miércoles, 4 de noviembre de 2015

A 35 años de su muerte

Por Gabriel González.



El arte debe existir en función de la humanidad. CR



Tantos años contemplando, César,
tu pintura,
y sin comprender aún
cómo es posible tanta vida
en la punta de un pincel,
tanto color en el ojo
tanta poesía en tus dedos,
tanta fe, compañero,
en ese pesimismo tuyo, tan de combate
que nos empapa de victoria.

Eduardo Gallegos Mancera, enero 1976



Tiene fábulas fascinantes. Como la del condenado a la horca que ofrecen perdonarle la pena si ocupa la vacante de verdugo, y se estrena con sus compañeros (Soga de niebla). O la de los soldados que camino a Carabobo se enteran que ya sucedió el combate (¿Quién se robó esa batalla?). O la tragedia de una casa campesina al paso de la Guerra Federal (Un tal Ezequiel Zamora). O aquella donde una empresa funeraria se hace del negocio de la compra y venta de cadáveres y la virgen Antígona, de 80 años, los estafa (La fiesta de los moribundos). O la del muchacho que trae la noticia de un asesinato y el jefe civil, el cura y el médico se escurren (La esquina del miedo).

Este artista parece buscar todavía sitio, aunque lo tiene y sobre él se ha sentado gran parte del teatro venezolano, aunque la academia y el comercio teatral lo miren de reojo.  No por casualidad la Escuela de Artes de la Central acumula escasas tesis y ninguna cátedra del dramaturgo más prolífico, más ambicioso y más montado de todos los tiempos en Venezuela.

Escuché el audio, su voz suave, donde habla el tipo sencillo que fue: “Vengo del venero más profundo del pueblo”. Su padre era repartidor de la panadería Gradillas; su madre costurera. “La gente que me ayudó a criar es humilde: por eso mi relación con el pueblo es genésica, de raíz”. Por eso en su obra están presentes los vencidos, aquellos que no eran protagonistas sino figurantes.

Escribe dramas, comedias, cantatas, poemas, una obra de títeres. Recrea en distintas obras la Colonia (Obscenéba), la Independencia (Esa espiga sembrada en Carabobo), el boom petrolero (Las torres y el viento) y la actualidad con Una medalla para las conejitas o Buenaventura chatarra, donde las capas medias pueden ver un espejo de su falta de compromiso e ingenuas aspiraciones. No se aceptaba realista pese a que lo anotaron con esta cómoda definición. Porque “realista es el que copia —dijo—y yo presento otra realidad y la embellezco”. Mostraba el drama y la esperanza de Venezuela; y también claves para entender y transformarla.

Toda su vida fue lucha. Cuando venía en el vientre su padre murió. Su mamá partió diez meses luego. Esto pasó en 1915 en la esquina Pueblo Nuevo de La Candelaria. La tuberculosis, que se llevaría también a sus cuatro hermanos, lo acechaba. Lo adoptaron pero la anciana madrina falleció. A los ocho años lo cuida el alegre José del Carmen Toledo y lo releva el primo de éste Rojas Guardia cuando ya es adolescente.
Aquel niño frágil mostró interés en el dibujo, por eso a los diez años ingresa en la Escuela de Bellas Artes. Las tablas y el pincel lo ganaron a la vez. Temprano disfrutó sainetes de Guinán y Leo y el sabor popular lo impregnó. Por 1932 produjo la pieza que montó una amiga maestra (y la publicó Carmen Clemente Travieso). Siguieron obras que fue eliminando su rigor. Años difíciles para la puesta, salvo para extranjeros. Pero en 1937 se rompió la cáscara. Muchos autores de teatro le deben esto a Rengifo. Comenzaron a presentar su dramaturgia hecha aquí, en Venezuela. E inició aquella industriosa labor que sólo suspendía cuando lo llamaban los pinceles. Fue extraordinario en ambas artes. Por eso le confirieron dos premios nacionales, pintura (1954) y teatro (1980). La noticia de éste último lo conmovió, pero era tarde.

Bajo las torres de El Silencio está su mural Amalivaca. Fue comunista. Su compromiso popular le dio a probar la sopa amarga de la intransigencia política. Fue la época que vivió y retrató con su mirada moderna hasta que su precaria salud ya no pudo sostenerlo hacia 1980. Este año se cumplieron 100 años de su natalicio, y el 2 de noviembre se cumplieron 35 años de su muerte. Basta abrir una página o mirar un cuadro para tocar nuestro presente. Empero el biógrafo debería apurarse, pues sus huellas se borran aunque sus restos estén en el Panteón Nacional.

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