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domingo, 15 de marzo de 2020

Algo muy grave va a suceder en este pueblo.


Por Gabriel García Márquez (1927-2014)

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. 

Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación.

 Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
¿Y por qué es un tonto?
Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
Véndame una libra de carne y en el momento que se la están cortando, agrega: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
Sin embargo dice uno, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
Yo sí soy muy macho grita uno. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.


miércoles, 23 de agosto de 2017

LA NOCHE SIN LUNA



Original de Bruno Mateo
Twitter: @bruno_mateo
IG: @brunomateoccs



Voy camino a un lugar desconocido, la primera vez que escuché hablar sobre ese lugar fue una noche cuando caminé sin rumbo fijo hacia los lados de Sabana Grande. Recuerdo que era una noche muy peculiar. No había luna, o mejor, la luna estaba escondida de los ojos humanos. La noche más oscura de lo normal. Yo soy un hombre poco bebedor, sin embargo esa, y no otra noche, me provocó acercarme,  cosa que no hacía desde mis años de estudiante de Letras de la Universidad Central de Venezuela. El bulevar no es el mismo que conocí, no digo que era peor ni mejor, sólo que era distinto.

Caminé como si fuera extranjero en mi país. La gente tenía ojos agresivos, sentía que en cualquier momento iban a saltar sobre mí para destrozarme. Tuve miedo. Los viandantes parecían antropófagos en busca de su presa y yo era la presa que camina inocente en esa noche sin luna. De pronto, sentí la necesidad de buscar un lugar donde esconderme. Así lo hice. Me metí en la primera tasca que vi. Era una calle que une al bulevar con la avenida Casanova. Estaba tan distraído que no me di cuenta que era un bar de ambiente, como no soy homofóbico, me quedé a tomarme unas cuantas cervezas en el bar gay. El lugar estaba inundado de alegría, o por lo menos, eso aparenta. La música variaba desde una canción romántica hasta piezas de cantantes de los años setenta, ochenta y noventa. Toda la polifonía del lugar hizo que mi estado de ánimo cambiara. Salí cantando canciones de Gloria Gaynor y con muchos recuerdos de cuando era más joven por allá por los años ochenta.

Deambulé por el bulevar y noté que estaba solo. No vi a nadie. Me pregunté dónde estaría la gente. Entre mis pensamientos y el caminar sin rumbo fijo, veo, de repente, una figura humana que cruzó frente a mí, al principio creí que era una alucinación porque pasó tan rápido que no la pude distinguir, sin embargo veo que a unos cuantos metros delante de mí, esa figura desdibujada, se transforma en una niña, ¿una niña? ¿Qué hace una niña sola a estas horas por el bulevar?, me pregunté a medida que avanzo hacia ella con cierto temor. Ella me veía y sonreía como si hubiera oído mis dudas. De pronto, me detuve justo frente a ella. Quise devolverme, pero por alguna extraña razón, no lo hice. La niña se me acerca y sentí mucho temor. “No tengas miedo” me dijo. A pesar de sus palabras, sentí mucho terror. Quise salir corriendo. No lo hice. De repente, me vi caminando tras esa extraña niña. No tuve la voluntad de preguntarle quién era o para dónde íbamos. Ella solo caminaba y reía. ¿Qué le causaba tanta gracia?, pensé. Caminamos un buen trecho. El bulevar quedó atrás. No logré divisar algo conocido. No sé dónde estábamos. Seguimos caminando. No quise continuar. Presentí algo malo. La niña reía. No me habló durante nuestra caminata. A mí no me salió palabra alguna y como idiota la seguí sin poner ninguna resistencia. A unos cuantos metros logré divisar una casa con una arquitectura antigua que contrasta con los edificios que dejamos atrás. Me distraje viendo la atípica casa cuando de repente recordé a la niña y la busqué con la mirada. Me di cuenta de que no estaba. ¡Qué raro! ¿Dónde estará esa niña? , pensé en voz alta. Decidí acercarme a la casa. No quise devolverme. Fue así como decidí a entrar a la casa. Abrí la puerta con cierto temor. La puerta parecía que se iba a caer de lo vieja que estaba. Lo primero que veo al entrar son unas escaleras en forma de caracol. El interior de la vivienda  me hizo recordar a la casa de Heathcliff de Cumbres Borrascosas. No tuve opción y subí las escaleras. Al llegar al final de los escalones, otra puerta cerrada. Al intentar tocarla, ésta se abrió delicadamente como invitándome a pasar. Lo primero que vi fue un salón principal bastante amplio. Quise saber si había alguien en el lugar. No logré ver a nadie. Me dirigí a un cuarto que logré percibir. Mi intención es encontrar a la niña. Entré a la habitación y lo que vi allí me paralizó. Allí estaban mis padres. Mis padres fallecidos. Los llamé. No me oyeron. Quise aproximarme a ellos para abrazarlos. Tenía contenida toda mi emoción al verlos allí. Tan cerca de mí. Los volví a llamar. No me oyeron. Ni me vieron. No podía creer que eran mis padres ya muertos. Fue en ese instante que caía en cuenta de que era una trampa de mi mente. No podían ser ellos. Imposible. Salí de inmediato de aquel salón. No pude aguantar más. Me fui del sitio  sin saber si fue una ilusión o una realidad. Estaba sobresaltado. Quise salir de esa casa. No pude hacerlo. ¿Qué hago en este lugar tan irregular?, me pregunté varias veces, ¿Y la niña? ¿Dónde estará? De inmediato comencé a buscarla. Mis ojos se metían en lugares totalmente sin luz. Estuve a punto de desfallecer en mi intento por buscar a la niña misteriosa cuando de repente, como una sombra en la oscuridad, la pequeña me sonreía. Una sonrisa un poco triste. Me le arrimé con mucho cuidado a lo que ella se alejó de mí como temiendo que la lastimaría. Me detuve. Por un rato, la niña y yo sólo nos observamos a una distancia prudencial. Nos veíamos como si quisiéramos descubrirnos. Nos auscultamos. Igualmente que yo, ella me temía. Por fin, decidí romper el silencio que rodeaba. Ella decidió hacer lo mismo. Dió la media vuelta y comenzó a andar muy lentamente. No tenía alternativa. Debía seguirla si quería salir del lugar.

La casa se me hacía cada vez más grande. No podía que un sitio como éste estuviera tan cerca del bulevar de Sabana Grande, ¿o era un sueño? Por un momento, me distraje en mis propias reflexiones. La niña me esperaba frente a una puerta con figuras extrañas como decoración. Eran siluetas de personas y demonios. Una estampa totalmente medioeval. Me señaló que debía entrar. Obedecí. Abrí la puerta. Al principio, no logré ver nada. Estaba oscuro. Sólo percibí un olor ácido. La atmósfera se sentía pesada. El olor era cada vez más fuerte, una mezcla entre sudores humanos y paredes envejecidas por el tiempo. Avancé un poco más. Mis ojos comenzaron a adaptarse a la oscuridad. Empecé a distinguir el lugar. Estatuas en posiciones un tanto grotescas. Comencé a avanzar lentamente por el espacio desconocido. Logré afinar mi visión. Las esculturas ya no me eran difusas. Eran figuras humanas en posiciones sexuales. Eso no me impresionó, lo que sí me llamó la atención es que eran adultos con jóvenes, casi niñas,  en actos eróticos. No me imaginé que esas figuras eran la antesala de lo que vería más adelante. ¿Y La niña? ¿Cómo pueden dejar a una niña presenciar semejantes escenas?  La busqué con la mirada. Rezaba por no verla en ese lugar tan macabro. Así fue. Quise salir de aquel espacio. No hallaba la puerta. Escudriñé incesamente. No encontraba la puerta por donde entré. Pensé en gritar y al parecer lo hice porque todos en el salón voltearon a verme. Niñas que no exceden de quince años con posturas lascivas. Era un triste espectáculo. Sus pequeños ojos con miradas infantiles que aguijoneaban mi cuerpo en un instinto inútil de seducirme y lo único que producían en mí era el efecto contrario. Al lograr afinar mi visión en aquella semioscuridad, me percato que muchas de esas niñas, en realidad, eran pequeños varones travestidos en un horrendo carnaval de erotismo. Hombres, niños y niñas en un lugar que me hizo recordar el infierno de la “Divina Comedia Por un momento, me sentí desfallecer. Me agarré de la primera pared que mis manos tocaron. No aguanté. Vomité. Debía hacerlo. Sentí alivio y como pude, logré salir. Como un desesperado busqué a la niña misteriosa que me trajo hasta aquí. Me tocaba salir solo porque no la hallé a pesar de que tanteé  por horas aquella casa.

Al despertarme, lo hice sobresaltado. Miré  a mí alrededor, al principio no logré divisar nada. Paulatinamente las cosas empiezan a tomar formas en mi cabeza. Ya comienzo a recordar. Eran figuras espectrales con curvas retorcidas en posiciones grotescas. Siluetas churriguerescas. Retazos de imágenes. Risas. Y una sensación de haber estado en un lugar nauseabundo, una especie de infierno en a tierra. Traté de recordar más allá y sólo vi en mi mente una niña que camina por el bulevar de Sabana Grande. Una casa vieja que nunca había visto. Me levanté con un fuerte dolor de cabeza. La luz del sol me golpeó la mirada. Me aturdí por unos segundos. Estoy acostado en pleno bulevar. ¿Entonces no lo soñé? ¿La niña es de verdad? ¿O solo una pesadilla? Esa noche fue de lo  más extraña. Me paré como si tuviera cien años de edad. El bulevar ya empezaba a su rutina normal. La gente me ve extrañadamente. Se aparta de mí. Así será mi apariencia. Comienzo a caminar y me alejo lo más rápido que mis piernas me permiten. Me voy del lugar con la sensación de que aquella casa alberga el pecado original en las noches sin lunas.


FIN
Caracas, Venezuela
Julio, 2017

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La gorda


 por Bruno Mateo
Twitter: bruno_mateo
IG:@brunomateoccs




El Ávila se dibuja sobre las ventanas que rodean a la gorda. Los ventiladores pegados en el techo secan el sudor de su piel cetrina. Todo el cuarto parece un acuario, y ella, un bagre. Era otra noche similar a todas. Afuera los hombres hacen fila. Esperan que se abran las puertas. Puertas labradas con animales serpenteantes que prefiguran el interior del recinto. El cobre de las láminas perdió su luminosidad de antaño. Al llegar a Caracas, la Feria del santo patrón de su pueblo quedó guardada en la memoria. Las puertas eran enormes. Churriguerescas. Son los límites que separan a la gorda de la ciudad. Pronto se abrirán. Todo hombre que quiere serlo debe pasar por el lugar. Allí se aprende. Allí se gana. Allí se pierde. Ni la lluvia hace que los hombres se dispersen. Como postes sin luz, cada uno espera  que las puertas se abran. El infierno en el paraíso sabe aguardar. Los más jóvenes en la cola se inquietan por ser su primera vez. Aún sus sombras se reflejan en el pavimento. Son las únicas que se ven. Los más viejos sólo aguardan. Los cuerpos empapados escurren sus pasados de tantos lugares y de tantos años. Hay un olor a naftalina. Hay un olor a nardos. Hay un  olor a hombres. La casa de la gorda era un lugar secreto al público. Y las gotas no dejan de chorrear.

La fila de hombres parece una pintura sin movimiento. Hay quienes sólo fuman, tal vez su último cigarrillo. Otros se acurrucan para ahuyentar la humedad del clima. Todos esperan. Adentro es diferente. Se ríen de los primerizos. Un hombre cercano al siglo de existencia observa a un joven. El sabe que después de entrar, no habrá salida. Los recuerdos, algo típico en los viejos, se vislumbran en los ojos del muchacho. Hoy será su final. El principio de aquél. Algo en el rostro lozano le evoca sus antiguas tertulias. La generación de la plaza Bolívar murió. El viejo tiene en sus manos un libro de Pocaterra. Falta muy poco para que las puertas se abran. Como cada vez, le contará a la gorda la historia de Panchito Mandefuá. La conoce de memoria. Se escuchan voces. Una niña se acerca para vender rosas envueltas en papel celofán. A una dama siempre se le ofrecen flores. El viejo, el libro y las flores. Es una noche especial. La lluvia persiste en su intento por disolver el grupo de hombres. Restan pocos instantes para que las pesadas puertas permitan la entrada.


La gorda ríe adentro en la oscuridad. El viejo toca el bolsillo de su chaqueta. El regalo aún permanece detenido. Sólo algunas páginas del libro se llegaron a mojar. La noche no ha corrido lo suficiente.  El lugar no abre. Una pareja pasea por la plaza. Era un día de luz. Las ardillas bajan cautelosamente para recibir lo que les ofrecen. La primera vez que recorrieron el centro de Caracas. Ella era una mujer hermosa con rasgos indiados y piel tostada por el trópico. El no se queda atrás. En su fisonomía se puede leer una combinación de razas. Y ahora parado frente a las puertas queda la espera. La ansiedad del reposo. Ver a su querida gorda. Hoy quedarán unidos por siempre. No podrá negarse. Han sido muchos los años y muchas las horas que el viejo aguarda en silencio. Las hendiduras de sus arrugas dan fe de la espera. La fila de hombres se inquieta por la lluvia que no deja de caer. El choque de las gotas en el suelo forma remolinos para las pobres hormigas que aún de noche trabajan sin detenerse. Van de un punto a otro. Recolectan cualquier animalito. Esquivan los sendos pisotones. Pasan sin tomar en cuenta al tiempo. Entran y salen de la casa de la gorda sin solicitar permiso. Adentro el sonido de los ventiladores marcan las pulsaciones que se acompasan con los latidos de los hombres que esperan. El viejo se siente inquieto. Llegó el momento de regresar a esa plaza que tanto les gustó. Hoy le pedirá pasar el resto de sus vidas, juntos. Se acercan pasos a las puertas. Es la hora de abrir. La libido masculina se alborota. Afuera, risas nerviosas. Adentro, risas ensayadas por años. La lluvia murió en el intento por alejar a los hombres. Las puertas están abiertas. La historia comienza...


***


 El lugar no abrirá. El libro y las rosas envueltas en papel celofán destilan sangre. La gorda se burló. Nunca más sus risas se oirán. El viejo permanece a su lado. No pudo contar la historia.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Maestra, ¿por qué tengo el pelo malo?



Maestra, ¿por qué tengo el pelo malo?
Bruno Mateo
Twitter: @bruno_mateo
IG: @brunomateoccs
Este cuento ganó el I   edición del Concurso de Narrativa: "La Paz es lo que Cuenta". Alcaldía bolivariana de Caracas. Octubre 2012

Las olas en el Litoral de La Guaira a orillas del Mar Caribe que golpean con suavidad  la tierra del Libertador Simón Bolívar producen una cadencia de alegría a todo aquel que conoce el norte de Venezuela. Es un espacio de libertad en donde los hombres y mujeres se encuentran en cónsona armonía con los elementos que nos ofrece la Naturaleza. Los caracoles encerrados en sus conchas son testigos silentes del paso del tiempo. Los cangrejos con su gracioso caminar hacia atrás parecieran luchar contra el avanzar de la Historia. Los alcatraces y pelicanos surcan el límpido azul de la esperanza y de vez en cuando lanzan un graznido chocante que rompe con la pantalla interactiva de sonido, movimiento, colores y olores del mar. En las playas, los cocoteros se muestran pretenciosos y parecen bailar borrachos por el sol. El viento vuela cálido y constante por entre el espacio marino. Justo en esa estampa tan cósmica se encuentra la casa de Cipriana, que llamaré desde ahora Ciprianita por cariño. Ella es una niña negra. Tiene 8 años.  Su piel brilla con la luz y refleja la pasión de los que habitan esta parte de la geografía venezolana. Tiene la alegría de una niña criada en un lugar en donde confluye la arena, el mar, el sol, el calor, y la simpatía de un espacio abierto a las ilusiones infantiles. Para mi es una chiquita muy especial. Es un chocolate en medio de las costas del mar Caribe. Así mismo piensa todo aquel que la conoce. Yo la conocí en el año 2001 en el mes de mayo. Recuerdo que fui a un velorio de la cruz que se empató con la celebración del día de la madre. En el Caribe se celebra hasta un bautizo de muñecas. Los latinoamericanos somos muy alegres. Ciprianita vive en una casa linda llena  de árboles o matas, como le decimos aquí, de todas las especies posible.
Yo soy una maestra de Caracas  que vino al litoral en comisión de servicio para dar unas clases de creación literaria a los niños de la Escuela Bolivariana “Simón Rodríguez”. Mi objetivo es acercar a los niños a la escritura creativa. Llegué un 2 de mayo. Nunca imaginé que conocer a Ciprianita hiciera que aprendiera el verdadero valor de la inocencia.
La primera vez que pisé Chichíriviche de la Costa, sentí debajo de mis pies la arena más cálida que hubiera sentido jamás. Allí, absorta en mis emociones, apareció de pronto, un grupo de señoras gordas, dicharacheras, con el color de piel más hermoso que mis ojos vieran, parecían personas de cacao. Su tez negra daba un brillo aceitoso que contrastaba con la dentadura blanca como una hoja de papel. Las mujeres hablaban como si cantaran una melodía de tambores en plena noche de San Juan. Yo no entendía absolutamente nada de lo que decían; sólo asentía y sonreía para no pasar por mal educada. Me dejé llevar por las mujeres. Caminamos por el pueblo y la gente que nunca me habían visto en su vida me sonreía. Los niños se acercaban gritando, me tocaban y corrían. Lo hacían una y otra vez. Era un juego para ellos. Supongo que es extraño ver a una persona que no pertenece a ese lugar caminar por su única calle.  Allí, al final y  entre un túnel vegetal, apareció la escuela: un edificio blanco de enormes ventanas azules. Quedé maravillada. A medida que me acercaba, me percaté que detrás de la escuela se veía el mar. Una tela enorme azulada con vetas blancas que se movía en un ir  y venir que se juntaba con el cielo haciendo un solo manchón azul que chocó con mis dilatadas pupilas. Desde ese momento, me sentí conectada con el pueblo, con los niños que conocería y con mi recordada Ciprianita.
Una vez presentada a todas las autoridades de la escuela, me llevan al  salón. Era un espacio amplio. Sendas aspas de ventiladores estaban pegadas al techo como tratando de ahuyentar el calor.  Los niños y niñas me observaban fijamente. Al fin, quedo sola con mis alumnos. “Yo soy la maestra que he venido de Caracas y espero que ustedes y yo nos llevemos bien durante el tiempo que permaneceré con ustedes”, comienzo diciendo. Todos miran, sin decir nada. “Me gustaría conocerlos” dije.  Los niños y niñas se miran con complicidad. No se atreven a hablar nada. “Ya que no quieren hablar, yo les preguntaré el nombre a cada uno de ustedes, ¿les parece?”, acoto. En ese único instante, se levanta de su silla, una niña como de unos 8 años, con el color de piel típico de la zona. Una niña muy bella. Con unas pupilas enormes y negrísimas. Su cara es dulce como el chocolate y su cabello ensortijado  pegadito a la cabeza. Una vez incorporada dice: “Buenos días maestra. Yo soy Cipriana, pero me dicen Ciprianita. Yo vivo cerca de la escuela y nací en mi casa porque a mi mamá no le dio tiempo de llegar al hospital. La gente dice que soy muy apurada desde que nací. Ella es Carlota, mi mejor amiga. Le dicen catira porque es blanquita, así como un gusanito de tierra”,  Me sonrío ante tal ocurrencia. Carlota se levanta y me dice: “Hola”. Cipriana continúa hablando. “Todos ellos son mis compañeros y no les gusta hablar con extraños porque nos dicen que es peligroso”, dice la niña. “¿Y tú  y tus compañeros creen que yo soy peligrosa?”, les pregunto. Los niños y niñas cruzan miradas de picardía y ríen. Allí, establecimos la confianza entre todos. La mañana pasó demasiado rápido para mi gusto. El timbre de salida nos dice que es hora de ir a almorzar, para luego regresar a las 2 pm. Yo me dirijo a la casa que me fue asignada. Enseguida pienso. “No tengo nada para almorzar”. En la entrada de la casa se encuentran las mismas señoras gordas que me recibieron, pero esta vez, cada una con un plato lleno de comida. Una de ellas me dijo: “Esto es Cataco, es un pescado sabroso que siempre comemos por aquí”, inmediatamente otra señora me enseña orgullosa su plato lleno de tostones. Esos deliciosos plátanos que quedan como unas galletas crujientes;  y así cada una de ellas me mostraba   con dignidad su plato. Yo quedé impactada por tanta amabilidad. “Bueno,  aquí usted es nuestra maestra y estamos agradecidas de que venga a enseñarles cosas buenas a nuestros hijos”. Así es. De vez en cuando a las maestras nos gusta escuchar que nuestro trabajo es importante. Las señoras me abrazan como si fuera su hija.
Con esa sensación de ser importante  llegué a la escuela; los niños y niñas me esperaban con cierta inquietud porque ese día era muy importante, había que arreglar las cosas para la celebración del velorio de cruz de mayo, recuerdo que una de las primeras niñas que se ofreció voluntariamente a ayudarme fue Cipriana. Allí empecé a notar lo creativa y servicial que es la niña. Ella misma organizó al grupo: “Tú busca las tijeras”, le dijo a uno de sus compañeros, “tú  traes la pega blanca; tú, los papeles de colores que tenemos en la biblioteca y… usted maestra, ¿podría buscar la cruz de la oficina de la directora?” Sonreí y salí a buscarla.
 El salón se convierte en un espacio entre lo divino y lo humano, la verdad es que los niños son la expresión más pura de lo que somos los seres humanos; esa mañana se  nos fue entre risas, juegos y  entonando canciones en homenaje a la cruz de mayo:

Gracias a la Cruz bendita
que en lo alto del cielo está
gracias porque me ilumina 
y me libra de maldad

            Ciprianita, la bella negrita, y su amiga “la catira” Carlota son las más entusiastas con eso de la fiesta. Una siempre al lado de la otra. Animando a todos a cantar y pedirle a la Cruz por el bienestar común. Se escuchan los tambores que percuten entre los oídos de los presentes y hacen que nuestros pies y caderas se empiecen a mover como embrujados por tan rítmica melodía. Ciprianita y Carlota se acercan y me presenta a un hombre guapo de piel oscura brillante. Es el papá de Ciprianita. El señor muy amable  extiende su mano para tomar la mía. El contraste de colores de ambas manos hace que me sonroje. Las niñas se miran con una leve sonrisa de travesura. Carlota, sale disparada a buscar una silla y la coloca a mi lado para que el hombre se siente. Yo para disimular un poco la situación le pregunto a  Carlota: “¿Y  tus padres? ¿No vienen a la fiesta?”. Se hace un silencio. Siento que cometo una impertinencia, es cuando Manuel, así es el nombre del padre de Ciprianita, me contesta: “A la mamá de Carlota no le gustan estas fiestas.” Las dos chicas se alejan a jugar al patio. Manuel continúa diciendo: “Ella dice que esas fiestas son típicas de la chusma”. Por un momento, pienso que oí mal, sin embargo, él me ratifica: “Ella es blanca y no es de por aquí,  dice que su hija no debería venir a estos desórdenes”. ¡Qué extraño! Su esposo es negro. “La señora sólo vive en nuestro pueblo porque está casada con el Alcalde”, finaliza de decir;  “¿Y su esposa”, le pregunto. Creo que soy imprudente al hacerle esa pregunta. El hombre se sonríe y dejar ver unos dientes blancos que contrastan con su piel oscura. Algo se agita en mi estómago. “Mi esposa falleció el día que nació Ciprianita”, responde. Me quedo  pensando en lo buenmozo que es  y concluyo que debe ser un buen hombre porque ha criado muy bien a su hija.
En  la noche, mientras me preparo  para dormir, recuerdo la tarde que había pasado con mis alumnos y con Manuel. Me asomo a la ventana que da hacia la orilla del mar. La luz de la luna permite que mis pupilas logren divisar cuerpos y objetos de todas las formas. Hubo un momento que quedo tan extasiada con lo hermoso de la imagen que no sé si me dormí. Lo cierto es que por unos instantes logro, creo, ver a tres personas que salían de las aguas del mar: dos hombres y una mujer, o por lo menos, fue lo que pensé. Las figuras se detienen, aún con los pies en el agua, viendo hacia el espacio.  Los observo como mucho detenimiento, de pronto, el trío, al unísono, como  en una coreografía, se voltean y clavan sus miradas hacia donde me encontraba. Me paralizo de inmediato. Las personas me señalan con sus dedos y de sus espaldas sale una luz azulada que se hace cada vez más intensa. Cuando reacciono, ya los seres  han desaparecido tragadas por el mar.
En la mañana, al entrar a la escuela, todos mis alumnos corren a mi encuentro. Noto que algo extraño sucede ese día. Los niños y niñas se atropellan para decirme algo que no logro entender. Por fin, Cipriana, toma la iniciativa de acallar las voces de sus compañeros y me dice con voz que suena a adulto: “Maestra, Carlota está muy enferma”.  Carlota es la hija del Alcalde y amiga de Cipriana. Una niña de unos ocho años. Del grupo de la escuela es la única niña con piel mestiza. Me dicen que su padre es nativo del lugar y su madre de origen portugués. En el pueblo le dicen  “catira” por ser más blanca que el grupo. El resto de la clase transcurrió en silencio. Ciprianita no quiso salir a  jugar al recreo. Sólo dibuja círculos en las hojas de su cuaderno. De seguro, era algo malo lo que tiene Carlota.
Durante la semana, después de la noticia de la enfermedad de Carlota, el ambiente en la escuela está enrarecido; a la niña se la llevaron a un hospital en Caracas especializado en cáncer. Los niños no están de ánimos, ni siquiera  Ciprianita que sólo ve a través de la ventana, el inmenso mar, como esperando a su amiga. A mí se me ocurre  trabajar con la angustia que sienten mis muchachos a través de la escritura. Los llamo: “¡Niños! ¡Niños! Pongan un poco de atención. Vean aquí a la pizarra”. Todos voltean como perritos amaestrados. Prosigo con mi explicación y con mucha energía. “Carlota, va a pasar un  tiempo en Caracas y por eso pensé que era bueno que todos nosotros le escribiéramos un hermoso cuento para su regreso” Los niños se empiezan a emocionar. “Vamos  a escribir lo que sintamos por ella y lo guardamos para su regreso a Chichíriviche, ¿qué les parece?” El salón entero grita: “¡Sí!” Sólo Ciprianita se levanta y dice: “Maestra, y ¿si no regresa?”, Voy hacia la hermosa negrita y a la abrazo con todo mi amor y le susurro al oído: “Sí volverá”
El tiempo transcurre  lentamente como el paso de un caracol que se arrastra por la arena dorada. Ya era el mes de Julio. Justo queda una semana para finalizar el año y yo, regresar de nuevo a la Capital. Mi corazón está apretadito  y late muy aprisa porque hoy traen  a la enfermita  al pueblo. “Ya saben niños que hoy llega Carlota al pueblo y ella le pidió a sus padres, que lo primero que quería, era venir a su escuela para saludarlos” Los niños se exaltan y comienzan a  gritar con sonidos y movimientos ancestrales como de aquellos negros arrancados  a la fuerza de su África nativa  para venir a trabajar como esclavos de los europeos a América. Yo estoy emocionada. De pronto, Cipriana me hala de la falda y me observa con sus inmensos ojos negrísimos llenos de lágrimas y me dice. “Maestra, Carlota si volvió, como usted me lo prometió”. Así es. Así es. Carlota vuelve.
Todos los días de clases, veo como Ciprianita distrae sus pensamientos y se aleja completamente del salón. Ella no encuentra ninguna explicación lógica. ¿Por qué su amiga Carlota vino tan diferente? Está más delgada y blanca y lo que más le extraña es por qué no tiene pelos en la cabeza, su cabellera era como una cascada de sol y ahora no hay nada. Una media mañana, en pleno recreo, veo a la niña mirarse insistentemente al espejo, como si tratase de encontrar algo allí en su reflejo. Mientras tanto, la imagen del espejo no es el rostro de ella. Sólo se ve a Carlota como era antes con sus cabellos rubios y feliz, muy feliz.
Esa noche no pude dormir, me despertaba a cada instante, sentía un calor insoportable, a pesar de que el ventilador no deja de echar aire. A mi mente vienen las imágenes   de Carlota y de Cipriana. No sé si por un instante, en un abrir y cerrar de ojos  cuando pasas de la conciencia al mundo de las desfiguración de la realidad. En el  momento cuando entras a un mundo neblinoso cundido de lo posible. En ese segundo, veo a Carlota y a Cipriana conversando con aquellas tres personas que creí ver alguna vez a orillas del mar. Comienzo a caminar hacia ellas, pero una de las personas me prohíbe seguir avanzando. Siento que una luz pega sobre mi cara. Siento su calor. Tengo que abrir los ojos. Estoy en mi habitación. Era hora de irme  a la escuela.
Cuando llego a mi salón, me doy cuenta de que Ciprianita no está. Uno de sus compañeros me dice que no venía hoy a clases. La mañana transcurre un poco más pesada acaso no serán mis pensamientos que están más pesados aún. Cuando suena el timbre que da por finalizada la jornada, me dirijo a casa de Ciprina. No es regular que una niña que adora su escuela se ausente una mañana. Al llegar, su papá me conduce directamente a su habitación. Hay mucha oscuridad y no logro ver bien a la chiquita. Le pregunto en voz baja: “¿Puedo encender la luz?”. Ella asiente con un leve movimiento de afirmación. Al iluminarse el cuarto. ¿Cuál es mi sorpresa? Ciprianita se ha cortado todo su cabello. Parecía un varoncito.  Sus dos colitas habían desaparecido  de su cabeza. Ella cabizbaja, se voltea, con una bolsita de papel, me la extiende. Allí está su cabello. La miro y ella me pregunta con un tono de asombro y melancólico: “Maestra, ¿Por qué tengo el pelo malo?”. La inocencia de su pregunta me perturba. “Mi niña, tú no tienes el pelo malo”, le dije. “Pero, la mamá de Carlota, me dijo que mi pelo era malo”. La negrita bella agarró unas tijeras en casa y se cortó todo su cabello para regalárselo a su amiga Carlota. Ella escuchó cuando su papá decía que ojalá a su hija le creciera otra vez el pelo. Pero la madre  de Carlota rechazó el regalo, diciéndole que su hija era blanca y que jamás tendría un pelo malo como el suyo. Yo furiosa salgo a buscar a la mamá de Carlota a su casa y reclamarle por la ofensa que le hizo a Cipriana. En realidad, no llegué. En el camino reflexiono y me digo a mi misma que personas como esa señora sólo son seres  tristes y vacías,  incapaces de aceptar lo que no se parece a ellas. Me doy cuenta de que tengo la bolsita de papel con el cabello de Ciprianita. Sonrío. Ya sé lo que haré.
El sol está encima del pueblo de la costa, el mar  azul deja su agradable olor a salitre en todo el ambiente. Hoy es un día diferente. Haré que sea diferente. Al llegar a la escuela, les digo a mis queridos niños y niñas que ese día haríamos algo especial. Visitaríamos a Carlota. Todos se alegran, pero Ciprianita dice: “La mamá de Carlota no me quiere”. Eso no es así. “A veces los adultos no sabemos lo que decimos y cometemos muchos errores”, le digo al mismo tiempo que le extiendo la misma bolsa de papel donde ella guardó sus cabellos. Me mira con curiosidad. “Ábrela”, le pido. Dentro hay una hermosa muñeca de trapo negra con el pelo de Ciprianita. La niña se emociona y me dice: “Soy yo”. Sí. Era ella. Pasé toda la noche haciéndola. “Y ahora tú se la vas regalar a Carlota”. Agarramos nuestras cosas y nos fuimos a casa de Carlota.
De eso ha pasado diez años, recuerdo muy bien todo. Ciprianita, mi negrita bella le regaló la muñeca  a su amiga. Carlota, la catira nunca la soltó ni siquiera el día que desapareció de la tierra y su espíritu quedó en las aguas de Chichíriviche.
Yo me quedé en el pueblo y ahora soy la mamá de Ciprianita. Me casé con su papá y vivo feliz a orillas de ese mar que veo cada mañana que me levanto. La niña que, ahora, es una mujer vive en Caracas y regresa cada vez que puede  y ahora ella sabe que  no tiene el pelo malo.

Final.
Caracas, 09.02.2011

Por favor, aún no.