viernes, 22 de marzo de 2013

FITC2013 "Nadie lo quiere creer”. Un sainete macabro.


Por Bruno Mateo
@Bruno_Mateo

El día jueves 21 de marzo de 2013 en el Teatro Municipal de Chacao, ubicado en la avenida Tamanaco de El Rosal del Municipio Chacao  uno de los 5 que forman el Distrito Metropolitano de Caracas, en Venezuela, abierto en 2011, se inauguró el XVIII Festival internacional de teatro de Caracas, con la pieza “Nadie lo quiere creer” de Eusebio Calonge para el Teatro inestable La Zaranda de Andalucía, Cádiz, España, un sainete muy particular que juega con los espectros del pasado con tono macabro. Definiendo al macabro como aquello que participa de la fealdad de la muerte y de la repulsión que ésta suele causar.

Tres personajes, una vieja  que vive recordando su glorioso pasado, lleno, según ella, de blasones, escudos y linaje, pero mutilada de brazos, en bancarrota y viviendo en un  casa grande en ruinas. Un hombre viejo, sobrino de ella, fracasado que sólo aguarda que su tía muera para heredar algo. Una mujer vieja que ha pasado la vida cuidando a la dueña de la casa viviendo en la espera de la muerte de la señora para también heredar. Tres seres anodinos que gravitan en un hogar derruido por el tiempo y accionando en el tiempo de lo que pudo haber sido y no fue. Una historia en modo subjuntivo.
Desde una perspectiva sociológica, y tomándome la licencia de un análisis comparativo entre la realidad española actual y esta pieza escrita y montada por un grupo español, podría decir que es una metáfora de la España contemporánea. Así como, es válido usar al personaje de Bernarda Alba de García Lorca como un símil entre la Iberia de 1936 en vísperas de la Dictadura franquista, también es legítimo pensar en esta vieja como la España vigente, la cual se encuentra, actualmente,  en una crisis profunda viendo hacia su pasado lleno de fantasmas.

El juego de la puesta en escena de “Nadie lo puede creer” se desarrolla en un espacio circular que nos refiere a un lugar estático, sin luz, sin hogar, es decir sin vida. Los ventiladores en escena nos hace imaginar olfativamente el olor a cloroformo, a lo necrofílico  de la casa. La pieza es de esos montajes que, al principio, pareciera no emocionar, pero a medida que avanza el diálogo y las acciones nos va introduciendo en un mundo distinto, en este caso, una realidad deliciosamente macabra. Delicioso en tanto los parlamentos de humor negro, muy típico de la identidad española. La ironía de Quevedo (1580-1645)  está en esas voces de los actores que nos dibujan en nuestros rostros espectadores una sonrisa trágica. Nos reímos de la  acción, pero lloramos por la realidad de esas palabras dichas, aparentemente a la ligera.
El grupo La Zaranda, después de más treinta años desde que emprendiera su periplo teatral, nos vuelve a encantar. Un trabajo con lenguaje propio que busca en las raíces identitarias de su imaginario cultural la memoria ancestral que trasciende a cualquier geografía por la invitación a reflexionar  sobre la fragilidad del ser individual dentro de un colectivo.

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