miércoles, 14 de noviembre de 2007

Certeza

Verónica ha observado a lo largo del día a su mujer de nardo mientras abre y cierra libros, mientras escribe o juega solitario en el computador, mientras se queja - injustamente - por supuesto - de cierta actitud olímpica de Verónica respecto a la vida doméstica, mientras le sonríe y alaba una crema de apio, mientras sale desnuda y olorosa luego de bañarse. Verónica se cansa de observar y decide invadir el cuerpo de su mujer de nardo con los ojos, los labios, la lengua, las manos, la piel y el peso de su cuerpo. La mira con ojos brillantes de leve orgullo porque su mujer de nardo se abre levemente y su olor mitiga las angustias del día para Verónica interesada en demasía en asuntos mundanos como la política y las ambiciones saborea sus senos, se ríe ante las ondulaciones del blanco cuerpo. Pero cuando ya todo está a punto y Verónica quiere sentir latidos y humedades más hondas, la mujer de nardo la toca con pericia: Verónica se desgaja en un gemido tan genuino y profundo que su parsimoniosa compañera le tapa la boca pues es discretísima. en el conocimiento está la diferencia piensa Verónica adormilada.

Gisela Kozak Rovero. Pecados de la Capital y otras historias. Monte Ávila Editores Latinoamericanas. Caracas, 2005

Relatos urbanos

Detrás el deseo

Giros

Verónica conoce a una mujer de ojos grandes verde pálido y manos afiladas, centro de atracción de una reunión de gente talentosa, heroica y convencida como ella, amantes del futuro que no llega. Por esa mujer Verónica daría su existencia bella, resuelta y planeada, subiría por unas peligrosas escaleras a un balcón vigilado, hablaría en lenguas desconocidas, haría de ella y su universo, su piel sería arcilla humedecida en sus manos afiladas... Es un deseo de entrega sin límites, de posesión vanidosa pues la mujer es demasiado de todo y cada año que le lleva a Verónica la hace más ansiada, es el cuerpo arqueado, meciéndose sobre manos y rodilas, e el cuerpo dejando caer su peso en el otro cuerpo, es exhibir el placer frente a sus ojos grandes verde pálido, es olvidar el futuro. Verónica se la encontrará en otras ocasiones,le sonreirá, "señora" exclamará con tono correctísimo, y luego seguirá antes de que la vida se caracajee.

Gisela Kozak Rovero. Pecados de la Capital y otras historias. Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2005

domingo, 11 de noviembre de 2007

¿Por qué no te callas?


El sábado 10 de noviembre de 2007 en la Cumbre que se realiza en Chile, hubo un impase entre el presidente de la República Bolivariána de Venezuela y los señores Rodríguez, Presidente del Gobierno Español y el Rey Juan Carlos. Eso es conocido por todos los medios de comunicación globalizados. El Cmdte. Chávez de Venezuela habló y acusó de facista al anterior Presidente Español Aznar, además de que lo culpó de que estuvo involucrado en el golpe de Estado que se letraó de hacerle hace unos años atrás. A todas éstas Rodríguez Zapatero le exigió respeto a nuestro mandatario (así lo quieran o no) acera del ex presidente miembro del partido popular español. La cosa, tal vez, no hubierfa pasado de allí. Un reclamo airado, pero la situación se complica cuando el Rey de España Juan Carlos increpa a Hugo Chávez diciendo: "¿Por qué no te callas?". El resto de la resña la conocemos todos. No soy periodista y la información se consigue en cualquier diario de circulación mundial.

Yo estoy en algo. o mejor dicho quisiera saber ¿por qué el Rey de España? ordena a un Presidente a que se calle de esa forma tan abrupta. Acaso el hecho de su investidura le da derecho divino a hacerlo. Derecho monárquico lo tiene en España en donde aún creen en esos títulos para mi rancios y y avejentados que sólo sirven para recordar la Historia de su nación. ¿ Quién es más maleducado? Aquél que habló, supuestamente de más en una Cumbre que nada tenía que ver con los asuntos que se trataban en el momento o el otro que utilizando una arrogancia de herencia pretende autoritariamente hacer su voluntad.

Los países latinoamericanos nos liberamos del yugo de los naciones europeas hacia los siglos XVIII y XIX. Muchos estarán de acuerdo con la actitud del Rey de España, siendo venezolanos. Alegan de que Chávez es un impertinenente. Se alega de que es casi un orangután. Que no tiene buenos modales o no será por una hipocresía que se viene acumulando de tiempo atrás y que nuestra pueblos americanos soportamos en silencio durante siglos. No estoy de acuerdo con la actitud asumida por el Presidente de Venezuela. Hay que saber, estar a tono en todas las discusiones y sobre cuando se trata de involucrar a toda una nación como la nuestra en una diatriba; sin embargo el Presidente Rodríguez Zapatero y el Rey Juan Carlos no fueron muy coherentes en su manera de resolver la situación que se presentó. ¿Por qué un Rey se levanta de una panel así tan groseramente? El es un adulto aparte de que representa para los europeos una Monarquía de tradición.

Creo que la postura asumida por la Presidenta de Chile Michelle Bachelet estuvo acertada y diplomática. Los pueblos debemos respetarnos y aceptar que no siempre seremos los mismos.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Ensayo

"Al filo de una caloría"

Un relato que nos lleva directamente a un mundo globalizado. Una joven que por culpa de una operación de amigdalitis cuando niña se traslada a pesar de su propia voluntad a una vorágine de consumismo sin control. Su herencia, obsequio involuntario de sus padres fue hacerla una joven fácil de exceso de peso. Su madre, preocupada por ella, y después de su intervención quirúrgica por órdenes médicas, fue atiborrada de vitaminas, galletas, dulces y comidas. Ella se convirtió en una obesa. Durante su proceso de vida, la chica mofletuda quien fue rechazada por todos los grupos sociales a los que pretendía entrar comenzó a padecer de anorexia. Necestiba ser aceptada y así fue. Logró perder veinte kilos grasosos. Más adelante " se manifestó de forma abierta y triunfante en diferentes instancias de la vida cotidiana".

La autora Gisela Kozak hace una metáfora entre la realidad de esta chica y la aprobación y financiación de un conjunto de medidas con miras a estimular el adelgazamiento y difundir el pensamiento aeróbico entre los llamados países del tercer mundo por parte de las grandes trasnacionales y otras Instituciones como la Organización de Naciones Unidas.

La situación mediática y propagandística se hizo demoníaca. Se hacen grandes campañas para promocionar toda clase de productos y servicios para adelgazar y verse más bellos y jóvenes, siempre y cuando se tuviese el dinero para invertir en esos cambios de imagen.

Por supuesto, la masa de gentes se alienó por semejantes bombardeos imperialistas. La represión contra la mujer se hizo cruel. La mujer se convirtió en objeto de belleza y nada más. Al Imperio del consumo no le importa el hambruna de los países más pobres del orbe.

La mujer se transformó en una verdadera heroína de su imagen. Gastó mucho dinero para su mejoramiento personal. Logró contraer matrimonio y quedar embarazada lo que impidió sus largas jornadas de ejercicios. Al año de parir, su cuerpo se volvió fláccido y gordo. Se mudó con su esposo a una hacienda de sus padres. Su marido perdió interés por ella. No era la misma. Era gorda. El marido se escapó con su hijo. Ella se encerró en el sótano de la hacienda. Pasó seis meses de encierro. Allí comió todo lo que su marido y una vieja y leal sirvienta le conseguía. Al final, tomó una decisión contundente. Ella pensó que la gente gorda no deben existir.

Gisela Kozak Rovero. Pecados de la capital y otros relatos. "Al filo de una caloría". Colección Continentes. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Caracas, 2005

martes, 6 de noviembre de 2007

La Casa Nacional de las Letras Andrés Bello


Hoy martes 06 de noviembre he pasado un medio día diferente. Me acerqué a las lecturas de algunos cuentos o extractos de cuentos y novelas llevados a cabo por algunos narradores en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, tales como el cubano Senel Paz, Carlos Noguera, Rodrigo Blanco, Gisela Kozak Rovero y que se encuentra ubicada entre el Ministerio de Educación y la Iglesia de Las Mercedes, subiendo por el Banco Central de Venezuela. Allí compré un texto cuyo título es "Mentalidades, discurso y espacio en la Caracas de finales de siglo XX" de Humberto Jaimes Quero. Al comenzar el conversatorio con media hora de retraso, la chica encargada de la logística del Evento me regaló un bolso de yute color crema con el slogan publicitario (el que ven en la imagen de la izquierda) . El Salón en el que nos ubicaron es relativamente grande y lleno de sillas que buscan un estilo clásico y forradas de color rojo. No es por el color del partido político del Presidente actual. Es casualidad o responde a una estética de una fecha específica. Al frente del grupo de sillas hay una larga mesa donde se sentaron los leedores narradores, justo detrás, en una enorme pared blanca está guindado un retrato de Andrés Bello. Su cara me observa. yo lo observo a él. ¡Cómo me gustaría hablar con este insigne venezolano! Sus ojos recorren cada rincón del salón y escruta con su mirada acuciosa a cada persona sentada. Por unos momentos me pierdo en la melancolía bellista. De repente vuelvo a la realidad, mi querida profesora Gisela Kozak me saluda y luego mi ex compañera de trabajo y estudios Jeany Rolland. Vuelvo en mi. Siempre tengo el poder de entrar en huecos de la imaginación. El grupo de gentes que concurrió a las narraciones son de variados colores y sabores. Hay quienes son de color gris. Ellos desaparecen y aparecen cuando nuestra retina los percibe como imágenes. El aire acondicionado lleno de aire mis debilitados pulmones. En la misma fila en que me encontraba había sentado un señor afrodescendiente, el vendedor de la librería con el cual cruce algunas palabras irónicas acerca de los presentes. Es un hombre que exuda sencillez. No hablamos más. Hay una chica vestida o "disfrazada" de Letras. Hay gentes que se disfrazan de Letras. Por lo general utilizan falda o saya holgada de un material como de tela de seda. Es un estilo indio de la India. Su color nunca es rojo, ni amarillo escándalo, ni anaranjando. La tonalidad las lleva a una paz budista. Y pensar que esa nación posee tantos problemas por las discriminaciones sociales. Sus tetas son recubiertas por camisetas que juegan con el color de la falda. Sus manos y muñecas cubiertas de toda clase de pulseras, anillos para la buena fortuna. Muchas de ellas usan bufandas, así haga un calor del demonio. Quizás se coloquen un sombrerito al estilo de los años `20. Su alter ego, por lo general es la escritora Teresa de la Parra. Nunca puede faltar en su rostro unos lentes estrafalarios. He allí el adminísculo preferido de las mujeres burguesas de Letras. En este Evento las muchachas brotaron de esas páginas escritas de la imaginación. Claro que hay las llamadas hipposas, pero de ellas no hablo porque no habían. Aparte que tienen otra manera de manifestarse, al igual que las guerrilleras que utilizan la Literaura como armas de liberación.
Pero regreso a mi momento de solaz: las tres lecturas de extractos de relatos y de novelas (la única fue la de Carlos Noguera) la cual considero, en base a lo que oi, fastidiosa. el chico Rodrigo Blanco y Gisela Kozak Rovero leyeron unas historias violentas de nuestra contemporaneidad; según lo acotado por ellos, esos fueron hechos reales, lo que me hace reflexionar acerca de la hibridez de los géneros literarios. Las crónicas casi policiales se convierten en Literatura o será lo contrario. Con eso me vine a mi casa. El cubano leyó un pedazo de narración de una novela que trata sobre la realidad entre los chicos de la provincia de Cuba y la gente de la capital la Habana. Esta resultó muy graciosa y costumbrista. Quedé con las ganas de leerla.
El conversatorio finalizó dos horas más tarde. No hubo casi preguntas. Sólo una señora que expuso lo que pensaba sobre la relación entre la Literatura y la Política; ella acotó que no se deben mezclar ambos pensamientos. No estoy de acuerdo. La política es la Poleis y es el lugar en el cual vivimos casi todas las personas, por ello es imposible no tocar nada tendente a una decisión que repercuta en los demás y en si mismo.
El encuentro con los narradores demuestra que las Letras dibujan y prefiguran una realidad o puede ser que la realidad se convierta en una ciudad escrita.

sábado, 3 de noviembre de 2007

La Reforma Constitucional

En días pasados, los estudiantes oposicionistas y los que están a favor de la Reforma Constitucional, la cual fue introducida por el Presidente de la República Bolivariana y será refrendada o no en diciembre de este año 2007 por aprobación de la Asamblea Nacional en consulta masiva y popular han protagonizado una ristra de acontecimientos que sacudieron al país. El grupo de los que adversan ferviente y mediáticamente la Reforma desatinaron sus acciones de calles. ¿Cómo es posible que lo que se intente es rechazar con violencia algo en que no creo? Revisen cómo se llamó a ese movimiento durante las primeras décadas de la Europa cruel. Esa ideología se llama facismo, autoritarismo. Se basa en la aniquilación de los diferentes. No hay diversidad. Otra vez, estos alumnos de universidades responden a intereses básicamente capitalistas y neoliberales. Es para pensar qué es lo que desean. Yo digo que quieren dar patadas, puños y actos virulentos para acabar con la propuesta de Reforma. ¿Es posible que un chico trate de encadenarse en la escalera de entrada del CNE? Esta Institución máximo rector de los procesos electorales de Venezuela pretendían recibirlos para escuchar sus peticiones y supuestas reflexiones políticas. ¡Ya basta! Si no les gusta el curso que ha tomado la sociedad venezolana ¿por qué no proponen otro camino?. La biodiversidad social, cultural, sexual, política y de todo tipo existe. No intenten borrarla. Murieron algunos estudiantes en Maracaibo, Estado Zulia, por la irresponsabilidad de un grupo de saboteadores de oficio y ahora ¿seguirán en esos asesinatos? Por favor, no sean crueles. Sean humanos. Si no les gusta los estudiantes chavistas no pueden actuar con desprecio y violencia contra ellos. ¡Qué lástima! ¡Cómo se dejan manipular por gente como los politiqueros y capitalistas del pasado! Semejante idiotez. Aunque a veces no creo que los oposicionistas sean tan maleables cuales marionetas. Más bien pienso que defienden a ultranza y "trocha y mocha" sus propios y egoistas intereses sin importar que hayan muertos e injusticias.

jueves, 1 de noviembre de 2007

La casa tomada

Casa tomada
Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas.
No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. -¿Estás seguro? Asentí. -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Por favor, aún no.