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Las voces

de Alexis Alvarado S. (Bruno)

Al sentir el aire caliente que entraba por la ventana, no resistí. Despegué las sábanas de mi cuerpo. En el colchón quedó la cuenca húmeda. Por un momento tuve la esperanza de que se hubieran ido. Pero no, aún permanecían en el límite de mi cuarto. La taza de café, la pequeña arepa rellena con queso blanco y el vaso de agua se habían convertido en parte de la decoración. Encima de la mesa. Siempre lo mismo. Sin variación, comencé a despedazar la comida, mi única mano, la derecha, me servía como palanca mecánica para llevar los bocados, no hay hambre, sólo inercia. Hoy era uno de esos días que desee convertirme en parte del mobiliario. Estaba asqueado de todo. Ni las revistas pornográficas que hojee en la noche hicieron efecto. ¿Será que las mujeres ya no me atraían? Miré el almanaque erótico colgado en la pared y me fijé en las tremendas tetas de las puticas. ¡No!. ¡Marico no soy! Creo que estoy pasando por un receso sexual; total que entre mis pensamientos sádicos y morbosos, me comí todo el desayuno.

Ahí están, de nuevo, los gritos de la mujer de enfrente. ¿Será una histérica? Pero, si su marido le pega tanto y ella le reclama su adulterio, ¿por qué no lo deja? Nunca comprenderé ese lado patológico y que raya en lo cursi de las hembras. Las voces a medio entender y los alaridos de mi vecina celópata taladran mis pensamientos. Siento curiosidad por lo que harán ahora. No logro escuchar nada en concreto. Otra vez, el dolor. No se escuchan. Sólo los murmullos. Sé que están hablando de mí. Planifican. Maquinan. Las voces. Los gritos. La mujer. Los de afuera. ¡Cállate! Termina de matarla, pensé. Esa loca me atormenta. Me duele por entre los órganos. Como las veces anteriores, sé que pasará. Siempre sucede cuando escucho que hablan sigilosamente. Es una angustia no conocer de dónde proviene el dolor y peor aún no saber lo que hará. El aire me abandona. Debo calmarme. Respiro profundo. Los nervios me atacan. La mujer chilla, tal vez, su último aliento. No debí comer esa porquería que me trajeron. Soy un hombre atrapado en la isla de las harpías. Está cerca, muy cerca. Algo se desprende de mi cuerpo. Es un golpe seco. Puedo sentir los latidos de mi sistema circulatorio. No quiero perder otra parte. Mi pie. Me duele mucho el pie. La conversación en la sala traspasa la puerta de mi habitación. La frente exuda grandes cantidades de sudor. Quiero salir de aquí, pero ¿cómo hacerlo? Yo estoy encerrado en este cuartucho, y con el deseo de arrancarme la piel y sin poder hacer algo que me libere. ¿Qué habrá pasado con la mujer de enfrente? ¡Qué carajo! Cada quien vive su tragedia y la mía es este dolor. Las voces odiosas de esas personas que no logró ver, vuelan como moscas, se meten por todas las rendijas de mi mente y hacen insoportable mi tormento. ¡Ay! No tolero más el dolor. Mi mano útil se mueve sin permiso. Los dedos se escurren sobre los objetos, buscan la salida o, quizás, pretenden asir las voces metálicas de mis captores. Día tras día es lo mismo. Sé que ellos conspiran para torturarme. Una vez los descubrí, recuerdo que estaba en la sala, y de pronto, unas voces desconocidas empezaron a surgir por todo el espacio, nunca más me abandonaron. Eran muy extrañas, en algunas ocasiones dialogaban, a veces reían, se burlaban de mí, después apareció el dolor y por último el desprendimiento de mi mano izquierda. Es igual. Ahora le toca a mi pie. Seguro se desprenderá y dejará un nuevo vacío. Necesito acallar las voces y para ello debo salir de este cuarto. Debo destruir a mis carceleros. ¿Cómo abro la maldita puerta? Si comienzo a dar gritos, seguro me golpearán. Tengo que hacer algo desesperado. Este encierro es asfixiante. Hay tantas cosas por ver, el ruido de la ciudad, los niños que desbordan alegría e inocencia, la luz del día ya no baña mi piel ¡No! ¡Abriré la puerta! Todo este dolor comenzó como un simple juego, y ahora pretende destruir mi presencia. Cada mañana buscaba saber más y esas voces me reportaban y modelaban mi realidad, hasta que llegó un momento en que no sabía de mí. Existía sólo para escucharlas. Dejé de sentirme humano y me convertí en un monstruo de la información. Vivo sin conocer que es la realidad. Ellas filtran lo que consideran importante. Así pasé horas, desperdicié mi tiempo y lo más chocante era cuando salía y no encontraba lo que me decían. Son mentiras exageradas. Distorsiones de la verdad. Fantasmas que golpean y arrancan pedazos de mi cuerpo. Hoy, soy un hombre sin mano, sin pie y sin libertad. Sé que si no apago esos espectros, las voces vencerán.

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