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GRACIAS A CORTÁZAR



por Bruno Mateo

en una clase con William Osuna, poeta venezolano homenajeado del FESTIVAL DE POESÍA 2010


Entrar en un taller de poesía que comience con la frase “Gracias a Cortázar…” es comulgar con las letras y su mundo fascinante y si lo dice un poeta como William Osuna, cantor del Guaire ya es meternos en algo grande. El escritor dice que los libros de Julio Cortázar hicieron que él creyera en la poesía. Yo asistí a la clase del 06.05.2010 a las 5 pm del taller de poesía que dicta Osuna en la sede de UNEARTES hacia los lados de Bellas Artes en la ciudad de Caracas. Al llegar, veo al escritor, un hombre alto con sus cabellos ensortijados visiblemente canosos y con lentes como adminículos propios de una persona que ha desgatado su vista en leer y observar. Después de las normales presentaciones, él me invita a tomar asiento justo en la diagonal de su mano izquierda en primera fila. Un aire fuerte entra por los ventanales del piso 6. Una música de tambores nos recuerda que nos encontramos en una sede para las artes. Comienza la clase. Un joven con rasgos indígenas sentado a mi derecha, quien después dice con orgullo que está relacionado con el pueblo pemón recuerda la actividad de hoy. Ojalá cada venezolano y venezolana se sintiera agradecido y fortalecido al decir que descendemos de los habitantes originarios de esta tierra llamada Venezuela.
Poco a poco entran algunos estudiantes rezagados y pasan callados. “La gente cuando viene en silencio me da miedo” lanza Osuna al grupo y la frase entra a mis oídos y enciende el motor de la imaginación, activa a esa “loca” encerrada en la habitación por su hermana la razón. El poeta habla de los pueblos originarios de nuestra América. Habla de los colores de las pieles de y se plantea cómo será el color aceitunado de los indígenas del que tanto hablaban los libros de historia de los primeros grados de la escolaridad. ¿Cómo puede caber esa aseveración en una mente de un niño o niña cuando le dicen que los indígenas son de color aceituna? Las palabras del creador saltan de un tópico a otro. Siguen una lógica de pensamiento: Imágenes sueltas; frases sin estructura lineales. El pensamiento es como una barahúnda de sensaciones, voces, figuras que gravitan por la mente y así tal cual es William Osuna, es pensamiento puro preñado de imágenes y sensaciones. Se acerca a la ventana y observa a Caracas hacia el lado este de la ciudad. El cielo está límpido y con un color rosáceo. Lo veo transformado en un niño que con curiosidad intenta descubrir algo nuevo. De pronto, se voltea y dice “El poeta debe transgredir los límites” Sentencia firme de un adulto. Ese es Osuna. Un hombre lleno de contradicciones ¿Acaso los hombres y mujeres reales no lo somos? Y prosigue con sus palabras: “un taller de poesía no se hace de la sapiencia del profesor. El taller es para que el y la estudiante forme su propio concepto y su verdadero mundo poético”. Este taller es como un cuerpo libre. Es un viento que entra y sale por la ventana abierta de la imaginación. “Quiero darle una amplitud a las cosas, es necesario que cada quien fluya libre. Quiero repartir el verbo para todos. Que cada quien asuma la realidad como la mira. El gran protagonista es la palabra” (W.O). La metodología es simple: se escoge un tema y se comienza el debate. El alumno pasa a ser el profesor y el profesor aprende de los alumnos. Es una comuna de ideas. Es un colectivo al servicio de un fin común en donde se aceptan las diferencias individuales y se asumen como propias.
Ya se acercaba la hora de finalizar el taller. Pensé que todo había llegado a su fin. ¡Pues no! Un muchacho dice que se siente muy bien por ser hombre y que los varones son el objeto de inspiración de la creación de las mujeres poetas. Apareció otra discusión de géneros. Mis compañeras poetas levantan sus voces en contraposición de semejante aseveración machista. Fue fascinante ver como las féminas deconstruyeron semejante discurso producto de una cultura fálica. Al final, Osuna advierte que la poesía no conoce de sexo ni identidad de géneros.
Estas dos horas que pasé con el poeta William Osuna me dejaron una sensación de triunfo. Una sensación de conquista. Una conquista de mi identidad como ser individual y como ser social.

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