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viernes, 18 de mayo de 2018

EL RIDÍCULO ARTE DE ESCRIBIR HISTORIAS



Por Jesús Benjamín Farías.


A los doce años decidí ser escritor.

No, corrijo, a los doce años, con ese modo tan absoluto, tan taxativo que tenemos de ser los seres humanos a esa edad, decidí que iba a convertirme en el mejor escritor del mundo. Acababa de leer Lo que el viento se llevó, que me había hecho reír, llorar, amar y odiar a Escarlata O’Hara, tan mala ella, y venía de leer también Cien años de soledad, cuyos pasajes eróticos, sobre todo la bendita escena de la hamaca entre Rebeca y José Arcadio, y los desafueros amorosos de los dos últimos de la estirpe habían revolucionado mi cuerpo, pero también me había dado a conocer a Úrsula Iguarán, a Remedios Moscote, a Amaranta Buendía, y a Remedios la Bella, y a Memé, y a Fernanda del Carpio, y a Amaranta Ursula. Y de repente todas ellas eran mi abuela y mis tías, Chepa y las Maestre; sus hijas, Chulola y todas las mujeres del pasado que me narraba entre los olores del aliño frito de su cocina y el gas de la Refinería cercana. Yo no entendía mucho los contextos, la Guerra de Secesión norteamericana, o la historia de Macondo, que es la historia de Colombia y la historia de Latinoamérica entera, eran un territorio lejano que escapaba a la realidad dormida del Barrio Mariño de aquellos años, pero me quedaban grabados los hechos que allí se narraban, el dolor de vivir que me hacía ponerme en el lugar del otro, sobre el que leía, y emocionarme hasta las lágrimas de felicidad o de tristeza, según el caso.

Yo tenía doce años en 1982, eran tiempos de Luis Herrera, como decía Chulola que dividía las etapas de su vida y la historia del país, por los presidentes que nos mandaron. 1982, hoy me parece tan lejano, pero ese fue el año en que mi corte del grupo escolar Antonio José Sotillo salía promovido de sexto a primer año de bachillerato, todos iban al liceo, todos menos yo y me sentía desgarrado por eso, aquel fue el último año de la Venezuela Saudita y del ‘ta barato,dame dos, año del suicidio de Maye Brandt, que tanto dio que hablar a la prensa y a la gente común, el año del jeque millonario y sus estafas a los empresarios venezolanos que fue motivo de chistes y canciones como siempre ocurre en el país con las cosas serias, el año del incendio de Tacoa y la masacre de Cantaura, pero también fue el año cuando Venezuela ganó la OTI por la canción Puedes contar conmigo de Luis Gerardo Tovar, de los éxitos de la yegua Trinycarol, de la inaguración del Museo de los niños, de La isla de Robinson de Arturo Uslar Pietri, el año que a las siete de la noche Alba Roversi y Guillermo Dávila paralizaban a mi generación con Ligia Elena, y mientras nosotros tarareábamos a través de la radio Solo pienso en ti, Deja esa negra bailar en paz cantada por Soledad Bravo, y Laura la sin par de Caurimare del Grupo Medioevo, nos emocionábamos en el Cine Canaima con ET, el extraterrestre, Anita la huerfanita o Rambo, en Venezuela comenzaba la locura que fueron los Menudo y  afuera comenzaba la guerra de Las Malvinas, recrudecía el conflicto Iraq e Irán e Italia ganaba la Copa del mundo. Y yo dejaba de ser niño y me convertía en adulto.

¿Y qué significaba ser adulto en aquellos tiempos? Significaba que como yo no estaba siendo escolarizado, tenía que empezar a velar por mí mismo, cubrir mis necesidades, pensar en el futuro, aprender un oficio que mañana o pasado me pudiera mantener. Así que decidí hacerme escritor. Claro yo aprendí a leer muy chiquito, mientras enseñaban a una de mis tías a leer, sin métodos, sin presiones, viendo como le enseñaban a ella, aprendí a leer, pero no fue solo aprender a leer, es que la lectura se convirtió en una pasión, una enfermedad, un vicio como decía mi abuela, que dicho sea de paso se asustaba por mi exacerbación lectora, pensando que me podía volver loco, que por eso me habían sacado de la escuela, leía todo lo que encontraba a mi paso que tuviera letra, desde los libros de primeras lecturas de primaria hasta los de Educación Artística, los de Historia, y Castellano y Literatura, leía las páginas centrales de El Tiempo que contenían artículos de la National Geografic, El Antiguo y Nuevo Testamento, leía las novelas de vaqueros, Jazmín secretos del corazón, El papel Literario, y Kalimán, Memin pinguin y todos los suplementos mexicanos que vendían en los kioskos del mercado. Y cuando entré en contacto con Chulola a los nueve años, ella que era la contraparte de mi abuela en casi todo, me condujo sin proponérselo a la buena literatura, desde las Mil y una noche cuyos cuentos me relataba aquellas inolvidables mañanas en su cocina hasta la Genoveva de Brabante, desde la vida de santos y mártires pasando por María de Jorge Isaac, pasando por el Conde de Montecristo, los folletines de aventuras de Lagardere, y las novelas libertinas de Vargas Vila, que busqué en mi adolescencia por el solo hecho de decirme que eran novelas prohibidas, y el Rómulo Gallegos de Doña Bárbara y la Trepadora, y el Miguel Otero Silva de Fiebre y Casas muertas, y el Guillermo Meneses de La balandra Isabel llegó esta tarde.

Así, a mis doce años, cuando ya discriminaba la buena de la mala literatura, comencé la ardua labor de convertirme en escritor. ¿Y cómo se convierte uno en escritor? Se preguntarán, pues, leyendo a los grandes, y mientras escribía mis primeros cuentos, pasaban por mis manos, por mis ojos, Balzac, Stendhal, Maupassant, Tolstoi, Sábato, Flaubert, Dostoievski, Víctor Hugo, Vargas Llosa, García Márquez, Carpentier, Melville, Stevenson, Faulkner, y tantos otros conocidos y desconocidos. A los quince años quise ser informal a la manera de Rimbaud y escribí poemas oscuros, y a los dieciocho me enamoré de Miyó vestrini y el Chino Valera Mora simultáneamente, y soñé con una buhardilla en París como los protagonistas de La Bohéme, mientras me preparaba continuamente, sin tiempo, en mi oficio de escritor que no respetaba horarios ni días festivos, preparándome para ser escritor dejé correr los años dorados de mi adolescencia que los pocos amigos de ese tiempo ocupaban en tener novia para tener sexo, doblado en la mesa sobre los cuadernos en blanco dejé mi cervical y mi columna vertebral entera, pero es que esta es una labor que una vez que la pruebas ya no puedes vivir sin ella. Truman Capote en su maravilloso prólogo de Música para camaleones lo expresa de la siguiente manera:

“Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”

Cuando empecé a hacer teatro porque necesitaba redimirme, rehacerme, sentía que estaba muriendo en vida en Barrio Mariño, que mata sin proponérselo y con una sonrisa en la cara a gente como yo, leí todo lo que tenía que leer de teatro, Pablo Ramírez me decía en ese tiempo que no debía intelectualizar tanto el hecho teatral, que el teatro era un hecho vivencial, pero yo necesitaba del componente teórico porque si no me sentía perdido.

Y luego empecé a escribir teatro, al principio no eran muy buenas mis obras, lo admito, acostumbrado a la narrativa desde mi más tierna infancia, fue difícil desprenderme de sus códigos, fueron obras de iniciante, sin un compromiso social ni con el país ni siquiera conmigo mismo, tuve que aprender y reaprender, tuvo Igor Balaguer que decirme que le faltaba venezolanidad a mis obras, estaban bien escritas pero eran frías y sin compromiso, que no me reflejaban, que eran muy diferentes mis cuentos de Barrio Mariño cuando hablaba de mi abuela, Chepa y Chulola a lo que escribía, y después de odiarlo, porque era lo más fácil, tuve que admitir que tenía razón. Una vez, en uno de los talleres de actuación de Matilda Corral, ella habló de la importancia de los temas, de montar las cosas que pueden tocarnos como personas, que nos afectan, y yo lo llevé a la dramaturgia, bajo el amparo de Juan Ramón Pérez y su método de la relación de eventos que tanto me ha ayudado.

Demás está decir que es un compromiso conmigo mismo cada obra que escribo, que ahora pienso e investigo más, que cosas que antes se daban solas, es un debatir, vuelta atrás, componer, recomponer, y dudas que antes no tenía vienen y persisten, y la bendita interrogante ¿Para que escribo? Escribo porque no concibo la vida de otra manera, sino escribo sencillamente muero. Con el paso de los años las exigencias que me planteo son mayores, concibo una idea y empiezo a desglosar las situaciones en mi cuaderno de anotaciones y los personajes me torturan, me persiguen, se meten en mis sueños, y no me dejan tranquilo hasta que concluyo la obra, trato de ser autentico, trato de hacer arte, trato de buscar formas de expresión, a veces las mismas obras dictan la pauta, trato de exigirme al máximo, no es una cuestión de premios, ¿O sí? No sé. Los premios dan prestigio literario, pero fuera de eso uno sigue con su vida y con sus cuentos de la locura corriente, creo que soy yo, y el compromiso que hice en mi adolescencia, cuando me prometí que sería el mejor escritor del mundo, ahora no soy tan absoluto, me conformo con superarme a mí mismo con cada obra, me conformo con que me lean, me conformo con decirle a quienes quieren escribir que para aprender a ser escritor hay que leer, leer y leer, y practicar, practicar y practicar, y cuando estén cansados de leer y practicar,  sigan practicando, es la única manera de aprender y superarse. Yo tengo treinta y seis años de mi vida practicando este terrible y dulce oficio, y siento que aún no se nada sobre él, porque con cada obra uno recomienza a aprender de nuevo. Cada obra es distinta, cada proceso es distinto, uno tiene que dejar la vida en ellas porque si no, no funciona, más que de talento, este oficio requiere disciplina, y entrega. Una vez Juan Ramón Pérez a propósito de la presentación de Preludio, una obra que escribí y dirigí, en su espacio dijo, entre otras cosas que dijo, antes de empezar la obra “Benjamín no es bueno porque gana premios, gana premios porque es bueno” Y juro por Dios (Si es que existe Dios en el cielo) que nunca en mi vida me había asustado tanto una frase, no solo porque venía de Juan, a quien respeto como dramaturgo y conocedor del oficio, sino porque estaba a punto de caer en ese territorio cómodo de los que ya nada tienen que aprender, por lo del tema de los premios y la cosa, y decidí arriesgarme una vez más y adentrarme en otros terrenos dentro de la dramaturgia, para aprender una vez más este ridículo arte, parodiando a Valera Mora, El ridículo arte de componer historias.





viernes, 26 de junio de 2015

EL TEATRO Y LA DIVERSIDAD SEXUAL



Por Prof. (Unearte. Ceca Anzoátegui) Jesús Benjamín Farías Rojas

Buenas tardes, antes que nada quiero agradecer a los organizadores del festival de teatro Rosa por la invitación, y por haber posibilitado este encuentro que no pretende más que afianzar y fortalecer eventos como este, hasta hace muy poco imposibles de realizarse. Quiero decirles que para mí es un honor estar aquí, pues, como hombre venezolano, como hombre homosexual, y como hombre de teatro, este tipo de actividades, que permita la visibilidad de colectivos muchas veces perseguidos, discriminados, burlados, vulnerados en todos su derechos, obstaculizados, y lo que es peor silenciados hasta la invisibilidad, es sencillamente una alegría. “De mi corazón brotan flores en la mitad de la noche” dice un poema azteca, y mi corazón está brotando flores aquí y ahora, en este momento histórico, donde si bien hay sus oscuridades, porque nada puede ser perfecto, también se están facilitando momentos muy luminosos, y quizás haya para todos nosotros un nuevo amanecer donde el respeto, la tolerancia, la igualdad en todas sus múltiples manifestaciones, sean las condiciones que prevalezcan.

Desde que el hombre, esa entidad conocida por hombre que se ha mantenido hasta hoy, es hombre, siempre han existido las llamadas diferencias, siempre han existido hombres que a la hora de amar, han preferido a los de su mismo sexo, sino, remitámonos al legado dejado por los griegos, por los persas, por las primitivas manifestaciones literarias del lejano oriente y de áfrica, y viniéndonos más acá, las grandes y pequeñas civilizaciones prehispánicas, donde ser diferente, era tan común como comer maíz, tan común, como cazar o recolectar conchas, de eso hablan las pinturas, las esculturas, la literatura y el teatro, ¡El teatro!, ese universo del modo social de las civilizaciones antiguas, esa conciencia, ese espejo que abarca todas las clases sociales y que ha reflejado una y otra vez, todos los vicios, todas las iniquidades y toda la grandeza del ser humano.

El teatro griego nos legó a Aquiles, el héroe trágico por excelencia y con una sexualidad ampliamente discutida, que abarcaba a Deidamía, la madre de su hijo Neoptólemo, pasando por Troilo, el bello hijo de Príamo a quién Aquiles, luego de ver rechazado su avance amoroso, atraviesa con su lanza en el templo de Apolo, hasta llegar a Patroclo, su primo, su amigo fiel, y según la versión más popular su amante- amado. Y digo amante-amado porque el rol sexual de Aquiles, se discutía ya desde El Banquete de Platón, donde queda puesta de relieve la naturaleza sexual de Aquiles, quién, por boca de Fedro decide, a pesar de la premonición de su madre, matar a Héctor para vengar a su querido Patroclo. Quedan fragmentos de una obra de Esquilo, titulada Los Mirmidones, donde los dos son amantes, de igual forma, Los Amantes de Aquiles, obra perdida, convenientemente, de Sófocles, un drama satírico donde Aquiles rechaza las insinuaciones amorosas de los sátiros, Shakespeare, también lo caracteriza enamorado de Patroclo, en Troilo y Crésida. A pesar de esto, y a ello me refería cuando hablaba de la polémica en cuanto a la sexualidad o definamos más bien homosexualidad de Aquiles, hay sectores, de los más conservadores, que niegan el amor de Aquiles por Patroclo al punto de silenciarlo y a cambio de ello, hablan de amistad.

La mención de Aquiles como personaje teatral, por poner un ejemplo, sirve para establecer un modo de vida donde los hombres vivían libremente su sexualidad, era una opción de vida, una fase por las que muchos jóvenes pasaban, y que el auge del cristianismo, la inquisición lo llamaba el “pecado nefando”, cercenó, llenándolo de culpas, de miedos, de esas oscuridades de las que aún hoy nos cuesta deslastrarnos.

Existe una obra escrita en 1593 por Crhistopher Marlowe, que trata explícitamente el amor homosexual, me refiero a Eduardo II, rey de Inglaterra que hizo algunas reformas en su país, granjeándose el odio de los nobles y la iglesia, que amó a Piers Gavestone hasta la locura, y que fue horriblemente asesinado a causa de su amor. Maurice Druón, en su majestuoso fresco sobre los reyes malditos cuenta la historia, no obstante, en la tragedia de Marlowe, la figura de Eduardo II cobra relieves insospechados, aquí, como en las obras de Shakespeare, la fuerza de los diálogos, la situación dramática simplificada por requerimientos del género, y la perfilación de los personajes, le dan un vigor que dura hasta nuestros días. Releyendo la obra, uno no deja de preguntarse cómo fue posible que en el siglo XVI, pudiera escribirse y sobre todo, publicarse una obra con tales características, si nos remitimos a la historia, la humanidad estaba saliendo de uno de sus periodos más oscuros como fue la edad media, con toda su gama de supersticiones, el predominio de la iglesia y el feudalismo, sin embargo, las condiciones de la Inglaterra de ese tiempo eran las propicias, no solo había ocurrido el cisma estado-iglesia propugnado por Enrique VIII, también la regentaba Isabel, la Reina Virgen, tan propicia a las manifestaciones artísticas, y finalmente estaba en vísperas de una guerra con España, la España de Felipe II, la misma, que había llevado el medioevo europeo a la América latina.

Eduardo II fue una tragedia homosexual del modernismo, la primera, y la única tal vez, del teatro inglés de fines del siglo XVI, y comienzos del XVII, la única quizás de un periodo de la historia del hombre ,donde comenzó a cobrar mayor fuerza el concepto de familia como célula fundamental, la familia burguesa con toda su rígida carga de códigos sociales, donde el heterocentrismo emerge para dejarnos a ese padre absoluto, que tiene la carga de mantener a su grupo consanguíneo, y por lo tanto es su dueño, donde la mujer es subordinada a la casa, anulada en todos su derechos naturales y jurídicos, y donde los niños, procreados para reproducir el modelo paterno, para seguir la línea, son criados severamente en la vigilancia y el castigo, verbos que no gratuitamente utiliza Michel Foucault en sus estudios sobre las prisiones. Es importante focalizar este momento histórico, porque mucha de la ausencia, mucha de la invisibilidad, mucho del silencio que en siglos posteriores sufrieron los colectivos homosexuales, se gestaron aquí, Los cuadros familiares lo dicen, las casas, el arte en todas sus manifestaciones lo dicen, y si bien es cierto que desde la baja edad media la sodomía era rigurosamente castigada porque enfurecía a Dios, porque era una enfermedad contagiosa, como decía Alberto el Magno, porque era anti natura, fue aquí cuando la sodomía dejó de ser un pecado para convertirse en delito, como lo decretan las Primeras Pragmáticas contra la sodomía, promulgadas por los reyes católicos y su nieto Felipe II, El Buggery Act de 1730, de Enrique VIII, o la Constitutio Criminales Carolina, del Sacro Imperio Romano Germánico. A un código de Napoleón que influyó en la despenalización de la homosexualidad en muchos países, ocurrió la masacre de Amsterdan en 1730, a las primeras manifestaciones modernas del modo de vida homosexual se opusieron las sociedades puritanas y moralista, que instauradas por el estado eran las encargadas de oprimir tales aperturas a través del terror, esto trajo como consecuencia el oscurantismo de sus costumbres, la marginación de la vida homosexual, que se traslado a la periferia de las grandes ciudades, que la hizo velada, invisible.

Y si bien es cierto que comenzaron de manera tímida las luchas por la reconsideración de algunos derechos civiles, que el término sodomía fue sustituido por el de homosexualidad en 1869 por Karl María Kertbeny, y los trabajos de Krafft- Ebing, Ellis, y Freud entre otros muchos, la situaron como patología en lugar de ser un vicio o una perversión como hasta ese entonces, situación en que permaneció hasta bien entrado el siglo XX, también es cierto que el trabajo hacia la opresión ya estaba hecho, que la estandarización de una sociedad patriarcal, donde la figura del macho, del hombre viril sin ninguna fisura era el factor predominante, una sociedad que condenaba toda diversidad, que cercenaba toda diferencia antes de gestarse.

El teatro no estuvo exento de esta situación, si hubo algunas novelas que trataron el amor entre hombres, como Teleny de Wilde o el Maurice de Foster, también hubo desafueros a la manera del Marqués de Sade o las novelas libertinas de Apollinaire, sin embargo el teatro mantuvo una suerte de silencio ante este tema, cansado tal vez de tantas persecuciones clericales, a lo mejor por la situación de comodidad y esplendor de aquellos años, más interesante que las obras fue el proceso seguido a Oscar Wilde por el amor que no osa decir su nombre, o el transfuguismo de Benavente quién decía “Pide a Dios que no te deje probarlo”, vidas marcadas por la brillantez de sus carreras como dramaturgos y por el escándalo. Y hablando de escándalos, fue Las Tetas de Tiresías, una obra de Guillermo Apollinaire la que de una u otra manera vino a sacar al teatro del letargo y comodidad donde había caído, causa de polémicas, por su tono antimilitarista, por sus tintes feministas y de abierto desafío a todo lo establecido, la obra cuenta la historia de Teresa, quien insatisfecha con su vida de mujer cambia de sexo con el fin de establecer parámetros de igualdad con respecto a su consorte. La obra, adjetivada de drama satírico fue un escándalo por sus panfletos de paz en la primera guerra, por sus travestismos y por su lenguaje desenfadado y subido de tono. Sin embargo no confrontaba de manera directa el problema de la homosexualidad, como si lo confronta Jean Genet en sus obras, de manera desenfada, agresiva, brutal, Jean Genet, fue el iniciador de un estilo de representación del amor homosexual, ligado ya a las bajas esferas, a la marginalidad, al submundo, antepone el homosexual delicado, amanerado, al ladrón, al proxeneta, jugó con la imagen de estereotipo gays insertados en el inconsciente colectivo, la loquita fuerte, el marinero, el policía, el malandro, el chulo musculoso, y creó la primera Drag queen de la literatura, su célebre Divine de Santa María de las Flores. Su universo es el de las cárceles como en Severa Vigilancia, donde la celda se convierte en un santuario de deseos reprimidos, de violencia y de muerte. Tenesse Williams por otra parte, ofrece una visión callada de la homosexualidad, velada, un amor que necesita esconderse como en el caso de Tom del Zoológico de Cristal, quién se pierde del hogar, algunas noches sin explicar para donde, o reprimirse, como en el caso de Brick y Skipper, de La Gata Sobre el Tejado Caliente, vislumbrada cuando escudriñamos en la verdadera naturaleza de su amistad desfogada en los partidos del rugby.

Asimismo, de la represión de la homosexualidad habla García Lorca en El Público, aunque confieso que la primera vez que leí la pieza me pregunté, ¿Qué leí yo?, por la complejidad del texto, por toda su carga surrealista porque no entendía el paso de uno a otro personaje, sus travestismos, su irrealidad, fue después de varias lecturas que vislumbré la inmensidad de la pieza, el acto de liberación que pudo significar para García Lorca escribirla, hay otras piezas del poeta que tratan de la homosexualidad y su represión, como La Bola Negra y La Destrucción de Sodoma, lamentablemente están piezas fueron destruidas.

Y ahora llegamos a la América latina, nosotros, esta equivocación geográfica que somos, para citar a Cabrujas, estuvimos muy influenciados por la tradición española y la cultura del Occidente, en ese sentido, copiamos modelos hasta llegar a tener una entidad propia, y como nos costó. Y si nos costó asumir nuestras diferencias, esas diferencias parecidas de las que hablaba Uslar Prieti en Mundo Nuevo, Nuevo Mundo, y que sin embargo, están allí y no necesitan explicarse, más aún nos costó teatralizar el modo de vida homosexual. Tuvimos que pasar por muchas cosas, guerras civiles, invasiones, caudillismo, golpes militares, desaparecidos, democracias representativas, pobreza, desigualdades, en fin, madurar como países, tuvimos que deslastrarnos, del machismo imperante en las mujeres, de ese patriarcado regidos por matriarcas a la manera de Úrsula Iguarán y por qué no de Bernarda Alba, para comenzar a deslizar en nuestros escenarios las vivencias del amor oscuro. Y digo amor oscuro porque en la primera obra que se estrenó en la Argentina tratando el tema de forma específica, data de 1914, es una pieza de José González Castillo titulada Los Invertidos, donde utiliza los cánones arbitrarios de la época, la homosexualidad como una lacra social que hay que suprimir, la homosexualidad como ente corruptor, la homosexualidad como manifestación del mal, como ejercicio de poder de las clases altas sobre los más desposeídos. Aunque nacido en España, Pedro Badanelli, emigró a la Argentina, es allí donde escribe El Alba Sobre Sodoma estrenada en 1925, y publicada en 1969, donde hace un llamado a la tolerancia con respecto a la cuestión homosexual. En El Tercer Fausto, del dramaturgo mexicano Salvador Novo, publicada en francés 1936, se recrea el mito fáustico, allí el diablo convierte a un hombre en mujer para enamorar a su mejor amigo, quien al final no le corresponde porque está enamorado del hombre que fue él, una comedia de equívocos si se quiere, pero que a pesar de su tono ligero, tuvo que esperar más de veinte años para ser publicada en español. En Venezuela, Leopoldo Ayala Michelena en su guiñol La barba No Más de 1922, fue uno de los pocos que se atrevió a poner un personaje declaradamente gay en una de sus obras, si bien este era un peluquero afeminado, fuerte, como decimos ahora, un momento refrescante en la vida del protagonista, como personaje no trasciende, no aporta ni quita nada a la historia del teatro y la sexo diversidad. Sin embargo fue meritorio que el autor se haya atrevido si quiera a colocarlo en una de sus obras en un tiempo en que el silencio y la invisibilidad eran la norma.

Y he aquí las vertientes por las que ha transitado el teatro con temática homosexual en la primera mitad de siglo veinte, hasta bien entrado el siglo veinte quiero decir, y eso es lo homosexual como apología del mal, la homosexualidad como problema, y lo homosexual como objeto de burla y de desprecio.


La teatralidad homosexual como apología del mal, surge justamente con la finalidad de desacreditarla, nosotros somos los depravados, los promiscuos, los comedores de niños, los pervertidores, y es este el contexto para que se escriban obras como Los Invertidos de González Castillo, donde no hay ninguna redención posible, al mal hay que exterminarlo, el mal paga con la muerte.

La teatralidad donde se plantean los problemas de la diversidad sexual surgen mucho después, en ese momento no pensaba que los homosexuales pudieran sentir, tuvieran familia, amigos, hijos, empleos, para ellos solo existía el homosexual delicado, de tipo mujeril y lo exponían y lo exponen aún como en subasta, para el escarnio público, para reír, para burlarse, digo esto a propósito de la obra de Ayala Michelena, que nos brindó un tipo que ya se manejaba en otras latitudes y que aún hoy, se pasea por los escenarios del mundo entero.

La loca frívola, la loca de lengua viperina, la loca mala, la loca arribista, la loca envidiosa, la loca showcera, la loca antipática, la loca bruta, la loca pobre, la loca triste, la loca que provoca lastima, pobrecita ella, por su vida tan dura, formaron parte del discurso homofóbico durante mucho tiempo provocando el rechazo de muchos sectores, son estereotipos utilizados por la televisión y el cine con el fin de ridiculizarnos, esa fue la imagen del homosexual que vendieron los medios, y algunos sectores teatrales lo utilizaron en sus obras para hacer reír, para comercializar, dando paso además, a otros estereotipos como la musculoca, el gay glamuroso, el metrosexual con toda su gama de ambigüedades, el paviloca, el marimalando heredados de Genet, que no muestran de manera profunda el universo homosexual, con todos sus complejos, con todas sus grandes contradicciones, sus miedos, y las decisiones de vida encerradas en los candados anti cizayas que los armarios de la sociedad les había impuesto.

En este sentido, si hubo un dramaturgo que rompió el silencio para tratar seriamente el tema de la sexo diversidad, ese fue Isaac Chocrón, quien, por primera vez lo aborda de manera clara, decidida, valiente, como en el caso de La Revolución, estrenada el 30 de julio de 1971, y que algunos teóricos han querido soslayar para centrar el tema en los confines de la política, La Revolución es la primera obra de teatro que aborda el asunto de manera descarnada, brutal, provocativa, tanto, que decir que la pieza trata de la homosexualidad simplemente, sería reducirla, pues, es el hombre y su miseria, el eje que atraviesa la obra de principio a fin. Ahora bien, Chocrón dotó a sus personajes de una agresividad, de una dureza, de una sensualidad que contrasta notablemente con todo lo que se había escrito hasta ese momento, eran hombres homosexuales hablando y moviéndose en un escenario de teatro por primera vez en el país, tan humanos, como su autor mismo. Por primera vez un personaje homosexual en el país se mujerea, habla desde su miseria, de la soledad, de su sexualidad y el deseo, y se aleja del oficio de modisto, camarero donde lo había ubicado la literatura anterior, para ser una dama de la noche. Chocrón no inventa nada y no es su pretensión, partiendo de los estereotipos establecidos autentica otros.

Luego de La Revolución hubo una especie de efervescencia por los temas de la diversidad en el teatro Venezolano, aunque no todas tenían su profundidad nos hacíamos cada vez más visibles, sobre todo a partir de los años ochenta hasta postrimerías de siglo, claro,  pero para eso tuvieron que aparecer y desaparecer imperios, guerras, la revolución juvenil, la revolución gay a partir de Stonewall, las drogas como medio social de evasión, las marcas hacen estragos en la juventud y la música tecno, aparecen los juegos electrónicos, y la teoría Queer, mientras aquí se estrenaba la versión venezolana de Los Muchachos de la Banda de Mart Crowley, Jav y Jos de José Simón Escalona, Todo Bicho de Uña de Román Chalbuad, que ya había escrito también Réquiem para un Eclipse, Muerte en Venecia de Daniel Uribe, Edipo Gay de Carlos Omobono,  Detrás de la Avenida de Elio Palencia, Mr Juramento de Néstor Caballeo, El Último Brunch de la Década de David Osorio, y otros que no menciono por desconocimiento o porque no he leído, los temas de estas piezas son; el desamor, las relaciones autodestructivas de pareja, la venganza, el suicidio como manera de escape, la prostitución, explotación en el travestismo, la violencia y el SIDA, este es el marco del El último Brunch de la Década, y lo es de Escrito y Sellado, una de las obras más hermosas escritas por Chocrón y uno de sus últimos trabajos, Chocrón no cae en el dramatismo fácil, pese a que la sombra del SIDA se refleja en toda la pieza, lo mismo que el dolor de la perdida por el sujeto amado, la obra enfatiza más la aceptación y la sobrevivencia.

En la actualidad hay nuevos enfoques sobre la temática de la diversidad sexual, la soledad, el narcisismo, la intolerancia entre los mismos colectivos, el matrimonio, la infidelidad, la adopción, la competencia entre parejas, el miedo a la vejez y la soledad, la homofobia, la discriminación, como puede verse vidas más cercanas a la sexualidad normativa y que nos concierne a todos, aquí valdría la pena hacer referencia a Palencia, quién tiene una línea bastante respetable de obras que tratan sobre la sexodiversidad, obras como Detrás de la Avenida, Arráncame la Vida-Mátame Mamá, La Quinta Dayana y Penitentes, por nombrar algunas, están regida por el derecho a la diferencia, la necesidad afectiva, El VIH y la soledad. El VIH, es también el tema de Bruno Mateo en su obra Ya no Somos los Mismos, quien pone como telón de fondo los hechos ocurridos en Caracas en 1989, año clave, porque es cuando se diagnostican en el país los primeros casos de SIDA, de este autor de delinean también temas como la intolerancia en Una historia Inconclusa así como la soledad en la vejez del mundo de las trans, en Las Dragas en la Funeraria. Hablando de soledad, ese fue el tema de la primera obra de este servidor, el primer aporte a la lucha por la visibilidad, la obra se titula No Me Beses en los Labios y es un canto al miedo a envejecer solos, pero también al rechazo de asumirse gay, dos personajes y dos formas de vivir la homosexualidad.  Las Aguas Negras, un trabajo teatral en tres tiempos, es mi manera de protestar contra la violencia ejercida hacia los travestis que trabajan en las calles, y que han sido víctimas de la intolerancia más infame, no es una obra fácil, es brutal, agresiva, tanto en las relaciones de los protagonistas en un conflicto común que debería hermanarlos, como la hostilización del entorno. En Bichito Raro, se cuenta la vida de Albertico, un niño con características gays, y sus amores con Papi, un jugador de beisbol, la esperanza del barrio El Caribe, así, el barrio es testigo acusador y juez de los amores de estos adolescentes, pues, Papi termina asesinado por la intolerancia de los habitantes del barrio. Hay otras piezas como Murciélagos en tu vientre, sobre la no aceptación y Misa en una capilla ardiente, sobre el SIDA y la iglesia católica, son granos, de arenas, escritos con la mayor disponibilidad, con ánimo de lucha, porque mientras un gay siga siendo maltratado en las calles, mientras un gay sea minimizado, burlado, oprimido,  siempre habrá historias que contar y dramaturgos dispuestos a escribirlas, esta lucha tiene que seguir, y como luchamos sino es escribiendo dentro de la mayor visibilidad posible, dentro de la mayor autenticidad, porque como dijo Pedro Almodóvar en Todo sobre mi madre, Uno es más autentico cuando se parece más, a lo que siempre soñó de sí mismo. Muchas gracias.

Por favor, aún no.