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Prólogo del libro “40 autores en busca de un niño: Antología de la Dramaturgia Infantil Venezolana”



Armando Carías

I
SI TUVIÉRAMOS QUE PRECISAR el momento en que el teatro infantil venezolano comenzó a hablar con voz propia y no, como fue menester durante años, en boca de hadas, príncipes y duendes que mucho nos dijeron sobre historias y leyendas de países lejanos, pero muy poco sobre nuestras propias maravillas y nuestros cercanos asombros; si fuera necesario determinar el cuándo y el por qué del nacimiento de una dramaturgia infantil venezolana, construida con piel y huesos de nuestra tropicalidad, sufrida y gozada por seres que conocemos, vivida por personajes que se nos parecen y representada por actores que no necesariamente deben saber decir el verso al modo y estilo del Siglo de Oro; si por rigores del almanaque y fechas más o menos patrias, fuera útil para alguien fijar el día en que un actor de teatro en nuestro país se paró frente a su infantil auditorio para referirse a lobos distintos al de Caperucita y a niños menos rubios y rollizos que Hansel y Grettel; entonces, llegado ese momento, habrá que partir en dos la historia del teatro infantil venezolano.
Será obligatorio, cuando eso suceda, reconocer el esfuerzo de quienes balbucearon los primeros espectáculos infantiles de los que da cuenta nuestra escena durante el no tan lejano siglo XX y este XXI que comenzamos a andar.
Inevitablemente tendremos que aludir toda la herencia de obras que, sin haber sido deliberadamente escritas para el teatro, se integraron a éste bajo la forma de versiones y adaptaciones que los niños que hoy son nuestros abuelos, disfrutaron en algún matiné dominical.
Cuentos clásicos, zarzuelas, burletas, jerusalenes, pasos y una que otra opereta llegada a bordo de uno de esos trasatlánticos que anclaban en Puerto Cabello con sus pesados baúles y sus telones interminables; conformaron el “repertorio infantil” que, hasta bien avanzada la primera mitad del siglo pasado, nutrió nuestra cartelera teatral.
No es sino hasta los años setenta de ese siglo dejado atrás, cuando se da el surgimiento de lo que podríamos llamar una dramaturgia infantil venezolana, hecho asociado, fundamentalmente, al desarrollo de un movimiento grupal que instala las bases para que un considerable número de autores venezolanos o residentes en el país, comiencen a ver representadas sus obras con regularidad y a confrontar su trabajo con el público.
Es para estos años cuando comienza a gestarse en nuestro país una corriente fresca y renovada que estimula el nacimiento de grupos estables y elencos ocasionales particularmente sensibilizados hacia el espectáculo para niños, y con estos, la plataforma para que una generación de creadores (diseñadores, músicos, directores, dramaturgos), carentes de un escenario para la difusión de su obra, comiencen a pulsar el ánimo y la aceptación de una audiencia hasta ese entonces acostumbrada (¿resignada?) a un teatro infantil entendido como eco de no siempre fieles versiones de los cuentos clásicos, muy a la sombra, por cierto, de la interpretación disneyana de tales relatos.
Antes de los años setenta, salvo escasas excepciones, el empeño de los pioneros de este arte en nuestro país no corrió de la mano del surgimiento de historias que le hablaran a nuestros niños de sus fantasías cotidianas, de sus mitos y de sus leyendas, de sus pájaros, de sus montañas, de sus ríos, de sus ciudades, de sus gentes y del inevitable encuentro con personajes que respiran verdad.
Hoy, a la distancia, pareciera que aquello fue más heroísmo que compromiso, más aventura que militancia... en definitiva, más locura que certeza de la importancia de una expresión que nacía como respuesta a la ausencia absoluta de manifestaciones artísticas que jerarquizaran al niño como espectador.
No hay reproche, muy por el contrario, ese es el “antes” del “después”que pretendemos abordar en esta investigación llevada a cabo en ocasión de la publicación de la “Antología de la Dramaturgia Infantil Venezolana”, en la cual se seleccionaron las cuarenta obras que, a nuestro juicio, con mayor precisión representan el teatro infantil que se ha hecho en nuestro país durante las seis últimas décadas, incluidas en ellas un conjunto de piezas que dan testimonio de las temáticas y estilos que estuvieron presentes en esas primeras creaciones de que da cuenta la no tan corta historia del teatro infantil venezolano.
El presente trabajado intenta ofrecer la visión de una dramaturgia representada por multiplicidad de autores y tendencias, expresión de un teatro en el que príncipes, gnomos, gigantes y dragones, conviven en sana paz con piojos, muñecas de trapo, dioses indígenas y ratones poetas.

II

¿CUÁNDO COMIENZA EL TEATRO infantil venezolano a independizarse como género y, en consecuencia, a producir textos dramáticos específicamente dirigidos a los niños?
Para dar respuesta a esta pregunta tenemos que remitirnos, necesariamente, a una de las pocas investigaciones que sobre el particular se han hecho en el país. Nos referimos al libro Anatomía de un Chichón, en cuyo capítulo “El teatro infantil venezolano tras bastidores (Apuntes para su historia)” Nury Delgado concluye, tras una detallada relación de acontecimientos que van desde el siglo XVI hasta finales del siglo XX, que en Venezuela se puede hablar de la existencia de teatro infantil es sólo a partir de la década del cincuenta de dicho siglo.
Sustenta esta afirmación, haciendo clara distinción entre las manifestaciones teatrales que se producen en el país durante el siglo XIX y primera mitad del siglo XX, y las que surgen posteriormente, en las que, de acuerdo a la extensa investigación de Nury Delgado, se aprecian rasgos definitorios de un teatro infantil mucho más elaborado y preciso en cuanto a las características y necesidades de su auditorio.
Ello no desestima, por supuesto, la obra de un significativo número de autores dramáticos, que en períodos anteriores dan evidencia de un intento de aproximación del niño con el teatro, y a quienes Luiz Carlos Neves, en otra investigación que no debe ignorarse, se refiere en uno de sus estudios.
Cita Neves a diez autores en cuya obra encontró testimonios que demuestran la existencia de una dramaturgia con un fuerte apego a los temas escolares y a los cuentos infantiles para su desarrollo argumental.
Apoyado en los estudios pioneros de Carmen Mannarino, Efraín Subero y en diversas fuentes documentales y bibliográficas, Luiz Carlos Neves refiere los nombres de Inés Ramón Henríquez, José Ignacio Lares, Manuel Antonio Marín (hijo), José María Manrique, Nicanor Bolet Peraza, Adolfo Briceño Picón, Gaspar Marcano, Felipe Tejera, Manuel María Fernández y Berenice Picón de Briceño; todos ellos localizados en las postrimerías del siglo XIX, período en el que, ciertamente, las expresiones teatrales dirigidas a la infancia en Venezuela distaban mucho de los rasgos que han privado como criterio para la selección de las cuarenta piezas que conforman la Antología que ha dado origen a esta aproximación a la historia de la dramaturgia infantil venezolana.
Los textos en ella ofrecidos representan una muestra, lo más variada posible, del teatro para niños hecho en Venezuela a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado y primeros años del presente, y coinciden con Nury Delgado en su apreciación acerca de los rasgos que distinguen esas seis últimas décadas, como las del surgimiento y desarrollo del teatro infantil venezolano que tenemos en estos albores del siglo XXI.

III
ES EN LA DÉCADA de los años cincuenta del siglo pasado, cuando irrumpe entre nosotros una creadora que habría de revolucionar nuestro pueblerino y raquítico panorama teatral. Nos referimos a quién fuera, en considerable proporción, la máxima responsable del teatro para niños que habría de darse en el país en las décadas posteriores: Lily Álvarez Sierra, la gran dama del teatro infantil venezolano.
Lily Álvarez Sierra llega a Venezuela en 1952 y las historias que trae en sus 26 maletas son adaptaciones de cuentos clásicos (Alicia en el país de la Maravillas, Caperucita Roja, La Cenicienta). Su presencia entre nosotros inyectó un inesperado vigor a la incipiente cartelera teatral dirigida a los niños, al extremo de convertirse en referencia indiscutible para el estudio y comprensión de este arte en Venezuela.
Esta ejemplar creadora no sólo se pasea por todo el país con sus pesados telones y sus tres mil kilos de equipaje, sino que echa las bases para el nacimiento y reconocimiento del género teatral infantil como tal, habida cuenta de la seriedad y profesionalismo que le imprime a la actividad. Su temprano manejo de elementos gerenciales en materia cultural la lleva a crear en 1958 la primera escuela de teatro infantil que funcionó en el país.
La obra de Lily Álvarez Sierra es inconmensurable, más aún si la ubicamos en la Venezuela rural de los cincuenta, en la que habría que imaginársela junto a su infatigable Gabriel, concertando funciones entre Caracas y Maracaibo, en un país en donde la telefonía prácticamente era un sueño, movilizando cargas y decorados por carreteras de tierra y presentándose en escenarios que es mejor no describir. Lily Álvarez Sierra, a quien se le otorgará en el año 2002 el Premio Nacional de Teatro, fallece en Caracas, el 10 de octubre de 2003, dejando como herencia, no sólo una sólida obra y su aporte pionero, sino el talento de sus nietos, quienes hoy transitan el mismo camino de juglares andado por su abuela, ya trascendida en figura mítica del teatro infantil venezolano.
Es, en definitiva, Lily Álvarez Sierra el personaje que marca el “antes” y el “después” del teatro infantil de nuestro país.
Un “antes", según nos refiere Nury Delgado, en el cual el niño, era un invitado de segunda a la mesa del teatro y como tal, debía conformarse con lo que los adultos, que eran los espectadores “de primera”, dejaban para él: ¡cuatro siglos comiendo las sobras de jerusalenes, zarzuelas, operetas y comedias!
Lo suficiente para que los niños de la época, víctimas del más severo raquitismo teatral y crónicamente anémicos de diversión, se engolosinarán con esta hada llegada de Chile con sus mágicas historias en las que, por primera vez, reconocerían un “algo” expresamente preparado para ellos.
Esto no desestima, como hemos señalado, la obra de aquellos artistas que ya venían trabajando para los niños. Insistimos en ello, por cuanto hay valiosas evidencias de espectáculos que, sin haber sido diseñados especialmente para niños, parecieron haber llenado en algún momento ese vacío.
Tal es el caso de Orquídeas azules (1941), anunciada como “la primera opereta venezolana”, en cuyo argumento concurren personajes y situaciones de gran proximidad a lo que hoy entendemos o aceptamos como una obra para niños.
Su autora, Lucila Palacios, construyó una pieza de alto vuelo nacionalista que se inspira en las leyendas de Guayana y que Castro Fulgencio López, al ser citado por Nury Delgado, calificará en su momento como “hermana de las maravillosas reminiscencias de los cuentos de Grimm, de Perrault y del viaje encantado de los niños de Maeterlinck en la búsqueda infructuosa del pájaro azul”.
Lo demás, hacia delante, es historia reciente, lo suficiente como para que la mayoría de los nombres y títulos que consideramos para la definitiva selección de las cuarentas obras que conforman la publicación que ha dado pie a esta ponencia, sean demasiado cercanos, demasiado próximos en la memoria (y también en los afectos).


IV

DEFINIDA LA DÉCADA de los años cincuenta del siglo pasado, finales de la dictadura Pérezjimenista e inicios del período democrático representativo, como la que determina el comienzo de la contemporaneidad de nuestro teatro infantil, es justicia incluir, junto al nombre de Lily Álvarez Sierra, aún cuando sin la proyección de ésta, los de Eduardo Francis, Freddy Reyna y Esther Valdés, cuya labor pionera forma parte de esa historia afortunadamente reivindicada por trabajos como el de Nury Delgado, con quien el teatro y los niños tienen una deuda de gratitud por ayudarnos a rescatar su memoria en el libro ya aludido.
Sin embargo, la respuesta a una pregunta lleva a la formulación de otra: si los cincuenta marcan los inicios del teatro infantil en Venezuela, ¿a partir de cuándo podemos comenzar a hablar de una dramaturgia para niños?
Comencemos, entonces, por aclarar qué entendemos por dramaturgia infantil.
Aquí se presenta el mismo problema que se plantea cada vez que alguien intenta rescatar la tan vieja como inútil discusión acerca de la diferencia entre teatro “infantil” y teatro “para niños”.
¿Cuál es la diferencia entre una cosa que es “infantil” y una que es “para niños”?
“Infantil”, según la mayoría de los diccionarios, es “relativo a la infancia”, en tanto que ésta es definida como “período de la vida comprendido, aproximadamente, entre el nacimiento y los siete años”. Así, la condición de “infante” la tienen aquellos niños o niñas de dicha edad, con todo lo cual el teatro infantil sería, según estos parámetros, aquel que va dirigido a niños no mayores de siete años. Ridículo, ¿verdad?
Con la expresión “para niños” sucede algo parecido: ¿es “para niños” porque quienes lo hacen son niños? o, ¿será que quienes trabajan en él son adultos que actúan para niños? O, a lo mejor, las dos cosas a la vez, es decir, ¿niños que hacen teatro para que otros niños lo vean? o ¿no será acaso el que siendo hecho por niños puede también ir dirigido a los adultos? ¿Qué demonios es teatro para niños? y ¿qué es un niño? Volvamos al diccionario:
Niño: “Que se halla en la niñez, que tiene pocos años, que tiene poca experiencia".
Niñez: “Período de la vida humana que abarca desde el nacimiento hasta la adolescencia”.
El asunto se complica ya que, según esto, se es infante hasta los siete y niño hasta los dieciocho.
Con respecto al teatro “infantil” o “para niños”, pareciera que tan bizantina cuestión tiene su origen en la compañías conformadas por niños y por niñas en el siglo XIX, las cuales, para diferenciarlas de los elencos adultos, eran llamadas “infantiles”, a pesar de que no necesariamente se presentaban ante una audiencia infantil ni sus espectáculos tenían estas características.
Por alguna razón y con la gratuidad de este antecedente, comenzó a generalizarse tal conseja, no existiendo etimológica ni conceptualmente ningún razonamiento que la sustente. Se trata de una calificación tan absurda y vacía como pretender etiquetar la literatura “infantil” como aquella que hacen los niños, la música “infantil” la que componen y ejecutan los niños y la pediatría, que es “medicina infantil” , aquella en la que los médicos y las enfermeras son niños y niñas que diagnostican, medican y operan a las personas.
Volvamos, entonces, al origen del problema y adoptemos como mero formalismo el uso de una u otra palabra para designar el mismo asunto y que, en el caso que nos ocupa, se refiere claramente a aquellas obras dramáticas escritas para niños y niñas, independientemente de la edad de su autor, de sus intérpretes y, por su puesto, del público que pueda apreciarlas.
En lo sucesivo, cada vez que hablemos de dramaturgia infantil o para niños, nos estaremos refiriendo exactamente a lo mismo.
Aclarado el punto, pasemos a respondernos la pregunta que originó esta tan inútil como inevitable digresión: ¿a partir de cuándo podemos comenzar a hablar de una dramaturgia para niños en Venezuela? Resulta revelador comprobar que no es sino hasta bien avanzada la década de los setenta del siglo XX, cuando comienza nuestro teatro para niños a dar señales de un desarrollo dramatúrgico que permita suponer el surgimiento de propuestas autorales propias, lo que podríamos llamar una dramaturgia infantil venezolana.
Por supuesto que las excepciones siempre confirmaran las reglas y buena parte de esas excepciones están presentes en esta investigación.
Por otra parte es lógico y comprensible que transcurrieran casa tres décadas desde la llegada de Lily Álvarez Sierra a nuestro país, para que germinara un movimiento grupal que, a nuestro juicio, incide de manera determinante en el nacimiento de una joven dramaturgia infantil.
Hablamos de excepciones y éstas tienen nombre y apellido en el tránsito de los años que van de 1952 hasta 1975, y son los que testifican la obra de creadores como María Luisa Escobar, Manuel Trujillo, Gilberto Agüero, Alicia Ortega, Levy Rossell, Germán Ramos y Clara Rosa Otero, esta última promotora de un proyecto de particular relevancia como el Teatro Tilingo, en el cual desarrolló una intensa actividad, adaptando obras de la literatura universal, mitos y leyendas indígenas y versiones de cuentos de la picaresca tradicional venezolana.
Casos similares los de Alicia Ortega (Las cuatro tablas), Levy Rossell (Arte de Venezuela) y Germán Ramos (Porque un día salga el sol sin nubes que lo oscurezcan); creadores cuyo aporte grupal fue determinante en la conformación del teatro infantil venezolano, de su dramaturgia y de su historia.
En otros casos y lamentablemente, ya fuera por la dificultad de ubicar al autor o a sus familiares, o por la inexistencia del texto que pudo dar origen a su puesta en escena, muchas de las líneas que dieron vida a algunos de los montajes de las obras de éstos y otros autores, se las llevó el olvido. Otras, tras un seguimiento casi detectivesco, pudieron ser rescatadas e incorporadas al trabajo de recopilación que aludimos aquí.
Es lo que en un estudioso llamaría “limitaciones de la investigación” y que, en nuestro caso, representa el dolor de verificar lo frágil de nuestro oficio, su esfímera y vulnerable memoria.

V

CABE, ENTONCES, PREGUNTARSE: ¿cuáles son las razones que determinan esa segunda gran coyuntura del teatro para niños en nuestro país? ¿Cómo y de dónde surge esa dramaturgia que comienza a hablarle a nuestros niños y niñas de héroes y paisajes propios? ¿Quién o quiénes tomaron la decisión de destronar a príncipes y dragones de nuestras salas para aventurarse por caminos más próximos y reconocibles para la infancia venezolana?
Las respuestas a estas preguntas nos conducen de manera clara a un artista que, al igual que Lily Álvarez Sierra, marcó de manera determinante el momento que le tocó protagonizar como la gran figura del teatro infantil venezolano de la década de los setenta.
Nos estamos refiriendo a Rafael Rodríguez Rars, referencia inevitable para la comprensión del teatro infantil que se hace en el país durante las décadas posteriores. Rodríguez Rars con su grupo Teatro de Arte Infantil y Juvenil (TAIJ), fundado en 1975, inaugura un estilo novedoso de hacer teatro infantil entre nosotros, sorprendiendo con espectáculos cargados con una fuerte dosis de crítica política y social, planteando temas absolutamente inéditos en el teatro para niños en Venezuela, como la lucha de clases, la corrupción, el fascismo, confrontados con originalidad y valentía a un público habituado a historias convencionales.
Hay que acotar, no obstante, que el trabajo dramatúrgico de Rodríguez Rars es arropado por el de director, al punto de que muy pocas personas reconocen en él al autor de las mayoría de las obras que llevó a escenas con el TAIJ, muchas de ellas trabajadas en coautoría con Yolanda Tarff.
Sin embargo, es a partir de él y como consecuencia de la influencia que ejerció sobre las nuevas generaciones de creadores que se asomaban a la escena en aquellos años, que el teatro infantil venezolano, y con éste su dramaturgia, comienza a plantearse propuestas temáticas y espectáculos de mayor riesgo y experimentación.
Entre los trabajos más representativos de este autor, fallecido en Caracas el 7 de diciembre del año 2001, figuran La Escalera de Rico Mc Pato, La Loca Ciudad, La caja de las sorpresas, Glu Glu, el perro que habla, La Isla de los Soñín, Lanzalote en el siglo XXI y, a nuestro juicio, su pieza más exitosa: La imaginable imaginación.

VI

IMPULSADO POR INFLUENCIA de Rodríguez Rars y motivado por el éxito de sus llamativos montajes, se comienza a gestar en el país un sorprendente “boom” de grupos teatrales para niños, que tiene como lógica consecuencia la escritura de numerosos textos que posibilitan la producción de espectáculos o que se desprenden de éstos.
La diversidad es el signo que marca a esta nueva generación de creadores, con propuestas tan diversas en las que los clásicos comienzan a mezclarse con historias de ciencia ficción, el realismo con la fantasía, espectáculos multimedia con trabajos de calle, piezas marcadas por el costumbrismo que van de la mano con la comedia del arte y el circo, todo un festín dramatúrgico-literario al que le cuadraría de maravilla la expresión acuñada por el titiritero colombiano Iván Darío Álvarez: “El arte es, a fin de cuentas, como un gran restaurante en donde todos los platos son a la carta”.
A la par con este escenario, comienzan a darse convocatorias a talleres y concursos de dramaturgia infantil, entre las cuales merecen destacarse los de la Universidad Central de Venezuela, la Fundación José Ángel Lamas y la Asociación Venezolana del Profesionales del Teatro (AVEPROTE), de los cuales salen títulos representados y publicados, en una acción desencadenante que promueve el nacimiento de nuevos talentos que son los que, fundamentalmente, sostienen el teatro para niños de los años posteriores.
Si a ello sumamos la acción determinante del Teatro Infantil Nacional (TIN), institución que con su proyecto “Todos para Uno” motivó la incursión en la dramaturgia para niños de autores de gran prestigio, hasta ese entonces exclusivamente dedicados al teatro para adultos, y al reconocimiento, por medio del Premio TIN, a los escritores del género, habremos de concluir ratificando que, en efecto, son los años que van de los setenta a los noventa del siglo XX los que marcan el nacimiento, desarrollo y consolidación de una dramaturgia infantil venezolana, un movimiento con personalidad definida, particularmente sensibilizado hacia la búsqueda de un lenguaje propio y de una temática representativa de nuestros valores y de nuestra identidad.
El acopio y difusión de los textos más representativos de esta dramaturgia es el objetivo de la antología que hemos enunciado, publicada en el año2005 por el Fondo Intergubernamental para la Descentralización –Fides– y en la que se incluye un conjunto de obras que por su singularidad histórica también merecen ser conocidas por las nuevas generaciones.
Los criterios que se tomaron en consideración para la selección de las obras incluidas fueron los siguientes:
Obras ganadoras de premios de dramaturgia infantil u otros reconocimientos.
En esta categoría se ubica La historia del Cid Escobante, de Rubén Martínez Santana; ¿Quién se comió el cuento?, de Lali Armengol; La luna de Jabillo, de Jaime Barres; Los días de contar estrellas, de Omer Quieragua; ¿Quién se tomó la Vía Láctea?, de Luiz Carlos Neves; ¿Qué sueña el dragón?, de Mireya Tábuas; Capullito de alhelí, de Armando Holtzer; Pasa que no pasa pasando, de Carlos Sánchez Delgado; Sintonía o ¡Hay un extraño en mi casa!, de Elio Palencia; El circo más grande del mundo, de César Sierra; Perro callejero, de Irma Borges; Billo’s para niños, de Alecia Castillo y Alas de primavera, de Eddy Díaz Sousa.
La mayoría de estas obras fueron llevadas a escena y cumplieron exitosas temporadas en salas de Caracas y del interior del país, razón por la cual muy probablemente también merecerían estar en la segunda categoría creada para clasificar las piezas que se detallan a continuación.

Obras exitosas durante su representación.



En esta categoría hemos ubicado: Los juguetes perdidos de Aquiles, de Néstor Caballero; Cajita de arrayanes, de Lutecía Adam; Amalivaca: una fábula, de Carmelo Castro; El feliz viaje del grillito loco, de Germán Ramos; La rebelión de los títeres, de Julio Riera; Hubo un árbol, de Pedro Riera; Las aventuras de Piojito, de Gilberto Agüero; Buscando a Dodó, de Romano Rodríguez; El caballero verde, de Xiomara Moreno; Sigfrido contra el gigante, de Javier Moreno; La imaginable imaginación, de Rafael Rodríguez Rars; El tesoro de Rosalía, de Rossana Veracierta y Martín Brassesco; ¿Por qué los gnomos menean la cabeza?, de Morelba Domínguez y Armando Carías; El lobo es el lobo, de Alicia Ortega; Hola público, de Levy Rossell; El último vendedor de ilusiones, de Diego Sadot; La bruja encantada, de José León; Teresita, de Hely Berti y Mátame de risa de Karín Valecillos.
Como se aprecia, éste es el grupo mayoritario de obras, hecho significativo, ya que su inclusión está determinada por las variables más apreciadas para un espectáculo teatral: la aceptación del público, el elogio de la crítica y el crecimiento artístico.

Obras escritas por personalidades del medio intelectual venezolano.

Finalmente, un grupo de obras que, además de sus méritos literarios y sus cualidades como teatro infantil, revelan el singular honor de haber sido escritas por relevantes personalidades de las letras venezolanas, lo cual, en un ambiente de tanta indiferencia y apatía hacia el género, se convierte en un hecho que no puede dejar de señalarse.
Aquí hemos ubicado Orquídeas azules, de Lucila Palacios; La hija de Juan Palomo, de Ida Gramcko; Los grillos de la muerte, de Velia Bosch; La guerra de Tío Tigre y Tío Conejo, de Rodolfo Santana; La viveza de Pedro Rímales, de Arturo Uslar Pietri; La Cenicienta en Palacio, de José Antonio Rial; La sopa de piedras, de José Ignacio Cabrujas y El príncipe encantado, de Gabriel Martínez.
En necesario señalar que a todos los autores presentes en la Antología se les invitó a revisar y corregir sus obras si así lo deseaban. Algunos aceptaron retocar líneas que, a lo mejor, en su ocasión no fueron todo lo precisas que ellos hubieran deseado. Otros optaron por ser fieles a sus originales o, simplemente, consideraron que no había en sus textos nada que cambiar. Hubo, incluso, quienes solicitaron se publicara la versión que de su obra había hecho el director o grupo encargado de su puesta en escena.
En el caso de autores fallecidos, se solicitó la autorización de sus familiares, por lo que la versión que se publicó es la que éstos suministraron o, en su defecto, la que llegó a nuestras manos después de ser rescatada de alguna gaveta olvidada o gracias a la gentiliza de un amigo.
En cuanto al criterio utilizado para contextualizar las obras, optamos por asociarlas con los eventos y circunstancias que hicieron posible su nacimiento y proyección como productos dramáticos, vinculándolas con los grupos que materializaron su montaje.
A los efectos de su presentación y por razones metodológicas, las obras fueron organizadas cronológicamente (1941-1974, 1978-1988, 1988-1992 y 1993-2002).
Obviamente, pudieran aplicarse otros criterios y clasificarse por temáticas o según las edades del público al cual van dirigidas, por ejemplo. Todos serían igualmente válidos y seguramente muy útiles a los efectos de hurgar en sus referentes históricos y en la motivación para su escritura.
Atendiendo esta inquietud y como complemento lógico de un trabajo que aspira orientar en el conocimiento de la dramaturgia infantil venezolana, cada una de las obras que se ofrecen están antecedidas de una síntesis biográfica del autor o autora y un comentario que, de alguna manera, ilustra la semblanza que de éste se hace.
40 autores en busca de un niño no es únicamente un trabajo antológico. Es también el registro de una parte significativa de la historia del teatro infantil venezolano; es un documento que nos habla de su evolución y de sus artífices. Es el testimonio de un tiempo y de un espacio.
Es el espejo que nos devuelve la imagen de los niños y niñas de nuestro país, de sus paisajes y sus gentes.
Aspiramos que lo laborioso de la tarea emprendida, tenga su correspondencia en la difusión del trabajo de los cuarentas autores que han salido en la búsqueda de ese niño, que también aspira encontrar a ese creador que sepa hablarle de su teatro, de su realidad y, sobre todo, de sus sueños.

Caracas, noviembre 2006


Obras que contiene el libro “40 autores en busca de un niño: Antología de la Dramaturgia Infantil Venezolana”
Tomo I


Orquídeas azules (1941), Lucila Palacios.
La viveza de Pedro Rimales (1950), Arturo Uslar Pietri.
La hija de Juan Palomo (1955), Ida Gramcko.
El príncipe encantado (1959), Gabriel Martínez.
¡Hola público! (1967), Levy Rossell.
La sopa de piedras (1971), José Ignacio Cabrujas.
El lobo es el lobo (1972), Alicia Ortega.
La rebelión de los títeres (1973), Julio Riera.
Hubo un árbol (1974) Pedro Riera.
Las aventuras de Pio Jito (1974) Gilberto Agüero.

Tomo II

La inimaginable imaginación (1978), Rafael Rodríguez Rars.
Cajita de arrayanes (1982), Lutecia Adam.
El feliz viaje del grillito loco (1982), Germán Ramos.
Amalivaca, una fábula (1983), Carmelo Castro.
¿Por qué los gnomos menean la cabeza? (1983), Armando Carías y Morelba Domínguez.
¿Quién se comió el cuento? (1984), Lali Armengol Argemí.
Los días de contar estrellas (1984), Omer Quieragua.
La luna de Jabillo (1984), Jaime Barres.
Sigfrido contra el gigante (1986), Javier Moreno.
Los juguetes perdidos de Aquiles (1988), Néstor Caballero.

Tomo III

El último vendedor de ilusiones (1988), Diego Sadot.
La historia del Cid Escobante (1990), Rubén Martínez Santana.
Sintonía o… ¡hay un extraño en mi casa! (1990), Elio Palencia.
La guerra de Tío Tigre y Tío Conejo (1990), Rodolfo Santana.
¿Quién se tomó la Vía Láctea? (1990), Luiz Carlos Neves.
La Cenicienta en palacio (1990), José Antonio Rial.
¿Qué sueña el dragón? (1990), Mireya Tábuas.
Buscando a Dodó (1991), Romano Rodríguez.
Pasa que no pasa pasando (1991), Carlos Sánchez Delgado.
Los grillos de la muerte (1992), Velia Bosch.

Tomo IV

Capullito de alhelí (1993), Armando Holtzer.
El caballero verde (1994), Xiomara Moreno.
El tesoro de Rosalía (1996), Martín Brassesco y Rossana Veracierta.
La bruja encantada (1997), José León.
Perro callejero (1999), Irma Borges.
El circo más grande del mundo (2000), César Sierra.
Billo’s para niños (2001), Alecia Castillo.
Alas de primavera (2001), Eddy Díaz Souza.
Teresita (2001), Heli Espinoza Berti.
Mátame de risa (2002), Karín Valecillos.

Tomado de: www.prosoema321.blogspot.com (consultado en 25 de agosto de 2009)

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