Pajaritos preñados




por Alexis Antonio Alvarado

Yo soy un asiduo lector y como tal me lleno de muchas imágenes tal como el señor Alonso Quijano. Esas imágenes muchas veces me permiten convertirme en un Quijote. Siempre he leído teatro, poesía, cuentos, ensayos, novelas, folletines, publicidad, lo que sea; sin embargo lo que realmente me apasiona son las crónicas. Ahora no haré la distinción ligera que existe entre crónica y cuento. Me gustan mucho las descripciones de las ciudades. De sus fenómenos. De sus gentes. De lo que sucede a diario entre los edificios, casas, malls, parques, en fin de lo acontece entre la gran mole que es la ciudad. Yo soy una especie de flaneur aficionado. Una vez, se me ocurrió visitar a una partecita de mi ciudad Caracas. La quise recorrer revestido de una pátina de romanticismo después de haber leído las crónicas sobre la ciudad de Nueva York del cubano José Martí y de las “Aguas fuertes porteñas” del argentino Roberto Arlt. He aquí lo que me sucedió…

Eran aproximadamente las 5 de la tarde de un domingo 22 de noviembre de 2009 en la plaza de los museos en la llamada “entrada de los museos” exactamente es la entrada del parque Los Caobos, tan famoso en una época para el crussing gay. Creo que aún se hace. Me dirigía hacia la feria del libro. Era el último día. Al llegar a la entrada del parque observé la gran cantidad de personas que estaban en el evento. Las personas están ansiosas de conocimiento o de figurar, pensé. Había toda clase de extranjeros sudamericanos vendiendo cuanta vaina se le ocurría. Sólo una señora venezolana permanecía impertérrita en el tiempo; sin embargo yo dejé de comprarle porque se convirtió en una capitalista al detal. Ya no vende granjerías criollas, o para ser más justo, vende poca granjería criolla. Ahora vende productos tales como Doritos, Cheese tris, todos cargados de amarillo No. 5. Los buhoneros, ¡Ay! Perdón los comerciantes informales, y tienen razón en adjudicarle el adjetivo de informales: no pagan local, no pagan impuestos, roban la luz, roban el agua, cagan y orinan en donde se les plazca, ¡ah pero eso sí! Exigen sus derechos como extranjeros en Venezuela, incluso, muchas veces por encima de mis derechos como nacido en Caracas.

Los árboles de los caobos, ahora que lo pienso no reconozco la especie de los caobos en el parque, son realmente imponentes. He salido poco fuera de mi país, pero doy fe de que Venezuela posee una verdura entre su naturaleza que no tienen los países que he visitado. Yo me sentía con un aire dandynesco. Estaba en la Feria del libro. Feria de los que nos gusta leer. La imagen de mi feria es como una especie de reino de las editoriales. ¡Crasso error! Me sentí como en el mercado de Catia, y no es que no me gusten los mercados. Adoro los mercados, pero cuando voy a ellos. Nunca pensé que la Feria del Libro era un mercado. Ahí vendía desde hallacas hasta las fritangas más fritas que se puedan ver. También hay los exquisitos. Los señores hippies de aquella época. Me tomé un jugo de papelón con jengibre. Esa vaina me pico. Tuve que comprar agua para calmar mi boca. Y también estamos los pendejos que nos dejamos llevar por la vibra intelectualoide y tomamos jugo de papelón con jengibre. En realidad, ya venía con la idea de comprar algunos libros en la editorial del fondo de cultura económica. Nunca compré nada. Lo que hice fue pasear entre la gente y lo locales de las distintas librerías. El sol del atardecer era de un color rosa naranja. Las gentes se me empezaron a tornar un poco más apacible. Dicen que el ser humano se acostumbra a todo, incluso a lo menos agradable.

La feria del libro de este año 2009 para mi fue una experiencia diferente a la de años anteriores. No compré. No visité. No hablé. No paseé. Sólo estuve y ya. Tal vez, la cantidad de lecturas de mundos distintos y de realidades más benevolentes me han llenado la cabeza de “pajaritos preñados”.

Caracas, noviembre de 2009

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