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Pequeño parlamento

MEZZOHIPOTÁLAMO
por Bruno Mateo

(La acción comienza cuando el escritor español Federico García Lorca escribe su obra La casa de Bernarda Alba en Granada. Año 1936. La habitación sugiere un lugar de estudio)


FEDERICO: ¡La mujer me servirá!... Ella serás tú... No es posible que tus hijos se salgan del camino... ¡No! Como si el sol se saliera de su órbita. Como si por primera vez ese disco amarillo tan lejano a mi piel se fuera a dar un paseo por otros senderos desconocidos, ¿vale? Eres cruel, mujer, demasiado cruel. Acaso la única que posee la verdad. ¡Perdón! No quiero tus verdades. Finalizaría el bostezo eterno del tiempo. Mi existencia se perdería para siempre. Eres una especie de frío mármol de tumba. ¡No te resisto! Eres dura. ¡A la mierda! No soportas que desee ser poseído. No soy un antifaz que baila en un carnaval de nupcias. ¿Entiendes? Con tu hipocresía me basta. No puedo engañar al Ser más delicado que he conocido, mordería sin deseo la aterciopelada piel de Salvador. Tú sabes lo que es amar con esa pasión que te hace atentar contra ti mismo. Sí lo sabes. Amaste con locura a Antonio María Benavides. Él sembró sus semillas en tu tierra fértil. En ese vientre abierto dispuesto a recibir su hombría con dolor. Sentiste cuando tus caderas se abrieron para dar paso a sus hijas. ¡Malhaya! Nacieron hembras. ¿Por qué no las amas? ¿Me amas, mujer seca? ¡Qué absurdo! Por supuesto que no. Yo soy tu hijo. Siempre seré tu hijo y tu creador. Deja a un lado tus odios y tus falsedades. La represión no podrá sostener al deseo de libertad. Me vienen imágenes... Ríos de sangre. Aires de miedo. Fuego de hambre. Tierra de muertos... Muertos como tu hija... La pequeña... El benjamín de la familia. No pudiste controlarlas a todas. La moza hizo lo que quiso. Consiguió su libertad y ahora camina entre las sombras de la memoria. Ella es grande. Le aplaudo. Su voz grita a todos los oídos. Ella liberó el aire. El cuerpo que creemos nuestro no nos pertenece, ¿vale? Somos aire. Somos voces. Somos un grito. Somos libertad (Silencio)
¿Dónde está esa libertad? ¿En este perfeccionado papiro manchado de palabras de una pobre marica? ¿Por qué? ¿Por qué? Necesito respuestas... (Se escuchan graznidos de aves marinas. Aparecen recuerdos de la gran manzana) Te recuerdo. Estás colocada sobre las aguas del Hudson. Inamovible, tan irónica como tu pueblo. La ciudad que nunca descansa. La ciudad llena de plazas, de gentes, de negros, de muelles... y de hombres. Muchos hombres. La ciudad ideal para esa ¿libertad? (Con mucha energía) ¡Un gran circo romano! No. ¡Una corrida de toros! ¡Vamos! Quitemos la realidad y coloquemos en el lienzo del cielo azul un enorme sol que seque la humedad. Calor al máximo del sadismo. Unas guapas mujeres dando vítores a los hermosos toreros. Tan delgados y tan provocativos. (Al personaje de la obra) No me digas que no te gustan los trajes de luces. Esos jóvenes que huelen a tierra andaluza. Huelen a hombres y a campo. Los abanicos de las guapas mujeres se agitan con velocidad como tratando de calmar las palpitaciones internas. Yo al centro. La masa histérica de verme. Salen los toros y los toreros. Me lanzo al ataque. No lo puedo embestir. Me lanzo nuevamente. ¡Estocada! De mi lomo sale la sangre a borbotones. Gota a gota se dibuja un mar carmelita. Me río. Caigo en la arena. La multitud aplaude. Son aves rapaces sedientas. Pierdo las fuerzas. Sólo veo entre tinieblas. La sangre corre. Los hombres se ríen. Me río...Libertad... Libertad...


FIN.

Caracas, Venezuela.
1993.

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