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No cualquier vaca

Por Fedosy Santaella
(Puerto Cabello, Venezuela, 1970- ¿?)

Terencio y su esposa se fueron a pasar unas vacaciones a Mérida, por los lados de la Mucuy, en una posada muy silvestre y apartada.

Una mañana, Terencio se levantó con la idea de salir a comprar pastelitos andinos. Aún estaba oscuro, la noche anterior había llovido, y ahora a la noche le daba flojera irse, al igual que le cuesta a las personas levantarse por las mañanas después de la lluvia. Por cierto, su esposa aún dormía, y Terencio se vistió con mucho sigilo y sin encender la luz. No quería despertarla, pues lo de los pastelitos sería una sorpresa. También con mucho cuidado puso la camioneta en neutro y la hizo bajar por gravedad hasta la salida de la posada. Allí finalmente la encendió y salió.

El camino era de tierra, muy estrecho y con muchas irregularidades. Así que manejó a través de la oscuridad con mucha precaución, hasta que tuvo que detenerse. En todo el medio del camino, estaba apostada una vaca. Si la vaca no se apartaba, no había manera de pasar.

Terencio aceleró el motor con la palanca en la letra P, hizo cambio de luces, hasta tocó la corneta un par de veces. No mucho más, porque eso de tocar corneta en aquella soledad y a oscuras resultaba muy extraño. Pero nada, la vaca no se quitaba, y rumiaba y rumiaba sin mirar hacia la camioneta, ni un poquito, nada.

Al cabo de un rato, Terencio apagó la camioneta, y así, esperando que algo pasara, se quedó dormido.

Cuando abrió los ojos era de día y la vaca ya no estaba.

Terencio se apresuró a buscar los pastelitos. No está de más decir que su esposa, cuando él finalmente llegó, seguía dormida. Los pastelitos, no está de más decirlo tampoco, estuvieron muy sabrosos y ella los agradeció con besos (después de cepillarse los dientes, claro).

Ese mismo día, en la noche, su esposa y él regresaban en la camioneta de un largo paseo por los alrededores, cuando se encontraron con la vaca. Estaba allí, otra vez en el medio de la angosta ruta. Terencio le contó a su esposa que lo mismo le había pasado en la mañana, y volvió a tocar corneta, a hacer cambio de luces, a acelerar el motor. Pero nada, la vaca seguía allí, y rumiaba y rumiaba, sin mirar hacia la camioneta, ni un poquito, nada. Tuvieron que pasar la noche dentro de la camioneta. Despertaron a la mañana siguiente. Con la luz del día, la vaca había desaparecido.

En la posada, le contaron al encargado de la presencia de la vaca fastidiosa. El encargado, un señor gordito y de baja estatura, puso cara de preocupación.

—¿Pero qué le pasa, señor encargado? —preguntó el sorprendido Terencio.
—Que le cuento que esa vaca…
—¿Qué?
—Que esa vaca…
—¿Qué cosa?
—Que esa vaca no es cualquier vaca.
—¡Pero diga ya!
—Resulta que esa vaca...
—Ajá…
—Esa vaca… es la vaca fantasma.
—¿La vaca fantasma?
—Sí, la vaca fantasma. Nadie sabe por qué está allí, de dónde viene ni qué quiere. Pero es una vaca fantasma, y de eso no cabe duda.
—¿Usted habla en serio?
—¡Claro que hablo en serio, señor Terencio! ¡Todos los encargados de posadas somos personas serias!
—Es cierto, disculpe —dijo Terencio, y su esposa también afirmó con la cabeza.

Quisieron saber más de aquella vaca fantasma, pero el encargado no tenía más información. Lo fantasmas, así sean de vacas, siempre son un misterio.
En los días que les quedaron de vacaciones, Terencio y su esposa procuraron no volver a recorrer ese camino ni en la noche ni en las madrugadas. No querían que ningún espectro les echara a perder su estadía.

Pero Terencio no dejaba de pensar en el asunto. Era un hombre terco y orgulloso que no se aguantaba cuando le ponían un reto por delante. Y para él, aquella vaca fantasma lo había retado en dos ocasiones al no dejarlo pasar con su camioneta. Así que el día que ya les tocaba regresar a Caracas, Terencio decidió salir temprano en la madrugada.

—¿Pero Terencio, y la vaca fantasma? —dijo su esposa.
—¡Ya se las verá conmigo!
—¡Ay Terencio, hay que ver que tú si eres terco!

Con el cabello más o menos peinado y con las maletas bien apretadas y cerradas, Terencio y su esposa tomaron el camino de tierra y, por supuesto, se encontraron con la vaca fantasma.

Terencio volvió a acelerar el motor (esta vez más fuerte), tocó corneta (esta vez con más insistencia), hizo cambio de luces (esta vez con más frecuencia), y finalmente sacó la cabeza por la ventana y le gritó a la vaca:

—¡No me engañas! ¡Yo sé que eres la vaca fantasma!

Ahí fue cuando la vaca alzó la cabeza y miró fijamente a Terencio. Sus ojos ardían con las llamas del mal, y su boca y sus narices exhalaban un vapor violento. Terencio sintió escalofríos, pero volvió a llenarse de fuerzas y aceleró, aceleró y volvió a acelerar el motor. Su esposa le preguntó asustada:

—Terencio, ¿y si la vaca es de verdad?
—No lo es —gruñó él con las manos apretadas sobre el volante.
—¡Terencio, por favor, no lo hagas! No me quiero imaginar qué pasaría si la pobre vaquita es tan real como esta camioneta.

Por fin Terencio puso la palanca en D de Drive, es decir, de avanzar, de ir hacia adelante, de no amilanarse ante ninguna vaca fantasma.

La trompa de la camioneta se lanzó contra la vaca, la esposa de Terencio pegó un grito y Terencio cerró los ojos. Alguna parte de él esperaba el duro golpe.

Pero nada ocurrió. Nada de nada, porque en este cuento queremos a los animales, y por lo tanto ninguna vaca saldrá con yesos en las patas ni collarines en el cuello.

El hecho es que la camioneta siguió de largo más allá del lugar donde debía haber chocado con la vaca en caso de fuese de carne y hueso. Al notar la ausencia del impacto, Terencio dio un frenazo, abrió los ojos y volteó a mirar.

Ni una vaca, ni un gato, ni siquiera un mosquito se veía.

—¡Viste! —dijo Terencio lleno de emoción—. ¡Sí era una vaca fantasma!

Su esposa sonrió nerviosamente y, luego de soltar un largo suspiro, se lanzó a los brazos de Terencio haciendo pucheros. Estaba aliviada y feliz, aunque todavía un poco asustada.

Así estuvieron unos segundos, hasta que escucharon que alguien carraspeaba en la parte trasera de la camioneta. Terencio y su esposa voltearon a ver. Allí atrás estaba la vaca. Llevaba unos lentes oscuros, una gorra de beisbol y las patas traseras cruzadas. Se le veía muy relajada, muy cómoda allí sentadota cual persona.

—Hola —dijo la vaca.
Terencio y su esposa no pudieron articular palabra.

—Les agradezco que me hayan sacado de ese lugar —siguió la vaca—. Ya ni sé cuántos años llevaba allí clavada, aferrada a la tierra. Los fantasmas, ya saben, estamos condenados a un único sitio. Pero ahora, finalmente, nada me aprisiona. Ni la noche ni un pedazo de tierra. ¡Soy libre por fin!
Terencio y su esposa estaban boquiabiertos.

—¿Saben?, se me ocurre que lo primero que debo hacer —continuó la vaca—, es tomarme unas vacaciones. Me han dicho que Caracas es una ciudad divertida y, sobre todo, muy movida.

Terencio y su esposa dijeron que sí, que sí, que cómo no.

—Pues bien, las vacas fantasmas sabemos muchas cosas sin que nos las digan.
Terencio y su esposa volvieron a decir que sí, que sí, que cómo no.
—Los fantasmas en general sabemos un montón. Y una cosa que sé, es que ustedes son de Caracas.

Terencio y su esposa otra vez que sí, que sí, qué cómo no.

La vaca fantasma sacó entonces una chupeta quién sabe de dónde, se la metió en la boca, se repantigó un poco más sobre el asiento y dijo a viva voz:

—De modo que andando. ¡Vámonos para Caracas!

Recientemente, en las autopistas de la ciudad y en plena tranca vehicular de las horas pico, la gente ha visto a una vaca montada sobre los techos de los carros. Según los testigos, se le nota de lo más tranquila, rumiando como si nada, como si estuviera en el campo y no en el medio del caos capitalino.

Y así, de pronto está, y al cabo de unos minutos, desaparece sin dejar rastros.

Algunos hablan de espejismos urbanos, otros, de una vaca fantasma.

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