Crónicas margariteñas: Primer contacto con Margarita.


Alexis Alvarado S. (Bruno)
Caracas, enero 2012

Llegar a la isla de Margarita en Venezuela es como arribar a un espacio pensado para el descanso. El avión de la línea aérea Conviasa aterrizó el 16 de diciembre de 2011 aproximadamente a las 5 pm en el aeropuerto “Santiago Mariño “. La cantidad de gente era bastante voluminosa. En esos momentos es cuando me cuestiono aquello de que “el país está en crisis” ¿será una crisis de tipo moral y ético? Porque económico no lo creo. Al salir, inmediatamente del lado izquierdo se encuentra una vía que va al “Reino de Muzipan”, parque temático hecho por Rausseo, el hombre que representa muy burdamente al hombre oriental del país, bajo el nombre de “Er Conde er Guácharo”. Él es una especie de icono de la comicidad entre la clase media venezolana. Ojalá yo hubiera tenido esa capacidad de reírme y burlarme de los demás que es lo que hace dicha “estrella” del espectáculo, lamentablemente, no me regocijo en las críticas hacia los otros. El camino de salida del aeropuerto es amplio con árboles a ambos lados de la carretea, los cuales forman un relativo túnel vegetal. En el viaje, una persona me preguntó que si iba a “diverland”, después me enteré que es el parque predilecto de los turistas caraqueños. El lugar te da cierto “caché”. ¿Acaso los sitios te dan “caché”? ¡Pues, no! Entre mis planes no estaba ir a la tierra de la diversión, o sea “diverland”. A una generación de venezolanos les encanta colocar los nombres en inglés porque eso llama más la atención. Tienen metido el lema de “soy ciudadano del mundo”. Yo quería conocer la cultura y la identidad del margariteño (si la hay). El fenotipo de los nativos es una mezcla del indio con español. Hay mucha gente de piel blanca. La gente de piel negra es menos numerosa. Las mujeres son de facciones duras, muchas con caras masculinas. Los hombres andan, casi siempre, en pantalones cortos. Por todos lados se ven anuncios publicitarios de comercios. Las marcas de Sigo y Dibs son las principales. Margarita está dividida entre una cultura que aun no se siente depositaria de una tradición guaiquerí y un progreso ilusorio representado por un consumismo bárbaro. La gente compra de todo. El centro de Porlamar, en los dos bulevares de la plaza Bolívar, la cantidad de comercios formales e informales era aberrante. Me hizo recordar aquella Sabana Grande de Caracas atestada de buhoneros en donde el sentido de pasear había desaparecido y que, menos mal, ahora se recuperó. Es más, yo me aventuro a decir que Margarita me retrotrajo a Caracas de los finales de los ochenta y todo los noventa. La cantidad de ropa era tal que no te da oportunidad de elegir si no estás consciente de lo que deseas. De cien comercios, por ejemplo, ochenta y nueve son de árabes y diez de chinos. Un taxista “navegao” me respondió, a propósito de la observación que le hice acerca del apoderamiento del comercio en manos de personas de origen extranjero, que los margariteños eran flojos. Frases como éstas son las que no tienen ningún fundamento real o tienen una intencionalidad diferente, tal vez, sea menospreciar el trabajo de los originarios y precisar que esa es la justificación para asumir la actividad que por ley orgánica debería ser de los propios. Decir que los margariteños son flojos no es la respuesta; la pregunta sería cómo llegaron ellos a monopolizar el comercio en la isla. En cuanto a los precios de los productos, mi experiencia, fue que eran similares que en Caracas; lo único barato, tristemente, es el licor y estoy hablando de más de un 50% más económico comparado con cualquier parte del país.

Mi primer encuentro con Porlamar fue agotador. Allí se camina bastante. Lo hice desde allí hacia la Santiago Mariño y luego hacia la 4 de mayo y sólo compré un blue jeans.

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