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FOTOGRAFÍAS

de Leidimar Martin
email: cronopiosalados@gmail.com

El motorizado maneja con habilidad y el parrillero es un cazador preciso. Una, dos, tres mujeres parecidas y ella: la de las fotos.
No hubo tiempo de correr. La confusión entre huir y pensar la hizo caer al suelo. Se tocó el pecho; entre ambas copas la nena azabache tenía dos piezas de plomo interrumpiéndole el aliento. El cabello castaño quedó tendido en el asfalto.

Dos días antes de su muerte y luego de agobiantes horas de impaciencia, el celular de Cecilia Méndez sonó. El cuerpo agitado metido a la fuerza en un taller ocre. Las manos de uñas perfectas pasearon nerviosas por el plástico para, finalmente, revisar el mensaje: “Doñita estoy abajo” decía solamente. Cecilia se asomó a la ventana que comunicaba su oficina impecable con el desorden de la ciudad.

Entre una imponente torre de basura y dos carros mal estacionados estaba el remitente. El hombre con porte policial, gorra de béisbol y una chaqueta negra miró al alto ventanal del edificio. Dio con la mirada de Cecilia, le hizo señas. Ella tomó su cartera de diseñador, cruzó el pasillo sin despedirse de nadie y salió del bufete.

Apenas subió, a la camioneta vino tinto, sintió sobre su vida la certeza fatal. Ya no dudaba. La angustia la abandonó y en su lugar fermentó una rabia terrible. Pasó a recoger al hombre; le abrió la puerta y él, sin ninguna palabra, abordó el asiento del copiloto.

Cecilia condujo muda e inmóvil hasta un restaurante poco conocido y barato. Ella fue la primera en descender del vehículo, entrar al lugar y sentarse en una mesa muy al fondo, detrás de unas plantas plásticas casi decorativas.

__Y bien__ dijo con voz firme. El hombre dirigió una mirada indiscreta al bolso de Cecilia. Ella lo abrió bruscamente.

Mientras él colocaba un sobre de manila en la mesa y lo entreabría para que se evidenciara el contenido, ella colocó en la mano oscura y reseca diez billetes de cien bolívares.

__ Bien Doñita, con esto cerramos. Disfrútelo__ le dijo el hombre y se marchó.

Allí, sola y envenenada, Cecilia Méndez pidió un Whisky sin importar la marca o el año; lo bebió de golpe, repitió hasta sentirse levemente anestesiada y con valor de mirar las fotografías.

Abrió el sobre. Sintió que una tonelada de hielo le caía encima. La mujer tenía unos ojos vivaces, en el escote voluptuoso pendían dos bolígrafos y del brazo colgaba un morral enorme. No debía pasar de los veinte años. Cecilia bebió otro Whisky __Es una estudiante__ dijo en voz baja.
En otra foto de cuerpo completo, vio el cabello castaño y brillante que caía dócil en la espalda, las caderas y la cintura bien discriminadas y un hombre de unos cincuenta años besándole juguetonamente el cuello __Franco__ pensó amargamente Cecilia Méndez.

Se levantó del asiento, lanzó varios billetes en la mesa y volvió a la camioneta. Se encargó de ahorrarse las lágrimas.

Llegó al apartamento primero que su marido. Escondió celosamente las fotografías.

Se dio una rápida ducha y luego, parada frente al espejo se miró largo rato. No dejaba de compararse con la mujer que escapaba de las fotos y se paraba junto a ella. Tocó su boca, sus senos, se detuvo un rato en el vientre. Su vientre que albergó vida y guardó cicatrices.

__ ¡Estúpida!__ se dijo a sí misma__ Parirle hijos a un Don que ahora se divierte con niñitas.

Presa de la cólera abandonó el baño, buscó los datos de la mujer desesperadamente, tomó su celular sin titubear y llamó a un viejo cliente:
__Ya sabe Luis Palmo, usted me debe favores a mí__ le dijo secamente.
__Doña Ceci yo a usted le obedezco.

Aquel sábado, Franco Luciano: marido de Cecilia, lector de los diarios y no tan mal tipo; retiró su boca de la taza de café caliente, las manos sosteniendo el diario. Cecilia Méndez, arregladísima y camino a su cita con un buen cirujano pasó frente a su rostro tembloroso y pálido.
__ ¿Qué?__ le preguntó con serenidad, quitándole el periódico de las manos azules.

Cecilia Méndez evitó sonreír cuando observó la fotografía: En escala de grises apreció el cuerpo oculto bajo una tela, por encima escapaban los mechones del cabello castaño tendido en el asfalto.

__ ¡La delincuencia está acabando con el futuro del país!__ Exclamó indignada mientras salía de la casa.

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