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El nuevo inquilino

de Alexis Alvarado Sánchez (Bruno)

Recuerdo el momento cuando vi por primera vez al inquilino del cuarto de arriba. Es lo único interesante que me ha pasado desde que vivo con mi tía hace quince años en esta vieja posada. Aún me parece ver al señor entrar a mi cuarto y decirme con su voz pastosa: Disculpe joven. Creí... Yo soy nuevo y no...La señora me dijo...Me equivoqué de habitación. Le pedí que saliera, no sin antes decirle que fuera más pertinente en futuras ocasiones. Si es que las llegara haber. Aunque reconozco que me causó gracia y me sentí un poco avergonzado por excederme en el tono de mis palabras. El nuevo inquilino abandonó cabizbajo el cuarto. Se cerraron las puertas. Mi curiosidad se abrió. Fue una sorpresa que alquilara la habitación de arriba. Sólo el vacío la ocupó desde que mi mamá... En el lugar sólo quedó una cama, una pequeña mesa a la izquierda de la ventana y la silla de ruedas.

La luz se coló a través de la ventana, trajo consigo un nuevo día. La brisa se abrió paso entre los objetos de mi habitación. Era un aire frío que bajó por entre los muros de las casonas. Calles que albergan casas coloniales llenas de fantasmas. Un conticinio en el tiempo parece animar a la ausencia. Un crujir del pasado. Historias de papel. Personas antañas. Olor a mastranto y café recién hecho. Los cascos de caballos como castañuelas sonando en el patio. El libro sobre la antigua Caracas se despertó sobre mi pecho. Pisadas repetidas en el amanecer. Corneteos que ahuyentan y perturban el espacio. Hombres y mujeres corriendo tras los autos. Persiguiendo una realidad que se diluye en los límites de la monotonía. La voz nasal de mi tía invadió la oquedad del instante. Me reclamaba para el desayuno. Nunca perdió las costumbres del pueblo. ¡Levantarse con las gallinas! Ese era su refrán. No tuve alternativa. Rodé con mi silla al centro del patio. Como todos los días, levanté la mirada para ver las figuras formadas en las nubes. Creaba escenas con las neblinas de mi soledad. Las nubes grandes se convertían en pequeñas. Todas volaban en un valse insonoro. Gatos que se mueven en la horizontalidad celeste. Frente a mis ojos se comenzó a redondear otro sol. Nunca antes había sucedido. El calor de los soles me abrasaba. Gotas que destilan las hendiduras del tiempo. Un espejo me cubrió en toda su extensión. Una película brillante y húmeda que acaso no es mi alma sin piel como una inmensa sanguijuela que vampiriza lo único que creía mío. El inquilino de arriba justo detrás de mi silla compañera dijo: "Al lado del sol y velado por sus luces se oculta su imagen." No podía creer lo ocurrido. La antipática voz de mi tía hizo que todo se tambaleara. De un sopetón entré al cuarto. Refugio y cárcel. Me levanté furioso. Una carrera de pensamientos comenzó a surgir y nada más. Un sacudimiento recorrió mi cuerpo. Se oían las respiraciones forzadas de las bestias. Fuertes golpes. Gritos. Quejidos. La puerta de la habitación se abrió. Mi tía parada en el umbral. Sombra inamovible en el espacio. Entró sin decir palabras. Dejó el desayuno sobre la cama. Unos huevos que me miraban suplicantes. Unas lonjas de jamón que alguna vez caminaron libres. La siempre arepa, como testigo silente de nuestra americanidad. Su mirada penetró la oscuridad de la habitación. La silla de ruedas se atemorizó. Por fin descubrí lo que significó la inquisición en la historia del hombre.

Esa mañana amanecí con mucha inquietud. Estaba convencido de que lo conocía. Decidí entrar al cuarto de arriba. Desde el pie de la escalera las decisiones se hacen menos rígidas. Debía subir. Empecé a sentir la invalidez de mis piernas. Tenía que hallar la manera. El inquilino me sorprendió en la espera. Con fuerza me levantó en peso e inició el ascenso. Sentí que era muy vulnerable montado en sus brazos. El temor a lo desconocido. Mi rostro desnudo de hipocresía. A nadie le agrada un espía. La ventana del cuarto se acercó. El vacío me aguarda. No puedo evitar el destino. El nuevo señor se vengaría. Ya no sentí nada más. Sólo el colchón duro de su cama. Bajé las escaleras de un solo tirón. Cuando hube de abrir mis ojos todavía permanecía entre mis sábanas, lo único que sentí fue el olor al café mañanero y la sensación de estar a salvo de las sombras. Y una voz cantarina que terminó de romper las lagañas de mis aún adormilados ojos. La luz entró y comenzó a llenar mi cuarto de objetos y formas. Acostado en mi cama, viendo en dirección perpendicular a través de la ventana la habitación de arriba. Una mujer que se acerca a las barandas. Sus manos tapan su rostro. El llanto vuela por encima del limonero. El desayuno caliente en la mesa. La cabeza de la mujer se bambolea como si pronto se zafará del cuerpo. El grito en el vacío taladra el espacio. La masa inerte de la mujer vestida de gasas neblinosas que parecen palomas en pleno vuelo. El viento que lucha por elevar a la mujer que cae. El cabello arremolinado cubre su rostro. Arriba en el filo del balcón dos seres impávidos: un hombre y una mujer que sólo ven la velocidad de la caída. Nunca olvidaré sus sonrisas. El golpe seco que anunció la implosión de los fluidos. Una vida que se detuvo en la quietud de mi memoria acaso mi madre sólo lloró unas cuantas lágrimas de sangre. La luz fue la culpable. Ahora el silencio es más atormentador. El silencio que nunca se deja de escuchar. Alguien que perturba mi quietud y abre la puerta sin ninguna discreción. Un hombre parado debajo del marco de la puerta. Su rostro me era conocido. Su estatura sobrepasaba los límites de la realidad. Tal vez, nos encontrábamos atrapados en un espacio límbico. Siempre recordaré el momento cuando vi por primera vez al inquilino del cuarto de arriba.

Comentarios

Un corazón enamorado ha dicho que…
Como todo cuanto escribes, bueno de verdad.
Anónimo ha dicho que…
Me hizo recordar mi vida en Colinas de Bellomonte y el Boulevard de sabana Grande, cerca a "El maní es así". Quiza me anime a publicar un dia sobre mis vivencias en el edificio "Casanova". Gracias x traerme recuerdos. Desde Lima, un gran saludo.
Yony
ciudad escrita ha dicho que…
Muchas gracias. disfruto mucho cuando escribo.

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