domingo, 27 de septiembre de 2009

Sobre la corte malandra del culto de María Lionza



TÍTULO: RELIGIOSIDAD, MEMORIA E IMAGINARIO POPULAR. UNA APROXIMACIÓN A LA CORTE MALANDRA DEL CULTO DE MARÍA LIONZA
Autor: Sociólogo y docente José Antonio Matos Contreras
Fecha de Envío: 04 de agosto de 2009
RESUMEN
ABSTRACT

In the following essay, I propose to approximate a religious discernment, memory and popular imagination, with the axis of reflection or the Malandra or Kale Court, concerning to spiritism of María Lionza. My intention with respect to the completion of the test is to interrogate about the popular imagination, the “rethinking” and “dignity” of the outlaw in that cult. My interest on that cultural expression led me to interact in various urban settings, listening to their fans and participate in our ceremonies. Considering the evidence in the reflection and anecdotes of affiliated people to cult and iconographic representations, and social and anthropological analysis related to the cult.
Palabras Claves: devocionalidad, corte malandra o kalé e imaginario popular.
Un aspecto que llama la atención tanto de creyentes como de incrédulos con respecto a la Corte Malandra, es el status de “espíritus benevolentes” que se les atribuye a estas personas que tuvieron un pasado vinculado a acciones delictivas o transgresoras de la ley. Esto parece ser el leit motiv de algunos reportajes y documentales convirtiéndose en uno de los elementos atractivos de esta expresión de religiosidad a lo externo del culto (me refiero especialmente a los medios de comunicación y a las investigaciones académicas).
Por ese motivo, nos parece necesario discernir sobre el origen de la devocionalidad de esos “personajes venerados” sin desvincularlos de las formas manifiestas de religiosidad popular presentes en Venezuela.
La estudiosa de la religiosidad popular en Venezuela Angelina Pollak – Eltz, al referirse a la devocionalidad popular, señala que a pesar de las restricciones y del no reconocimiento de la Iglesia Católica, “el pueblo latinoamericano sigue creando sus propios santos o muertos milagrosos. Estas devociones suelen empezar espontáneamente en la tumba de personas consideradas humanitarias o valientes. Entre ellos hay ex guerrilleros y vagabundos, tipo Robin Hood, médicos y curanderos, importantes personajes históricos o políticos y personas muertas en accidentes. Algunos cultos son locales, otros muertos milagrosos tienen devotos en todo el país” (Pollak – Eltz, 1998, 252). En tal sentido, el pueblo ha mantenido una relación de ambivalencia con la Iglesia Católica. Esto se refleja en el culto a las ánimas, al no reconocerlas la Iglesia como dignas de culto o mantener una relación de ambigüedad con respecto a su veneración. Cuestión contraria a las creencias populares, “en donde las ánimas pueden asistir a los vivos y así ganar méritos para su propia salvación” (Pollak – Eltz, 1994, 45). El culto a las ánimas se encuentra extendido en todo el país. Se caracteriza por la veneración a “muertos milagrosos” que conceden favores a sus creyentes. Empieza por ser un culto privado hacia algún muerto conocido por un grupo reducido de personas, y luego se extiende a un culto público, atribuyéndoles las ofrendas acostumbradas (velas, flores) en sus tumbas. Así como otras relacionadas con la petición y con las cualidades atribuidas o gustos de las ánimas.
Un fenómeno reciente es la incorporación de ciertas ánimas al culto de María Lionza. “Los muertos milagrosos” son considerados ánimas o almas, pero es cierto que a veces se manifiestan también en médiums del culto de María Lionza, en forma de espíritus, para ser consultados directamente por el devoto (1994, 46). Ocurriendo simultáneamente el culto al muerto milagroso, la incorporación y veneración del espíritu dentro del culto marialioncero. Esta incorporación ocurre por una parte cuando el espíritu se manifiesta en las sesiones de trance, haciéndose también presente su iconografía en los altares de alguna corte marialioncera. Un claro ejemplo de ese fenómeno es Luis Cerrada Molina, alias “Machera”, quien fuera un joven merideño líder de una banda de criminales reconocidos por sus habilidades y por su generosidad con los “residentes” de su barrio al brindarle protección de delincuentes de otros sitios y colaborando con bienes materiales. Dícese que fue acribillado por la policía el 1º de octubre de 1977. Su tumba es visitada por devotos, quienes ven en él un héroe popular. “Su espíritu es invocado también por los espiritistas merideños en los centros del culto de María Lionza” (1994, 55). En los actuales momentos, “Machera” es reconocido como uno de los espíritus que conforma la Corte Malandra y es invocado en varios centros espiritistas no sólo en Mérida. Esto demuestra, como asevera Pollak-Eltz en los últimos tiempos, “la íntima ligación del espiritismo con la devoción a las ánimas” (1994, 53). Estas manifestaciones de religiosidad popular en Venezuela como el “culto a las ánimas milagrosas” y el “espiritismo marialioncero”, al tener a algunos personajes de bajos fondos tipo “Machera” como objeto de culto, se reivindica lo altruistas que fueron estas personas en vida al ayudar a la gente de su barrio, ganándose el respeto durante sus vidas y la veneración de la gente después de muertos.
Es importante señalar que la llamada Corte Malandra o Kalé es una expresión propia del culto de María Lionza, pese a la vinculación del espiritismo con la devoción de las ánimas, como afirma el antropólogo español Ferrandiz refiriéndose al espiritismo marialioncero: “el panteón del culto de María Lionza siempre ha ofrecido en su seno nichos para la aparición y consolidación de antihéroes y personajes “antisociales” de toda índole. El caso de los espíritus malandros, presentes de un modo insistente en las ceremonias, desde principios de la década de los noventa, es especialmente relevante por su magnitud” (2004, 11).
La Calle y Lo Sagrado
Un aspecto que el sociólogo argentino Daniel Míguez, al referirse sobre la religiosidad y la canonización popular de delincuentes en la Argentina[iv][iv], considera de gran relevancia es acudir a los “relatos míticos” que los creyentes relatan sobre esas figuras veneradas:
“Los relatos míticos son importantes porque revelan claramente la moral vigente en su sector social. De modo que los relatos no necesitan negar su condición de transgresor de la ley para poder reivindicarlo como santo. Sin embargo, describen un tipo particular de delincuente que lo hace moralmente reivindicable: una vez robaron un camión de La Serenísima y repartieron yogures a todas las familias con pibes, que en la villa son casi todas; robaron un camión con camisa Lacostre, y repartieron por todos lados, la villa se puso cheta. O cuenta la madre de Víctor Vital: cuando yo no estaba, me contaban las vecinas que organizaba un comedor en casa y traída a la gente para que coma” (Míguez, 2004, 78).
En esos relatos se refleja la visión que tienen de esos personajes sus fieles, y se “justifican” moralmente sus acciones transgresoras de la Ley. Al robar para darle a los más necesitados, y al mostrar solidaridad con sus vecinos, los conviertes en figuras emblemáticas de su comunidad. Se trata de alguna manera de resaltar sus valores, códigos de honor y estilos de vida en el presente.
Durante la búsqueda de información sobre la Corte Malandra escuché relatos sobre sus integrantes referidos a algunas figuras en particular o a la Corte en general. Veamos algunos de esos relatos, testimonios o explicaciones de esa expresión de religiosidad urbana. Tuve la oportunidad de conversar con el espiritista y babalao Gonzalo Báez[v][v]: “La Corte Calé surge a mediados de los 80.Está compuesta por desesperados habitantes de los barrios que, tomando el camino del delito, se convierten en una especie de protectores de sus vecinos. Protectores en el sentido de proveerles a ellos de cosas que les estaba negado por el estado de pobreza en que vivían (…) Se trataba, en términos de Báez, de personas que buscaban un beneficio inmediato a la comunidad, ya que no existían en aquellos tiempos los caminos para la participación de los sectores populares (…)”. Ellos según algunos relatos, asaltaban camiones de bienes generalmente alimentos y los repartían a sus vecinos. Era una solución pragmática a las necesidades básicas de ciertos sectores urbanos, pero efectiva debido al abandono y a la carencia de condiciones dignas de vivienda en que se encontraban. José Figuera Díaz investigador del culto y espiritista, subraya ese “carácter solidario” de los integrantes de la Corte Malandra hacia la gente del barrio: “Ellos no robaban, no maltrataban a la gente de su barrio. Ellos protegían a su gente de otras bandas de otros lugares. Ellos, queridos por la gente de su barrio, tenían su propio criterio de la justicia y sólo entendían que la injusta sociedad no le daba oportunidades para estudiar o trabajar, que la sociedad estaba profundamente dividida entre los que tenían y no tenían, y a ellos no les quedaba otro camino que robar para ayudar a su familia y a su barrio” (Figueras, 2006, 31). Una de las figuras más representativas de la Corte Malandra es Ismael[vi][vi]. Él posee cualidades de generosidad y solidaridad que suelen atribuirse a los integrantes de la Corte. En varias sesiones espiritistas tuve la oportunidad de escucharlo a través de algunas de sus materias y presenciar sus trabajos espirituales. Me mencionó que su barrio era el 23 de Enero (aunque también transitaba el Guarataro y Pinto Salinas), lugar donde murió apuñalado por uno de sus conocidos, el malandro “Leo”. Sus anécdotas e historias transmiten cierta sabiduría de la vida en un lenguaje propio de la calle. Desde el primer momento que pude escucharlo, me dijo “que no había sido ningún santo, había matado, robado y consumía droga, pero no tratábamos de hacer daño a la gente, los vecinos me entienden y regalábamos cosas e incluso dinero a aquellos que lo requerían. Así todo estaba bien, había como quien dice de ambos un respeto…”. Un aspecto que señaló en relación con el sentido de la solidaridad era que dentro de su banda había amistad. “Mira, yo ayudé a chamos que andaban como en un hoyo por causa de la droga. Muchos andaban conmigo en la banda, no se la prohibí porque yo consumía. Pero no andaba todo el tiempo así, ido y pegao por querer más. El Ratón era uno, siempre andaba pendiente de consumir”. Las respuestas de Ismael eran directas cargadas con bastante gestualidad, ambientadas con un fondo musical de salsa vieja, ritmo que seguía al golpear con su cuchillo una botella vacía. Un aspecto curioso es que Ismael y otros espíritus como Freddy, Zapata, José Antonio, Leo, Machera y el “Ratón”, quienes pudimos escuchar a través de algunas de sus materias, insisten que lo principal son las acciones de bien que ellos realizan en las sesiones y a sus creyentes. Estos espíritus cumplen una función “orientadora”, cuestión que se hace explícita en la forma como relatan las diferentes historias de las curaciones y orientaciones que han realizado con sus fieles. El “chamo Freddy” dijo que ha prevenido a muchas personas que estaban en peligro: “Chamo, te vienen unos tiros, salte de esas cosas…”, pero muchos no agarran consejo y les ocurre lo advertido. Un informante en El Cementerio del Sur, el “Chamo Jesús”, me afirmó que él estaba aquí cumpliendo una misión encomendada por el propio Ismael, para que dejara los vicios: “De hecho estoy aquí por él (me señala la tumba de Ismael), digamos pagando un cumplido, y desde que estoy aquí haciéndole sus atenciones en la tumba me ha ido bien”. Jesús entrelazaba cuando hablaba sus vivencias con relatos de los personajes de la Corte. “Ellos eran unos chamos que tenían una banda y siempre se ayudaban entre sí. Así me dijo un mayor que los conoció, no dejaban morir a ninguno de los suyos. Pana, eso ya no se ve…”
Un espiritista del 23 de Enero, la señora Julia, al comentarle mi interés por la Corte Malandra, me explicó que esos espíritus son “ánimas agónicas”, muchas de ellas vagando en pena. Por eso se le considera en el espiritismo una Corte de baja luz. La mayoría han muerto en circunstancias violentas (abaleados, apuñalados) en enfrentamientos entre bandas, efectivos policiales o alguna “culebra pendiente”. Julia afirma que conoció a “Mario”un joven de la zona que ella misma consultaba, que había mostrado un interés en el espiritismo y en sus últimos años de vida se había alejado de la venta de droga, pero un viejo enemigo lo sorprendió con un tiro en la espalda. “Ahora Mario, después de años de muerto, baja en las sesiones espirituales e incluso no sólo aquí, sino en otros portales espirituales, aconsejando y ayudando en especial a jóvenes con problemas de conducta”. Con rostro de tristeza me enseña una foto de hace aproximadamente 17 años donde aparece “Mario” con otras personas, y me comenta que era un muchacho que se debatía entre seguir en sus andanzas que le proporcionaba el dinero suficiente para mantener a su joven esposa, su hijo y a su madre o retirarse y aventurarse (debido a su poco grado de instrucción) a la búsqueda (formal) de un trabajo legal.
El “menor” un adolescente de 15 años que con frecuencia visita y limpia las tumbas de los Calé, nos relató la forma como su fe en estos espíritus aumentó desde que le ocurrió un acontecimiento extraordinario:
“Vivo cerca de El Cementario, en el Sector La Quinta, vengo a cuidar las tumbas de Ismael y de Elizabeth y a trabajar limpiando las tumbas de la gente que visita a sus muertos … Con parte del dinero que hago limpiando las tumbas, le compro ofrendas a Ismael y a Elizabeth, porque les tengo mucha fe. Ellos me ayudan bastante, yo vivo con mi mamá y cuatro hermanos pequeños, y los ayudo. Por eso trabajo: aunque siempre he trabajado, antes me lo gastaba fumando marihuana y a veces piedra. Pero ¡te cuento! Una vez me dio esa vaina, una… (Hace gestos de respiración acelerada y mareo) sobredosis. Entonces llegué hasta la tumba de Ismael y me acosté cerca de ahí. Cuando me levanté con el cielo ya oscuro, no sentía ninguna molestia, como si nada ¡Pana! Desde ese día sólo de vez en cuando fumo un tabaquito, estoy seguro de que Ismael me echó una mano. Yo estaba como muerto, nunca me había sentido tan mal. Ahora siempre le coloco su cigarrito, velas y flores. Hace poco fui a una sesión y pude verlo. Me dijo: “ahora eres de los nuestros”. Yo me sentía muy feliz. ¡Hasta lloré!”
Estos relatos contados por los devotos y gente vinculada al espiritismo, expresan la “dignificación” de las figuras de la Corte Malandra. La reconstrucción “mística” de personajes como Ismael y otros al reconocerse sus actitudes solidarias con la gente de su barrio, ocurre ese proceso de dignificación en donde es emparentan la dimensión religiosa, la ética y el reclamo o denuncia popular. a) Se legitiman ciertas estrategias de sobrevivencia (el robo) como consecuencia de una situación de injusticia del orden social. Míguez lo expresa cuando explica la canonización popular de delincuentes. “Estas figuras establecen un orden moral donde la justicia, vista como la distribución equitativa de la riqueza, es superior al valor de la propiedad individual. Por eso, un ladrón puede ser santo si roba para compensar una injusticia mayor” (Míguez, 2004, 78). b) Se asiste a una especie de “nostalgia” o “añoranza” por la existencia de unos códigos éticos del delincuente en el barrio que posibilitaban ciertas normas de convivencia. Resaltando así, el estereotipo del “buen delincuente” o del “malandro pana”, cuestión cada vez más inexistente como lo afirma Deisy de 72 años espiritista y líder popular de La Pastora:
“Ahora los malandros no son como antes, que robaban con amabilidad (risas). Los de ahora para probar que son bravos e intimidar hasta te humillan y en el peor de los casos te matan. Lo que pasa es que las bandas de delincuentes actuales influyen mucho sobre el comportamiento del individuo. Antes o en algunos momentos estaba la comunidad por encima de la banda. Ahora es la banda Los Fulanos hicieron esto y aquello, dominan aquel territorio y aquel otro. Buscan probar su capacidad de poder. Entonces las consecuencias las pagan siempre los más inocentes, cuando se arman verdaderas guerras entre bandas por territorios, ajustes de cuentas o con los policías”.
También estos relatos nos muestran algunas de las experiencias del habitante de los sectores populares urbanos de los llamados por Valera-Villegas “los sujetos / as populares, que muchas veces son convertidos en extraños, en excluidos, en parias” (Valera, 2006, 10), cuyas experiencias de vida nos desvelan un dolor muchas veces silenciado. De ahí, que ocurra un encuentro entre los creyentes y las figuras sujetas a devoción (entre “vivos y muertos”) al verse reflejados los primeros en unas experiencias marcadas por una “memoria trágica”, producto de una violencia ejercida sobre los más pobres.
En ese sentido, Ferrándiz utiliza la metáfora del “espacio herido de la cotidianidad” para referirse a esas experiencias sociales signadas por la violencia: “Se trata de un modo de estar-en-el-mundo traumático, difícilmente comunicable, raramente verbalizado, con un gran potencial para desestabilizar universos simbólicos y con un ámbito epistemológico poco compatible con naciones absolutistas tales como “verdad” o “falsedad”” (Ferrándiz, 2004, 194). Es ese espacio propio de la violencia de la vida cotidiana y de un “modo de estar – en-el-mundo” es el que emerge en los espacios sagrados de las prácticas espiritistas marialionceras. Convergiendo así violencia y espiritismo a través de los campos sensoriales del trance. Los espíritus malandros “ciudadanos trágicos de un espacio herido (…) traen a los cuerpos de sus materias un estado existencial que combina una intensa implicación corpórea con un innegable desparpajo en las acciones ceremoniales” (2004, 204). En las sesiones que asistimos, estos espíritus reflejan en sus materias las vicisitudes de las que fueron víctimas y las consecuencias de una vida en exceso. Tal es el caso del malandro José Antonio, que su voz es casi un susurro producto del excesivo consumo de droga o del “Ratón” que de forma paranoica siente acoso por una supuesta presencia policial. Otros, como el caso de Freddy, como señala Ferrándiz, encoge un brazo como consecuencia de un disparo en una riña con policías. Lo que sí es común en la mayoría de estos espíritus es la solicitud de música de salsa vieja y sus respectivas pistolas, puñales, botellas de anís y cigarros[vii][vii].
Otro espacio sagrado donde se colocan esos elementos como ofrendas es en el altar compuesto por las iconografías de los malandros, los cuales en su mayoría se asemejan al estereotipo del look del joven actual, incorporándole utensilios propios del delincuente (pistola y cuchillo) y marcándoles cicatrices. Esta iconografía, aunque fue motivo de inconformidad por algunos fieles y espiritistas al verlas representadas con un look muy contemporáneo y un estilo muy agresivo. En la actualidad, goza de gran aceptación y no cesa la incorporación de objetos relacionados con el mundo–de–vida del delincuente popular. Veamos un altar en donde se condensan los objetos propios de la Corte Malandra (gorras, lentes, puñal, pistolas) con sus típicas ofrendas: cigarros, licor y velas.
Estos espíritus “promueven la continuidad de los espacios sagrados con las calles (…) La llegada de los malandros al culto entraña una compleja inscripción de los espacios urbanos de violencia en los cuerpos de las materias y fieles, que se producen a través de esta continuidad sensual entre el trance y la intensidad de la vida de los barrios” (Ferrándiz,2004, 205). En ese sentido, el culto de María Lionza, al no ser una “práctica anquilosada o enraizada en tradiciones estáticas” (Ferrandiz), articula a través de su “habitus espiritista” espacios diversos (en este caso violentos y dolorosos) de la realidad venezolana actual.
En tal sentido, la corte malandra es una expresión cultural–religiosa que rememora a unos personajes que viviendo en condiciones adversas optaron por transitar en una zona fronteriza entre la legalidad y unos códigos locales de sobrevivencia que transgredían la Ley. Ellos, al igual que muchos jóvenes de nuestros barrios, fueron víctimas de un sistema social que los excluyó de los procesos productivos, de las formas de participación y que los reprimió con un sistema legal que por el solo hecho de ser joven y del barrio se era una amenaza. Por tal motivo, lo reprimido ha retornado exigiendo la dignidad de aquellos que fueron víctimas de una violencia mayor a la que ellos ejercían.
A nuestro parecer esta expresión cultural no obedece a una “apología de la violencia” que algunos observadores le han atribuido. Esta manifestación religiosa-urbana al “reconocer la necesidad expresiva de la violencia” no la niega al ritualizarla en las ceremonias religiosas, se le previene y se denuncia la violencia de raíz. Aquella generada por los delincuentes de cuello blanco y por las instituciones políticas, verdaderas responsables de profundizar grandes brechas y polarizaciones en la sociedad venezolana. Este culto tiene mucho que enseñarnos sobre la resistencia y la solidaridad que crean los sectores excluidos en la cotidianidad en condiciones de desigualdad y marginación social.
BIBLIOGRAFÍA
TEXTOS
Francisco Ferrándiz (2004). Escenarios del Cuerpo: Espiritismo y Sociedad en Venezuela. Bilbao, Universidad de Deusto.
Daniel Míguez (2004). Los Pibes Chorros. Buenos Aires, Ed. Capital Intelectual.
Yves Pedrazzini y M. Sánchez (2001). Malandros, Bandas y Niños de la Calle. Caracas, Ed. Vadell.
Angelina Pollak–Eltz (1994). La Religiosidad Popular en Venezuela. Caracas, Ed. San Pablo.
Gregorio Valera–Villegas (2006). Relato, Tiempo y Formación. Lectura Antropoética del Paria. Caracas, Fundación CELARG.
ARTÍCULOS
Báez, Gonzalo. “La Corte Malandra”, en Los Orishas, 2004, Nº 9.
Ferrándiz, Francisco. “Malandros, Africanos y Vikingos: Violencia Cotidiana y Espiritismo en la Urbe Venezolana”, publicado en el VII Congreso de Antropología Social: Antropología de América Latina. Zaragoza, septiembre de 1996.
Figueras, José. “Cómo Nació la Corte Malandra”, en Los Orishas, agosto de 2006, Nº 40.
Pollak – Eltz, Angelina. “La Religiosidad Popular en Venezuela”, en Venezuela: Tradición en la Modernidad. Caracas, Ed. Equinoc



[i][i] Agradecimiento en especial por la información y la motivación al grupo espiritista