VICENTE

por Bruno Mateo

Eran las dos en punto de la tarde cuando ella miró el reloj. El sol amagaba en salir. No había nada extraordinario. El calor del trópico empapaba el aire. Se podía escuchar a unos cuantos adolescentes que hablan sentados en la plaza de la urbanización. La humedad de su cuerpo hacía que delirara, no porque estuviera loca, o porque estuviera pasando por una fiebre, más bien el sudor que se empegostaba a sus ideas e impedían que salieran con claridad. Como ese día no fue a trabajar, era 5 de julio, se dispuso a contestar la carta recién recibida. “Querido amigo, hoy pasé todo el tiempo en limpiar el pequeño apartamento. De verdad que la vida de ama de casa no es para mí, pero no gano lo suficiente y no puedo mantener una cachifa, creo que en España le dicen asistenta. Sabes que conseguí aquella moneda que me regaló la abuela hace años. ¡Chico! La moneda de plata de 1888. Bueno, no importa si no la recuerdas. Ya habrás olvidado tantas cosas de aquí. Catorce años son catorce años. Me imagino que no te has puesto como esos idiotas que se van en unas vacaciones y regresan hablando castizo. Con la zeta entre los dientes. Son insoportables. Quieren ser más españoles que el Don Quijote de Cervantes. ¿Por qué no me llamaste antes? No me vengas con que se te extravió mi número telefónico. ¿Y por qué, precisamente, después que ha pasado tanta agua bajo el río te comunicas conmigo? Te felicito por tu originalidad de enviar la carta por el correo tradicional. Siempre estás fuera de serie. No has perdido esa cualidad de hacerte el único. Tú consigues lo que te propones. Yo no tanto, pero ahí voy. No niego que me alegró saber de ti, aunque esta carta me cuesta mucho escribirla. Todavía tu memoria no se ha extraviado. Ya vendrá. Ya vendrá”.

En España:

“Hoy os escribo después de tanto tiempo ausente de vuestra vida y no sé por qué lo hago. Quizás sea el guayabo por mi país. Viste que todavía recuerdo lo que es un guayabo. Ya pronto arreciará el calor de verano. Oí por el noticiero que viene más caliente que en años anteriores. ¡Joder! ¿Qué tal os va? Sé que por allá, como siempre, la situación es mala. Lo mismo: un completo subdesarrollo. ¿Qué has hecho para que eso cambie? No os recrimino nada. Sólo es por reflexión. Tú siempre luchabas por las causas injustas. Aunque no lo hiciste por mí. ¡Olvídalo! Por aquí me la paso bien. Entre cachondeo y marcha. Te cuento que instalé una tienda de ropa. Se llama Vicente, como su dueño o lo que queda de él. Las ventas son altas y nadie recuerda que soy latinoamericano, ni yo mismo. A pesar de no hablar en castizo. Os preguntarás la razón de esta carta, os repito, que no sé las razones. Una tarde, a eso de las siete, había cerrado la tienda porque estaba un poco cansado de hacer dinero. Estaba solo. Aunque no por mucho rato. Mi nuevo amigo llegó una media hora después. No sé. Tomé un lápiz de grafito que conseguí por casualidad en una de las gavetas y una hoja de papel. Pensé en ti. Escribí tan raudo que habrás caído en cuenta lo desfigurado de la caligrafía. En eso tocan la puerta. Era él. No puedo pensar en ella.”

Me cuesta finalizar de leer tu carta, pensó. Decidió dejarla para otro momento. Pausadamente caminó al gran edificio: premio nacional de arquitectura. Se dejó comer por el ascensor. Piso trece. Hasta la oficina está en un lugar pavoso. El aire acondicionado le permitió salir del arrobamiento que le produjo la carta. Un alguien la saludó. Después otro alguien y otro alguien y otro, hasta que se vio rodeada de tantos alguien que sintió un nadie a su alrededor. La tarde transcurrió con la carta dentro de la cartera. Al concluir la faena diaria, se fue a caminar un poco. Algo que no acostumbra a hacer. Caracas al atardecer sigue siendo hermosa y señorial, a pesar de la gritería y el caos de la buhonería, ya tan típicos de la ciudad actual. Hombres y mujeres anunciando, con diversos acentos sudamericanos, productos de todo tipo. ¿Se podrá hacer algo para evitarlo? se preguntó mientras divagaba entre las palabras de Vicente y esquivar los tarantines desparramados por todo el lugar. Sin querer tropieza con un personaje bastante peculiar quien llama su atención. Era un muchacho. Parecía joven. Su piel era morena. Su cara parecía salida de un cuadro grotesco. Estaba maquillado, o eso pretendió hacer. Su afectación era exagerada y sus ademanes femeninos cortaban el aire. Su cuerpo gordo forrado con un vestido intravenoso de colores brillantes de tres tallas menores a la que le corresponde. Una película de sucio lo cubre. Con voz en vibrato le dice: ¡Qué bonita! Quiero ser como tú. Ella nerviosamente le sonríe a medida que retoma su periplo. La imagen de su amigo gravita entre sombras. Los pies le dolían un poco. Su andar se hizo pesado. Al pasar cerca de una panadería, compró dos golfeados con queso de mano para llevarlos a casa. Una vez instalada en el pequeño apartamento se lavó las manos y se dispuso a cenar. ¡Comida de putas! Diría mi abuela. Encendió la contestadora del teléfono. Los mensajes no hicieron efecto. Seguía pensando en la carta. No pudo más que sonreír al recordar a Vicente. Era cierto. A nosotros nos falta arranque, pensó. Trató de sacudir esos pensamientos. Imposible. Algo flotaba en el espacio. No deseaba leer la carta por completo. Los pasos de alguien dentro de su habitación. Un aire frío recorre por su cuerpo. Por un instante creyó haber visto al joven que recién se encontró durante su caminería. La imagen desapareció rápido.

“Hoy estoy retomando la carta que dejé inconclusa. Es que no quería que mi amigo se enterara que os escribo. Hermosa niña, sabes que aún recuerdo nuestras locuras. Cuando creíamos en tantos imposibles. Ya no soy soñador. Mis ideas están diseñadas sobre la realidad. Me la llevo bien. Pasé a ser una especie híbrida, entre lo que se imaginan de mí y lo que se me perdió en el tiempo. Ahí os envío una fotografía, es de la más reciente. Espero que no os asustéis. Tu sabías lo que deseaba y aquí logré mi sueño, o quizás mi pesadilla. Tal vez, una de las razones por las que os escribo sea que tú... ¡Olvídalo! No quise decir nada. Mejor os cotilleo sobre mi vida. La normalidad en Europa es algo anormal para nosotros. Todo aquí está envejecido. La gente es de lo más antipática. Si los tratas bien os miran como a un extraterrestre. A los madrileños les encanta el maltrato. Por cierto, ¿cuándo os animáis a venir? Aunque tal vez no haya suficiente tiempo para nuestro reencuentro. No sé, pero siento que no he hecho nada valioso ni por mí ni por nadie. ¿Sabéis algo? Pronto haré de mi existencia un verdadero sacrificio. Pero no importa. Ya no importa. Os cuento que a principio de mi arribo, creí devorarme la ciudad. Ahora sé que no es cierto. No pienses que estoy mal por el tono pesimista con que os escribo. Nada más alejado. Estoy bien. Tengo dinero”.

Es cierto, tienes dinero, pensó acostada. Y como alguien que desea resolver un problema, tomó la carta que había dejado y comenzó a escribir: “Querido amigo, siempre te recuerdo. Eso lo debes saber. Sin embargo, quisiera olvidarte. Eso también lo sabes. Tus líneas me han traído desasosiego y te confieso que no estoy muy segura de acabar de leerlas, como tampoco de enviarte ésta que te escribo...” La noche se apoderó de su conciencia poco a poco se quedó dormida.

Esa fue una noche larga. Vicente aparecía a cada instante. Entre el mundo real y los sueños. Imágenes sueltas. Una ristra al azar. Ella sabía que su amigo le mentía. Siempre mintió.

Mientras tanto en Barcelona, la ambulancia llegó al piso de Vicente. Lo último que llegó a decir fue: ¡Perdóname!

A la mañana posterior, en su oficina, lloró calladamente. De verdad que se convirtió en un ser diferente. Como bien lo dijo, ahora es un híbrido. Los labios de la mujer en la fotografía sonreían, pero el rojo carmesí no logró disimular la tristeza de la mirada de Vicente. Seguía siendo su querido amigo. Sólo pudo tocar levemente la superficie lustrosa de la imagen. La carta que tanto daño le hizo permaneció arrugada entre sus manos. No deseaba su final. Nunca deja las cosas a medio terminar. “Sin embargo, a pesar de mi buena fortuna os pienso con mucha frecuencia. Recuerdo cuando llegué por primera vez a Caracas. Nunca me gustó Barcelona. Eso es un territorio infértil. Al llegar al Nuevo Circo, me dije que jamás regresaría a ese salvajismo. Sé que os turba mi apreciación. ¡Lo siento!... Caracas para mí era la ciudad ideal. Sus calles. La gente. Los teatros. ¿Cómo será ahora? Os supongo una mujer urbana... Ella sonrió... ¡Joder! Estoy llorando. Nunca os dejé de soñar. Cuando os conocí...Fue en el Ateneo...Íbamos a ver Las Preciosas Ridículas de un grupo nuevo. No recuerdo el nombre. Como digo, cuando os conocí fue como conocer... ¿Para qué decir más? No me creerías. Os hablé de mis sueños. De que anhelaba irme del país...Y estoy aquí...El primer mundo... ¡A la mierda! Recuerdas que pensabais regalarme una moneda antigua que perteneció si no falla la memoria, a vuestra abuela para que comprara el pasaje a Europa... ¡Cosas de infantes!...”

Arrojó la carta. No quiso saber más. ¿Por qué Vicente se pone a recordar tanto el pasado?, pensó. Su amigo es y será un triste maricón. Dos lágrimas reflejaron la luz de sus sentimientos. Era la hora de partir. Eran las dos en punto de la tarde cuando vio su reloj.

La carta quedó en la basura. Las palabras no finalizaron su enunciación. “sólo os pido que me perdones por lo que pretendo hacer. Piensa en mí como en alguien que nunca os olvidó y que acaso pudo ser feliz a vuestro lado. Con cariño y amor, Vicente”.

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