosa noche de Año Nuevo.

En aquellos festejos hogareños, cuando repicaban las campanadas de mi pubertad, después de las doce, luego de los abrazos y del reiterado rito familiar del pollo con ensalada de apio y las miles de bienaventuranzas que mi madre echaba a volar con sus pronósticos optimistas, me lanzaba a la calle buscona, me tiraba a la calle frenética, recorriendo kilómetros de acera, esquivando los autos que culebreaban las primeras luces del año entrante en el acalorado amanecer.

De adolescente ingenua ya hacía la calle olfateando algún paquetón a punto de reventar el jeans del aguinaldo obrero. En eso iba, trotona y locuela con mi almita en fuga, mi almita ahogada, mi almita proletona, divisando a lo lejos el vapor de un joven desaguando la parranda nochera. En eso, sin darme cuenta que un auto oscura con las luces apagadas me seguía despacito. Y en brusco acelerar , la violencia de un agarrón me echa arriba, al asiento trasero, de bruces sobre las rodillas varios muchachotes. En el asiento delantero del vehículo iban otros riendo y cantando: “Son quince, son veinte, son treinta”. Te vamos a dar duro. ¿No andas buscando eso? Tómate un trago, maricón, me obligaban a beber, chorreándome la cara de pisco que corría por mi cuello ardiendo. “Son quince, son veinte, son treinta”, súbele el volumen , pónela más fuerte, por si esta maraco se pone a gritar cuando le reventemos la botella en el culito. Casi ni respiraba, muerto de terror con los ojos fijos, sintiendo esas garras estrujándome la piel de naranja, la piel de gallina erizada, en el pavor de encontrarme con la pandilla de La Naranja Mecánica en su noche de rumba. “Son quince, son veinte, son treinta”, los escuchaba cumbiar, y yo no sabía si eran cinco, siete o quince apretujados en el furgón. No podía saberlo, no me atrevía a levantar la cara enterrada en la entrepierna del que cantaba “son quince, son veinte, son treinta”. Parámelo, pos, hueco, ni siquiera se me pone duro, me retaba, hundiendo mi cabeza en su bulto. Te vamos a romper el orto con esta botella. Pero antes hay que bajarle los pantalones para ver si le cabe este botellón. El auto era más bien un station wagon, tipo carroza funeraria que volaba tétrica por la Panamericana rumbo a los cerros cercanos. Métele pata al acelerador, que este maricón se nos puede morir antes. Mira, esta blanco del susto. Sentía crecer en mi interior la hoguera helada del miedo. No sabía cuántos eran, y sólo veía por la ventana el cielo sucio de la ruta y las bocas mojadas de los tipos riendo, tomando y amenazando con hacerme lo peor, mientras en la radio seguía gritando: “Son quince, son veinte, son treinta”.

Apenas clareando el año nuevo iba yo en aquella siniestra carroza con el grupo de chicos malos que me habían raptado de la calle para animarles su festín. Pasaban a flashazos los autos a nuestro lado relampagueando los ojos de mirada carnívora canturreando, gritando que tenían una paloma para descuartizar. En el espanto creí captar cierta simpatía en uno de ellos. Mientras los cinco, quince, veinte locos se empinaban el frasco, gorgoreando y escupiendo, a él parecía incomodarle el carnaval de crueldad que tenían conmigo. Pero no decía nada, evitando mirar cuando sobajeaban mi cara en sus bultos erectos. “Son quince, son veinte, son treinta”, rodaba la radio, rodaba la carretera y rodaban sus dedos afilados hurgándome con rabia el chiquitín. En un momento la tensión era extrema, el corazón me salía por la boca, la taquicardia aceleraba el desmayo, pero seguía viendo sus caras lustrosas, excitados recordando que había hecho lo mismo con una loca vieja la semana anterior. Pero éste tiene el culito blanco. Tiene el culito cerradito. Te vamos a partir el ojete. Te vamos a dar vuelta al comemierda con esta botella, decían virulentos. Vi al más fiero con el gollete empuñado en su mano. Cerré los ojos y sentí un nudo de pavor que iba en aumento, con la música, con los alaridos y el estallar de la botella en alguna parte... Pero extrañamente no escuché ningún ruido. En un minuto la escena del thriller estaba muda, los veía en cámara lenta agrandarse frente a mí, pero en completo silencio. En ese momento me vino esa paz de algodones que relajó hasta mi pelo (entonces tenía pelo). De pronto no sentía miedo, el terror se había evaporado con la garúa del parabrisas. Podía ocurrir lo peor y esa calma celeste era mi blindaje. A lo lejos susurraba la radio:”Son quince, son veinte, son treinta”, pero una emoción sublime me mantenía inmune frente a ellos. Y qué le pasa a este maraco que se puso así, gritó el más violento. Tiene cara de santa, dijo otro, esquivando la mirada. Se está haciendo la virgen para salvarse, el culiado. Espérate que lo despierte con este vidrio en la cara. A la luz tuberculosa del alba giré la mejilla lentamente y la ofrecí en bandeja de Salomé al forajido. Se quedó con el vidrio chispeando en su mano temblorosa. Ya, pos, le dijo al chico del asiento delantero, márcalo si eres tan gallo. Rájale la cara si eres tan hombre. El tipo seguía con la botella rota en alto. El chico lo provocó una vez más, y después, riéndose, subió el volumen de la radio y miró para afuera. No te atreviste, te la ganó el maricón. Hácelo vos, pos, conchetumadre. Y a quién le sacái la madre, hijo de puta. A vos, que te hacís el valiente con este pobre gallo. Parece que le gusta el maricón, bromeaban los otros. Para el auto; bájate, pos, huevón. Las ruedas rechinaron con el frenazo. En la pelea discutían tan fieros que en un minuto casi se olvidaron de mí. Y todo fue por este maricón. Échalo de aquí y sigamos tomando. Ya te fuiste, desaparece, me dijeron, empujándome abajo. Y sin esperar que me lo repitieran, salté a la calle y eché a correr, viendo desaparecer la negra carroza por la carretera. Ufff, de la que me salvé . Y caminando, caminé como un sonámbulo como levantándome de un sueño pesado. Había perdido toda mi energía en ese esfuerzo. En el aire, jirones de sol encobrecían los pastos pobres del Santiago Sur. La carretera se perdía en los cerros violáceos y todavía me quedaban horas caminando de regreso a mi casa. Pero estaba vivo y libre como una gorriona en el aclarar. “Son quince, son veinte, son treinta”, creí escuchar a la distancia, mientras en el cielo un cacho de luna, guiñándome un ojo, se iba a dormir.

sábado, 28 de enero de 2012

El ojo Silva





por Roberto Bolaño (Santiago de Chile 1953-Barcelona ,España 2003)

Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.


El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.


En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.


No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.


Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.


Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.


Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.


Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.


Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.


Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.


Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.


Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.


Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.


Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.


En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.


Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.


Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.


Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.


La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.


Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.


Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.


El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.


Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.


No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes -y en los planes de sus editores- el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.


Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.


Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.


En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.


La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre -aunque los niños no suelen tener más de siete años- sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.


Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.


¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.


Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.


Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.


Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.

En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.

Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue "otra cosa" sino "madre".


Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.


Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.


El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.


Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.


Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.


Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.


¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.

Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.

En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.


Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.


Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.


Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.


Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.


Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar. -

miércoles, 14 de julio de 2010

EN VENEZUELA SÍ HUBO GRUPO DE PANTOMIMA


por Bruno Mateo
Twitter: @bruno_mateo
IG: @brunomateoccs


Hacia el año 1975, en Caracas, se formó un grupo dedicado a la pantomima, bajo la dirección del chileno Oscar Figueroa,cuyo nombre fue Teatro y Mimos de Venezuela. 

Oscar Figueroa y su esposa Rocío Rovira quienes por razones del destino se quedan en el país . En su nación natal, Chile,  se instauraba la dictadura de derecha de Augusto Pinochet. Ellos ya venían con una tradición teatral y de pantomima formada en el grupo de los Mimos de Noisvander.

Al llegar a Caracas y bajo la protección de algunos creadores y gerentes culturales tales como María Teresa Castillo y Clara Rosa Otero, estos chilenos de nacimiento y venezolanos de corazón, comienzan a hacer lo que sabían hacer:  teatro y pantomima. Es cuando se incorporan a las filas del extinto IFAD (Instituto de Formación Actoral) como docentes y de allí extraen el primer elenco del grupo, el cual estuvo conformado por Edgar Sosa, Frank De Carip, César Ruiz, Armando García y la argentina Verónica Oddó (quien era la única que no era estudiante del Ifad). Empieza así el período de formación de dos años para el mimo.

El primer espectáculo que realiza Teatro y Mimos de Venezuela fue un trabajo  que se componía de dos pantomimas de Jaime Schenaider (Catedral Gótica y Nacimiento) y dos de Oscar Figueroa ( Niños de Apartamento y Paréntesis ) también hicieron  Gestación (1975), el cual fue una petición de un grupo numeroso de chilenos radicados en Venezuela. Este espectáculo se realizó en el Teatro Municipal de Caracas, luego se siguieron presentando en el Teatro Tilingo.

El segundo espectáculo fue Imágenes de la Ciudad, el cual deriva hacia el teatro infantil. Luego llevan a escena una versión hecha por Jorge Díaz de una obra de Miguel de Cervantes llamada Rinconete y Cortadillo, la cual estaba plagada de gags, imágenes visuales muy poderosas, coreografía y música.

El grupo comienza realizar talleres en Caracas y en el año de 1990 surge El Paraíso Semiperdido con vestuario de Elías Martinello, este se presentó en el marco de la Muestra de Teatro para la Ciudad, de este elenco surge como mimo Roy Lorenzo, quien fuera actor del grupo del teatro Tilingo y que aún realiza un teatro con énfasis en el movimiento. Ésta podría denominarse la segunda etapa de la agrupación. En esta segunda etapa, este servidor, Bruno Mateo, se convierte en Asistente de Dirección de dos espectáculos: Son-Risas y El Paraíso Semiperdido.

Posteriormente montan en 1991 el espectáculo Son-Risas con su nuevo elenco conformado por: Rafael Nieves (actual docente de danza en Unearte), Daniel Roa, Mayel Chirinos, Roy Lorenzo, Erika Reyes, Nill Quijano e Ignacio Crespo, este trabajo fue un homenaje a Enrique Noisvander.

El grupo Teatro y Mimos de Venezuela en el año 1991 tiene una aparición especial como Los Cómicos Improvisados en el montaje Hamlet dirigida por Horacio Peterson;  actuada en el personaje protagónico de Hamlet por el actor de origen peruano Roberto Moll, la Reina Gertrudis era Olimpia Maldonado, en el papel del Rey Claudio, estaba el veterano actor Esteban Herrera y en el papel de Ofelia, la actriz Gisvel Ascanio.

En 1993 monta la obra teatral La Puñeta de Jorge Díaz en Coproducción con Centrodrama. Dirigen: Oscar Figueroa y Blanca Sánchez. Actúan: Héctor Campobello, María Brito (quien actualmente forma parte del elenco estable del Teatro San Martín de Caracas), Daniel Roa y Mayel Chirinos.

Oscar Figueroa fue docente en la Escuela de arte dramático Juana Sujo y allí monta la obra Cuando Baje el Jaguar Azul de Jorge Díaz, el montaje tenía elementos de pantomima. Aquí actuó la actual directora de la Fundación Casa del artista Lisette Torres Olmos.

El último trabajo escénico realizado por Oscar Figueroa fue Ánimas del Día Claro de Alejandro Sieveking con la Escuela de arte dramático de Maracay en el estado Aragua esto fue en el año 1995.

Por favor, aún no.