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El teatro en Venezuela durante la Colonia.


Conocer las costumbres, la organización social, política, económica y las tradiciones durante la colonia.

El desarrollo de la vida social, económica y cultural de la Venezuela colonial fue lento. Es en la última mitad del siglo XVI y en el siglo XVII cuando las actividades culturales y artísticas comenzaron a florecer. Para la época, tanto Caracas, como algunas ciudades del interior (El Tocuyo, Coro, Cumana) habían adquirido categoría de ciudad en medio de terribles luchas entre conquistadores y aborígenes; en medio de saqueos por parte de los piratas, de enfermedades y pestes (la viruela), de destrucciones ocasionadas por terremotos y otros sismos (el primer terremoto que azotó a Caracas fue en 1641). En el período del Gobernador de Caracas, Osorio y del Procurador Simón de Bolivar, de 1.588 a 1597, la ciudad capital adquirió especial importancia por haber hecho éstos varias reformas urbanas, como la nivelación de la Plaz Mayor (hoy Plaza Bolivar) o la creación de las alcábalas. Al mismo tiempo estimularon las diversiones, entre ellas el teatro. En 1.600 Caracas tenía 6.000 habitantes, con varias cuadras alrededor de la Plaza Mayor, y rodeada ésta de vegas y haciendas de caña, cacao, café y otros productos agrícolas. El establecimiento de la Compañía Guipuzcuana a mitad del siglo XVIII impulsó vigorosamente el comercio en Venezuela, especialmente las relaciones comerciales con Europa (1730). Sin embargo, las familias mantuanas que formaban la aristocracia criolla, impulsaron al Capitán Juan Francisco de León (1748) a que se alzara contra la Guipuzcuana con el fin de dominar ellos el comercio local y hasta lograr cierta autoridad política frente a España, pero el movimiento insurreccional fracasó. El país había alcanzado cierto grado de desarrollo en algunas áreas, pero la actividad artística y social continuaba retrasada. La mayoría de las actividades estaban determinadas por oficios religiosos.

LA CARACAS DE ANTAÑO. Del libro de Arístides Rojas. CRÓNICA DE CARACAS. Editorial Arte. Fundarte. Colección Rescate. 1982.

Quince templos tenía Caracas a mediados del último siglo, a los cuales pertenecían algunas capillas contiguas, y cerca de cuarenta cofradías y hermandades religiosas que entre otras llevaron los nombres de Dolores, San Pedro, Las Animas, San Juan Nepomuceno, Los Trinitarios, Los Remedios, San Juan Evangelista, Jesús Nazareno, Santísimo Sacramento, Las Mercedes, El Carmen, Santa Rosalia, La Guía, La Caridad, El Socorro y La Candelaria, todas compuestas de libres y de esclavos; a manera de sociedades religiosas encargadas del culto de alguna imagen o de la fabrica de algún templo y dedicadas al servicio de las cosas divinas. Y como cada una de ellas, según su reglamento, vestía de una manera igual en la forma, aunque distinta en los colores, sucedía que, reunidas todas en días solemnes, daban a la población un aspecto carnavalesco, aunque se presentaban silenciosas y recatadas. Aceptaron unas el color azul, el blanco otras, y las había también con hábitos color púrpura, morados y marrones. Y llevaban al cuello cintas de colores, ya escapularios bordados sobre el pecho, y finalmente, escuditos de plata u oro en las mangas; pues era de necesidad que cada una cargase un distintivo, desde luego que todos los hermanos tenían de común el andar con la cabeza descubierta y con una bujía de cera en la mano. Si a la pluralidad de las cofradías y hermandades, se agregan los frailes de los conventos, con hábitos de color azul, blanco y blanco y negro, se comprenderá que una fiesta religiosa de los pasados tiempos de Caracas, acompañada de las cruces y guiones de cada hermandad, y de las cruces de la Metropolitana y de las parroquias, debía aparecer como un mosaico de múltiples colores.

En los días solemnes, como los de Corpus Cristi, Jueves Santos, etc. y también en el entierro de algún magnate español o caraqueño, veiánse reunidas todas estas Corporaciones, haciendo séquito al Ayuntamiento, Gobernación y Audiencia, pues en tales casos hacia gala cada Cuerpo e individuo del rango que representaba en la esfera política o religiosa; en si riqueza y posición social; o, finalmente, de la vanidad con que quería aparecer inflado, hueco o sólido, según los méritos que suponía tener o los que le concedieran sus semejantes. Sólo una de las hermandades tenía el privilegio exclusivo de pedir limosna el día en que la justicia humana decretaba la muerte de algún criminal: era la de calles llevando un crucifijo y un plato, e iba de casa en casa recitando el siguiente estribillo: Hagan bien para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar. A poco se escuchan cuatro o más tiros de fusil en la Plaza de la Metropolitana o en la de San Jacinto, y los dobles de las campanas de los templos. Con el producto de la limosna conseguida se pagaban los gastos del entierro, las misas que por el alma del ajusticiado debían rezarse, el regalito a la pobre familia del reo y algo para los hermanos de la cofradía, pues la justicia entra por casa.

Las cofradías y hermandades vivían por lo general, de las economías que cada una guardaban y también de la limosna pública, la cual se solicitaba de varios modos. Por lo común, en los días solemnes, a la puerta de los templos, donde cada hermandad tenía mesa cubierta de riquisima carpeta en la cual sobresalía una bandeja de plata, de plomo o de latón. Era esta operación una especie de peaje forzado, donde la concurrencia que entraba y salía del templo se veía asediada por las tropa de pedigüeños y limosneros. Y ocasiones hubo en que las diversas cofradías se disputaron la limosna de algún personaje extranjero que, atolondrado por una lluvia de gritos donde se percibían: para la fábrica del templo, etc. ; no sabiendo qué hacer, procuraban salvarse de aquel ataque inusitado. Con tal industria ganaban los santeros su vida, pues además de la limosna en dinero efectivo, llenaban el macuto a cada instante de efectos comestibles. La visita diaria de estos comerciantes religiosos al mercado público, era un hecho curioso: si por una parte los compradores depositaban en manos del santero el centavo de la limosna, después de arrodillarse y de besar la imagen, por la otra, los vendedores depositaban en el prolongado cestillo huevos y verduras, pan y fritadas que pagaba el santero con una sonrisa, y también con el permiso de besar la imagen del santo o virgen que le servía de pasaporte para llamar a todas las puertas y recibir limosnas de todos los fieles. Una de las fiestas que más entretenía a los caraqueños, durante la época colonial era la dedicada a la venta de la bulas, la cual se efectuaba cada dos años, en la Metropolitana. Lo que en los días de las Cruzadas se llamó Bula de la Santa Cruzada, fue cierta indulgencia o gracia concedida por el Sumo Pontífice a los que se apretaban en la conquista de la Tierra Santa. Con el permiso de la venta, se contribuía a los gastos de la conquista, patrocinada no sólo por los que en ella figuraba, sino igualmente por toda la cristiandad. Pero tan luego como cesó el espíritu de conquistas y remató la guerra de las Cruzadas, el Gobierno de España, después de emprender la destrucción de los moros y la civilización de los indios, hubo de obtener del gobierno de Roma el permiso de continuar con la venta de las bulas de la Santa Cruzada contra los nuevos infieles, a la cual se agregaron las de los ricos, la de composición, la de lacticinios y la de los muertos, que proporcionaron al Gobierno de España durante tres siglos cuantiosa renta.

Por la bula de la Santa Cruzada llamada de VIVIOS que compraba todo el mundo, se conseguían admirables gracias, entre otras la del ser absuelto de toda especie de crímenes; y por la la de lacticinios obtenían los clérigos licencia para comer cada unos a sus anchas, durante los días de ayuno. Por la llamada de composición quedaban favorecidos aquellos que poseían bienes pertenecientes a la iglesia, por obras pías. O dueños ignorados. Si las bulas de vivos y muertos favorecían a los necios y pobres de espíritu, la de composición era el triunfo de los ladrones, usurpadores y avaros. Un viajero francés que visitó a Caracas, al comenzar el siglo, después de hablarnos de las diversas bulas que se vendían en la capital, nos dice, respecto de la de los muertos lo siguiente: Es una especie de boleta de entrada al paraíso, pues haciéndonos salvar el fuego devorador del purgatorio, nos concede directamente a la mansión de los escogidos; pero es necesario advertir que una de ellas no puede servir sino para el alma. Así, desde el instante en que un español expira, sus parientes ocurren a la casa del Tesorero por una bula de muertos, sobre la cual se inscribe el nombre el difunto. Si la familia de éste no puede obtenerla por carecer de recursos, entonces dos o más miembros de ella solicitan en la ciudad limosna con qué comprarla, y en el caso de no poder obtenerlo, lloran públicamente y dan gritos, con los cuales manifiestan, si poco la pena que les causa la partida del pariente, mucho el que éste no haya sido provisto de un pasaporte tan esencial. La virtud de la bula no se limita a salvar el alma del purgatorio, tiene el poder de emanciparla de las llamas, donde se blanqueaba, a semejanza del amianto en el fuego. Basta inscribir sobre la bula el nombre de la persona cuyo cuerpo abandonó el alma, para que al instante las puertas del paraíso se abran para éste. La vanidad religiosa que consistía en favorecer la fábrica de los templos, en asumir a las procesiones, tenía su complemento en los entierros y en el recibimiento del viático en la casa de los ricos. En una capital donde no existían las carrera de la industria, que no comenzaron sino en 1778; donde no figuró el teatro, que no surgió sino en 1784; donde no había alumbrado público, el cual apareció casi al rematar el siglo, 1797; y donde las únicas diversiones consistían en los juegos de toros y cañas y en el de pelota, en los templos y procesiones, en los entierros y bautizos, debía buscarse solaz el espíritu y el entretenimiento social.

La vida caraqueña la sintetizaban, en pasadas épocas, cuatro verbos que eran; a saber; comer, dormir, rezar y pasear. La vida social mantenía cierta elegancia, sobre todo, por la variedad del vestido de los hombres, que consistía en casaca redonda de varios colores, chaleco bajo, pantalones cortos, zapatos cortos con hebilla y sombrero tricornio, desde la confección más barata hasta la más rica por la abundancia de bordados y piedras preciosas que brillaban en las hebillas. En lo que respeta a las damas, lo que en éstas sobresalían eran las ricas mantillas españolas y los camisones de brocado, con adorno de oro y plata, de seda los más. Las visitas de etiquetas se hacían por las tardes. En las clases acomodadas, el uso de la capa fue siempre un distintivo social, y aunque la temperatura no exigiera abrigo, la vanidad lo necesitaba. A falta de teatro, la noche en Caracas tenía sus diversiones, de acuerdo con la índole de los habitantes. Eran las procesiones del Rosario acompañadas de mala música y peores cantantes. Apenas se sentía en cada cuadra, cuando las puerta de las casas se llenaban de niños y de criados, y las ventanas de rostros marchitos y juveniles. Cuando la procesión se recogía cerca de las once de la noche, se habían cantado cien Salves y doscientas Ave Marías. Un mismo alimento nutría a los moradores de la Caracas de antaño y ricos y pobres, solicitaban la misma comida en el mercado general. No habían médicos, ni boticas, ni la química, la química del engaño y de la falsificación, no había penetrado en la ciudad de Losada; ni las conservas alimenticias habían turbado la salud de la familia caraqueña.

En los siglos XVII y XVIII mejoró la situación social y cultural del país. De esa época datan la creación de la Universidad, la creación de la Escuela de Música del Padre Sojo, la construcción del primer teatro (El Coliseo, 1748 con 1.800 butacas) y la aparición de excelentes pintores y músicos. Al mismo tiempo surgió en la clase aristocrática venezolana un importante grupo de intelectuales y pensadores que se habían formado en el espíritu de la igualdad y la libertad proclamada por la Revolución Francesa, y fueron hombres que concibieron la independencia de Venezuela y que lucharon por ella, (Miranda, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Andrés Bello y decenas más). La Corona y la Iglesia seguían controlando el poder y la economía y seguían las actividades religiosas como actividad social, pero el desarrollo cultural logrado por los criollos ricos cambió en algo el panorama, al punto de que el Barón Alejandro de Humboldt, quien visitó Venezuela en 1800, escribió en si Diario de viajes a las Regiones Equimoxiales, lo siguiente: Noté en varias familias caraqueñas gusto por la instrucción, conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana, una dedicada predilección por la música, que se cultiva con éxito y sirve para aproximar las diferentes clases sociales.

EL PROCESO DE DESARROLLO CULTURAL lo recoge JOSE ANTONIO CALCAÑO (1900-1978) en su libro LA CIUDAD Y SU MÚSICA Editorial FUNDARTE. Tipografía Vargas. 1953 1980 (reedición) Capítulos: VIDA Y COSTUMBRE DE LOS CARAQUENOS. REBELDIA LATENTE. EL PADRE SOJO.

CENTRO DE DOCUMENTACION VIRTUAL DEL TEATRO VENEZOLANO (C.D.V.Te.Ve).

Lic. Yris Navas (IUDET - Producción)
Lic. Lisett Torres Olmos (IUDET - Actuación)
Lic. Narvis Bracamonte (IUDET- Actuación)
Lic. Nestor Villegas (Ciencias Náuticas)
Lic. Moraima Carvajal (Comunicación Social)
Lic. Alberto Figueroa (Abogado - IUDET)
Sr. Pedro López Casuso (Artista - Comunicador)


Consultado en: http://cdvteve.ve.tripod.com/teatrovenezolano/id7.html el día 18.08.2010

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