martes, 2 de junio de 2009

Algo sobre Ifigenia de Teresa de la Parra

Una carta muy larga donde las cosas se cuentan como en las novelas” (Algo sobre la novela Ifigenia de Teresa de la Parra)

por Bruno Mateo

En Ifigenia (1924) de la autora venezolana Teresa de la Parra “estará novelizado el conflicto entre un mundo y una concepción ideológica colonial, sostenida y argumentada por personajes como la Abuelita y la Tía Clara y un mundo y una concepción ideológica complejos, a ratos contradictorios, en los que se destacan elementos semánticos propios de un estilo de vida moderno”[i]

Este es el universo en donde vive el personaje María Eugenia Alonso y que trae de un Paris de mentalidad urbano y cosmopolita en contraposición a una Caracas rural y de mentalidad colonial.

Esta contradicción entre mundos ideológicos tan disímiles es lo que permite y favorece a este personaje en la escritura de “una carta muy larga donde las cosas se cuentan como en las novelas” y su posterior diario, cuya característica estética consiste en la capacidad de nombrarse a sí misma en su proceso de elaboración y de nombrar, igualmente, la crisis de identidad de María Eugenia Alonso.

En la medida en que este personaje de María Eugenia Alonso habla a través de la carta a su destinatario, Cristina de Iturbe, enuncia la novela, la cual, a su vez, se reflexiona. Durante el proceso de enunciación trae una suerte de operación metalingüística. La carta, como forma narrativa del discurso, es un elemento catártico y con la cual, María Eugenia hace una exploración de sí misma; “ya no me considero en absoluto personaje secundario”.

Además de que permite fijar una postura crítica frente a una realidad literaria: “tengo la pretensión de creer que valgo un millón de veces más que todas las heroínas de las novelas que leíamos en verano tú y yo, las cuales, dicho sea entre paréntesis me parece ahora que debían estar muy mal escritas “(Ifigenia, p. 9)

La ruptura de María Eugenia, que es a su vez la ruptura de la novela misma, frente a la literatura romántica, se expresa, precisamente, a través de esta conciencia crítica. En Ifigenia, existe una distancia con respecto a las novelas románticas, tan ganadas a la autobiografía y a la exacerbación de los sentimientos, es por ello, que el personaje considera cursi escribir un diario: “considero que es una gran tontería, y me parece además de un romanticismo cursi y pasadísimo de moda, el que una persona tome una pluma y se ponga a escribir su diario” (Ifigenia, p. 81)
Sin embargo, la narradora utiliza esta forma discursiva, la cual, a su vez configura a la novela, es decir, en Ifigenia existe un diálogo permanente entre formas discursivas epístola-diario-novela. He aquí, la audacia literaria de Teresa de la Parra dentro de su autoría que juega, dentro de la literatura, con voz propia.

En Ifigenia hay un tono íntimo y confesional que conforma su aparente verdad, o lo que es lo mismo, existe una actitud de defensa de la verosimilitud como novela: “Tú y yo, todos los que andando por el mundo tenemos algunas tristezas, somos héroes y heroínas en la propia novela de nuestra vida, que es más bonita y mil veces mejor que las novelas escritas” (Ifigenia, p.10)

El sentido de la carta, como luego del diario, está dado por este propósito confesional y catártico. La escritura del diario se realiza en un espacio íntimo, en la soledad del cuarto de María Eugenia Alonso, el cual, busca evitar una posible irrupción de algún elemento externo a éste, ya que el encierro pareces ser la única alternativa del personaje para poder realizar la escritura de la carta-diario, ante una imposible libertad de acción y de criterio en este medio familiar de mentalidad colonial. Es por ello, que el personaje dice: “…te escribo en mi cuarto cuyas dos puertas he cerrado con llaves” (Ifigenia, p.10)

En esta soledad del encierro de su cuarto, el personaje puede desarrollar su actitud crítica frente a un medio familiar y social que agobia su libertad para reflexionar. Allí, en ese espacio íntimo, es donde María Eugenia Alonso logra ejercer su autoría como escritora, mediante su juego dialógico de carta-diario, que a su vez, constituye la configuración de la novela en sí misma. Sin embargo, su autoría tiene que ser disfrazada en aquellos momentos cuando se ve descubierta, en este caso por su tío Pancho, por esa mentalidad de tipo colonial a la que se ve sometida.
“A oír tan inicua indiscreción, salté al instante sin dejarte concluir: ¿Escritora?... ¿Escritora?... ¿Yo?... ¡Vamos, qué disparate!...¡Ah!...por más que sí… ahora recuerdo… tú te refieres sin duda a unas recetas de cocina que estaba ya copiando el otro día” (Ifigenia, p. 226)

Aquí, la narradora logra justificar frente a la ·doxa” u opinión pública su realidad como escritora, haciendo de ésta una irónica comparación con unas recetas de cocina.

La autoría en Ifigenia es encubierta por una aparente incapacidad y al igual que las autoras del Siglo de Oro Español como aquellas expuestas en el capítulo “Prólogo de autora y conflicto de autoridad” de la escritora Lola Luna que deben utilizar el exordio “como una función persuasiva, el cual, se dirige a un público-lector que no debe maravillarse de que una mujer escriba un libro, y de que sea la autora públicamente” (p. 43) De la misma manera, María Eugenia, intenta persuadir a la autoridad patriarcal, en esta caso, personificada en César Leal, su prometido, de que es imposible que ella pueda ser autora de algún tipo de literatura que vaya más allá de unas recetas de cocina, y aún más, cuando su prometido es una figura pública. Su autoridad está apoyada en la opinión pública.

Él es “Senador de la República”; “Doctor en Leyes”; “actual Director del Ministerio de Fomento”. Aquí, en Teresa de la Parra, al igual que las narradoras del Siglo de Oro del “Prólogo de autora…” de Lola Luna, se puede encontrar que la mujer pasa de ser el sujeto del enunciado al sujeto de la enunciación, en este caso, mediante formas discursivas distintas; la primera, a través de su carta-diario, y las últimas, con sus prólogos con función persuasiva dirigidos a un público-lector.
No obstante, la variante que se encuentra en la autora venezolana es que ella hace de su autoría un juego de enmascaramientos, con el cual, el personaje de María Eugenia Alonso intenta persuadir, por un lado, a César Leal, y por el otro, a la Abuelita, quien representa para ella, la garante de unos patrones sociales y morales establecidos y que atentan contra la capacidad crítica y reflexiva de las mujeres de principios de siglo XX en Caracas, escenario de la novela.
Teresa de la Parra echa mano de un juego de simulaciones, con el que el personaje quiere pasar como una persona incapaz de asumir una actitud crítica, puntualmente, aquí se manifiesta una confrontación paródica-burlesca, cuando su prometido lee algunos fragmentos del discurso que dará ante el Senado del Congreso de Venezuela, y el cual está lleno de connotaciones cursis articulado bajo un tono solemne.

“César Leal ahogó mi discusión con tío Pancho, porque comenzó a leerlas diversas agrupaciones de entidades heterogéneas, que fundidas en un mismo credo heroico, comulgaron ubérrimos e inmarcesibles en las palpitaciones étnicas y sociológicas de nuestra gesta magna” (Ifigenia, p.226)

María Eugenia escribe una larga carta y un diario, a los cuales considera como formas expresivas, pasados de moda, a la vez, que observa de una manera paródica a la heroína romántica, ya que ella sabe y se desea diferente.

Este personaje sólo parece encontrarse a sí misma en la escritura de su carta y posteriormente de su diario, es decir, en aquello que la nombra y refleja, realizando un acto íntimo y privado, encerrada en la soledad de su cuarto. Se podría, incluso, decir que en Ifigenia se observa lo que Ellen Moers he denominado recientemente “gótico femenino” para referirse a las ansiedades hacia el espacio que a veces parecen dominar la literatura femenina del siglo XIX y de sus descendientes de principios del siglo XX.

“Recluidas literalmente en la casa, recluidas de forma figurada en un único lugar, encerradas en salones y encasilladas en textos, aprisionados en cocinas y conservadas en estrofas, las artistas encuentran natural…confundir su sentimiento de estar ligadas al hogar con su rebelión contra estar ligadas al deber” (Gilbert, Sandra y Gubar, Susan: La loca del desván. Ediciones Cátedra, Feminismos, p.98)

El encierro, su soledad, propician el momento sagrado de María Eugenia Alonso, haciendo de éste la única alternativa para reflexionarse ante una imposible libertad de actuación y criterio en el medio familiar:

“…me parece muchísimo más prudente no mencionar mi libertad delante de tío Pancho y también por esta razón me he encerrado hoy en mi cuarto desde muy temprano y escribo…escribo…escribo ¡Ah tía Clara, eso es lo que tú no sospechas! Cuando estoy encerrada en mi cuarto no leo, no; escribo todo aquello que se me antoja, porque el papel, este blanco y luminoso papel, me guarda con amor todo cuanto le digo y nunca jamás se escandaliza ni me regaña ni se pone las manos abiertas sobre los oídos” (Ifigenia, p. 98)

Es por ello que la Abuelita, como personaje que guarda, dentro de su esquema moral, la autoridad patriarcal, siempre está llamando la atención de su comportamiento:
“¡No estás poniendo atención, María Eugenia!... y es que te figuras que es una gracia no saber calar; y que te rebajas porque en lugar de un libro tienes una aguja entre las manos” (Ifigenia en Obras, p.100)

En la novela Ifigenia (1924) se puede apreciar la lucha, no sólo de una mujer que intenta hacer valer sus derechos como persona reflexiva y crítica frente a una comunidad, en la que los valores son dictados por el género masculino y que responde, por ende, a los intereses propios del patriarca, sino más bien, es un discurso narrativo, en el que, la autoría femenina pasa a convertirse en una voz que enuncia a la mujer desde su propia realidad.

UCV, año 2000

[i] Bohórquez, Douglas: Teresa de la Parra. Del diálogo de géneros y la melancolía. Monte Ávila Editores Latinoamericana. 1era. Edición,1997






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