sábado, 28 de septiembre de 2019

Fin-Fin


En las noches de El Amparo, junto a las impenetrables aguas del Arauca, vaga por los campos el “Fin-Fin”, poblando de espanto los sueños campesinos. Cuentan que los silbidos con que llama a su caballo se escuchan desde lejos, y al oírlos, los perros aúllan de pavor, las vacas mugen en sus establos y las gallinas cloquean enloquecidas. Según la leyenda, es el alma atormentada de un joven que mató a su padre para robarlo.  Ahora recorre incansable aquellos lugares, en un caballo cerrero por toda la eternidad.

Muchos campesinos de El Amparo tienen sus propias técnicas para defenderse del “Fin-Fin”, y una de las más comunes es construir los tranqueros y cercas formando una cruz. Los portones de las casas también se fabrican de esta manera. Y algunos dejan fuera de la casa una totuma llena de ajíes, lo cual se supone que basta para ahuyentarlo, nadie sabe realmente por qué.

Dicen que una noche, un llanero llamado Carlitos Núñez iba a la casa de su amada, la bella Jacinta. La noche era oscura y el joven silbaba para darse ánimo. De pronto, a sus espaldas, resonó otro silbido leve, como el rechiflar de alguien que llama con insistencia a su caballo. Pero nada se veía, por la oscuridad de la hora.

El rucio de Carlitos frenó de golpe el trote suave que llevaba. Dio unos pasos hacia atrás, resopló y sacudió las crines, nervioso. Se negaba a avanzar. Desconcertado, el llanero sintió de pronto un golpe en el rostro, con tanta fuerza que lo derribó del caballo. Lo golpeaban, en el mentón, en los pómulos, pero no se veía nada.  Rodó por la hierba húmeda de la sabana. Mientras aquel ser invisible lo golpeaba sin tregua.

A tientas, hurgó en el bolsillo de su pantalón. Encontró la cruz de palma bendita que le metía todas las noches su novia.

Espíritu Santo, sácame de este trance!-bramó con el poco aire que le quedaba en los pulmones, blandiendo la cruz de palma bendita.

Cesaron los golpes. Sólo el silencio galopaba por la sabana abierta.

Carlitos se vio solo, de cara al alba. A su lado, el rucio mordisqueaba unos matojos, ya calmado. Ensangrentado el rostro y arrastrándose por las dolorosas magulladuras de los golpes, logró montar de nuevo a la bestia, que resolló con tranquilidad. A paso lento tomó de nuevo la senda que llevaba.


Tomado del libro: Diccionario de Fantasmas, Misterios y leyendas de Venezuela. Mercedes Franco. Editorial CEC, SA. Los libros de El Nacional. 1era. Edición, 2001. Caracas, Venezuela.


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