MOMINA XXVIII

por Efrén Porras Cardozo

El salón amplio e iluminado, estaba lleno de visitantes que se disputaban por ser los primeros en poder ver el recién descubierto sarcófago, los reporteros se peleaban los primeros lugares, mientras alguien desde su infinito lecho, sonreía.

-Papá: ¿Quién fué ella?

-Hijo: Ella fue una hermosa e importante figura en una época muy lejana, rodeada siempre de una servidumbre dispuesta a cumplir todos sus deseos.
- Que expresivos ojos sobresalen de su cara, bordeadas de esas líneas que transmiten una penetrante curiosidad por todo lo que lo rodea, serena y orgullosa. Papá, me producen un poco de temor.

-Hijo: Eso se debe a la expresión de la máscara de oro que cubre su verdadero rostro: Sus ojos son dos esmeraldas que llevan en sus pupilas brillos de diamantes, y el maquillaje que lo rodea está hecho a base de lapislázuli. Sus bigotes son unas líneas de ónix finamente dibujados. Sus labios cubiertos de rubíes y granates que le dan un toque de frescura. Toda su cara fue cubierta de oro de la cual sobresalen sus dos pequeñas orejas adornadas con brillantes tallados por los orfebres del palacio. Su cuerpo, embalsamado por expertos funerarios en esa técnica ancestral con cintas de gasas perladas.

-Papá: ¿Cómo es que ahora ella está aquí, tan lejos de su lugar de origen?

-Hijo: Eso se debe a que en el sitio donde fue escondido su cuerpo, una ladera de la montaña, rodó provocando un alud, dejando al descubierto el sarcófago, el cual se trajo a este lugar para su exhibición.

-Papá, que suerte la mía por estar aquí como testigo de este descubrimiento.

-¡Miau!, un eco resuena en toda la sala.

-¿Escuchaste?

-Sí, hijo, esa fue MOMINA XXVIII.

¡Míaaaaaaaaau!

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