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viernes, 18 de mayo de 2018

EL RIDÍCULO ARTE DE ESCRIBIR HISTORIAS



Por Jesús Benjamín Farías.


A los doce años decidí ser escritor.

No, corrijo, a los doce años, con ese modo tan absoluto, tan taxativo que tenemos de ser los seres humanos a esa edad, decidí que iba a convertirme en el mejor escritor del mundo. Acababa de leer Lo que el viento se llevó, que me había hecho reír, llorar, amar y odiar a Escarlata O’Hara, tan mala ella, y venía de leer también Cien años de soledad, cuyos pasajes eróticos, sobre todo la bendita escena de la hamaca entre Rebeca y José Arcadio, y los desafueros amorosos de los dos últimos de la estirpe habían revolucionado mi cuerpo, pero también me había dado a conocer a Úrsula Iguarán, a Remedios Moscote, a Amaranta Buendía, y a Remedios la Bella, y a Memé, y a Fernanda del Carpio, y a Amaranta Ursula. Y de repente todas ellas eran mi abuela y mis tías, Chepa y las Maestre; sus hijas, Chulola y todas las mujeres del pasado que me narraba entre los olores del aliño frito de su cocina y el gas de la Refinería cercana. Yo no entendía mucho los contextos, la Guerra de Secesión norteamericana, o la historia de Macondo, que es la historia de Colombia y la historia de Latinoamérica entera, eran un territorio lejano que escapaba a la realidad dormida del Barrio Mariño de aquellos años, pero me quedaban grabados los hechos que allí se narraban, el dolor de vivir que me hacía ponerme en el lugar del otro, sobre el que leía, y emocionarme hasta las lágrimas de felicidad o de tristeza, según el caso.

Yo tenía doce años en 1982, eran tiempos de Luis Herrera, como decía Chulola que dividía las etapas de su vida y la historia del país, por los presidentes que nos mandaron. 1982, hoy me parece tan lejano, pero ese fue el año en que mi corte del grupo escolar Antonio José Sotillo salía promovido de sexto a primer año de bachillerato, todos iban al liceo, todos menos yo y me sentía desgarrado por eso, aquel fue el último año de la Venezuela Saudita y del ‘ta barato,dame dos, año del suicidio de Maye Brandt, que tanto dio que hablar a la prensa y a la gente común, el año del jeque millonario y sus estafas a los empresarios venezolanos que fue motivo de chistes y canciones como siempre ocurre en el país con las cosas serias, el año del incendio de Tacoa y la masacre de Cantaura, pero también fue el año cuando Venezuela ganó la OTI por la canción Puedes contar conmigo de Luis Gerardo Tovar, de los éxitos de la yegua Trinycarol, de la inaguración del Museo de los niños, de La isla de Robinson de Arturo Uslar Pietri, el año que a las siete de la noche Alba Roversi y Guillermo Dávila paralizaban a mi generación con Ligia Elena, y mientras nosotros tarareábamos a través de la radio Solo pienso en ti, Deja esa negra bailar en paz cantada por Soledad Bravo, y Laura la sin par de Caurimare del Grupo Medioevo, nos emocionábamos en el Cine Canaima con ET, el extraterrestre, Anita la huerfanita o Rambo, en Venezuela comenzaba la locura que fueron los Menudo y  afuera comenzaba la guerra de Las Malvinas, recrudecía el conflicto Iraq e Irán e Italia ganaba la Copa del mundo. Y yo dejaba de ser niño y me convertía en adulto.

¿Y qué significaba ser adulto en aquellos tiempos? Significaba que como yo no estaba siendo escolarizado, tenía que empezar a velar por mí mismo, cubrir mis necesidades, pensar en el futuro, aprender un oficio que mañana o pasado me pudiera mantener. Así que decidí hacerme escritor. Claro yo aprendí a leer muy chiquito, mientras enseñaban a una de mis tías a leer, sin métodos, sin presiones, viendo como le enseñaban a ella, aprendí a leer, pero no fue solo aprender a leer, es que la lectura se convirtió en una pasión, una enfermedad, un vicio como decía mi abuela, que dicho sea de paso se asustaba por mi exacerbación lectora, pensando que me podía volver loco, que por eso me habían sacado de la escuela, leía todo lo que encontraba a mi paso que tuviera letra, desde los libros de primeras lecturas de primaria hasta los de Educación Artística, los de Historia, y Castellano y Literatura, leía las páginas centrales de El Tiempo que contenían artículos de la National Geografic, El Antiguo y Nuevo Testamento, leía las novelas de vaqueros, Jazmín secretos del corazón, El papel Literario, y Kalimán, Memin pinguin y todos los suplementos mexicanos que vendían en los kioskos del mercado. Y cuando entré en contacto con Chulola a los nueve años, ella que era la contraparte de mi abuela en casi todo, me condujo sin proponérselo a la buena literatura, desde las Mil y una noche cuyos cuentos me relataba aquellas inolvidables mañanas en su cocina hasta la Genoveva de Brabante, desde la vida de santos y mártires pasando por María de Jorge Isaac, pasando por el Conde de Montecristo, los folletines de aventuras de Lagardere, y las novelas libertinas de Vargas Vila, que busqué en mi adolescencia por el solo hecho de decirme que eran novelas prohibidas, y el Rómulo Gallegos de Doña Bárbara y la Trepadora, y el Miguel Otero Silva de Fiebre y Casas muertas, y el Guillermo Meneses de La balandra Isabel llegó esta tarde.

Así, a mis doce años, cuando ya discriminaba la buena de la mala literatura, comencé la ardua labor de convertirme en escritor. ¿Y cómo se convierte uno en escritor? Se preguntarán, pues, leyendo a los grandes, y mientras escribía mis primeros cuentos, pasaban por mis manos, por mis ojos, Balzac, Stendhal, Maupassant, Tolstoi, Sábato, Flaubert, Dostoievski, Víctor Hugo, Vargas Llosa, García Márquez, Carpentier, Melville, Stevenson, Faulkner, y tantos otros conocidos y desconocidos. A los quince años quise ser informal a la manera de Rimbaud y escribí poemas oscuros, y a los dieciocho me enamoré de Miyó vestrini y el Chino Valera Mora simultáneamente, y soñé con una buhardilla en París como los protagonistas de La Bohéme, mientras me preparaba continuamente, sin tiempo, en mi oficio de escritor que no respetaba horarios ni días festivos, preparándome para ser escritor dejé correr los años dorados de mi adolescencia que los pocos amigos de ese tiempo ocupaban en tener novia para tener sexo, doblado en la mesa sobre los cuadernos en blanco dejé mi cervical y mi columna vertebral entera, pero es que esta es una labor que una vez que la pruebas ya no puedes vivir sin ella. Truman Capote en su maravilloso prólogo de Música para camaleones lo expresa de la siguiente manera:

“Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”

Cuando empecé a hacer teatro porque necesitaba redimirme, rehacerme, sentía que estaba muriendo en vida en Barrio Mariño, que mata sin proponérselo y con una sonrisa en la cara a gente como yo, leí todo lo que tenía que leer de teatro, Pablo Ramírez me decía en ese tiempo que no debía intelectualizar tanto el hecho teatral, que el teatro era un hecho vivencial, pero yo necesitaba del componente teórico porque si no me sentía perdido.

Y luego empecé a escribir teatro, al principio no eran muy buenas mis obras, lo admito, acostumbrado a la narrativa desde mi más tierna infancia, fue difícil desprenderme de sus códigos, fueron obras de iniciante, sin un compromiso social ni con el país ni siquiera conmigo mismo, tuve que aprender y reaprender, tuvo Igor Balaguer que decirme que le faltaba venezolanidad a mis obras, estaban bien escritas pero eran frías y sin compromiso, que no me reflejaban, que eran muy diferentes mis cuentos de Barrio Mariño cuando hablaba de mi abuela, Chepa y Chulola a lo que escribía, y después de odiarlo, porque era lo más fácil, tuve que admitir que tenía razón. Una vez, en uno de los talleres de actuación de Matilda Corral, ella habló de la importancia de los temas, de montar las cosas que pueden tocarnos como personas, que nos afectan, y yo lo llevé a la dramaturgia, bajo el amparo de Juan Ramón Pérez y su método de la relación de eventos que tanto me ha ayudado.

Demás está decir que es un compromiso conmigo mismo cada obra que escribo, que ahora pienso e investigo más, que cosas que antes se daban solas, es un debatir, vuelta atrás, componer, recomponer, y dudas que antes no tenía vienen y persisten, y la bendita interrogante ¿Para que escribo? Escribo porque no concibo la vida de otra manera, sino escribo sencillamente muero. Con el paso de los años las exigencias que me planteo son mayores, concibo una idea y empiezo a desglosar las situaciones en mi cuaderno de anotaciones y los personajes me torturan, me persiguen, se meten en mis sueños, y no me dejan tranquilo hasta que concluyo la obra, trato de ser autentico, trato de hacer arte, trato de buscar formas de expresión, a veces las mismas obras dictan la pauta, trato de exigirme al máximo, no es una cuestión de premios, ¿O sí? No sé. Los premios dan prestigio literario, pero fuera de eso uno sigue con su vida y con sus cuentos de la locura corriente, creo que soy yo, y el compromiso que hice en mi adolescencia, cuando me prometí que sería el mejor escritor del mundo, ahora no soy tan absoluto, me conformo con superarme a mí mismo con cada obra, me conformo con que me lean, me conformo con decirle a quienes quieren escribir que para aprender a ser escritor hay que leer, leer y leer, y practicar, practicar y practicar, y cuando estén cansados de leer y practicar,  sigan practicando, es la única manera de aprender y superarse. Yo tengo treinta y seis años de mi vida practicando este terrible y dulce oficio, y siento que aún no se nada sobre él, porque con cada obra uno recomienza a aprender de nuevo. Cada obra es distinta, cada proceso es distinto, uno tiene que dejar la vida en ellas porque si no, no funciona, más que de talento, este oficio requiere disciplina, y entrega. Una vez Juan Ramón Pérez a propósito de la presentación de Preludio, una obra que escribí y dirigí, en su espacio dijo, entre otras cosas que dijo, antes de empezar la obra “Benjamín no es bueno porque gana premios, gana premios porque es bueno” Y juro por Dios (Si es que existe Dios en el cielo) que nunca en mi vida me había asustado tanto una frase, no solo porque venía de Juan, a quien respeto como dramaturgo y conocedor del oficio, sino porque estaba a punto de caer en ese territorio cómodo de los que ya nada tienen que aprender, por lo del tema de los premios y la cosa, y decidí arriesgarme una vez más y adentrarme en otros terrenos dentro de la dramaturgia, para aprender una vez más este ridículo arte, parodiando a Valera Mora, El ridículo arte de componer historias.





lunes, 14 de mayo de 2012

Los poemas se pierden

EL NACIONAL - Sábado 12 de Mayo de 2012 Papel Literario/3 Los poemas se pierden Los poemas son como los sueños: los recuerdas vivamente al levantarte y cuando dices "te voy a contar un sueño" ya el cepo está cerrado, ya saltó la trampa del olvido MIGUEL ÁNGEL DE LIMA Los poemas se pierden por la falta de concentración del poeta. Llegan las imágenes, llega la música, llegan las ideas, pero duran un segundo en su visita. Sí, un segundo, no es una figura retórica. A veces duran más, pero a veces --ay, las más frecuentes-- mucho menos. Son apenas una ráfaga, un celaje que se escapa inquieto, el chasquido de los dedos, el soplo de una vela. Sí, literalmente, porque junto con la imagen puede llegar el olvido que la apaga de inmediato. Los poemas son como los sueños: los recuerdas vivamente al levantarte y cuando dices "te voy a contar un sueño" ya el cepo está cerrado, ya saltó la trampa del olvido y en vez del relato de tan luminosas imágenes, aparece tu rostro sorprendido en la perplejidad, aparece un profundo vacío en la memoria. Ya no hay nada que contar y llamas mentiroso a Quevedo en Roma, porque lo fugitivo ni permanece ni dura. Los poemas van de casa en casa y sólo se quedan donde son queridos, donde se les cuida y se les mima. Los poemas se pierden por la falta de amor del poeta. Si un poeta no ama, no puede escribir, porque cuando quiere hacerlo, ya el poema se ha ido. Ya el poeta no tiene nada que decir y entonces todo es sequedad y silencio. Todo es discurso banal: de nuevo el artista en traje de funcionario, el sensible escritor como honrado contribuyente poniéndose al día con las cuentas del Estado, el cansado trámite en la transacción de lo cotidiano. El desamor del poeta es el arma para cometer su suicidio. Muere el poeta, pero no el poema, que sacude el polvo de sus sandalias y sigue su marcha hacia las manos de otros creadores más atentos. Por algo dijo De Mello: "el único santo es el hombre que se concentra". Habría que prestar mayor atención a esto de la atención en la literatura (¿Cómo lo decía? ¿Cómo escapaba del mal juego de palabras?). No a la consabida fama de los artistas como distraídos, que ha brindado entre nosotros tan gratas anécdotas: Gerbasi en Bogotá, esperando ser recibido en la Embajada de Venezuela, horas y horas de antesala y, ya al caer el día, el golpe de un pequeño plato con la cuenta, "Señor, estamos cerrando, ésta es su factura", y Gerbasi: ¿Y cuándo me va a recibir el Embajador? "La Embajada es al lado, señor, esto es un cafetín". Y se oye la respuesta perfecta de Vicente: "¡Aah! Por lo menos ya me enteré de que es café lo que he bebido todo el día". O Sánchez Peláez en París: su grupo acostumbrado a escucharlo hablar sobre los trabajos poéticos que venía adelantando, hasta que un día, súbitamente, dejó de hacerlo, entregado al más perfecto silencio "¿Qué pasa, Juan, que no escribes?". "No, ya no puedo escribir, hay un desperfecto en mi máquina". "Bien, vamos a tu casa a revisar qué ocurre". Fue entonces cuando se descubrió al culpable del bajón del creador: había un estante sobre el escritorio y desde allí habían caído los granos de arroz bloqueando varias de las teclas. ¡El maestro jamás lo hubiera detectado! Pero, decía, en el tema de "atención y creación" no nos es útil recordar estos divertidos episodios que han consagrado a los poetas y otros creadores como "distraídos". Por el contrario, muchas veces este despiste es apenas aparente y refleja la máxima concentración del creador en su obra. De allí lo endeble de sus vínculos con lo exterior. En ese momento el artista no está distraído, muy por el contrario, está extremadamente concentrado, se encuentra en una lucha feroz por no perder el hilo de Ariadna que lo llevará de vuelta después de su encuentro con el Minotauro. Sí, porque claro que es un laberinto el lenguaje, claro que la creación poética se asemeja a la muerte del "monstruo" de la trivialidad, al fin de la degeneración de la palabra como trámite, como simple código de un manual de instrucciones. Y para lograr un acto de tal envergadura el poeta necesita de toda su energía en un solo objetivo, todos sus pasos dirigidos a un solo norte. Por eso con frecuencia debe apostar por la soledad --en soledad se oyen voces que se empiezan a apagar con el ruido de las otras--, no tanto para encontrar como para no perder lo ya encontrado. El poeta debe saltar sobre la imagen como un felino sobre su presa y no la debe soltar hasta agotar de ella la última de sus posibilidades. Es generosa la imagen cuando siente la fuerza de quien la domina. Como la amada entregada a la pasión de su amante comparte con él sus más preciados tesoros, así el poema se rinde ante el poeta cuando siente su convicción creadora, cuando se ve envuelto en su inspiración, no importa que esta palabra sea mal vista en tiempos de cálculo y de pragmatismo. El poema se pierde como se perdería un niño en las afueras de la gran ciudad. Es justa la descripción de su pérdida en un contexto de espacio-tiempo. No se sabe dónde está, se desconoce su paradero. Sólo se sabe que estuvo ahí. O incluso, que está ahí, pero no se sabe exactamente dónde. Se pueden recabar muchos indicios. Se pueden anotar muchas evidencias. Pero aquí no hay excepción que confirme la regla: no hay delito sin cuerpo y no hay poesía sin poema. Quizás sea esta la diferencia entre el creador de la palabra y quien la usa para otras cosas: el poeta es un sabueso que ubica al poema donde quiera que éste se oculte. Incluso, donde quiera que otro lo oculte. Sí, otro dentro de ti, ese otro no literario que secuestra la imagen, que se hace del poema y lo pulveriza. Lo aniquila para enterrarlo, en el mejor de los casos, o para esparcir sus cenizas en el desierto ¿Y cómo? No hay cenizas de lo que no pudo ser. Así, el creador no "crea", sino que "ubica". Ya lo dijo Picasso: "Yo no busco, encuentro". Y, haciendo caso omiso de Mallarmé, una búsqueda azarosa, un ton ni son literario, pocas veces ofrece buenos resultados. El poeta encuentra a la manera de los grandes investigadores policiales, sin pedir ni dar cuartel, sin descanso en su afán por el ansiado hallazgo. El poeta no dice con Dantón en thermidor: "audacia, audacia y más audacia". No. Humildemente dice, tiene que decir: "atención, atención y más atención". El único santo y el único poeta es el hombre que sabe y puede concentrarse

martes, 10 de abril de 2012

JULIO RIERA, un titiritero con alma de Tilingo

JULIO RIERA, un titiritero con alma de Tilingo Por: EDDY DÍAZ SOUZA Fuente: CentroMolinos Revista especializada en Teatro para Niños y Jóvenes Volumen I, Número 1 Caracas : Enero 2003 (Agradecemos a la Sra. América Riera de Picasso la colaboración prestada para la realización de este artículo). PRIMER VIAJE Llegó a Caracas en 1967. Presumimos que trajo un pequeño equipaje; tal vez algunos libros, un trozo de plaza o portal habanero, algún que otro perfume nocturno que le recordara a su patria y, obviamente, su talento y su genuino amor por los retablos y los títeres. Por supuesto, nos referimos a Julio Riera, quien hiciera del teatro, y muy especialmente del teatro para niños y jóvenes, la vía más expedita para comunicar su fantástico universo. A su llegada a Venezuela, Julio Riera se involucró con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela. Dirigió entonces para el Teatro Experimental de Arquitectura la farsa de Federico García Lorca, Tragicomedia de Don Cristóbal y la Señorita Rosita, contando con la telúrica voz de la popular cantante venezolana Soledad Bravo quien, como apunta E. A. Moreno-Uribe (crítico del diario El Mundo) “(...)era una desconocida; él la llevó a escena y la puso a cantar”. También pasó por el Nuevo Grupo y, finalmente, encontró su casa en un pequeño teatro ubicado en el parque Arístides Rojas, teatro que abrió sus puertas en 1968 y que aún hoy lleva el nombre de Tilingo. De la mano de Clara Rosa Otero, Presidenta de la Fundación de Marionetas de Venezuela, Julio se convirtió en el primer Director del mencionado Teatro, compartiendo la dirección de espectáculos con Elybeth Hernández. LA POESÍA SE HACE TÍTERE Primera Parte Si hacemos un repaso de aquellas puestas en escena de Julio Riera, encontraremos más de una veintena de títulos. Su primer montaje para Tilingo: Caperucita vence al lobo feroz tuvo una excelente acogida (El Nacional, Caracas: Domingo 11 de febrero de 1968): "Comentarios muy favorables mereció la farsa (...) adaptada y dirigida por Julio Riera. Tanto éste como sus colaboradores se desenvolvieron con gran acierto, manejando a los diversos personajes de la historia -Caperucita, el gato, la abuela- con admirable precisión y destreza". Las notas que destacan la calidad de sus entregas, reaparecen con su segundo trabajo (Ras-guños. Especial para "El Nacional", marzo 1968): "(...) ’El Gato con Botas’ del Teatro Tilingo en versión realizada y dirigida por Julio Riera, con escenografía, diseños, muñecos y vestuario -muy buenos- de Elías Martinello, despertó gran entusiasmo entre los niños, en llenos absolutos. El texto, gracioso y divertido hasta para mayores, muy bien dicho por el grupo de actores y actrices que ya han cogido el tono de estos títeres. Los diálogos con el público infantil, un acierto de comunicación". Continuando con el orden cronológico de estas pequeñas obras que Riera llevó a las tabalas del Tilingo, hallamos los siguientes títulos: Mambrú viene de la guerra, El hacha de oro, La cola de Tío Tigre, Tío Tigre y el arriero, El flautista de Hamelin, El país de los peces, Juan y las habas mágicas y Las vacas de Tío Conejo. Hacemos un alto en esta última pieza para traer un fragmento del artículo de Adolfo Schwarzenberg, publicado en El Nacional del 22 de noviembre de 1968, que nos vierte un poco de luz sobre la interesante y acertada propuesta teatral que despliega Julio: "Entre las piezas observadas destacaba la leyenda folklórica ’Las vacas del Tío Conejo’ de la señora Clara Rosa Otero de Altamirano. Los animales de la selva venezolana cobraban vida, el Tío Tigre era denunciado al Tío Conejo por los niños, los pájaros en vistosos plumajes intervenían al igual que el caimán somnoliento, y tantos más, y qué algazara cuando los protagonistas aparecían con figuras humanas y enormes máscaras delante del escenario para desarrollar una escena con intervención de actores reales. El nexo entre una y otra forma de presentación estaba bien logrado, pero el impacto más importante lo ejerce el hecho de que se trata de una materialización acertada del mundo de ensueños subconscientes del paraíso infantil, en una trama concebida de forma hábil y creadora". A los espectáculos anteriormente mencionados, siguieron otros. Alrededor de once obras cortas fueron adaptadas y dirigidas por Julio para el Tilingo, sólo en el año 1968. A éstas, seguirían: La cucarachita Martínez, Pinocho y el monstruo marino y Un ángel cayó del cielo (1969), por sólo mencionar algunas. Con la serie de aventuras de Pinocho, el dueto muy creativo, conformado por Julio y Elías Martinello, ahondan en el mecanisno de los títeres. Volvamos a El Nacional del sábado 3 de mayo de 1969: "La obra (...) ha sido adaptada para su presentación en el ’Tilingo’ por el Director de este Teatro, Julio Riera quien es un auténtico experto en los espectáculos de titeresca y marionetas. La escenografía es de Elías Martinello, quien es un cuidadoso artesano en la elaboración de los muñecos, a muchos de los cuales dota de mecanismos ingeniosos que movilizan los ojos o las manos o, como sucede en el caso de ’Pinocho’, estira y encoge la nariz, apéndice fundamental de este personaje collodiano. Todo ello requiere una inventiva y un ingenio mecánico digno de reconocimiento". Segunda Parte Para 1970 el Teatro del Parque Arístides Rojas cautiva una vez más a su público con un texto de la consagrada escritora y dramaturgo Elisabeth Schon. La obra, concebida especialmente para Tilingo, lleva por título: La nube y el limpiabotas. La puesta en escena es de Julio Riera, quien además realiza este año los siguientes montajes: Ya vienen los astronautas (de Clara Rosa Otero), Pedrito y el lobo (de S. Prokofiev), La luna nueva (Rabindranath Tagore), Las guayabas de Tío Tigre (Clara Rosa Otero), El príncipe que todo lo aprendió en los libros (Jacinto Benavente), Juan Bimba y el aseo urbano y Jaimito y su loro Lorenzo (ambas de Clara Rosa Otero). Podríamos continuar enumerando la extensa lista de piezas infantiles que Riera rescató del sueño de las gavetas para hacerlas sueño sobre la escena, pero evitaremos el inventario para dar paso a la reseña de El Nacional del 21 de agosto de 1971, donde se comenta ampliamente sobre la puesta en escena de El flautista de Hamelin, en versión y dirección de Julio Riera: "El montaje de dicha obra ha sido hecho sobre tres escenarios y una pantalla de sombras, donde se escenifican los diferentes episodios de la obra (...) La trama de la obra está llevada al teatro de marionetas con una sencillez y un encanto que hacen las delicias de los niños y los adultos que llenan el Teatro Tilingo en cada representación". SEGUNDO VIAJE Llega el momento (1973) en que Riera siente la necesidad de ser el capitán de su propio barco y se lanza a la aventura de recorrer otros espacios. Con su compañía: "Los títeres de Julio Riera", desembarca en Cine Mundo Infantil y Cine Teatro Los Carricitos, acompañado por Larry Herrera. Para recordar algunas de las producciones de esta época, mencionaremos: El muñequito rebelde, El muñequito triste, El chinito y la culebra, El conejo y la Pájara Pinta y Carlitos y el pícaro lobo. cabe destacar que por este mismo local (Los Carricitos), pasa Armando Carías con su grupo, alternando presentaciones con Riera. EL REGRESO DEL TITIRITERO Pero su nave no se detiene. Si bien parece que el mar encrespado lo obliga a resguardarse en algún puerto, más tarde, volverá a las mismas aguas donde lanzará sus redes para atrapar imágenes y fábulas. Apasionado admirador de Lorca, retorna a la escena capitalina con nueva agrupación -Taller Teatral Ensayo- y un viejo proyecto: Los títeres de cachiporra y escenas del Retablillo de don Cristóbal. Paralelamente, se desempeña como Promotor Cultural en la Biblioteca Nacional, donde realiza una importante labor en favor de la lectura. Más tarde regresa a su pequeña casa del Parque Arístides Rojas, para llevar a escena una versión muy personal de la novela de Alejandro Dumas (padre): Los tres mosqueteros, puesta que obtuvo el Premio Municipal de teatro a la mejor dirección en 1990. Su último trabajo para el Tilingo se estrenaría en 1995: Mamá, el rey baila en calzón, inspirado en los cuentos El Rey está desnudo, de H. C. Andersen y el relato El Conde Lucanor. El 26 de diciembre de 1999, Julio Riera retomaría el timón de su nave para abandonar definitivamente las aguas de este mundo. Alguna vez se dijo, según nos contó Gladys Pacheco, que el primer títere que llevó el nombre de Tilingo se construyó a partir del rostro de Riera. No hemos querido corroborar esta anécdota pues nos complace pensar que Julio aún está aquí, en el alma de un títere o en el espíritu de un teatro que vive en nosotros. * * * * * * * * * * * * * * * Tomado de la revista CentroMolinos, Volumen I, Número 1, año 2003. Jueves, 12 de Agosto de 2004 19:32 #. CentroM

sábado, 28 de enero de 2012

Pélame esa Mandarina

Gustavo Efrén Porras Cardozo

Soy pequeña, perfumada y dulce.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Me estás haciendo daño. No lo hagas, estás lastimándome. Me vas a tumbar, me caigo. Me mallugas… ¡Oh! Cómo he venido a menos. Mi familia paterna es apellidada Rutaceae, la materna es llamada Aurantioecea.
No entiendo porque mis padres son denominados con esos seudónimos de raíces latinas…Tal vez sea que se transculturizaron gracias a la influencia conquistadora de Alejandro Magno, a la expansión del Islam (los Omeyas se instalaron en España por ocho siglos), a la expedición de las Cruzadas, o la ida de Colón a la India llegando accidentalmente a unas tierras que años después llamaron América.

A mis hermanas la llaman: Citrus Reticulata, Citrus Unshir y Citrus Reshmi, en otras palabras: Las Clementinas, las Satsumas y Comunes. Así es como la llaman en la intimidad del hogar. Tenemos primas en diferentes países del Mundo pero me gusta mucho mi primo Tangerine, aunque no nos entendemos cuando hablamos: Él habla la lengua Árabe y yo el Mandarín. El problema más grande se presenta cuando empiezan a hablar sobre sexo, específicamente del mío, deberían mencionarme como femenina, pero no, cuando dialogan sobre mí, dicen: Es del Género Citrus y luego, me caracterizan como “Ácida y Dulce” al mismo tiempo. Otros conversan que soy un Hesperidio, una baya modificada, carnosa y simple, casi siempre obtenida de cítricos.

Soy bella, me bautizaron con ese nombre por el color del traje que levaban puestos los Mandarines, quienes eran unos funcionarios públicos de mucho poder en el Imperio Chino, cuyos trajes eran parecidos al color brillante de mi piel. Soy la Citrus más consumida en el mundo e introducida en el Mediterráneo Europeo desde 1828 para su producción alimenticia.
Algún día me casaré y tendré muchos hijos, llenos de vitamina “C” y con mucho “Potasio” los cuales nacerán por semillas, mis hermanas son miedosas y opinan lo contrario. Ellas quieren tener a los suyos por “Cesárea” o mejor dicho por “Inseminación Artificial”, pero, en la Clínica del Conuco, lo llaman: “Parto por Injerto”.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Me están tumbando, ¡Ay! Me caí…
¡Apúrate!
Túmbala! ¡
Túmbala! Que no se aporree.
¡Pélame esa Mandarina!

Caracas, julio 2011

jueves, 1 de diciembre de 2011

Con una sola piedra del Waraira Repano

Gustavo Efrén Porras Cardozo

Hoy aquí, recuerdo el ayer...

Toda la Sierra estaba alborotada, por un lado las guacamayas, los loros y los pui-puis chillaban como nunca antes lo hubieran hecho, lo mismo sucedía con las guacharacas. Los gonzalitos, los tordos, los canarios y los turpiales no cesaban nerviosamente de volar. Las dantas se escondían en el rio. Los venados abandonaban con inteligencia la selva, mientras los peces no sabían lo que estaba ocurriendo arriba, donde ellos no podían vivir. Los cunaguaros y los jaguares asustados corrían despavoridos, el león montañés por primera vez dejó de ser el rey de la montaña.

Los golpes retumbaban en toda la cordillera, los animales asustados no hallaban que hacer con tantos ruidos ensordecedores: liebres, conejos, lapas, cachicamos y morrocoyes, buscando madrigueras donde esconderse, mientras las tigras mariposas, corales y mapanares se deslizaban dentro de las guaridas haciendo otro tanto. Los golpazos eran fuertes. La montaña se estremecía cada vez más hasta que monumentalmente me desplomé, el ruido cesó. Un hombre empezó a esculpirme, el cincel tallaba, transformándome en una copa grande, bella y majestuosamente esplendorosa. El artista con satisfacción contempló su obra. El silencio volvió y con ella la rutina.

Por la pica se escuchaban las voces de los hombres que me transportaban.

- ¡Cuidado!

- ¿La carreta puede con ella?

- No te preocupes.

-Ya vamos a llegar, al fin la Cumbre. Lo logramos.

-Estamos bajando, allá está la iglesia de la Trinidad. El Catuchecuao nos guía.

-¡Qué bullaranga hay en la plaza Mayor! Aquí estamos al frente de la Iglesia. Bájenla poco a poco.

-Póngala allí, los felicito, dijo con voz solemne y fuerte continuó diciendo el Obispo que me recibió: a esta Pila Bautismal algún día concurrirá el hombre más grande de Venezuela, de la América y uno de los del Mundo, será bautizado con el nombre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolivar Ponte de Palacios y Blanco, vaticinó el Prelado.
De la Catedral de Caracas, vine a parar a la casa que construyó Francisco Marín y Narváez heredada por su hija Josefa Marín y Narváez de Ponte Andrade de Jaspe y Montenegro, luego por María Petronila de Ponte y Marín quien casó con Juan Bolivar Martínez y Villegas, abuelos paternos de Simón Bolivar, escuché a través del tiempo. Hoy día, estoy en uno de los patios de la Casa Natal.

Cuántos años han pasado desde aquellos días en la cual fui esculpida con una sola piedra del Waraira Repano.

Caracas, 28 de noviembre de 2012

viernes, 4 de noviembre de 2011

MALAS PALABRAS

por Perla Szuchmacher (Q.E.P.D)
Textos de las canciones: Antonio Machado.

Personaje: Flor, una mujer adulta.


Espacio: El lugar de trabajo de Flor.

Una mesa y una silla.

Sobre la mesa: una máquina de escribir mecánica, papeles, pilas de libros, un diccionario, una lámpara, lápices, plumas, engrapadora, clips, etc.

La actriz animará los objetos que están sobre la mesa para ir contando la historia. A cada personaje corresponderá un objeto.

Es imprescindible que en el trabajo de montaje, la actriz improvise con todos los objetos, para encontrar los más adecuados a cada personaje. De la misma manera se crearán las imágenes que se sugieren en el texto. Los objetos también se utilizarán para producir sonidos y enriquecer las atmósferas.

El aspecto sonoro debe ser tan importante como el aspecto visual.


Flor:
Canta:
Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da.

(al público)

La tarde que mi madre me enseñó esa canción, estaba bordando y se picó el dedo con la aguja. Se quedó mirando la gotita de sangre, los ojos se le llenaron de lágrimas, y yo pensé que era horrible picarse el dedo con una aguja y que nunca me iba a dedicar a bordar, ni a coser, ni a operar personas porque después hay que coserlas.

PAUSA

Yo tenía un amigo, el Pelos, así le decíamos, no había manera de que estuviera peinado, siempre parecía recién levantado. Bueno, con el Pelos jugábamos, platicábamos, armábamos rompecabezas y teníamos una actividad secreta.

Nos encerrábamos en mi cuarto con el diccionario a buscar palabras prohibidas, groserías. “Malas palabras”, así les decíamos. ¡Cómo nos divertíamos, era apasionante! A veces mi mamá entraba al cuarto y nos veía tan metidos en la lectura del diccionario que no nos quería interrumpir.
Yo la oía comentar con mi papá: Están estudiando, no los molestes. Al rato llegaba con una charola con chocolate y pan dulce para merendar.

PELOS: Entonces yo estaba subido en la banca cantando con los pantalones abajo, cuando entró la maestra.
FLOR NIÑA: ¿Y te regañó?
PELOS: No, le dio mucha risa y no me dijo nada. Trae el diccionario, hoy nos toca la P.
FLOR NIÑA: Pendiente, pendular, pendenciero, ¡mira ésta!
PELOS: Está buenísima, ¿llamamos a Benítez y se la decimos por teléfono?
FLOR (al público)
Benítez, era el vecino de enfrente. Era un niño flaquito y asustadizo. Los papás de Benítez eran horribles. Le gritaban todo el tiempo, le pegaban y habían decidido mandarlo a una escuela militarizada “ para ver si se compone” decía su papá. Ah...pero eso sí, le compraban unos juguetes carísimos, lo llenaban de juguetes, tenía de todo. Por eso lo invitábamos a jugar, para usar sus juguetes.
PELOS: Ya háblale.
FLOR NIÑA: Bueno, ¿Está Benítez? De parte de Flor y el Pelos. ¿Benítez, por qué lloras? ¿En serio? Ni modo, que te sea leve. Está castigado, otra vez.
PELOS: Siempre está castigado.
FLOR NIÑA: ¿Armamos un rompecabezas?
PELOS: No, ya me voy, me dejaron mucha tarea.
FLOR NIÑA: ¡La tarea! Mamá, mamá, mamá ¡Mamá, en la escuela me pidieron que lleve una foto de cuando era bebé - bebé!
MAMÁ: ¿Para qué?
FLOR NIÑA: Es un secreto. No puedo decir nada.
FLOR (al público)
Se acercaba el día de la madre y estábamos preparando el regalo. El mío era un portarretratos, le iba a pegar fideos en todo el borde y luego los iba a pintar de colores, en el centro se ponía la foto. La maestra había insistido en que fuera una foto de las primeras, de recién nacidos.
MAMÁ: Deja que busque.
FLOR (al público)
Fue por el álbum y se tardó un largo rato. Volvió con los ojos húmedos y una foto.
MAMÁ: Ten, ésta puede servirte.
FLOR NIÑA: ¡No! Ya estoy muy grande.
MAMÁ: Tenías casi dos años.
FLOR NIÑA: Tiene que ser de bebé - bebé.
MAMÁ: Eras una preciosa bebé a los dos años.
FLOR NIÑA: ¡No! La maestra dijo de bebé - bebé, de meses.
MAMÁ: No tenemos, lo siento.
FLOR NIÑA: ¿Nadie me sacó fotos de bebe - bebé? ¿Ni la tía, que me quiere tanto? ¿Estaba muy fea, o qué?
MAMÁ: No teníamos cámara en esa época, la compramos después.
FLOR (al público)
El día de la madre le entregué el portarretratos con mi foto de dos años y le gustó mucho. Se puso a llorar, para variar, pero de alegría.
Desde el día de la foto yo me había quedado con la sensación de que mi mamá me ocultaba algo.
PELOS: ¿Armamos un rompecabezas?
FLOR NIÑA: No.
PELOS: ¿Jugamos a algo?
FLOR NIÑA: No.
PELOS: ¿Buscamos malas palabras?
FLOR NIÑA: No.
PELOS: ¿Qué te pasa?
FLOR NIÑA: Nada, no quiero hacer nada.
PELOS: Bueno, entonces me voy.
FLOR NIÑA: No, espérate, te quiero contar algo.
FLOR (al público)
Le conté lo de las fotos y también que un día había estado buscando ropa de bebé para vestir a las muñecas y tampoco la había encontrado.
PELOS: ¿Se cambiaron de casa? A veces en las mudanzas se pierden cosas.
FLOR NIÑA: No, siempre hemos vivido aquí. Bueno, eso creo.
FLOR (al público)
Me quedé pensando en lo de la casa, a lo mejor sí habíamos vivido en otra casa y yo no lo sabía.
FLOR NIÑA: ¿Mamá, siempre vivimos en esta casa?
MAMA: Si.
FLOR NIÑA: ¿Desde que yo era bebé – bebé?
MAMÁ: Esta casa era de tus abuelos, y ahora es nuestra, siempre vivimos aquí.
FLOR NIÑA: ¿Y yo?
MAMA: Tu también, ya te lo dije.
FLOR (al público)
Mi papá estaba leyendo en la sala, parecía que no oía, pero en ese momento, dejó el libro, miró a mi mamá, levantó las cejas, y... siguió leyendo.
Mi mamá estaba pálida, pálida y tomaba aire, así, como cuando uno se prepara para decir algo importante. Pero no dijo nada, suspiró y no dijo nada.
En la noche, después de cenar, se encerraron en su cuarto y hablaban y hablaban y mi mamá lloraba y mi papá la consolaba, pero en realidad no podía oír de qué estaban hablando. Oía palabras sueltas, fotos, casa, pero no entendía nada.
Empecé a tener pesadillas horribles, me despertaba gritando.
ESCENA SIN TEXTO: LAS PESADILLAS DE FLOR.
FLOR NIÑA: ¡Mamá!
MAMÁ: ¡Flor! ¿Qué pasa, chiquita?
FLOR NIÑA: Tuve un sueño horrible.
MAMÁ: Cuéntamelo.
FLOR NIÑA: No me acuerdo, sé que era algo horrible, pero no me acuerdo.
MAMÁ: Ya, Flor, no pasa nada, duérmete.
FLOR: (al público)
Un día empecé a recordar mis sueños. Ya no eran horribles, eran raros.
FLOR NIÑA: Ma ¿te cuento un sueño? Ma, viste que en los sueños siempre pasan cosas raras y las cosas son pero al mismo tiempo no son. ¿Cómo te explico? Por ejemplo el otro día soñé que íbamos a casa de la tía y llegábamos a una casa que no era para naaaaada la casa de la tía, pero en el sueño yo sabía que era la casa de la tía.
MAMÁ: ¿Y cómo era la casa?
FLOR NIÑA: ¿Cuál casa?
MAMÁ: La de la tía.
FLOR NIÑA: Era...no me acuerdo, lo que te quiero contar es otra cosa, otro sueño.
En este otro sueño estaban tú y papá, pero diferentes, eran otros, pero yo sabía que eran ustedes, bueno, resulta que esos otros que yo sabía que eran ustedes me daban una carta, bueno no me la daban así no más, yo la tenía que encontrar, como cuando jugamos a la búsqueda del tesoro, me iban dejando pistas, por fin la encontraba y cuando la quería leer todas las letras salían volando y yo las perseguía y cuando las alcanzaba y las ponía otra vez en el papel estaban todas revueltas y no se entendía nada.
FLOR (al público)
Ese día mi mamá me enseñó otra canción:
Canta:
Si vivir es bueno, es mejor soñar,
y mejor que todo, madre, despertar
Por algún tiempo se me olvidó el tema de las fotos. Tenía otras preocupaciones.
MAESTRA:
Flor está muy distraída en clase.
Flor no trae las tareas.
Flor se pelea con sus compañeros.
Flor ha bajado sus calificaciones.
Me los traes firmados para mañana, y quiero hablar con tu mamá.
FLOR NIÑA:
Flor está muy distraída en clase.
Son bien aburridas sus clases.
Flor no hace las tareas.
Sí las hago, pero mis tareas son diferentes.
Flor se pelea con sus compañeros.
Ellos siempre me están molestando
Flor ha bajado sus calificaciones
Ay, ni que hubiera bajado tanto. Tenía seis.
PELOS: Ay Flor, te deberías aplicar un poco.
FLOR NIÑA: Uy, si, Pelos, el aplicado. A ti te suspendieron por cantar en calzones sobre la banca.
PELOS: Bueno, ya, vamos a buscar palabras.
FLOR NIÑA: ¡Encontré una que está buenísima!
PELOS: ¿A ver?
FLOR NIÑA: Gofrar.
PELOS: ¿Y qué quiere decir?
FLOR NIÑA: Adivina.
PELOS: Ya sé, es cuando te subes a un caballo y vas galopando y galopando y de repente, el caballo se para, levanta la cola y se pone a gofrar.
FLOR NIÑA: No. Cómo crees.
PELOS: Es cuando te subes en un carrusel que da vueltas y vueltas y vueltas. Y a ti te dan ganas como de gofrar. ¡Ya bájenme que quiero gofrar!
FLOR NIÑA: No. Eso tampoco es gofrar.
PELOS: ¿Pero gofrar es una “mala palabra”?
FLOR NIÑA: No, es que las “malas palabras” ya me aburren, son siempre las mismas. Búscala en el diccionario y también busca otorrinolaringólogo.
PELOS: ¿Qué?
FLOR NIÑA: Otorrinolaringólogo. Es el doctor que cura los ornitorrincos.
PELOS: ¿De veras?
FLOR NIÑA: No, menso. Y ya me voy, que hoy viene mi tía a comer.
FLOR (a público)
Unos días antes de cumplir los 10, vino mi tía de visita. Durante la comida yo noté algo extraño. Mi tía, que siempre era muy alegre, estaba seria. Mi mamá se olvidó de servir la sopa y cuando se dio cuenta se quedó mirando la cuchara y los ojos se le llenaron de lágrimas. Mi papá estaba distraído y no se acabó su postre. Eso era rarísimo pues siempre pedía más. Cuando mi mamá sirvió el café me mandaron a jugar afuera. Yo usé un truco que había visto en muchas películas, ese de hacer ruido con la puerta pero quedarse del lado de adentro y así pude escuchar esta conversación.
TÍA: ¿Qué están esperando para decirle?
MAMÁ: Que sea un poco más grande.
TÍA: Ya está por cumplir 10 años. Debieron habérselo dicho antes.
MAMA: ¿Tú crees? Estamos bien así.
FLOR (a público)
Estaban hablando de mí, no había ninguna duda. Yo era la que estaba por cumplir 10 años.
¿Pero, qué era lo que debieron haberme dicho antes?
Yo no me movía, casi ni respiraba, para que no notaran mi presencia y así poder seguir escuchando, cuando de repente, lo típico, me empezó a picar la nariz.
MAMÁ: ¿Flor, estás ahí?
TIÁ: ¿Flor, estás ahí?
FLOR NIÑA: No, si, estaba saliendo, adiós.
FLOR (al público)
Corrí al jardín y allí me quedé toda la tarde tratando de adivinar, mientras me columpiaba, qué sería eso que debieron haberme dicho antes.
DOS OBJETOS ACOSAN A FLOR.
OBJETO 1: Pssst, Flor...
FLOR NIÑA: ¿Que?
OBJETO 2 : Pssst, Flor...
FLOR NIÑA: ¿Que?
OBJETO 1: Ya dile...
FLOR NIÑA: ¿Que?
OBJETO 2: Dile tú...
FLOR NIÑA: ¿Que?
OBJETO 1: ¡Vas a tener un hermanito!
FLOR NIÑA:¿De veras?¡Qué bueno!
OBJETO 2: ¡Se van a cambiar a otra ciudad y tendrás que dejar tu escuela!
FLOR NIÑA: ¡Qué bueno, no me gusta esa escuela!
OBJETO 1: ¡No te van a festejar tu cumpleaños!
FLOR NIÑA: ¡No es cierto!
OBJETO 2: ¡Tus papás se van a divorciar!
FLOR NIÑA: ¡Es mentira!
OBJETO 1: Si, se van divorciar.
FLOR NIÑA: ¡Ya cállense!
OBJETO 1: Déjala ¿no ves que se está asustando?
OBJETO 2: Niña miedosa y escandalosa. Niña espantada, niña espantosa.
FLOR (al público)
Cuando regresé a la casa, estaban encerrados en su recámara y discutían. Primero fuerte, luego supongo que me oyeron entrar y siguieron hablando muy bajo. Así se pasó toda la tarde.
Cuando salieron del cuarto, vi que mi madre tenía los ojos rojos, rojos de llorar, pero ya los tenía secos y con una expresión firme, decidida. Miró a mi papá y ahora ella levantó las cejas. Y a mi papá se le humedecieron los ojos, algo que yo nunca había visto. El mundo se estaba poniendo de cabeza, nada era como siempre había sido. Y en ese momento yo no sabía que eso era solo el comienzo.
PAPÁ: ¿Estás segura?
MAMÁ: Si, ya es el momento.

ESCENA SIN TEXTO, EN LA QUE FLOR SE ENTERA QUE ES UNA NIÑA ADOPTADA.

FLOR (al público)
Me quedé pasmada.
Adoptada, yo era una niña adoptada. Mis padres me habían elegido a mí, cuando tenía un año y medio de entre un montón de niños huérfanos de la Casa Cuna.
Habían hecho muchos trámites, habían firmado infinidad de papeles y me habían traído a esta casa, donde ya tenían un cuarto preparado para mí.
Me tomó un tiempo entenderlo.
Pero ese día no sabía qué pensar, ni sabía qué sentir, estaba tan confundida. Entonces hice algo que había hecho muchas veces, aunque mis papás no lo sabían.
Me subí al techo y allí me quedé, escondida, muchas horas.
Los oí llamarme, buscándome por toda la casa, los escuché hablar por teléfono a los parientes y a todos mis amigos, oí a mi mamá llorar a los gritos y no podía bajar. No podía decir: ¡Aquí estoy, ya no se preocupen! Simplemente no podía. Empezó a llover y yo seguía en el techo, empapándome y no me importaba.
Después de muchas horas, escuché la voz inconfundible del Pelos.
PELOS: Señora, yo creo que sé dónde puede estar Flor. Por favor no le diga que yo le dije, porque es un secreto, pero a ella le gusta mucho subirse al techo.
FLOR (al público)
Mi papá se subió y en un momento ya me tenía abrazada. Nos quedamos así un rato, sin hablar y después me hizo bajar con mucho cuidado.
Me encerré en mi cuarto y busqué el diccionario, necesitaba leer todas las malas palabras, las peores, las más groseras.
Adoptivo, va: dícese de la persona o cosa que uno mismo elige, a impulsos del amor, para tenerla por lo que realmente no es con respecto a él: hijo adoptivo, patria adoptiva. No entendí mucho, ¿qué era eso de a impulsos del amor?
Oía a mi mamá y a mi papá cuchicheando en la puerta, por fin tocaron
MAMÁ: Flor, abre la puerta, tenemos que platicar.
PAPÁ: Flor, por favor, abre la puerta.
FLOR NIÑA: No quiero verlos, no quiero hablar, son unos mentirosos los dos, los odio, los odio. ¡Ojalá se mueran!
FLOR (a público)
Me la pasé llorando, llorando y dando patadas a los muebles en mi cuarto, rompí muchos juguetes, los que más quería y también me lastimé una mano. Todavía tengo la cicatriz.
Más tarde, en la noche, oí a mi mamá que dejaba una bandeja frente a mi puerta.
MAMÁ: Flor, por si tienes hambre, aquí te dejo algo.
PAPÁ: Sería bueno que comieras, te compramos tu pan favorito.

FLOR (al público)
No contesté, quería que sufrieran como yo estaba sufriendo. Además ya había decidido dejarme morir de hambre. No comí nada y me dormí en el piso.
Al otro día amanecí con fiebre.
Mientras estuve enferma, el Pelos venía a visitarme, pero yo nunca lo quise ver. Estaba tan enojada. Me había traicionado, él era el único que sabía de mi escondite y me había traicionado.
Yo había escrito un letrero que decía: “El Pelos tiene prohibida la entrada a esta casa por traidor y mal amigo”, y lo había pegado en la puerta de mi cuarto.
Pero el Pelos venía y venía, un día hasta me trajo flores.
En una de esas veces, lo oí despedirse de mi mamá, tan triste, que estuve a punto de gritarle: ¡Aquí estoy, ven a charlar! Pero me contuve, para que aprendiera que a los amigos no se les traiciona.
Cuando lo oía llegar, me tapaba la cabeza con la almohada y me hacía la dormida.
Pero el Pelos insistía, así que cada vez que venía, mi mamá tenía que inventar alguna excusa.
MAMÁ: ¿Quién?
PELOS: El Pelos ¿está Flor?
MAMÁ: Está dormida.
PELOS: Ah...bueno, luego vengo.
PASO DE TIEMPO
MAMÁ: ¿Quién?
PELOS: El Pelos ¿está Flor?
MAMÁ: Le duele la panza.
PELOS: Ah...bueno, luego vengo.
PASO DE TIEMPO
MAMÁ: ¿Quién?
PELOS: El Pelos ¿está Flor?
MAMÁ: Tiene mucha tarea.
PELOS: Ah...bueno, luego vengo.
PASO DE TIEMPO
MAMÁ: ¿Quién?
PELOS: El Pelos ¿está Flor?
MAMÁ: Se fue al dentista.
PELOS: Ah...bueno, luego vengo.
FLOR (al público)
Pero el Pelos insistía, eso era bueno, digo, amigo traidor pero pertinaz. ¡Qué bonita palabra, pertinaz.! Yo la había encontrado en un libro, “lluvia pertinaz” y me hubiera gustado compartirla con el Pelos.
Al fin no me pude resistir el día que llegó a visitarme por enésima vez.
MAMÁ: ¿Quién?
PELOS: El Pelos ¿está Flor?
MAMÁ: ¡Fíjate que se acaba de dormir!
PELOS: Qué lástima, porque traigo un diccionario nuevo, que me acaban de regalar.
FLOR NIÑA: ¡Pásate, Pelos, ya me desperté!
PELOS: Tienes meses durmiendo, niña.
FLOR NIÑA: No me digas niña, me llamo Flor.
PELOS: Niña berrinchuda.
FLOR NIÑA: No soy una niña berrinchuda.
PELOS: ¿Ah, no? Desde el día que te subiste al techo ya no me hablaste. Eso es ser una niña berrinchuda.
FLOR NIÑA: ¿Por qué tuviste que decir que estaba ahí arriba? Ese era un secreto entre nosotros.
PELOS: Te juro que me aguanté todo lo que pude, pero cuando ví a tu mamá tan asustada, tuve que decirle.
FLOR NIÑA: Al fin que ni es mi mamá.
PELOS: ¿Qué?
FLOR NIÑA: Lo que oíste, no te hagas tonto.
PELOS: ¿Cómo que no es tu mamá?
FLOR NIÑA: Mi mamá no es mi mamá y mi papá no es mi papá.
PELOS: Ya, no estés jugando ¿cómo es eso?
FLOR NIÑA: Mejor no te digo, porque seguro vas a contárselo a todo el mundo. Ya sabemos que no eres muy bueno guardando secretos.
PELOS: ¿Es que nunca me vas a perdonar?
FLOR (al público)
Por supuesto que lo perdoné, era mi mejor amigo y le conté por qué me había subido al techo ese día. Nos pasamos toda la tarde buscando “malas y buenas palabras” en su diccionario nuevo. También le dije qué significaba pertinaz.
El Pelos se volvió loco con esa palabra. La usaba para todo, quería cambiarse el apellido y llamarse Pelos Pertinaz.
PELOS: ¿Bueno, Benítez? Aquí Pelos Pertinaz, vente a jugar. ¿Por qué? ¿En serio? Ni modo, que te sea leve. Está castigado un mes sin salir. ¡No va a poder venir a tu cumple!
FLOR NIÑA: No quiero fiesta, no quiero pastel, no quiero nada. Vete, ya no quiero jugar.
PELOS: Busquemos palabras.
FLOR NIÑA: ¿No entiendes que no quiero jugar? Vete.
PASO DE TIEMPO
FLOR (al público)
Con mis papás seguía enojada ¿Por qué no me habían dicho antes?
Ahora tenía que revisar todo lo que había vivido.
Mis padres eran mis padres y al mismo tiempo no lo eran. Mi abuela era mi abuela, pero no era mi abuela, mi tía... bueno la lista era interminable... Por ejemplo: ¿Los amigos de la familia, en qué categoría entraban? No quise festejar mi cumpleaños de 10, me negué terminantemente. Ellos se pusieron muy tristes, pero respetaron mi decisión.
Tuve una época en la que no les hablaba, les dejaba recados, algunos llenos de “malas palabras” las más horribles, las más groseras.
Un día el Pelos encontró uno de esos recados.
PELOS: ¿Por qué les dejas esos recados tan groseros? Tus papás son muy buenos contigo.
FLOR NIÑA: Ya te dije que no son mis papás.
PELOS: ¿Tu mamá te besa al dormirte?
FLOR NIÑA: Ahá.
PELOS: ¿Tu papá te enseñó a andar en bicicleta?
FLOR NIÑA: Ahá.
PELOS: ¿Tu mamá te cuida cuando estás enferma?
FLOR NIÑA: Ahá.
PELOS: ¿Tu papá te explica las multiplicaciones difíciles?
FLOR NIÑA: Si y qué, no son mis verdaderos padres.
PELOS: Eres muy necia, niña. ¿Y sabes qué? Merecerías que te hubieran tocado los padres de Benítez.
FLOR (al público)
Aunque yo no quería dar mi brazo a torcer, debía reconocer que el maldito Pelos tenía razón, la sola idea de que me hubieran tocado los padres de Benítez me puso la piel de gallina. Cuando faltaban unos días para cumplir los 11 mi mamá me preguntó qué quería de regalo.
FLOR NIÑA: Quiero ir a la Casa Cuna.
MAMÁ : ¿A la casa Cuna? ¿Para qué?
FLOR NIÑA: No sé, quiero ir a ver.
MAMÁ: No sé si se pueda, supongo que hay que pedir permiso.
FLOR (al público)
Supuse que mi mamá estaba tratando de dilatar el asunto. Pero no, hizo varias llamadas telefónicas, envió una carta y una tarde me llevó.
ESCENA SIN TEXTO EN LA QUE SE VE A FLOR VIENDO A LOS NIÑOS EN LA CASA CUNA.
FLOR NIÑA: ¿Por qué tú y papá me eligieron a mí?
MAMÁ: Estabas tan sonriente, agarrada a los barrotes de la cuna. Nos enamoramos de ti al momento de verte.
FLOR (al público)
Esa noche soñé que Benítez, el hijo de los vecinos de enfrente, esos vecinos horribles que se gritaban todo el tiempo, era mi hermano.
Me desperté sudando y corrí a la cocina. Allí estaba mi madre, haciendo un pastel que olía delicioso y cantando. La abracé muy, pero muy fuerte. Me encantaba su olor, y tenía la piel tan suave. Después corrí a abrazar a mi papá, que leía como siempre, en la sala.
MAMÁ: Feliz cumpleaños, Flor.
PAPÁ: Feliz cumpleaños, Flor.
FLOR (al público)
Con el tiempo me fui dando cuenta de que no era tan malo ser adoptada, mis padres me querían mucho, me cuidaban. Y cuando pasaba por la puerta de la casa de Benítez y oía los gritos, pensaba: ¡Qué suerte tuve de que me tocaran los papás que me tocaron!
Con el paso de los años me fui acostumbrando a la idea. No fue fácil, tenía muchas preguntas. Aún las tengo. ¿Pero quién no se hace preguntas?
¿Por qué me abandonaron? preguntaba todo el tiempo. Mis padres nunca pudieron responderme eso, pero a cambio me dieron seguridad y mucho amor.
Aprendimos a hacer bromas sobre el tema y hablábamos y hablábamos sin parar.
De mi mamá heredé las canciones y de mi papá el amor por los libros. Pude estudiar y tener una profesión, soy escritora.
Los juegos del diccionario me sirvieron mucho. Siempre me gustó jugar con las palabras. Las palabras no son buenas ni malas. Lo que importa es cómo se usan. Ahora sé que las únicas “malas palabras” son las que se callan.
Canta:
Si vivir es bueno, es mejor soñar,
y mejor que todo, madre, despertar.

DEDICADO A PERLA CON QUIEN COMPARTÍ UNA AVENTURA MARAVILLOSA. SIEMPRE TE RECORDARÉ.
Bruno Mateo

lunes, 3 de octubre de 2011

MOMINA XXVIII

por Efrén Porras Cardozo

El salón amplio e iluminado, estaba lleno de visitantes que se disputaban por ser los primeros en poder ver el recién descubierto sarcófago, los reporteros se peleaban los primeros lugares, mientras alguien desde su infinito lecho, sonreía.

-Papá: ¿Quién fué ella?

-Hijo: Ella fue una hermosa e importante figura en una época muy lejana, rodeada siempre de una servidumbre dispuesta a cumplir todos sus deseos.
- Que expresivos ojos sobresalen de su cara, bordeadas de esas líneas que transmiten una penetrante curiosidad por todo lo que lo rodea, serena y orgullosa. Papá, me producen un poco de temor.

-Hijo: Eso se debe a la expresión de la máscara de oro que cubre su verdadero rostro: Sus ojos son dos esmeraldas que llevan en sus pupilas brillos de diamantes, y el maquillaje que lo rodea está hecho a base de lapislázuli. Sus bigotes son unas líneas de ónix finamente dibujados. Sus labios cubiertos de rubíes y granates que le dan un toque de frescura. Toda su cara fue cubierta de oro de la cual sobresalen sus dos pequeñas orejas adornadas con brillantes tallados por los orfebres del palacio. Su cuerpo, embalsamado por expertos funerarios en esa técnica ancestral con cintas de gasas perladas.

-Papá: ¿Cómo es que ahora ella está aquí, tan lejos de su lugar de origen?

-Hijo: Eso se debe a que en el sitio donde fue escondido su cuerpo, una ladera de la montaña, rodó provocando un alud, dejando al descubierto el sarcófago, el cual se trajo a este lugar para su exhibición.

-Papá, que suerte la mía por estar aquí como testigo de este descubrimiento.

-¡Miau!, un eco resuena en toda la sala.

-¿Escuchaste?

-Sí, hijo, esa fue MOMINA XXVIII.

¡Míaaaaaaaaau!

lunes, 30 de mayo de 2011

La Ostra y el grano de arena

De Efrén Porras Cardozo

¡Estoy desganada!

No tengo ganas de comer, no sé por qué,… no me provoca ni un buche de busco.

La fiesta era a todo dar. ¡Qué lujo! Había muchos destellos de dorados, plateados, lentejuelas, canutillos, piedras preciosas como los diamantes, brillantes, rubíes, topacios, amatistas, entre otras, pero por sobretodo muchas perlas brillantes, nacaradas de todos los colores.

Me extasiaba el desfile de anfitriones con sus cargas de viandas de exquisitos “canapés”. Las bien vestidas mesas con sus arreglos de frutas tropicales, las de las flores exóticas, la mesa de los quesos, las de los manjares exhibiendo todo el buen gusto gastronómico de los dueños de casa, el ejército de elegantes servidores, listo para la repartición del “Bufet”. Veía la comida y con verla me sentía el estómago lleno. Me provocaba vómito. Me controlaba por los que me rodean para no hacer el ridículo.

Mientras tanto, el tren de mesoneros transportan las copas llenas de Champaña “La vieja Chocha” que embriagan el ambiente atestado de todo el grupo que festeja con alegría tremenda y grande borrachera. Ya se podía ver el efecto del licor sobre los invitados.

Yo sin ganas de comer ni de beber, me siento extraña, con unos retorcijones en mi panza, me ponían roja del dolor, con unos frustrantes deseos de gritar, sudando gotas, goterones, lluvias, aguaceros, tormentas, ríos, mares, lagos y deslaves de sudor. Dentro de esta exclusiva esfera contenía mi sufrimiento, al ver la elegancia de los distinguidos convidados que comprenden por la expresión dolorosa de mi rostro, que algo anormal está sucediendo.

Empiezo a sospechar, pierdo el conocimiento por lo que se me viene encima: ¡Ay, my God! (Porque hablo inglés), el momento no era el más indicado para tan magno suceso, tantos ojos viendo aquello, abro de nuevo los ojos y veo una cara que con su voz me decía: “¡Puja!, ¡puja!” Yo le respondía, con lágrimas en mis ojos (como la canción), “¡No puedo!, No, no, no, no puedo”. La comadrona, decía: “Allí viene, ábrete más”. De repente mis conchas se dilataron y de mí salió una pelotica redonda, bella y tierna de color de arena mojada…la perla más extraordinaria que ninguna concha en ningún mar de ningún océano hubo tenido. Todos aplaudieron.
¡Qué pesadilla tan fenomenal ¡…Soñé que me había entrado un grano de arena...

miércoles, 25 de mayo de 2011

Doce cosas imposibles antes del desayuno

por Pablo Sabala Dramaturgo/Director Teatral

Teartes en el Celarg

“Doce cosas imposibles antes del desayuno” Una obra basada en el texto de Lewis Carroll y la dirección de Jericó Montilla. Este fin de semana tuve la oportunidad de presenciar el trabajo que tiene en escena la agrupación Tearte...s en la sala experimental del Celarg, un trabajo basado en la clásica historia de Lewis Carroll “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, un obra literaria llevada a escena innumerables veces y al cine, producto de muchas interpretaciones que incluye al público infantil.

En esta oportunidad, bajo el título de “Doce cosas imposibles antes del desayuno” un elenco integrado por diez actores y actrices; Ángela Meléndez, José Pablo Álvarez, Gabriel Agüero, Orlando Paredes, Sain-ma Rada, Angélica Robles, Abel García, Marcela Lunar, Héctor Castro y Luis Alfredo Ramírez; le dan vida a una propuesta donde se resalta el valor crítico y se encuentra a Alicia confrontada con sus propios dilemas, frente al espejo desdibujado de su propia existencia, un laberinto en el que camina para llegar a un lugar que desconoce y donde todo parece ser lo mismo, un lugar plagado de personajes alucinantes, y ¿acaso no es la vida misma un lugar plagado de seres alucinantes? Es un viaje vertiginoso hacia sus propios temores, hacia las interrogantes sumergidas en la cotidianidad, son doce instantes de sensaciones.

La puesta en escena elaborada por Jericó Montilla está impregnada de imágenes con mucha fuerza expresiva, con una carga simbólica que refuerza las emociones que los personajes experimentan en el desarrollo de la acción, el ritmo se conecta y se mueve partiendo desde una corporalidad impecable, coordinada y apegada a la intencionalidad del texto, la escena se convierte en una incesante coreografía llena de significados. Además de aprovecha al cuerpo mismo de los actores como instrumentos de percusión que marcan y refuerzan las atmósferas y el ritmo, cantan, se mueven y golpean convirtiendo en música precisa la acción misma.

Es importante destacar la capacidad e integralidad de los actores y actrices en este trabajo, todos sin excepción muestran con firmeza sus condiciones y talento desglosándose en múltiples personajes que como una avalancha se empinan hacia cada escena logrando diferenciar cada una de sus interpretaciones. El vestuario y los implementos utilizados son precisos y adecuados, en este trabajo se pone de manifiesto aquello que reza “para hacer buen teatro solo hace falta texto, buenos actores y público”, no hacen falta las grandes escenografías, ni monumentales efectos especiales, el buen teatro se construye con conocimiento, con talento y capacidad de convertir en realidad el sueño que interpreta, se logra con el manejo de los códigos escénicos, con bastante ensayo y un buen elenco. Aquí en este trabajo hay todo esto y más.

miércoles, 27 de abril de 2011

FOTOGRAFÍAS

de Leidimar Martin
email: cronopiosalados@gmail.com

El motorizado maneja con habilidad y el parrillero es un cazador preciso. Una, dos, tres mujeres parecidas y ella: la de las fotos.
No hubo tiempo de correr. La confusión entre huir y pensar la hizo caer al suelo. Se tocó el pecho; entre ambas copas la nena azabache tenía dos piezas de plomo interrumpiéndole el aliento. El cabello castaño quedó tendido en el asfalto.

Dos días antes de su muerte y luego de agobiantes horas de impaciencia, el celular de Cecilia Méndez sonó. El cuerpo agitado metido a la fuerza en un taller ocre. Las manos de uñas perfectas pasearon nerviosas por el plástico para, finalmente, revisar el mensaje: “Doñita estoy abajo” decía solamente. Cecilia se asomó a la ventana que comunicaba su oficina impecable con el desorden de la ciudad.

Entre una imponente torre de basura y dos carros mal estacionados estaba el remitente. El hombre con porte policial, gorra de béisbol y una chaqueta negra miró al alto ventanal del edificio. Dio con la mirada de Cecilia, le hizo señas. Ella tomó su cartera de diseñador, cruzó el pasillo sin despedirse de nadie y salió del bufete.

Apenas subió, a la camioneta vino tinto, sintió sobre su vida la certeza fatal. Ya no dudaba. La angustia la abandonó y en su lugar fermentó una rabia terrible. Pasó a recoger al hombre; le abrió la puerta y él, sin ninguna palabra, abordó el asiento del copiloto.

Cecilia condujo muda e inmóvil hasta un restaurante poco conocido y barato. Ella fue la primera en descender del vehículo, entrar al lugar y sentarse en una mesa muy al fondo, detrás de unas plantas plásticas casi decorativas.

__Y bien__ dijo con voz firme. El hombre dirigió una mirada indiscreta al bolso de Cecilia. Ella lo abrió bruscamente.

Mientras él colocaba un sobre de manila en la mesa y lo entreabría para que se evidenciara el contenido, ella colocó en la mano oscura y reseca diez billetes de cien bolívares.

__ Bien Doñita, con esto cerramos. Disfrútelo__ le dijo el hombre y se marchó.

Allí, sola y envenenada, Cecilia Méndez pidió un Whisky sin importar la marca o el año; lo bebió de golpe, repitió hasta sentirse levemente anestesiada y con valor de mirar las fotografías.

Abrió el sobre. Sintió que una tonelada de hielo le caía encima. La mujer tenía unos ojos vivaces, en el escote voluptuoso pendían dos bolígrafos y del brazo colgaba un morral enorme. No debía pasar de los veinte años. Cecilia bebió otro Whisky __Es una estudiante__ dijo en voz baja.
En otra foto de cuerpo completo, vio el cabello castaño y brillante que caía dócil en la espalda, las caderas y la cintura bien discriminadas y un hombre de unos cincuenta años besándole juguetonamente el cuello __Franco__ pensó amargamente Cecilia Méndez.

Se levantó del asiento, lanzó varios billetes en la mesa y volvió a la camioneta. Se encargó de ahorrarse las lágrimas.

Llegó al apartamento primero que su marido. Escondió celosamente las fotografías.

Se dio una rápida ducha y luego, parada frente al espejo se miró largo rato. No dejaba de compararse con la mujer que escapaba de las fotos y se paraba junto a ella. Tocó su boca, sus senos, se detuvo un rato en el vientre. Su vientre que albergó vida y guardó cicatrices.

__ ¡Estúpida!__ se dijo a sí misma__ Parirle hijos a un Don que ahora se divierte con niñitas.

Presa de la cólera abandonó el baño, buscó los datos de la mujer desesperadamente, tomó su celular sin titubear y llamó a un viejo cliente:
__Ya sabe Luis Palmo, usted me debe favores a mí__ le dijo secamente.
__Doña Ceci yo a usted le obedezco.

Aquel sábado, Franco Luciano: marido de Cecilia, lector de los diarios y no tan mal tipo; retiró su boca de la taza de café caliente, las manos sosteniendo el diario. Cecilia Méndez, arregladísima y camino a su cita con un buen cirujano pasó frente a su rostro tembloroso y pálido.
__ ¿Qué?__ le preguntó con serenidad, quitándole el periódico de las manos azules.

Cecilia Méndez evitó sonreír cuando observó la fotografía: En escala de grises apreció el cuerpo oculto bajo una tela, por encima escapaban los mechones del cabello castaño tendido en el asfalto.

__ ¡La delincuencia está acabando con el futuro del país!__ Exclamó indignada mientras salía de la casa.

Un cuerpo bajo la lluvia


de Pablo Sabala.
email: psabala@gmail.com

El hilo de sangre se detuvo sobre el charco y se disolvió bajo la lluvia. Las gotas acudieron tras el trinar del viento elevando un manto transparente sobre la piel inmóvil; no se escucharon gritos, ni comentarios, nadie elevó su voz; podría decirse incluso que nadie lo notó.

Y el vaivén de sonidos se mezcló con el quejido leve de un viejo gavilán que muere en la distancia, en el bosque que nadie recuerda a ciento veintitrés kilómetros, dos metros, nueve centímetros mirando al norte del container de basura, ese que se desborda y forma parte de la lluvia vespertina, ese que acompaña los sueños de los gusanos y las moscas.

Pero él nunca imaginó que aquel viernes sería el viernes que durante tantos años esperó con temor. Esos años en que se sentaba en el porche de la casa a contar nubes y contemplar los rostros llenos de angustia, eso es lo que pasa cuando se vive tan cerca de la morgue, uno termina por acostumbrase a las miradas perdidas y llenas de desesperanza. Los días se iban lento en aquel tiempo, el viento apenas si soplaba sus melodías inconclusas y el sol se negaba cada tarde a quebrarse bajo las sombras de la noche. Fueron muchas las horas de pensar, de construir el momento final, el último paso, la última imagen que se llevaría para siempre presa en su retina.

Y llegó ese viernes, el ansiado y temido, la rutina lo llevó como una cadena interminable hasta el lugar señalado, ya todo estaba escrito, sólo faltaba la hora exacta y la fecha... pero ese dato no lo supo sino hasta el último segundo.

Un minuto antes pasó el anciano que vive en el edificio abandonado cerca de la autopista, sus ojos se cruzaron en un espasmo incomprensible de presagios, le miró fijamente, como nunca antes lo había hecho, se quedó atrapado por un segundo quizás leyendo el final de la sentencia. Tal vez ya todo estaba escrito.

De haberlo sabido la noche anterior no habría dejado la comida servida, en vez de dormir hubiera permanecido toda la noche cantando con las estrellas canciones viejas y recordando los días buenos... pero eso no estaba escrito.

Salió como todos los viernes a hacer el recorrido acostumbrado, subió por la calle donde está el bar de los ancianos y las mujeres ausentes, cruzó lentamente la avenida; contemplaba absorto y en silencio una vez más los rostros de la gente, tratando de descubrir en sus ojos secretos olvidados o sueños perdidos, y no pensaba en los viernes pues ya todo estaba escrito, sólo que no sabía que este era el viernes que tanto había temido y esperado, por eso no se despidió, no tomó un baño especial, ni le dijo a Lucía cuanto la había querido todos estos años... Llegó a la esquina. La lluvia arreció de repente como un leve presagio. Esta vez no miró hacia los lados, se adentró en la vía como llevado por un hilo invisible tejiendo su destino inevitable. Inmediatamente se escuchó el frenazo... volvió en sí en su último segundo y supo que había llegado la hora...

Eso fue hace una semana, han caído muchas gotas de lluvia, se han quebrado los días y sigue allí, nadie se ha dignado a recogerlo, ni siquiera Lucia le ha extrañado, nadie se pregunta dónde esta, qué le ha pasado... Total... ¿A quién le importa un perro muerto al borde de la acera?

viernes, 21 de enero de 2011

La negritud como tipología de lo social en el teatro de César Rengifo

Obras: “Manuelote” y “Los Hombres de los cantos amargos”

por el Dr. José Luis Gámez. Profesor exclusivo del IUPC (Instituto Pedagógico de Caracas)




Luego de una revisión, muy general, del texto “Contribución a la historia de las culturas negras en Venezuela colonial” (2001), de José Marcial Ramos Guedez, se pudo observar en el capítulo V, “Balance crítico de las fuentes y proyecciones de las supervivencias de origen africano en la mentalidad de la sociedad venezolana”, que los pensamientos expresados en los discursos literarios se abocan, principalmente, a reflejar desde la sublimación del escritor, el tratamiento del negro en la poesía y la novela; obviando así, de alguna manera, el mensaje expresado en el discurso dramático desde la perspectiva de la negritud.

Se pretende en esta investigación propiciar un aporte, ampliando la visión del negro como motor del imaginario creativo del autor dramático. Para ello se seleccionaron dos obras de un autor representativo del teatro venezolano, cuyo discurso, muestra la interacción de los negros en dos contextos diferentes pero con una misma finalidad que determina la libertad. La Guerra Federal desde 1858, y la Guerra de Independencia en 1814. Allí la participación del negro es fundamental en la emancipación social con ideales libertarios; claramente se muestra esta premisa en “Los hombres de los cantos amargos” y “Manuelote”, ambos textos escritos por César Rengifo.

Al examinar la presencia y los aportes de la cultura africana en la literatura del siglo XIX y del siglo XX y específicamente en el teatro, se encuentran constantes temáticas con variantes estilísticas: el negro como sinónimo de sublevación y rebeldía por la búsqueda de su libertad es una de ellas. Las variantes estilísticas son aquellas que orientan las transformaciones del discurso y convino, para este efecto, precisar aspectos concretos que visualicen la evolución del romanticismo al realismo considerando la textualidad como objeto estético.

El romanticismo plantea una concepción de la tipología ideal en el personaje, afianzando los elementos que le dan singularidad y peculiaridad al tipo para exaltar específicamente la tipología criolla. Ocurre en la plástica a través de la idealización del paisaje natural y en la literatura del cono sur, en la que el gaucho, por ejemplo, funciona como tipología a través de la virtud del espíritu aventurero ligado siempre al espíritu libertario. El negro no escapa de esa visión de la tipología criolla pero concebida como un mestizaje.

En la visión romántica de la tipología del negro están presentes elementos relacionados con el ejercicio de la libertad, porque en el negro se encuentra por su propia condición y procedencia histórica, a un ser que se debate entre someterse o liberarse, resignarse al sometimiento o lanzarse a la aventura, a veces incierta, de la libertad. La visión realista muestra a un negro más comprometido con lo social, con una conciencia crítica que orienta sus pensamientos y sus acciones hacia el logro de reivindicaciones como otro ser humano de importancia, que ha sido, por razones ajenas a su voluntad, obligado a vivir en una condición esclavista no propia de su cultura originaria.

El negro se hace esclavo y a la vez se hace libre en América. El negro en África, en su estado natural posee una especia de libertad sin conciencia. Cuando se habla de África como territorio de procedencia de la negritud americana, se piensa en un lugar mítico, incierto y hasta abstracto.

Es la literatura americana la que da a la negritud dos alcances uno con relación a la libertad y otro con relación a la esclavitud. Su lucha por la libertad es una lucha más que por la sobrevivencia es para insertarse en una sociedad, para tener sentido de pertenencia, para generarse una identidad.

La presencia de la negritud como sinónimo de la libertad va a significar un especial proceso de transformación en nuestra literatura, y el teatro no escapa de ello, en la medida en que evoluciona el realismo desde el romanticismo, pero un realismo de conciencia crítica social, de denuncia y comentario social. En la medida en que el romanticismo se aproxima a las fronteras de realismo, el personaje negro se encamina hacia una transición de la tipología ideal romántica a la tipología social realista. A partir de aquí interesa abordar la negritud desde la tipología de lo social más allá de la frontera estilística romántica.

El negro y la libertad parecen dos elementos simbióticos en la literatura y en el teatro latinoamericano, el negro como símbolo, sinónimo o arquetipo de la lucha por la libertad; porque en última instancia el logro o alcance de la misma es el objetivo principal del negro, es una necesidad vital que está presente en su grupo social.

Dramaturgos como Gilberto Pinto y Leoncio Martínez dan una visión del negro con una propuesta estética que se podría denominar mágica-social. Pinto en su obra “La noche de San Juan”, inspirada en “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, hace del negro parte de una fantasía y de una ilusión, que conectado con la magia, conforman una atmósfera bellamente evocada por sus personajes. Martínez con la obra “El salto atrás”, a partir del estilo costumbrista, hace un valioso aporte dentro de esta variante estilística, recrea una fuerte crítica a la discriminación del negro como un elemento despreciado por su grupo social.

En el teatro de César Rengifo se observa la superación definitiva del costumbrismo que deviene como una degeneración del romanticismo. El costumbrismo sintetiza los elementos que caracterizan las personas de un determinado lugar; y el costumbrismo-criollismo es precisamente lo que va a superar César Rengifo, esa visión estandarizada e inerte del color local, en donde el personaje no es visto como un ente dialéctico y cambiable en su conciencia, sino más bien como un ser domesticado. En esta dramaturgia se va de una visión romántica positivista a una concepción de compromiso sociopolítico en el teatro.

En el teatro de Rengifo se encuentra un personaje negro que se comporta como una tipología social. El teórico Jean Duvignaud, le da el tratamiento de “sombras colectivas”, siempre y cuando un personaje sintetice la idiosincrasia de un colectivo. El negro en este caso sintetiza la opresión de un grupo, un arquetipo social ligado a las luchas reivindicativas de los oprimidos, excluidos y humillados por las conciencias que representan las hegemonías del poder.

Específicamente en el caso del negro y su vinculación con la libertad, en el teatro de Rengifo se pueden encontrar dos alcances perfectamente diferenciables en las dos obras que se tomaron como referencia. Ante el dilema de la libertad el personaje negro transita por una dialéctica entre la conciencia y la conveniencia; es decir, la libertad entendida como conciencia social y como conveniencia social.

Por supuesto que desde un punto de vista progresivo la conciencia social aparece en un estadio superior a la conveniencia; ambas tienen repercusiones sociales distintas porque la libertad como conveniencia tiene repercusiones socioeconómicas, mientras que la libertad como conciencia tiene repercusiones fundamentalmente sociopolíticas. Por ejemplo en la obra “Los Hombres de los cantos amargos”, es muy claro el planteamiento de una libertad como conveniencia, dado los elementos socioeconómicos que propulsan el desarrollo del discurso en el texto.

Los dueños de los negros y de las haciendas toman la decisión de apoyar la liberación de los esclavos, porque los costos de manutención y la creciente población de los negros, era poco rentable desde el punto de vista de la producción, por tanto era preferible que el negro tuviera la condición de libre para luego ser contratado, sin la dependencia del amo cuya persona tenía que darle calzado, vestido, alimentación y techo donde vivir. En la medida que las rentas de las haciendas iban disminuyendo producto de los altos costos de mantenimiento de los esclavos, de igual forma iban surgiendo propuestas de conveniencia económica, hasta el Estado llegó a pagar un bono a los amos por cada esclavo que libertasen. Debe decirse, entonces, que la libertad de los esclavos, motivada por nobleza de alma y de conciencia fue una falsa proveniente de los sectores poderosos. Obedece, más bien, a la imposición de un nuevo orden en la estructura socioeconómica, el cual favorecería a una clase privilegiada en detrimento, por supuesto, de los oprimidos de siempre.

En “Manuelote” se siente un proceso progresivo de formación y conquista de una conciencia en el personaje, a partir de un hecho reflexivo y de muchas interrogantes. Al final, Manuelote asume una decisión de tipo política, de allí que la condición de ser libre va a estar ligada al compromiso ideológico. Se observa aquí la libertad como una cuestión de conquista por estadios desde la metaforización.
En un parlamento Manuelote dice que él es un negro bruto y un negro escaso por el sólo hecho de que no entiende lo que está sucediendo y la situación social que le ha tocado vivir; sin embargo, este mismo hecho le permite hacerse una serie de preguntas que, precisamente, son las que van a ir contribuyendo a la sensibilización y a la gestación de un estado de conciencia sociopolítica muy diferente a la que hasta ahora había asumido. Ese puesto, de que habla, lo ha ganado la conciencia, arriba a esta decisión como un proceso de concientización netamente social.

Entonces no es la negritud vista solamente desde el punto de vista etnográfico, etnológico, sino una negritud que ha dejado de ser un simple símbolo de la libertad para convertirse en referencia política por la lucha de la reivindicación de los oprimidos.

“Manuelote” y “Los hombres de los cantos amargos”, terminan siendo ese tránsito que va desde una liberación de conciencia a una liberación por conveniencia. De allí que César Rengifo, a través de la cultura negra como un aporte de la cultura africana, representa una transformación no sólo desde el punto de vista estilístico, rompiendo con el romanticismo y el criollismo en el teatro para entrar en la fase del realismo social; sino, también, el rompimiento de la configuración de un personaje idealizado, romántico y doméstico, para crear uno que luche por ser más digno, menos vejado, menos humillado y menos oprimido.

Se habla entonces de una retención, de una adaptación y de una reinterpretación de los aportes culturales del negro. Rengifo retiene la esencia de la negritud desde su cultura ancestral, adapta la tipología del negro a los esquemas de lucha social integral más allá del problema de la negritud y reinterpreta, desde el punto de vista político, la figura del negro dándole un alcance casi mítico. Ejemplo de ello son José Leonardo Chirinos y Pedro Camejo, mejor conocido como Negro Primero.

Se plasma la presencia de una negritud que deviene de la dialéctica siguiente: la libertad por conveniencia de la estructura económica y política y la libertad por conciencia social que deviene de los oprimidos.
En adelante se muestran dos cuadros ejemplarizantes de cómo desde la estructura lingüística, expresada en textos teatrales, la hermenéutica y la semiótica, se van fusionando en el campo interpretativo. Allí los contenidos textuales son signos que se desarticulan en diversos significados, los cuales, a través de palabras claves, se ubican en un referente dentro de una lógica interpretativa del lenguaje; tal es el caso de “Manuelote” y de “Los hombres de los cantos amargos”.

El personaje Popo, revela el sueño de libertad como un instante mágico ligado a expresiones rituales propias de la cultura espiritual del negro. Ya no es el hábito de bailar sobre tizones encendidos, sino más bien una inversión del orden establecido. Ahora la danza será con gritos y los tizones acompañados con fuegos caerán en forma de lluvia sobre sus pieles, incendiando intensamente el fuego de la rabia contenida en su interior. Además, una música de tambores redobla e invita a la participación viva de todos para la lucha.

La libertad se comprende, de esta manera, como una exigencia de la trascendencia que a través de la mediumnidad, pide la incorporación de los sometidos a unirse como fuerza física para enfrentar al adversario y poder alcanzar el sueño anhelado: la igualdad y la justicia considerando la relación del hombre por el hombre.

En cuanto a la condición, la libertad comienza a gestarse como posible solución a un problema de índole económico que afecta a sectores representativos de la burguesía de la época (1854 - 55). Tanto los banqueros como los hacendados sienten una fuerte depresión o crisis causada por la prosecución de la manutención de los esclavos; se afectan así las relaciones comerciales abriendo paso, por conveniencia, a las relaciones laborales. Condición esta aprovechada por los políticos para ganar adeptos, empleando como propaganda la liberación de los esclavos como un acto de humanidad.

Las decisiones de los negros ante la oferta de indemnización por faena trabajada se divide. Para algunos les parece conveniente por el momento mientras ocurre la transición, aceptar la condición del pago de sueldo. Para otros, sin embargo, les parece humillante y la continuación de la esclavitud y el sometimiento pero de una manera disimulada. Estos últimos deciden tomar las armas, hacerle frente a los opresores explotadores para alcanzar una auténtica libertad e igualdad.


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