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Iquidpo o la laguna de la mujer chigüire

por Bruno Mateo

Las noches de las sabanas en los Llanos venezolanos siempre se iluminan por las estrellas que como lienzo mágico se pegan del firmamento. El aire que se respira y se siente en el ambiente es un poco húmedo y caliente. Las piedras, los árboles, los pequeños matorrales se dibujan gracias a la luz platinada que envuelve el espacio. Las sombras que figuran a lo lejos son espectros que parecen buscar el camino para su salvación. Tal vez, asemejan a una legión de seres fantásticos. Los ruidos y aullidos de los animales nocturnos en las planicies llaneras se confunden con una orquesta sincronizada de sonidos: Sinfonía de las llanuras.

Dicen, que existe un camino que conduce a una laguna. Un lugar maravilloso que seduce a todo aquél caminante que se atreva a cruzar por las noches la tierra árida de la llanada. Hay campesinos que cuentan que han logrado ver ciertos personajes que aparecen y desaparecen a su antojo. La noche es un lapso para descansar. Acaso la luna y las estrellas no tienen su momento para apoderarse del paréntesis nocturno del tiempo. Los llaneros conocen de seres fantásticos y legendarios. He aquí una historia que me contaron en Caracas. No sé si es falsa. No tengo por qué dudar de su veracidad. La vida nunca es lo que se cree que es. Nuestra imaginación va más allá de una simple realidad inmediata y posee sus intríngulis. No hay duda. Sólo les echaré el cuento como me lo dijeron un día. El relato al que me referiré es corto. Se trata de una mujer fantasmagórica que vivía cerca de la laguna llanera, allá detrás de los montículos de tierra que se levantan a lo lejos, los cuales se logran divisar por la luz pálida de la nocturnidad de la explanada.

Yo me llamo Simón y tengo 12 años, un día la pasamos en el parque del oeste con mi familia volando papagayo. Estaba un poco cansado por lo que me dispuse a recogerlo. Al día siguiente iríamos muy temprano de viaje a los llanos del estado Monagas. Mi papagayo lleva los colores de mi bandera nacional amarilla, azul y roja. Cuando el reflejo del sol se deja ver por entre el papel de seda se percibe un pequeño arcoíris en el cielo. Parece un ave tricolor. Mi mamá me llamó para comer. Ella había llevado unas arepitas dulces de anís, pollo y una ensalada. No faltó el agua ni el jugo frío de parchita. Allí pasamos casi toda la tarde: mi mamá, mi papá, mi abuela y mi vecina Cipriana. En Caracas, la tarde empezaba a caer. El cielo se puso rosáceo con ciertas manchas naranjas y amarillas. El Ávila, o como se dice en voz indígena, el Waraira Repano empezaba a oscurecer. De repente eran como las cuatro de la tarde. Una señora bastante peculiar nos preguntó que a qué hora cerraban el parque, le contestamos que como a las cinco. “Entonces es necesario que busque a mis nietos para irnos”, nos comentó. Para nosotros también era la ocasión de recoger todo. Mañana, antes de que aclarara el día, el viaje que tanto había esperado iba a comenzar. Yo salí con excelentes notas en mi liceo y me encontraba de vacaciones, así que ese fue mi regalo. Un paseo para el interior de Venezuela. Mi familia y yo nos alistamos y salimos del parque. Pronto comenzará mi nueva aventura.

El viaje, como dije, se inició antes de que los primeros rayos de luz se manifestaran en el ambiente. En la camioneta de papá íbamos aparte de él, mamá, mi abuela y yo. Mi amiga y vecina Cipriana se fue con su familia a pasar unos días en las playas de Macuto en el Litoral cerca de la Capital. Todo el paseo fue de lo más agradable. Llegamos a Maturín como a eso de las 12 m a 1 pm, inmediatamente, mi papá condujo a la pensión en donde había alquilado un cuarto para hospedarnos. Tenía hambre y no sólo yo. Todos queríamos comer, por ello, mi mamá sacó la vianda que llevó para el camino. Aparte de que mi abuela se antojó de comprar unas cachapas con queso, por cierto, estuvieron deliciosas; después de que nos ahitamos con tan opípara comida nos quedamos dormidos en las habitaciones. Mi mamá y papá se alojaron en un cuarto matrimonial, mientras que mi abuela y yo nos quedamos en otra. Allí permanecimos hasta que anocheció. Yo fui el primero en levantarme y recorrer un poco el lugar. El sitio abarrotado de personas que te sonreían con mucho cariño. Por toda la casa, las guacamayas, los tucanes, los morrocoyes, los perros y gatos deambulaban con mucha libertad. El patio central embellecido con flores y plantas multicolores daba la bienvenida a los turistas curiosos como yo. Me atrajo la vista una señora que creo haberla visto antes. ¡Sí ¡ ¡Estoy seguro! Era la misma anciana que vi el día anterior en mi paseo por el parque del oeste en Caracas. Ella se rió conmigo y luego desapareció sin percatarme de cuando lo hizo. Para mí fue un tris. No hubo nada más que percibir.

Esa noche, después de juntarme con mi familia, en los jardines de la posada, conocí la historia de la mujer giganta que aparece en las noches de los Llanos. Todo por la señora a quien logramos toparnos. “¡Hola! ¿Se acuerdan de mí?”, nos preguntó. “Por supuesto que sí”, contesta mi papá. “Bueno no crean que sea una casualidad el tropezarnos aquí”. Nos pareció una frase misteriosa. “En la vida siempre nos une algo, acaso tratemos de evitarlo”. “Me gustaría contarles una leyenda que circula por los habitantes de la zona”. “¿Quieren saber de la historia?”, preguntó la señora. “Adelante, no hay problema”, contesta mi abuela.

Hace mucho tiempo, cuando los hombres y las mujeres de las tierras llaneras, deambulaban por cualquier lugar, existió una mujer que se atrevió a desafiar a los Dioses de la naturaleza. Ella era una mujer soberbia. Creía que tenía poderes por encima de la madre tierra. Ella poseía una belleza sin par. Se atrevía a competir con la Madre de todos los hombres y mujeres. La mujer se enamoró del Padre Sol. Entre los mortales no era permitido ese atrevimiento; sin embargo, como la mujer era arrogante y excesivamente hermosa, no le interesó las habladurías de sus hermanos y hermanas. El Sol, dueño y señor de la vida discutía mucho con su esposa la madre Tierra por culpa de la bella mujer color onoto. Él se embelesó por el cuerpo, la voz, los ojos, el cabello de la mujer. No podía apartarla de su mente. La Madre Tierra dándose cuenta de la situación en la que vivía su marido, decidió vengarse de la altanera mujer. El Sol se transformaba todos los días en un apuesto hombre y bajaba a las llanuras a pasear con la mujer de piel onotada. Muchas veces descuidó su labor de siembra. Sus rayos fueron tan fuertes que la cosecha empezó a quemarse. La pareja del Sol y la mujer vagabundeaban por la explanada. El ciclo del Sol dejó de cerrarse, es decir, el Sol en forma de hombre no se ocultaba nunca, lo que hizo que nunca más lloviera sobre la Tierra. La Madre de los hombres y mujeres de la comunidad perdieron sus cosechas. Un día, el maíz, fuente de alimentación de nuestro pueblo se empezó a secar por los rayos inclementes del sol. La comida escaseó y la gente tuvo que abandonar sus casas y llanuras. Ni siquiera agua hubo para beber. Nadie se explicaba las razones de la sequía que asoló los llanos en esos tiempos. Después de un largo período de sequedad la gente murió. Ni los Dioses supieron como salvar a su gente de la epidemia. El terreno se volvió árido y arenoso. La tierra que una vez fue fértil se convirtió en un arenal que se levantaba con las ventiscas.

La Madre Tierra acordó escarmentar a la pretenciosa y cruel mujer. Ella conjuró un maleficio sobre ella. Durante el día la mujer se convertiría en chigüire, lo que hacía que el Sol hecho hombre dejara de buscarla como mujer. La mujer debía recorrer grandes distancias durante el día hasta llegar a la laguna y así poder beber algo de agua.

Durante las noches, la iluminación de los rayos platinados de los cielos llaneros hace que la mujer se agrandara hasta llegar a sujetar a la luna y bajarla para repartirla como alimento entre sus hermanos y hermanas. De allí, nació el casabe (equeyu).

Una pareja logró salvarse de tan terrible calamidad. Huyeron de lo que quedó de su población para lograrse establecer en un pedazo de tierra muy cerca de una laguna llamada iquidpo. El esposo y la esposa conocieron a la mujer giganta quien les entregó unos granos de maíz y el casabe (equeyu) Ese fue su castigo. Hacer el bien para siempre. Poco a poco los fueron sembrando en el terreno y así se formó una pequeña plantación. Tuvieron hijos e hijas y éstos tuvieron hijos e hijas.
La familia se agrandó, su vida giró alrededor de la laguna iquidpo y se radicaron en la explanada. El agua de lluvia mojó sus cultivos y los hizo crecer. La Madre Tierra estaba vengada y el Padre Sol nunca más se fijó en aquella mujer que durante el día se convertía en chigüire y durante las noches se agigantaba hasta tomar a la luna para dársela como el equeyu.

No sé si la historia de la señora fue real. Lo único que puedo decir es que, desde que llegué a Caracas de mi viaje por los llanos, no puedo dejar de pensar en la leyenda de la mujer chigüire que durante las noches llaneras agarra la Luna.


Caracas, Venezuela
Noviembre 2007
SACVEN No. 9070

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