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LA VENTANA.


por Bruno Mateo

Desde aquí se puede ver el puerto, dijo a su hermana. Las luces en los cerros daban una sensación franciscana. Las chicharras en los pocos árboles rompieron a llorar. ¡No me gustan! Seguro va a llover, dijo la mujer. Olía a arepa quemada. La lluvia comenzó a taladrar el techo de zinc. Te lo dije, esas bichas son pavosas, reiteró, mientras buscaba algo en la pequeña mesa al lado de su cama. ¿No has visto...?. Su hermana le dio dos pastillas con un poco de agua. La ventana avistaba todo el paisaje. El hermoso mar de la Guaira. Los techos como toboganes por donde se desliza el aguacero. Las voces que gritan desde las casas acaso cercanas y esa luz rosácea que inunda el espacio de las dos hermanas. ¡Cierra la cortina! ¡El sol me quema!, gritó la mujer acostada. Afuera, el ruido del barrio. Adentro, el silencio. La cortina se cerró. El aire salino invade cada rincón del espacio oscuro. La radio siempre encendida. Los gritos de las chicharras en su último esfuerzo. Pronto, la noche cubrirá la actividad y el miedo caminará por las rendijas del barrio. La mujer nunca deja de asomarse por la ventana. Quizás, no vendrá. La lluvia y el sol en el cielo. La ventana es un pequeño rectángulo pegado a la pared. En el plato sobre la mesa las migajas de la masa fueron invadidas por un ejército de hormigas. Nunca se cansan. Ambas mujeres se sumen en sus propios silencios. Las gotas golpean encima de sus cabezas.

En el cuarto no se podía respirar. Sólo gritos enardecidos y humo de cigarrillos. Encima de la pequeña mesa un tubo de luz sobre las manos de los hombres y mujeres reunidos. Era un grupo peculiar; por un lado, jóvenes que no pisan los veinticinco años y por el otro, personas que han sobrevivido la época de las luchas guerrilleras latinoamericanas. Mañana será el día. Las discusiones se acolaran a cada instante. Se destruye y se rehace al mundo entre esas cuatro paredes. Más abajo, en otra casa, un hombre quema con una cucharilla a un niño. La madre sólo se limita a ver el hórrido espectáculo. Todo es culpa del sistema, dice un muchacho, mientras chupa con fervor su cigarrillo. La succión fue tan sincera que en otras circunstancias produciría placer. El niño explota en un berrinche. La madre reclama al hombre, éste le golpea como queriendo asesinarla. La igualdad de los seres humanos. ¡La igualdad!, espeta una voz. Escondido entre las sombras, en un rincón formado por la unión de las paredes, el muchacho se limita a pensar acerca del día en que todo ocurrirá. Mañana. Sus pensamientos están alejados...como sus hermanas. Al lado, el caos de la mujer, el hombre y el niño quemado. El cuarto de la reunión, era un mundo perfecto. Más allá un golpe seco como de una cabeza que se estrella sobre alguna pared. ¡En nuestro país, los oligarcas han acabado con el pueblo!, dice una mujer a la que llaman la comandante. Los hielos tintinean dentro del vaso de whisky. El muchacho en las sombras pisa una cucaracha. ¡Se acabó la fiesta!, entra y dice una mujer morena. ¡Tenemos que trabajar! Y ustedes no hacen más que hablar paja, concluyó. Mañana será el día.

Las calles se hacen más angostas durante las noches. Tal vez, si me quedara fuera de todo, se dijo a sí mismo. Mientras baja por entre los caminos de tierra y cubiertos de basura, logra divisar en aquel cielo, una luz que hiere la negritud del espacio. Hay mucho silencio. Un chorro de agua pasa por encima de sus pies. Los murciélagos con sus chillidos vuelan por entre las callejuelas. Los ronquidos de los habitantes se escuchan a través de bloques y tablopán. Aún hay olores a frituras en el aire. El estómago del muchacho se retorció en un sonido gracioso. Detrás de las esquinas un grupo de niños. En un lugar apartado, bajo la luz del único farol, un policía discute con el negro del barrio. El muchacho está cansado de esa vida. La mujer aún está asomada en la ventana. La espera de algún indicio que logre sacarla de su melancolía. El joven camina por debajo. La oscuridad siempre aumenta la imaginación.

¿Cómo te sientes hoy?, pregunta a su hermana. A veces te sentirás bien, terminó de decir. No hubo respuesta. Casi nunca las hay. La mujer buscó unas pastillas y se las dio. Hoy tenemos que ir al médico, acotó. Hoy es imposible. Hay una marcha, respondió la otra. El lugar comenzó a desperezarse. Niños que llaman a sus madres, angustiados por no saber si comerán hoy. Chorros de agua que llenan los tobos de metal. Sonidos de pobreza. Ruido de voces en discusión. Dos norteamericanos que llaman a las puertas para ofrecer una realidad virtual. Sólo regalan el Libro del Mormón. La radio desde temprano anuncia que el país está convulsionado. ¡Calma! ¡Hay que tener calma! La revolución no morirá. Hay que defender los ideales con sangre, dijo la comandante a manera de sentencia. El grupo respondió con una afirmación casi hipnótica.

El muchacho se levantó. La mujer apoyó la cabeza en sus manos. La ventana. Orificio abierto a la inmensidad del vacío. Esa vacuidad que nunca se llena. Las palabras sólo intentan cubrir las fisuras de la soledad que se sienten en la casa desde que su joven hermano decidió abandonarlas. Nunca le perdonó la enfermedad de su hermana. Entre ellos se formó un eco de voces que gravitan como fantasmas. La multitud se está reuniendo. El muchacho sale decidido. Tomó una taza de café. La mujer no se siente. El calor de la fiebre la consume poco a poco. No se puede hacer nada más. Sólo esperar. Una ventana en la pared. Una posibilidad. Sus vidas pertenecen a la tierra del puede ser. Subjuntivo de un territorio imposible de asir. La mujer no desea comer.

La gente se arremolinó. La marcha comenzó. El sol incendió los techos de las casas. La gente se deshidrata, tal vez, se disuelva en pequeñas partículas que se esparcirán por el aire. Miles de personas avanzan. El mar está picado, dice la mujer desde la ventana. Voces que salen de la radio en una sola angustia. El muchacho espera en el puente. La comandante avista desde un lugar seguro. La ventana como una atalaya que espera las trompetas del triunfo. La fiebre penetra en el cuerpo. Un perro aúlla. El joven suda. Su hermana también. La marcha no debe avanzar. La gente se acerca al puente. Las pulsaciones se oyen como aquellas chicharras que resuenan en la espesura del espacio. Sólo pudo ver a una inmensa masa de personas y escuchar una voz exigiendo la defensa de la revolución. Sus últimos recuerdos volaron a aquella humilde casa con una ventana pegada a la pared.

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