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Crónicas margariteñas: Macanao.

por Alexis Alvarado S (Bruno)
Caracas, enero 2012.

El carro avanza entre montañas desérticas, cardones, dunas y pocas aves que vuelan en aquel cielo azul con ausencia total de nubes que perturben la visibilidad al más allá de nuestra atmósfera, mis compañeros de viaje y yo sólo vemos el paisaje. Fotogramas que avanzan veloces ante mis pupilas dilatadas y encandiladas por la luminosidad del sol. La tierra es de un color arena dorada con ciertos manchones marrones, la cual sirve de espejo para la reflexión de los cardones que se alzan orgullosos en el clima margariteño como diciendo al visitante: somos dóciles, pero recuerda que tenemos espinas. La carretera que conduce a Macanao es limpia de cualquier rastro humano, excepto la línea de asfalto, que nos transporta directo al puerto. El lugar es caliente. El aire es caliente. Caliente están mis pensamientos. Ver aquella maravilla me insufla de orgullo venezolano. Quisiera detenerme, pisar la arena y adentrarme en el paisaje para sentir el sol sobre mis hombres así como lo sienten los cactos sobre sus púas. Mi amiga comenta que el mejor pescado se compra allá, por supuesto que no dudo de ello, si el desierto que cruzamos es tan atractivo a la vista, no quiero imaginarme el mar. Ahora es cuando me doy cuenta de la razón por la que el “Potro” Álvarez graba su video aquí. El sitio, realmente, despierta las hormonas. El lugar excita los sentidos. El sol, el clima caliente, la piel sudorosa, todo apunta hacia la entrega de cualquier pasión. No hay muchas curvas. Mis ojos no dejan de escudriñar cada pedacito que entran por mi vista. Una lagartija verde esmeralda me saca su lengua bífida. Nadie habla. El espacio lo dice todo. Nosotros somos Caribe. Somos pasión de mar indómito y de tierra caliente.

De pronto la carretera se abre en dos, al centro una plaza y un poquito más allá el azul del mar. El olor a sal. La gente blanca bronceada nos mira desde sus puertas. El pueblo está en la acera sentado en cómodas sillas, en su mayoría, tejidas. El carro va hacia la derecha. Las casas, casi todas, pintadas de azul y blanca, se encuentran del lado izquierdo. Hay comercios de artículos playeros y ¡Horror! de pronto, oigo, a todo volumen, un vallenato trancao. Vuelvo a la triste realidad de mi país. La transculturación. Quedo con ese ruido, con esa canción de bajas pasiones y con el estribillo de: “y qué será de mi vida sin ti” en mi mente, cuando de súbito, al cruzar la callea la izquierda, llegamos a la orilla del mar. Una larga fila de camiones que venden pescado, pero no únicamente se exhibe el pescado sino que el camión viene con pescador y alcatraz incluido. El hombre saca directamente el pez del agua, lo entrega al hombre del camión, éste lo limpia y descama y arroja las viseras a los alcatraces que parecen perros dóciles cuando el dueño los llama. No sé si ellos hacen la trampa que hacen frente al Cardonal en el estado Vargas que los “pescadores” simulan estar pescando a orillas del mar y resulta que ya tienen la presas clavada en el anzuelo y el incauto caraqueño cree que el pescado es fresco, aunque no creo eso en Macanao porque yo vi claramente cuando sacaron una “aguja”. Compramos un pescado que llaman ancora, una especie de atún, y nos fuimos. Íbamos de regreso rumbo al emporio de los malls. El otro lado de Margarita.

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