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DE UN NIÑO QUE CRECIÓ Y UN TEATRO QUE SE QUEDÓ PEQUEÑO Y SOLO


KARIN CECILIA VALECILLOS SALAS
Fuente: CentroMolinos
Revista especializada de teatro para Niños y Jóvenes
Volumen I, Número 2,
Caracas : Agosto 2003.

Qué difícil es desandar un camino que no emprendimos y que siempre altera su ruta. Así de ardua es la tarea de aquel que se acerca al teatro para niños y adolescentes, un público que cada vez se transforma con mayor rapidez, cambia sus gestos, sus gustos y su manera de ver el mundo. Si ya para Mafalda, en aquellos años setenta, su hermano menor la sorprendía con tantos "porqués", que la hicieron calificarlo de "candidato a las bombas lacrimógenas", qué quedará para la subversión de las generaciones que están por venir, pues de antemano se vislumbran, a Dios gracia, insurrectas.

Quizás es la no lectura de la naturaleza mutable de los niños una de las causas de la soledad de nuestros escenarios. Ellos han crecido, dejando atrás a un teatro que todavía se aferra a la visión idílica de una infancia que ya no existe, al menos no con las mismas características e inquietudes de la nuestra. Ha llegado, sin duda, el momento de madurar y crecer junto a ellos, eso significa definir en este aquí y ahora el objetivo de nuestra búsqueda, y hasta dónde llega nuestro compromiso con eso que llamamos "teatro infantil".
Utilizar el calificativo de "infantil" para el teatro dirigido a un determinado público, en algunos casos, resulta nocivo, pues suele servir de justificación a sus debilidades o carencias, ya que no se le considera tan profesional como el teatro "adulto". Sin embargo, esta desestimación no sólo parte del público o la crítica, también es el pretexto de dramaturgos y realizadores para el conformismo. Me he cansado de escuchar a estudiantes de teatro afirmar cosas como: "Comencemos haciendo teatro infantil que es más fácil y siempre tiene público". Ambas afirmaciones absolutamente cuestionables. De la misma manera, se me han acercado personas y me comentan que les parece bien que escriba primero para niños, así me voy preparando para hacer algo más "serio". Pensamientos como éstos nos conducen irremediablemente al vacío.

El no asumir con profesionalismo nuestra labor es el primer paso a la pérdida de ese interlocutor, que se aburre y se siente menospreciado. Entonces, éste ya no regresa de niño, mucho menos lo hará de adulto. La responsabilidad comienza en la confrontación de la realidad y en el ejercicio de la autocrítica, en observar a ese niño- espectador y preguntarnos si realmente estamos haciendo teatro para él, porque, ahí sí coincido con los estudiantes de teatro, es muy fácil tomar un mensaje o moraleja y convertirlo en un gran espectáculo de luces, vestuario colorido y canciones, que indudablemente llamarán la atención del niño, pero ¿hablará de esto mañana? El olvido es síntoma de que todo ha terminado, pues éste es el castigo de la superficialidad asumida como filosofía. Entonces, yo me pregunto, ¿dónde está el teatro?

Temo al "teatro infantil" que tiene más de infantil que de teatro, ya que no creo en la existencia de códigos que establezcan fronteras conceptuales o estéticas entre el teatro hecho para niños y el de adultos, pues a la final únicamente terminan siendo limitaciones para el escritor, el actor y el director. Si existe alguna diferencia, ésta se encontrará tal vez en los temas, los cuales deben responder a las inquietudes, anhelos y preocupaciones de los niños. No obstante, tanto en la puesta en escena como en el texto siempre debería privar la intención de hacer buen teatro.

Es en este aspecto donde cobra particular importancia la labor del dramaturgo, pues el texto constituye el punto de partida para la revalorización del teatro para niños y adolescentes. Es la capacidad de escuchar, comprender y respetar el mundo de ese novel espectador, lo que le permitirá al escritor reencontrar el espacio de comunicación e identificación entre el niño y la representación. Esto implica entrar en sintonía con todas las características positivas y negativas que definen al niño al cual se dedica ese trabajo, dentro de su contexto social y temporal.

No tengo la autoridad ni la experiencia necesaria como para dictaminar fórmulas para una dramaturgia "infantil", preferiría empezar por descreer de la existencia de cualquier fórmula, sólo profeso la duda constante y no dar nada por sentado, pues el día en que te sientes más confiado, uno de esos locos bajitos te toma por asalto y te tambalea el mundo con una simple pregunta o un gesto. Me preocupa que el teatro se quede pequeño ante un público que es cada día más conciente de lo que quiere y sobre todo de lo que no quiere ver.
Deseo, en la medida de lo posible, escribirle al niño real, no al que idealiza el adulto desde su añoranza. La infancia sólo es frágil, inocente y feliz vista a través de los ojos del hombre en retrospectiva. Porque cuando fuimos niños: queríamos ser grandes, herimos con nuestra sincera crueldad y, sin duda, también nos hirieron, sentimos rabia, impotencia y nos lastimó la indiferencia de los adultos hacia nuestros problemas. Sólo basta con escucharlos unos segundos en las calles o en el colegio para darnos cuenta de su amplia capacidad para desmontar nuestros paradigmas, aún así nos empeñamos en aislarlos, porque tememos que pierdan esa felicidad primaria, cuando realmente sólo queremos rescatar en ellos el tiempo de la nuestra, de la misma manera como en el siglo XIX los escritores del Romanticismo ensalzaron la inocencia de los primeros años, y comparaban esta etapa de la vida con una suerte de ensueño o paraíso. Allí está hablando el adulto, no el niño y ellos lo saben.

Constantemente combatimos la violencia que impera en la televisión, las comiquitas que ven, la música que escuchan, y queremos rescatarlos, hablarles de sueños, justicia, igualdad, porque creemos que ellos pueden rectificar nuestro camino. Sin embargo, ése es el tiempo que les ha tocado vivir, es imposible retenerlos en una burbuja, lo máximo que podemos hacer por ellos es mostrarles que, a pesar de todo, la vida es bella y que podemos aprender de nuestras experiencias, incluso del dolor. Porque a esta generación ya no se le puede mentir, nos toca ahora a nosotros hablarles con sinceridad, sin falsos discursos y esto no quiere decir que no deba haber ilusión, magia, sobresalto, sorpresa; todo lo contrario, debemos llenar los escenarios con sus sueños, aquellos que nacen de sus pensamientos conectados a su tiempo y a su espacio, no los que nosotros quisiéramos que ellos soñaran.

El teatro debe erguirse con respeto, si quiere seguir acompañando a los niños de ésta y las próximas generaciones. Ya ha pasado el tiempo del teatro encorvado, que observa a los niños desde arriba y achica su voz para hablarle de lo malo y lo bueno. Ahora ellos nos miran a los ojos en reto, esperando ver si al fin hemos crecido, porque simplemente están en la búsqueda de un buen compañero para ofrecerle su amistad, que si nos la sabemos ganar, durará para siempre y el teatro ya no estará solo.

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