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Yo me voy con el muerto de rumba



por Oscar Perdomo Marín

Yo me voy con el muerto de rumba. Me está esperando solitario y frío. Padece una vieja tristeza y ya nadie cree en la alcancía que dejo tapiada en el baño de la casa donde vivió hace un montón de años. Por más que el tipo se empeña en asustar, los carajitos lo cambian por la tele y él me dice que eso lo deprime y que además, los malandros hace tiempo que le quitaron el puesto. “El tema” –me confió- “es que esos bichos matan y yo ni siquiera soy capaz de provocar el más leve rasguño a nadie cuando salgo después de media noche. Los chamos me perdieron el miedo y ya la eternidad que antes era mi orgullo, ahora me resulta aburrida y ni siquiera puedo suicidarme…pero qué digo media noche, me quitaron el privilegio de disfrutarla. Tanta gente que me conjuraba y con cruces me gritaban: Vade retro, ahora se burla de mí y lo peor: me ignora. Agrégale a eso, que algunos “limpian” los lugares donde de vez en cuando me hago sentir; riegan unas aguas apestosas porque me producen póstumas alergias: perfume y vinagre revuelto con creolina ¡Qué sé yo! Cualquier cosa y además dejan velas encendidas para que desaparezca. No sé cual será mi destino, pero –por ahora- te tengo a ti, que aunque no me temes y te lo agradezco- por lo menos respetas mis derechos de muerto”.

Otra angustia para mi amigo, el finado, es la enorme cantidad de películas de terror. Él las considera “una práctica de competencia desleal”, aunque después de todo, está contento porque los chamos le están perdiendo el respeto a la poseída Linda Blair del exorcista, Drácula, el Hombre Lobo, Freddy, el cerúleo Anthony Hopkins y su gastado canibalismo en el celuloide, entre otras especialidades del amplio menú para cagarse de miedo.

Hace apenas seis décadas, aunque declinaba la “Edad de oro” de mi amigo, el muerto, aún podía verse bajo la luna menguante, en alguna esquina o el patio de la casa, fantasmas trasnochados, borrachos de incienso y despechados, porque la luz eléctrica los estaba confinando a los suburbios y estaban tratando de hacer causa común con algunos animales en peligro de extinción.

Se percibían acorralados con cada vez menos habitáculos y rincones para pernoctar y reírse un poco con los escalosfríos de los vivos. El radio de madera estilo “capillita” comenzaba a desplazar de los salones la voces de ultratumba y perdían encanto los cuentos de sobre mesa sobre “La llorona”, “El ánima sola”, “El jinete sin cabeza” y ya pocos creían en aquello del compadre que confundió el fuego fatuo al pie de una centenaria ceiba con luces de del más allá, y tuvo tan buena suerte que, tras excavar durante 27 noches encontró una codiciada botija llena de oro y joyas, que supuestamente el pirata Morgan, había enterrado allí.

Lloraba mi amigo el finado, añorando las veladas, donde él era el protagonista ausente y la gente gozaba de miedo con los pelos de punta y rezaba cuarenta padre nuestro para dormirse entre chirridos de puertas y misteriosos maullidos lejanos, que a lo mejor eran de Satanás, encarnado en el gato negro de la casa.

“No hay derecho a que eso ocurra y tampoco autoridad ante la cual quejarme” , se lamentó el finado en otra ocasión, tras maldecir a la luz eléctrica que barrió los fantasmas de las casa y para colmo las demoliciones de las casonas donde fueron los señores de la noche, los confinaban fuera de la ciudad sin derecho a pataleo. “Pero eso no es nada” –sentenció con amargura- “la televisión, aunque ahora ha perdido espacio con el internet, los castigó aún más con sus series de horror; los noticieros cargados de crímenes, algunas telenovelas y hasta los certámenes de belleza”

“Miles de mis amigos” –subrayó- “se fueron al campo para sobre morir placenteramente; otros como yo nos hemos quedado en la ciudad para iluminar a brujos, curanderos y ciertos elegidos, que trabajan para perpetuarnos en la memoria colectiva y ojo: con lo de colectivo no estoy haciendo demagogia política. Debo acotarte, por otro lado, que muchos son embaucadores de oficio, viven de la miseria ajena y algunos no nos dejan en paz, invocándonos o echando los caracoles, ungiendo a los incautos con sangre tibia de chivo o gallina en nombre de Changó y otras deidades africanas.

Nos utilizan para todo; con las cartas y el tarot; la oración del tabaco y de las ánimas benditas y algunos, los más avispados, escalan las cumbres del poder, para protegerlo y seguir echándole mierda a los de abajo.

“Pero hay más” –añadió- “tengo hermanos prisioneros del concreto. Tienen objetivos diversos, entre ellos alumbrar a empleados de revistas para que inventen el horóscopo del día. Su labor para placer de los vivos es hacer que estos y otros mercaderes prosperen incubados en la crisis. Así llenan los clasificados de los diarios con ofertas de consejos del alma, salud, fortuna, amor y sobre todo, absoluta confidencialidad. Aquí hay un tema adicional y es la competencia con los anuncios pagados donde se ofrecen masajes íntimos para ellas y ellos y entre ellos y ellas. Eso no me gusta, aunque entiendo que es una manera de perpetuarse en la ciudad y de paso contribuir con los fabricantes de velas y aguas preparadas para maldiciones y bendiciones”

También mi amigo el finado me confió la preocupación que lo embargaba por la suerte de algunos espíritus urbanos. Un número creciente de sus devotos se ven amenazados por lo que consideran “Legión de relevo”, integrada por jóvenes emprendedores con nuevas técnicas, que pregonan poseer títulos del Tibet y otros santuarios de los Himalayas, poderes del Espíritu de la Gran Pirámide, cuando no de las ruinas de Teotihuacano; legados herméticos, numerología cuántica o el mensaje del Gran Chamán del Amazonas, enviado de los hermanos superiores en la tierra.

Algunos charlatanes devienen especiales siquiatras y se enteran de más chismes que en la redacción de un periódico. Muchos incautos los prefieren, antes que a un profesional universitario, graduado en la exploración de la mente humana. Pero también se da el caso que numerosos doctores tienen sus talismanes colgados al cuello, invisibles debajo de la camisa y hasta se van a confesar con el santero. Aquí las estadísticas no penetran, aunque a veces se cuelan determinadas cosas como cuando yo vi un video en el que aparece un alto general cayendo en trance ante el poder divino. Pero la “protección del Altísimo” no lo savó del retiro.

Yo me siento cómodo con el finado. Él no se cansa de agradecerme que lo haya asumido a tiempo completo porque me dijo que sus hermanos no se dan abasto, pese al tremendo estrés que les produce la luz eléctrica y que los obliga a andar clandestinos. Su trabajo de Iluminación se hace cada vez más difícil: los hechiceros se multiplican y también los ansiosos por obtener su carta astral y así saber qué carajo harán con su futuro.

La crisis es un buen caldo de cultivo para la prosperidad de los brujos y un problema muy serio para los pobres muertos, quiero decir los elevados espíritus que afianzan nuestra frágil fortaleza para por lo menos encomendarnos a Dios ante los partes de guerra, que el crimen ofrece cada semana.

A juzgar por los hechos, los brujos no son patrimonio de gente iletrada –nunca lo fueron- Todas las cortes de alguna manera han tenido su brujo. Citamos a Rasputín, Merlín o la sombra gris de López Rega que acompañó a la Presidente argentina Estela de Perón. En el pasado reciente, un tal Horangel , oriundo de la tierra del Río de la Plata, fue tras bastidores uno de los hombres más influyentes de la farándula y política venezolanas.

El tema de los brujos tiene dos caras especialmente visibles: el que explota la ignorancia, se conecta con la religiosidad del pueblo y aquél que nutrió fuertemente el realismo mágico en la novela de Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Miguel Otero Silva. Son los espíritus que habitan en la selva y el río, la montaña y la noche, los duendes necesarios a la poesía y al universo onírico y lúdico de los creadores.

América, de Punta Arenas en el sur a Tijuana, en el norte, es tierra de fantasmas y encantamientos, de deidades que aún perviven en los pueblos indígenas y que percuten en los tambores de los afro descendientes. El mundo mágico de las vastedades sajonas es otra historia, en la nuestra hay mucho por explorar y diferenciar.

Yo me quedo con los “momoyes” que habitan en los Andes, Ellos son los señores del agua, guardianes del conuco. Allí un abuelo del páramo, cerca de Mucuchíes cree firmemente que los “Momoyes” son hijos de los hielos que se quedaron rezagados cuando los glaciares abandonaron las escarpadas cumbres, hace más de diez mil años. Ellos viven para el hombre del Ande montaña arriba donde la piedra, el agua, el hielo eterno azulenco casi fósil, parece tener alma y recoger los recuerdos ancestrales de un tiempo definitivamente perdido.

Cuando escuche al abuelo del páramo percibí a los “momoyes” en el aire, diminutos, volátiles como bailarinas de espuma; los sentí en el chasquido de la lluvia fina como arena y no me fue difícil escuchar sus violines, tambores y guitarras. La luz eléctrica no ha llegado todavía al reino de esos seres encantado y mientras así sea perdurará su leyenda, allí donde la nieve tiene brillo propio y la neblina su perpetua morada.

Muy lejos del páramo, en Caracas cae la noche y no me pregunten la razón…pero por mi real gana, me voy con el muerto de rumba.

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