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Esquina el Cují


Según cuenta la leyenda, en esta esquina se alojaba un zapatero llamado Carrasquero. Este señor era algo extraño, era como una especie de astrólogo. Él veía señales de muchas cosas que podían suceder, en el movimiento de las estrellas, las ramas de los árboles y hasta en el aullido de los perros. Dicen que él tenía visiones acerca de un tesoro enterrado cercas de una mata de cují. Así que decidió hablar con un monje del Monasterio de San Jacinto y preguntarle que podía hacer para localizar con más exactitud el sitio donde estaba el tesoro. El monje, para jugarle una broma al señor Carrasquero le dijo que fuera al sótano de la iglesia a la medianoche para que algún espíritu le informase lo que quería saber. El señor Carrasquero acudió al sitio a la hora indicada, y efectivamente, le apareció un espíritu quien le dio unas indicaciones absurdas y que casi lo mató del susto. Luego, el monje fue en busca del señor Carrasquero y lo encontró asustado debajo de unas escalinatas. Así que esta graciosa historia lleva el nombre del apacible árbol que le dio sombra al zapatero: El Cují.


En esta misma esquina se cuenta una anécdota que figura en la historia de la ciudad de una manera interesante: El 24 de julio de 1821, vivía en esta esquina, una dama de profundos sentimientos realistas llamada doña Josefa Echenique. Cuando ella vio al héroe revolucionario General Bermúdez, quien pasaba por allí en camino hacia el combate que se desarrollaba en El Calvario, decidió “darle su merecido” cuando regresara. Así que se consiguió un balde de agua caliente. Cuando vio pasar al buen General que venía de regreso, se lo vació encima gritando: “¡Agua caliente para un insurgente!” A pesar de esta historia, la esquina todavía lleva el nombre de El Cují.


Tomado de caracasvirtual.com

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